Diluvio de Fuego Seguir história

faustoc Fausto Contero

Uno de los incendios más terribles de los que tiene memoria la humanidad ha azotado un antiguo bosque, junto con poblaciones humanas en sus alrededores. Sus causas sobrepasan las circunstancias conocidas como naturales, y obedecen a algo que se encuentra mucho más allá de nuestro entendimiento.


Suspense/Mistério Todo o público.

#caos #incendio #primigenios #apocalipsis #fuego
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DILUVIO DE FUEGO

Apenas se podía respirar en el seco ambiente del refugio levantado a toda prisa. Cada una de mis aspiraciones venía acompañada de un profundo dolor en la tráquea, puesto que el aire enrarecido raspaba cruelmente mi interior, como si su paso produjese una innumerable sucesión de úlceras sangrantes. Podía percibir las miles de partículas de ceniza que flotaban a mi alrededor, dificultando aún más mi deficiente respiración, posándose en mi piel como una miríada de voraces insectos microscópicos, que me dejaban una insoportable sensación urticante. Apenas podía abrir los ojos, pues un terrible ardor los atormentaba en cuanto mis párpados se separaban, pero aún así debía hacerlo por momentos. Mi temor a permanecer demasiado tiempo en la oscuridad, indefensa a lo que pudiese pasar a mi alrededor, era mayor al de cualquier otra cosa que sucediese en aquella fatídica noche.


No sabía cuántas personas se encontraban junto a mí, quizás pasaban de veinte. Apenas me atrevía a fijarme en sus facciones, pues todos eran desconocidos, y en esa situación nadie tenía especial interés en socializar. Algunos estaban reunidos en aislados grupos familiares. Mujeres sostenían en brazos a niños pequeños, con una exagerada fuerza, como si temiesen que al aflojar el abrazo sus hijos pudiesen perderse para siempre. Parejas permanecían unidas de la mano, entrelazando sus dedos rígidos mientras sus rostros se hallaban vueltos hacia el suelo, con un gesto petrificado de desesperación. Y otros, como yo, se hallaban solos, apoyados en los rincones, tratando de fundirse con las sombras, de no ser vistos ni oídos, y así, no reconocerse a si mismos como víctimas de la tragedia.


Además del pánico que pintaba cada rostro con diferentes intensidades, teníamos en común que todos nos hallábamos cubiertos de un fino hollín que nos envolvía en un negro manto polvoriento. Bajo aquella capa de sombra sólida, muchos mostraban enrojecimientos y llagas brillantes, pero nadie hacia nada por curarlas. Era como si prefiriesen ignorar su presencia, junto a las causas de su formación.


Observé las quemaduras de mis manos, que empezaron a escocerme, encontrando un poco de alivio al ocultarlas en los bolsillos del abrigo de color indeterminado que llevaba. Para no pensar más en aquellas personas, me levanté y me dirigí a la entrada de la enorme carpa. El viento golpeó mi cara, pero lejos de refrescar el ardor de mi rostro, me trajo una fuerte sensación cálida y violenta. Me obligué a mirar en la dirección de la que provenía el calor, y, como un tipo de castigo autoimpuesto, a dejar que mis ojos se clavaran en la incesante deflagración que se extendía hasta donde alcanzaba mi vista.


El antiguo bosque ardía como si se tratase de una enorme pira funeraria, con la misma fuerza en cada uno de sus puntos, como si constantemente fuese alimentado desde el interior de la tierra. Las enormes lenguas de fuego ascendían desde las raíces y envolvían serpenteantes a los envejecidos troncos, separando uno por uno los pedazos de corteza con sus dedos ígneos, para lanzarlos al viento convertidos en carbón.  Cada rama de las miles de coníferas estaba encendida, pues el aceite que emanaba de sus fragantes hojas, y la resina que supuraba de sus múltiples heridas, las convertía en infernales antorchas cuya potencia no amainaba con el pasar del tiempo.


La espantosa luz que producía aquella escena infernal se reflejaba en un oscuro cielo, cubierto por una mezcla de nubes y humo a partes iguales, generando un funesto resplandor naranja sobre todo aquello que no estaba siendo tragado por las llamas. Hacia el oeste, un sector casi cuadrado estaba inmerso en la oscuridad. Allí se encontraba Horseville, el pequeño pueblo del que provenía toda la gente que se encontraba en el interior del refugio. Al parecer, cada una de las construcciones del reducido poblado, había ardido hasta los cimientos. En ese momento, era imposible conocer cuántos de sus habitantes quedaron atrapados entre los incendios, pereciendo cuando les fue robado el volátil oxígeno, o sus cuerpos fueron devorados hasta convertirse en sus elementos constitutivos, a partir de los que fueron modelados en el momento de la Creación.


Me horrorizó percibir algo de belleza en aquel pensamiento, en vislumbrar algo místico y sublime en aquella escena del origen del hombre a la inversa, del caos superando al orden, cerrando la rueda de la vida. No podía pensar de esa manera, al menos no con toda aquella gente tan cerca. Tenía un ilógico temor de que alguien pudiese leer mi mente, y reaccionara en mi contra. Por supuesto, sería un acto hipócrita. ¿Quién puede decir que no ha sentido jamás el deseo de acabar con una vida, de liberarse de sus padres, hermanos, vecinos?.


Pero una cosa es atrapar esos pensamientos, y enterrarlos en lo más profundo de la mente, tratándolos de ahogar entre toneladas de moralidad y religión, y otra muy diferente permitir que creciesen y se apoderasen de la propia voluntad.


Por supuesto, no pensaba en ello cuando después de un viaje de kilómetros, llegué a aquellas montañas, siguiendo las señales de las estrellas. Nada más ingresar al vetusto bosque, noté su falta de vida. Ciertamente, miles de especies animales y vegetales crecían y se movían en su interior, pero solo eran una artificial parodia. Cada árbol, cada roedor, cada rapaz, cada insecto había sido contaminado desde hace cientos de años con la presencia humana, y solo ejecutaba su papel según lo que le era permitido por su cancerígena civilización.


No existía libertad, ningún tipo de energía tendía a la expansión, todo se hallaba estancado y poco a poco la podredumbre dominaba la tierra, como si de un inmenso pantano invisible se tratase.


A pesar de estar asfixiada por estas sensaciones, el latido de las estrellas se tornó ensordecedor en mi cabeza, y me arrastró a una alta cima. Allí, sola, envuelta por la oscuridad y el silencio, pude escuchar el casi imperceptible silbar como de una antigua flauta, enterrada bajo una cantidad inconmensurable de rocas. Con los oídos pegados al pedregoso suelo de la montaña, me concentré con desesperación en atrapar cada una de las notas, que se dispersaban al momento de escapar de la tierra, pero cuya vibración resonaba de un modo tan sutil que solo las briznas de hierba más sensibles temblaban a su paso. Demoré tres noches enteras en determinar con certeza el sitio más cercano a la emanación de la música subterránea. Cavé al mismo ritmo en que pulsaban los reflejos estelares, que por momentos temblaban en mis oídos hasta obligarme a taparlos con las manos. Mientras más me adentraba en las profundidades de la montaña, con mayor fuerza emergían los sonidos, llegando al punto de tomar posesión de mis dedos para indicarme las rocas que debía levantar.


Al fin, los impíos acordes de la inaudible música celestial armonizaron con las graves notas terrestres, permitiéndome encontrar el sello. Bien sabía que sin la guía de aquellos que susurran en los espacios que quedan entre los astros nunca hubiese podido dar con él, por más que hubiese cavado infinitamente. Era una piedra negra de aproximadamente un metro de diámetro, tan oscura que absorbía cada partícula de luz, semejando la boca de un pozo que conducía a los abismos de la condenación. Sobre su superficie, una serie de trazos habían sido realizados usando una técnica desconocida, en la forma de una extraña escritura cuya simple observación resultaba detestable, por la antigüedad que se percibía entre sus líneas y la insinuación a los terribles seres responsables de su diseño, en épocas anteriores a la aparición del ser humano.


Una mezcla de alegría y horror invadió mi pecho. Era lo que quería, y a la vez, me sentía usada por fuerzas que no podía comprender, por voluntades que tiraban los hilos de mi consciencia y moldeaban mis neuronas como deseaban.


Me permití dudar un instante. ¿Era esto, tal como me repetía constantemente, tan necesario como enterrar a un muerto?  Aún podía echarme para atrás, cubrir el sello y alejarme del lugar… pero algo estalló en mi mente por una décima de segundo, permitiéndome recordar el inefable momento de la creación de una estrella, simultáneamente con su desaparición, como si yo mismo hubiese estado presente de alguna manera en aquel acontecimiento que superaba la capacidad de percepción de un ser humano. El orden, y el casos… no había nada más en el universo, y ninguna potencia podía oponerse a tal equilibrio. Así debían ser las cosas… después de todo, cada ser vivo que allí me rodeaba había perdido hacía mucho, su existencia real.


Mirando el reloj, noté que faltaba una hora para el amanecer. Trepé por el agujero que yo misma había formado y me alejé lo más rápido que pude de aquella montaña. No deseaba estar cerca cuando el sello se rompiese al contacto del primer rayo de sol, aunque en mi pecho ardía el deseo de observar tal espectáculo.


Pasé los últimos minutos encaramada a la rama de un árbol, con la vista fija al lugar desde dónde iniciaría la gran purga. Al momento en que una línea de luminosidad perfiló el lejano horizonte, un estruendo sin precedentes sacudió la tierra. Ante mis asombrados ojos, una enorme columna de fuego había sido expulsada desde la montaña. Su poderoso resplandor rojizo se mezcló con la menguante penumbra, haciendo que todo cuanto era rozado por su maléfico brillo se tornase de un tono granate oscuro. Su ardiente forma alcanzó tal altura que rozó las nubes, para luego separarse en miles de figuras voladores que se dispersaron aleteando, como malévolos fénix enviados a esparcir la destrucción.


Bajé lo más pronto que pude de mi punto de observación, al momento en que el incendio más mortífero que se haya visto en siglos azotó el bosque, avanzando inexorable hacia cada dirección que rodeaba su epicentro. Por poco no logro adelantarme a su fuerza, y fue una verdadera suerte haber encontrado este refugio, creado tras la destrucción de Horseville por las autoridades que rescataron a los pocos sobrevivientes.


Rememorando todo aquello, siento que la culpa me abandona. Yo no dispuse nada de lo ocurrido, solo fui un simple instrumento. Es allá, en los intersticios dejados por el choque de los universos, donde se decide el destino de los mundos, con total indiferencia hacia los insignificantes seres que los habitan.


Pronto, la energía de la terrible divinidad ígnea se terminará, y volverá a dormitar en las entrañas de la tierra. Pero hay otros sellos que deben ser rotos, en otros lugares que requieren limpiarse de los miasmas contaminantes de la humanidad. Y quizás nuevamente sea yo quien reciba el llamado, quizás sea otro. De todas maneras, estaré satisfecha de observar el caos, con todo el sacrificio que ello conlleva.


Porque el tiempo ha llegado, el día de la Gran Tribulación.     

20 de Dezembro de 2018 às 14:42 8 Denunciar Insira 12
Fim

Conheça o autor

Fausto Contero Ecuatoriano, bioquímico farmacéutico y terapeuta alternativo. Aficionado a la lectura y la escritura, especialmente del género narrativo de fantasía, ciencia ficción y terror, especialmente el cósmico, como el de H. P. Lovecraft.

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Mauricio Orta Mauricio Orta
Una narración bien lograda que resulta en un tributo al género a la altura de sus mejores clásicos. Me ha gustado la mezcla del realismo y vivacidad de las descripciones del incendio con la más sobrenatural y misteriosa de su origen. Como ya te han dicho por aquí, puedes sacar más relatos dentro del mismo universo.
27 de Dezembro de 2018 às 06:50

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Muchas gracias Mauricio, por tu comentario. Estoy trabajando en ello. 29 de Dezembro de 2018 às 17:06
Frank Boz Frank Boz
Simplemente genial Fausto. Esa capacidad de poner características de un ser vivo a cosas inanimadas, es como una firma tuya, las he leído en otras de tus obras. Creo que tienes una habilidad muy buena para escribir terror y suspenso, se te da de manera natural. El relato me gustó mucho, se siente como muy... Fausto.
22 de Dezembro de 2018 às 18:00

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Frank, me honra mucho tu comentario, y me alegro que te haya gustado este relato. Gracias también por la reseña, aprecio mucho tu apoyo 22 de Dezembro de 2018 às 18:16
Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Los poderes más allá de la comprensión humana son tan seductores que escribir sobre ello se vuelve adictivo, te felicito por este relato, es una maravilla, como te dije ayer, tienes en las manos una joya que da para mucho!
20 de Dezembro de 2018 às 15:25

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Muchas gracias amigo, por estos comentarios, y por todo tu apoyo 22 de Dezembro de 2018 às 18:16
Laura P. Caballero Laura P. Caballero
Siempre con algún referente a tu escritor preferente, como la llamada, en este caso. Me parece que incluso podría ampliarse, podría perfectamente ser la introducción en la que se plantea con este comienzo, el comienzo de la devastación del mundo. Me ha gustado mucho.
20 de Dezembro de 2018 às 10:18

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Muchas gracias Laura! Justamente es lo que comentaba con un amigo ayer, que podría ser el inicio de una serie de relatos conectados alrededor de la temática que aquí se plantea. 20 de Dezembro de 2018 às 11:01
~