Se renta, pregunte enfrente. Seguir história

soyaugustg1539197395 Augusto Gómez

Una chica renta una casa, sin embargo nunca averiguó que clase de vecinos tendría, hasta que un día recibe la primera carta. Lo demás fue cuestión del destino.


Conto Todo o público.

#mujer #misterio #vecinos #Anciano #horror
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Se renta, pregunte enfrente

Una anciana observa, a través de su ventana, a Carola despidiéndose del tercer extraño de la semana. La mujer está molesta, pues para ella, la conducta de su vecina es inapropiada y la llevará a mal puerto. La chica cierra la puerta y deja que refunfuñe, detrás de la cortina percudida, la viuda de la cuadra.

Carola tiene apenas once meses de habitar el lugar, es acogedor y, aunque no es un sitio lujoso como en el que desearía vivir, la renta le basta y sobra para subsistir. Su presencia ha sido un aliciente para los longevos vecinos de la calle, pues al verla pasar contoneándose con vestidos cortos en primavera y pantalones ajustados en verano, ha provocado un creciente anhelo de volver a sentir la vigorosidad perdida con el matrimonio.

La chica de 23 años, desde su llegada, ha recibido las mejores atenciones. A veces los obsequios son costosos, y por no ser descortés, los recibe con la advertencia de que ella no es una mujer fácil; algunos guardan su identidad y mandan flores; otros, tocan la puerta y pasan una carta por una abertura expresándole así su amor por ella; no obstante para Carola, esta actitud es graciosa y tediosa, supone que en ella ven un aliciente a su vida.

Tras despedirse del tercer extraño de la semana, piensa en darse un baño, tomarse el tiempo para que el agua la cubra y se quite el olor a cigarro de aquel sujeto propenso a creerse artista. Al irse despojándose de la única prenda puesta llamaron a la puerta. Tres toques suaves fueron suficientes para retrasar todo. Se coloca una camiseta, una pantaleta rosa y abre la puerta, tenía la esperanza de ver a algún señor complicarse el camino con su bordón, pero no fue así. Un sobre blanco ha sido colocado en la rendija por debajo de la bisagra. Lo agarra y nota que sólo tenía el remitente. Carola aprecia lo bien elaborado del mismo, ya que la letra cursiva usada es elegante, como si la pluma hubiera bailado al escribir la única la palabra puesta en éste: Girasol.

Carola vuelca su mirada al interior, cierra la puerta y toma asiento en un cajón de madera. El sobre contenía una hoja con una sola página usada, en ésta la letra cursiva no baila, es tosca y las palabras se confunden, como si estuvieran peleándose. Por un breve momento no comprende. Al final de su paciencia descifra el mensaje. El desconcierto hace que tire la carta y la suposición de que alguien se haya errado de destinatario.

El día posterior transcurre con normalidad, los regalos seguían llegándole y ella se aprovecha de los mismos. La vecina antes de ir a misa, nota a otro extraño emerger de la casa de enfrente. El día que enviudó fue la única ocasión en que Carola y ella mantuvieron contacto. La recuerda bien: llegó sola y sujeta un arreglo de crisantemos, nada en especial. La jovencita le dio consuelo, y ayudó en atender a los visitantes. Le pareció una buena persona, hasta que la descubrió besándose con el marido de su vecina. En ese instante, Carola y ella, comenzaron un mutuo rechazo.

Carola saluda amargosa a la viuda de la cuadra, el saludo es igual de insípido desde el otro lado de la calle. La chica vuelve a entrar y ambas no se vuelven a ver hasta la noche, cuando Carola regresa, y encuentra otro sobre con el remitente escrito y con letra agraciada la palabra: Gladiola. La vecina no da importancia y la abandona. Aunque el mensaje, complicado de leer como el anterior, al final descubre las frases escritas.

Dos notas, dos días seguidos, no podía ser una equivocación, piensa Carola. Por un instante causa repelo la posibilidad de una persona siguiéndola, esperando cualquier distracción del mundo, colocar el sobre y huir. Si fuera uno de los ancianos, la comidilla entre ellos, haría llegar quién es la persona que intenta asustarla, sin embargo, el silencio en la cuadra sólo se deja escuchar cuando un anciano trata de robarle su atención con un regalo y es inferior al rival próximo.

Por la madrugada habla con unos de los extraños con quien comparte cama, y se exilía por unos días de la casa. No existe razón por la cual debe quedarse. Madruga y, antes de ver a su vecina espiarla por la ventana, sale con la ropa suficiente para superar las dudas.

Por la tarde el timbre del departamento suena. Carola atendió el llamado. Abre la reja previa a la puerta y un sobre cae al suelo. Tiene grabado una Hortensia. Harta bota el envoltorio.

La chica no huía. Toma la decisión de regresar a casa, esperar el tiempo necesario a la persona que deja los mensajes y reclamar el porqué de sus acciones. La vecina con una regadera en mano, nota a Carola regresar después de unos días. El rechazo fue obvio, ninguna dijo algo ante la ausencia. Simplemente ambas se olvidaron de la otra.

Al pasar a la casa, pisa varios sobres. Algunos tienen un aroma a madera y otros a tabaco, se distinguía la preocupación de los admiradores por su falta en las reuniones de la tarde. Entre estos mensajes están tres con grabados de flores; y dos más, con fina caligrafía, escrito el nombre.

Con esfuerzo angustiante, lee una a una las notas y sin hallarles elocuencia. Carola calma la angustia por un rato. Da orden a los recados, las coloca sobre una mesa, les da sentido. Concentrada en averiguar la razón de las misivas, un golpe se escucha en la puerta, supone que el viento fue el causante; un segundo golpe la alarma, el viento no pudo haber hecho eso; en el tercer golpe fue acompañado de una voz suave. Se levanta, coge una tijera y va hacia la puerta. Se coloca en ella para escuchar cualquier cosa proveniente del exterior, al agudizar su oído, un cuarto golpe la hace retroceder otra vez. La voz se hace escuchar. La suavidad de la misma se perdía por el grosor de la puerta y al oír su nombre la cimbra: “Carola, hija, abre”. Trata de identificarla, pero no era fácil, el miedo la tiene inmóvil: “Carola, hija, ¿estás despierta? Abre”. Un golpeteo continuo la hizo reaccionar, abandona su escondite detrás de la mesa del comedor, y con la tijera empuñada corre a la puerta y de un jalón la abre. Del otro lado su vecina, asustada por la acción intimidatoria de Carola, da unos pasos hacia atrás y pide que se calme. Ambas mujeres se miran, Carola con el llanto contenido y la anciana con la súplica en los labios para no ser dañada.

El mutuo rechazo dio una tregua. La anciana con un carácter afable tranquiliza a su joven vecina que continúa agobiada por lo sucedido. No imagina pasar una situación como la que vive desde hace una semana. La mujer la invita a su casa, comprende la situación que padece Carola, pues para ella no es desconocida. En el interior prepara un té de manzanilla y se lo da a su invitada, esta lo recibe mas no lo bebe. Tiene los nervios hechos una madeja. La chica vestida de un pantalón, sandalias y playera corta, recuerda el día del velorio, en el mismo lugar en el cual ella está, un féretro estuvo adornado de flores blancas, crisantemos, rosas, alcatraces, gladiolas, margaritas y por encima del cajón una foto del fallecido en un campo de girasoles. No piensa en vincular la decoración con lo sucedido. La anciana la mira desde el marco de la puerta, guarda las palabras hasta que la chica hable. No quiere realizar preguntas indebidas. Sólo espera un buen momento.

Carola lanza un respiro profundo, la vecina retira la taza y comienza a hablar. Con cierta simpatía evoca lo sucedido con el esposo de su vecina. La incomodidad aparece entre ella, sin embargo la gracia de la charla minora el ambiente y el lugar se torna tranquilo, como si una abuela contara una anécdota de su juventud a su nieta. La noche se percibe fría y el viento crece en intensidad; la calle guarda un silencio y la casa se volvía en cada rotar de las manecillas más espaciosa.

—Los vecinos te tienen mucho cariño —hace el comentario al depositar más té a la taza.

—Sí. Son como mis abuelos.

—Entonces es una buena relación —cruza las piernas y acomoda el dobladillo del vestido.

—Sí. Agradezco sus atenciones.

—Y mi marido, ¿lo conociste?

—Sí. Lo veía salir por las mañanas. Muy elegante.

—Lo sé. Lo eduqué bien —esboza una sonrisa, orgullosa de tal aseveración.

—Supongo —la chica contesta indiferente.

—¿Por qué tan asustada? —coloca sus manos sobre su rodilla.

—Me acosan.

—¡Cómo puede ser eso! —molesta exclama al levantarse del sofá.

—Si. Han dejado mensajes muy raros.

—¡Esos viejos sinvergüenzas! —señala con un ademán hacia la calle.

—No, no, ellos no son.

—Entonces ¿quién fue? —se acerca a Carola marcando el paso con la punta y tacón.

—No lo sé; pero me asusta.

—Quizá es uno de esos hombres que salen de tu casa.

—No. Bueno, no lo creo. Ellos no saben mi nombre real.

—Pero sí tu dirección —responde inquisitiva.

—Sí, lo sé; sin embargo sólo son perdedores.

—Mi hijo no es un perdedor.

—¿Su hijo? —se voltea hacia la anciana que observa la calle desde la ventana.

—Sí, mi hijo. ¿Lo quieres conocer? —deja caer la cortina sin verla a la cara.

—No creo que sea buen momento.

—A él no le importa tu imagen desalineada —dice aun dándole la espalda.

—¡¿Disculpe?! —ofendida reclama a la mujer que comienza a caminar hacia ella.

—No te ofendas. Mi marido pensó lo mismo al verte llegar.

—No sé a qué juega. Debo irme.

—No, hija, aquí estás más segura.

—Eso no es posible.

—Debes añorar a un buen hombre en tu vida.

—No, para nada. Me basto sola.

—Mi hijo es un buen hombre.

—No me interesa. Debo irme.

—Si no mal recuerdo, son mensajes aterradores.

—¿¡Cómo sabe eso!?

—Hijo, ven aquí —orden que vocifera hacia un pasillo al cual no le alcanza la luz.

Carola parada en medio de la habitación central, mira hacia aquel lugar estrecho. Trata de identificar que hay en él; pero el cansancio disminuyó sus sentidos.

Una silueta encorvada se distingue al final del corredor. La anciana levanta la tetera, los utensilios y la taza. Carola camina hacia adelante al tratar de saber quién o qué es.

—Hijo, hijo mío, aquí la tienes —dice al cerrar con llave la puerta principal.

—¿Qué hace, señora? —alarmada pregunta, sin dejar de mirar la silueta perder su difuminado aspecto.

—Nada, hija. Lo que normalmente hacemos.

—¿Hacemos? ¿Quiénes?

—Los vecinos… y nosotros.

Una figura no antropomorfa emerge de la oscuridad. Carola no puede moverse por el asco de presenciar el aspecto de aquello que tiene enfrente. Un aroma pútrido aparece detrás de ella. La anciana comienza a quitarse con pesadez las medias que escondían sus piernas, luego quita el cinto que tiene sujeto a su vientre el cual crece; el rostro desparece, sólo se logra ver los orificios de las fosas nasales y del oído; su espalda se encorva igual que aquello que tiene cerca. Carola quiere gritar, pero su garganta se ha cerrado, incitado por el ardor al aspirar el aliento de aquellas cosas que tiene cerca.

—Hijo, disculpa por la espera. La casa tarda en ser rentada —la voz de la anciana proviene del aquella figura torcida que tiene a su espalda—. Los vecinos, no nos la arrebataron. Hay que cenar y esperar a la próxima —la chica tiene el rostro pálido, las piernas no paran de temblar, sus pulmones de expanden y respira de manera acelerada, el sudor ha mojado su camiseta, el llanto no puede escapar —. Lo siento, hija, pero a veces hay que jugar sucio —las lámparas fallan y la luz desaparece de los ojos de Carola.

En la casa próxima, un anciano se queja:

—Malditos sean. ¡Cómo hacen escándalo los vecinos al comer!  

21 de Novembro de 2018 às 09:07 0 Denunciar Insira 0
Fim

Conheça o autor

Augusto Gómez Vago estudiante de la vida. Narrador de ficciones y realidades. Fumador de héxamina y caladas de vacío. Y si no me creen, no he dicho nada.

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