La Coleccionista Seguir história

mel_licht_dunkelheit Mel Velásquez

Un espectro errante conoció alguna vez a una extraña coleccionista, cuya obsesión la llevó a romperse en pedazos... Esta es su historia.


Conto Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#psicópata #terror #horror
Conto
0
4471 VISUALIZAÇÕES
Completa
tempo de leitura
AA Compartilhar

Parte única.

Muchos años atrás, en un recóndito pueblo de Nebraska, habitaba una mujer tranquila y amable, maestra de primaria y buena vecina. Nadie tenía queja alguna de ella, era una mujer ejemplo a seguir y a pesar de que no tenía hijos, era considerada como una segunda madre por sus alumnos.


Lo que nadie sabía era lo que aquella "amable" mujer escondía en las entrañas de su colorida y floral casa; un secreto que de ser descubierto le costaría la vida. Madeleine Johnson era su nombre, era la típica maestra "miel", amada por todos y temida por nadie, que había llegado desde la ciudad para dar su vida por los niños.


Maddie, como sus voces solían decirle, tenía una fijación extraña por el cabello de las personas; a veces, mientras impartía sus clases, no podía evitar fijarse en los sedosos cabellos rubios de sus infantes estudiantes y sentir hervir en su interior un deseo intenso de poseerlos, uno que intentaba calmar con "medicamentos".


Pero todo su control se vino abajo cuando llegó a su salón de clases "Jane"; una pequeña niña de anaranjados cabellos rizados. El color, el brillo, su simple libertad en el viento despertaban los deseos más animalescos en Maddie, deseos que no podía controlar con su medicina.


"Invítala a casa, Maddie, invítala a unas ricas galletas"


Repetía constantemente una de sus voces menos agresivas e su cabeza, a medida que Maddie observaba a la pequeña Jane correr en el parque de la escuela.

"No tenemos cabellos de ese color entre los tesoros, Maddie ¿Qué estas esperando? ¡Tómala! "


Una de sus voces más agresivas la incitaba en su cabeza a romper un poco sus reglas, causando un desesperante ataque de nervios que solo pudo controlar huyendo a casa antes de tiempo.


Jane, la pequeña inocente, no sabía que despertaba los instintos bestiales en su "dulce" maestra de letras y cada mañana le llevaba una manzana como típica muestra de cariño escolar. Para Maddie era toda una odisea controlar su asesino deseo de tomarla por el cuello y reclamar su cabeza como trofeo; batallaba contra sus voces más agresivas sedientas de sangre y tenía que fingir su sed con una sonrisa que ya no cobijaba sus ojos claros.


Una tarde lluviosa Maddie no pudo ignorar más a sus voces, no cuando los tesoros se entregaban tan fácilmente a una coleccionista. La pequeña Jane fue la última en salir de su clase y quedó atrapada con ella por la lluvia.

-Maestra ¿Mis padres vendrán?


-Llueve pequeña, pueden tardar un poco. -la mujer tragó saliva, su ritmo cardiaco aumentaba y sus manos temblorosas se movían lentamente hacia la pequeña niña.


"¡Llévala a casa! Vamos... Llévala"


Cuando sus manos tocaron el sedoso cabello rizado, una corriente de placer se desencadenó en su cuerpo y dio marcha por fin a la orden que sus voces daban una y otra vez en su cabeza. Tomó de la mano a la pequeña y la invitó a su auto, con el pretexto de que le llevaría a "casa".


En todo el camino, la niña tatareaba una canción propia de infantes de su edad, ignorando el peligro que se movía al interior de aquella mujer. Las voces aclamaban con júbilo su premio, le enseñaban planes para recolectar su premio y no dejar rastro alguno de su "inocente" acción.


Se detuvieron en la casa colorida de la maestra; el cuidado jardín florecía mejor que cualquier otro jardín del pueblo y su "aparente" era un abono de "amor puro".


La niña bajo del auto y, sin importar la lluvia, corrió hacia los altos girasoles, encantada. Maddie le observaba desde la puerta del auto, veía la lluvia impregnar su premio rojizo y sentía que su embriagante olor podía llegar a ella. Suspiró con dificultad e intentó mantener su máscara un poco más, hasta asegurar a la pequeña al interior de la casa.


-J-Jane...Vamos a la casa, debes cuidarte de la lluvia.


La niña tan solo asintió y de forma muy obediente corrió hacia la casa, esperando encontrar adentro un lugar mágico, como los de los cuentos de hadas. Una vez adentro, Maddie consintió a la niña como nunca más nadie la consentiría; le otorgó todos los dulces que ella quiso, segura de embriagarla con el azúcar y fue tan dulce como su perfecta mascara se lo permitía.


Afuera, para su beneficio, aun llovía, escenario perfecto para extraer su tesoro de esos pequeños hombros infantiles. Con la excusa de ir al lavabo, Maddie se retiró de la sala de estar y se adentró al interior de la casa, buscando desesperadamente a su infalible herramienta.


Mientras tanto Jane jugueteaba con algunas galletas que tenía a la mano y consumía los brownies que su amada maestra le había dejado. Se sentía plena al interior de tan hermosa casa y quiso explorarla, justo como Alicia lo hiciera con la madriguera del conejo.


Abrió la puerta más misteriosa que vio y esperó encontrar del otro lado colecciones gigantes de muñecas, animales de felpa y gatitos de porcelana; estaba en completa oscuridad en aquella habitación y cuando pudo encender la luz se encontró con un aterrador poblado de estanterías, donde flotaban cabezas de otros niños y niñas de cabellos de toda forma.


Quiso gritar, escapar, moverse, pero su pequeño cuerpo mareado por tanto azúcar solo pudo quedarse allí anclado, congelado ante tan aterradora visión. Las lágrimas impregnaron sus ojos y solo el deseo de estar con sus padres daba vueltas en su cabeza.


Maddie sonreía complacida al ver, desde la lejanía, a la pequeña observando su próximo lugar. Caminó sigilosamente hacia ella y le abrazó por la espalda, acariciando con deseo los rojizos cabellos.


Solo podían escucharse los sollozos de la niña en la habitación y la respiración agitada de la mujer. Las voces de Maddie decidieron llenar ese silencio, reclamando su premio, incitando a la mujer a moverse y aclamando gritos infantiles que serían apagados por la lluvia.


-Shhh No llores ¿Qué no lo ves? Vas a ocupar el mejor lugar ¡Estarás en el centro! Como el gran tesoro que eres.


La niña, por fin, intentó zafarse, escapar hacía la luz del exterior y ver a sus padres, los que nunca fueron a recogerla a la escuela y salvarla de aquel final. Un corte profundo y limpio atravesó su garganta, mientras sus nacientes gritos comenzaban a apagarse.


Siempre era fácil para Maddie desprender una pequeña cabeza de unos minúsculos hombros; cortaba con fuerza, sintiendo el carmesí líquido en sus manos, los movimientos bruscos del cuerpo que aun luchaba y el perfume intenso de ese cabello en sus fosas nasales.


Placer, profundo y puro placer inundaba sus sentidos y cuando el cuerpo cayó inerte al suelo, abrazó su nuevo tesoro contra su pecho.


-Rojo...Rojo...¡Rojo! Mi rojo... Mío...-repetía en leves susurros, hundiendo su rostro en ese cabello, interiorizando ese embriagante aroma, entrando en el más profundo éxtasis infernal y cantando sin descanso la canción infantil que Jane alguna vez tatareó en vida.


Cuando la madrugada llegó se encargó de eliminar todo rastro de Jane, dispersó su cuerpo por el pueblo y dejó lo único útil (a parte de su tesoro), para alimentar sus plantas, no existía mejor abono que entrañas de niño, según Maddie.


Tardaron semanas en encontrar algún rastro de Jane, un anciano encontró una pequeña mano en el hocico de su Gran Danés y las alarmas se dispararon ante la posible presencia de un asesino serial. Los más sospechosos fueron vigilados, pero la dulce Maddie siempre estuvo a salvo en su trono de dulce maestra. Nadie la tuvo en cuenta, solo fue llamada a testificar una vez y el caso terminó cerrándose a falta de pruebas.


Así, cada mañana, Maddie observaba su trofeo, Jane la miraba inerte desde su estante y le regalaba a Maddie la oportunidad de sonreír ante su posesión.


Todo parecía ser perfecto para la maestra, hasta que un lejano día lluvioso un hombre de oscuros y ondulados cabellos apareció frente a su casa, enseñando su placa reluciente de agente federal. Le dejó entrar y lo invitó al más delicioso té de menta que había preparado en años.


-Señorita Madeleine Johnson ¿Cuándo fue la última vez que vió a Jane White?


El hombre de oscuras cejas, ojos claros, tez palida y facciones altivas y finas, anotaba cada palabra de Maddie en su gris libreta. Maddie le había inventado una creíble historia, donde el hermano mayor de la niña la había recogido en su auto, ese mismo joven que hoy en día reposaba en una correccional por violencia doméstica contra la pequeña.


Su historia parecía creíble y tenía el beneficio de no ser considerada una sospechosa por los habitantes del pueblo, su actitud "impecable" le precedía. Pero aquel hombre de extrema seriedad se le hacía muy insistente en los detalles, dejándole ver poco a poco que él, tal vez si la consideraba alguien de quien sospechar.


Una de sus voces interrumpió sus pensamientos, detonando lo obvio en ella.

"Él sabe lo que hemos hecho..."


Por un momento el terror asaltó su pecho, pero la seguridad de su casa le indicó que ella aún tenía el mando en este juego. Le sonrió de la forma más dulce que pudo y le ofreció un poco más de su té, detallando con interés su rostro, de nuevo.


-Qué lindo cabello tiene usted, oficial...


"Se vería bien junto a Jane"


El hombre recibió el "inocente" alago con cierto nivel de ego y bajó su guardia ante la persona equivocada. Maddie le sonrió de nuevo, dispersando estratégicamente las dudas sobre ella y dirigiéndole a donde deseaba tenerlo. Se puso de pie y caminó grácilmente alrededor del hombre, hasta quedar a sus espadas. Tanteó sus hombros, siendo bien recibida y con dulce tono de voz pronunció las palabras mágicas.


-¿Le gusta mi jardín? Dicen que allí puede florecer cualquier cosa, hasta usted.


Una sonrisa retorcida marcó el final de sus palabras, mientras la lluvia, en su rítmico caer, tatareaba para ella una conocida melodía. La lluvia ocultaba el crujir de Maddie, partiéndose en pedazos, transformándose en sus voces, aquellas que saborearían siempre el placer infinito, saciando la sed de todo coleccionista ante los tesoros de su devoción, sin importar el costo.

12 de Novembro de 2018 às 20:19 0 Denunciar Insira 0
Fim

Conheça o autor

Mel Velásquez Melómana, Escritora, Cosmonauta, Socióloga.

Comentar algo

Publique!
Nenhum comentário ainda. Seja o primeiro a dizer alguma coisa!
~