La Cocinera Seguir história

faustoc Fausto Contero

La búsqueda de un ser de leyenda termina en el descubrimiento de algo que no debería existir en el mundo, y de un macabro y peligroso conocimiento.


Horror Horror zumbi Todo o público. © Creative Commons Attribution-NoDerivatives 4.0

#terror #muerte #zombi #cocinera #cripta
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La Cocinera

El tintineo del golpe de las cadenas recién cortadas sobre el suelo de piedra me provocó una descarga de adrenalina que me hizo temblar dolorosamente mientras una sensación paralizante de angustia cortó mi respiración de improviso. Instintivamente, la luz de la linterna que sostenía mi mano temblorosa se dirigió hacia la gruesa tenaza metálica que había logrado el corte, y a través de esta, al sujeto que la manejaba. El Hermano depositó la herramienta junto a sus pies con un jadeo ahogado, mientras halaba las antiguas puertas de la cripta, que se resistieron con un leve gemido antes de abrirse con violencia. Un fuerte olor golpeó mi rostro, un aroma que hacía pensar en mazmorras subterráneas olvidadas por el hombre mientras los siglos las llenaban de moho y humedad, o pantanos inaccesibles donde restos de lo que fueron plantas y animales se pudrían lentamente entre borboteos de lentos gases que emergían desde aguas espesas.

Me llevé una mano a la nariz mientras el impulso de toser atormentaba mi garganta con un terrible escozor. Miré a mi alrededor sin saber exactamente por qué. La oscuridad caía como una niebla emergida de alguna oscura grieta entre el cielo y la tierra, y se sentía pesada como si de repente hubiera adquirido una tenue solidez. El Hermano entró en la cripta con pasos suaves sin apenas mirarme, como si no le interesara si lo estaba siguiendo o no, o quizás, con la completa seguridad de que lo haría. Tuve que forzar a los músculos de mis piernas para que salieran del estupor en que mi mente los había sumido y empezaran a trasladarme al interior del indeseable lugar. El suelo descendía ligeramente para dar paso a gradas mohosas que se perdían hacia abajo tragadas por la oscuridad que parecía no solo ocultarlas, sino borrar su existencia. Procuré levantar la linterna para iluminar mejor el camino, pero un gesto del Hermano me lo impidió. Un susurro salió de su boca, firme pero no exento de un casi imperceptible tono nervioso.

– Solo ilumina al suelo, y no hagas ruido.

Nos detuvimos unos momentos solo para escuchar. El silencio era tan profundo que por un momento me hizo pensar en un grito en negativo, como si la ausencia total de sonidos externos diera paso a la salida de un inaudible alarido desde el interior de mi cabeza. Un golpeteo monótono atrajo mi atención un segundo después. Un movimiento de la linterna descubrió que se trataba solamente de una enorme mariposa negra que chocaba contra el techo de la cripta. Imaginé que podía incluso escuchar el carraspeo que provocaban sus patas sobre la piedra y el inquietante crepitar de una viscosa probóscide que lamía quién sabe qué cosas entre las irregularidades de la superficie. Esperaba escuchar algo más, dado el objetivo de haber irrumpido en aquel lugar. Pero ¿qué? ¿Acaso mi aterrada mente se dividía entre el deseo de una prueba que me demostrara que esta profanación obedecía a una razón real, y el de que todo sea una simple mentira? ¿Entre la sed de conocer la verdad y la comodidad de la ignorancia?

El Hermano empezó a caminar de nuevo sin decirme nada más, y esta vez inició el descenso a través de los viejos escalones con el mismo paso quedo, conmigo a sus espaldas iluminándole cada lugar donde posaría sus pies mientras trataba de mantenerme lo más cercano posible a él. El camino nos llevó a una sala vacía tras otra, salvo por el polvo que cubría cada superficie con un grueso manto de tiempo fosilizado, escombros apilados en los rincones y grandes mesas de piedra que seguramente tenían por finalidad acoger los sarcófagos que descansarían en aquel sitio. Empero, no encontramos ataúd alguno ni nada que nos sugiriera que un despojo humano hubiera sido depositado allí alguna vez. Sin embargo, ¿por qué el aire tenía esa ligera sensación a podredumbre que se intensificaba mientras más descendíamos?.

Llegamos a un amplio salón donde la pared opuesta a la entrada daba lugar a dos vastos corredores que se extendían con el ángulo necesario para impedir mirar en sus profundidades con un simple vistazo. Entre las dos entradas había restos de lo que parecía ser pintura sobre la pared, tal vez una imagen de tipo religioso que había sido pintada hace demasiado tiempo y que apenas daban la idea de una mano y lo que parecía ser la silueta de un rostro vuelto hacia el espectador. En el suelo ante lo que en su momento fuera una pintura, se adivinaban restos de óxido como si en el lugar hubiera existido algo metálico, aunque no se veía nada así en toda la extensión del salón. Fue en ese momento cuando noté que el silencio había dejado de reinar. Se escuchaba a lo lejos algo similar al sonido de un líquido siendo agitado mientras burbujas estallaban en su superficie. De cuando en cuando, como si de un campanario oculto se tratase, se percibía un golpeteo metálico, y sin saber si era algo real o producto de mi trastornada imaginación, podía jurar que escuchaba un roce como de ropas y un murmullo tan suave que no podía ser interpretado.

La respiración del Hermano se intensificó, seguramente al escuchar lo mismo que yo. El resplandor de la luz artificial sobre el suelo reveló en su rostro una palidez casi mortal y un par de gotas de sudor que resbalaban por sus sienes cubiertas de prematuras canas. Tragué saliva con tanta fuerza que me pareció haber producido eco entre aquellas paredes, mientras daba un paso hacia atrás al sentir que perdía el equilibrio y control de mi cuerpo. Malinterpretando mi gesto, el Hermano me devolvió una mirada enojada que me resultó espantosa debido a las sombras que adornaban su rígida faz.

– Nada de echarse para atrás. Hemos llegado hasta aquí y cumpliremos lo que prometimos.

No le dije nada, solo lo miré con los músculos faciales petrificados intentando dar un par de pasos hacia adelante para demostrarle que no escaparía como él pensaba. Sin quitarme la vista de encima, sacó del bolsillo de su gruesa chompa un revólver cuyo brillo rebotó con luz propia antes de disolverse en la penumbra que la linterna no lograba hollar. Con un fuerte sonido que me asustó más que el propio silencio, la cargó y la sostuvo entre sus manos por un momento, antes de tenderme el arma. La tomé con la mano que tenía libre sintiendo como el mango me resultaba resbaloso por mi propio sudor, para guardarla en uno de mis bolsillos. En un momento, un segundo revólver estuvo en sus manos, cargado de la misma forma. Con un movimiento de su cabeza, me animó a caminar a su lado para acercarnos a la entrada de la abertura a la izquierda de la pared. El rancio aire nos trajo con fuerza el sonido del líquido que había escuchado antes. El Hermano se movió despacio pegado a la pared, conmigo a sus espaldas. Unos metros más adelante un leve resplandor que oscilaba entre las sombras se dejó vislumbrar. Apagué la linterna con los ojos fijos en las piedras que formaban el suelo y cuyos límites empezaban a notarse claros a medida que avanzábamos. El ruido también se volvió claro, sin dejar de escucharse espectral como si proviniera de un lugar perteneciente al inframundo. Llegamos hasta el límite del corredor, desde donde se abría paso una nueva sala. Me detuve igual que el Hermano, sin saber si obedecía al control de mi propia mente o era el efecto del terror que de nuevo escocía en cada fibra de mis músculos.

Imitando a mi compañero, asomé con cuidado la cabeza en la esquina del pasillo para mirar hacia el cuarto, tapándome la boca con el brazo debido al asfixiante hedor que reinaba. La temblorosa luz provenía de una improvisada hoguera que ardía sin fuerza soportada por unos cuantos leños ennegrecidos. Directamente sobre esta, se asentaba un enorme caldero negro del que brotaba un denso vapor ascendente. Alcanzaba el techo y luego se desparramaba perdiendo cohesión y llenando el ambiente de una sensación caliente y sofocante. Efectivamente, un líquido hervía en el caldero y el sonido me resultaba grotesco, como proveniente de un cocimiento espeso y asqueroso ante el que los sentidos más sutiles se rebelaban. Una figura movía una gruesa vara en el líquido con gestos lentos y torpes. La luz de la hoguera apenas lograba iluminarla, cubriéndola de un amasijo de sombras que con dificultad se atrevían a posarse sobre la impía forma. Parecía una mujer de gruesas proporciones, no muy alta, vestida con lo que alguna vez fue un amplio vestido de tela oscura sobre el cual descansaba un delantal mugroso en el que se adivinaban manchas de un amarillo purulento y un rojo negruzco. Me obligué a mirar las manos de la mujer, detalle que mi piadoso cerebro me había ocultado hasta ese momento, evitándome el horror de la visión de aquellos dedos descarnados que apretaban la vara con fuerza. Las manos cadavéricas aún poseían pedazos de piel seca agarradas a músculos tiesos y huesos animados por alguna fuerza contraria a la vida. Con un nudo en la garganta que amenazaba con cortarme la respiración definitivamente, mi mirada saltó de inmediato al rostro del espanto. Era como mirar a una momia que iniciara el proceso inverso a su desecación, como si una cabeza calcinada por las arenas del desierto hubiera sido sumergida en una amalgama de grasa animal y humores provenientes de órganos frescos. Un sector de la mandíbula sin piel mostrando su resplandor calcáreo, multitud de pústulas verdes y rojas que parecían a punto de reventar entre vahos de mortecina, largos cabellos negros desprovistos de vida tan rígidos como finísimas lianas impuras, ojos de un blanco espectral que aún así miraban obsesivamente el cocimiento que hervía. La presión en mi pecho llegó a límites insoportables, un grito parecía haber nacido en el interior de mis pulmones y luchaba por ser liberado desgarrándome por dentro, aunque mi boca firmemente cerrada hasta casi hacer rechinar mis dientes se lo impedía. La imagen que percibía mi vista pareció girar vertiginosamente mientras una sensación gélida cubría cada sector de mi piel. Agradecí con retazos de pensamiento faltos de cordura la misericordiosa posibilidad de que mi conciencia escapara de la terrible realidad y sumirme en la dulce inconsciencia, pero justo cuando mis miembros empezaban a perder su tono, el instinto de supervivencia me sostuvo en pie, liberándome de la rampante sensación de estar cayendo en un abismo. No podía darme el lujo de escapar al menos mentalmente, no con aquella demoníaca parodia de ser humano allí presente.

Así que era cierto. A unos cuantos metros tenía al personaje de leyenda cuya historia había hecho temblar a los habitantes de la región durante tanto tiempo, habitando en la mente de niños y adultos temerosos que susurraban los detalles que daban vida al espectro cobijados por la noche y el frío de la montaña. La Cocinera. La mujer cuyo cuerpo se había levantado de entre los muertos para deambular por los cementerios cuando la luna se hallaba ausente, para dar rienda suelta a sus macabras pretensiones impulsada por algún tipo de satánica voluntad. Algunos decían que había sido la sirvienta de un hacendado que había residido en la zona hace cientos de años y cuyos acercamientos a las artes oscuras habían traído la condena para sí mismo y quienes lo acompañaban. Otros, que se trataba de una bruja que, tras no cumplir con un pacto firmado con el Diablo, había sido castigada por este no encontrando descanso ni en la muerte. Y había quienes afirmaban que la mujer había sido en vida una humilde cocinera que de alguna forma había encontrado un terrible secreto alquímico, pero que no supo aplicarlo bien para beneficio propio. Eso era lo que el Hermano creía, aunque en ese momento lo único que llenaba mi cabeza era la insoportable idea de que lo que pensé era tan solo un ser surgido del imaginario campesino, se había convertido de súbito en una aberrante figura de carne y hueso que no debería existir en el mundo.

La mujer detuvo su lento batir y dirigió su paso vacilante a una mesa de piedra que se hallaba a sus espaldas. Me percaté que sobre ella descansaba un cadáver humano totalmente desnudo, una mujer cuya larga cabellera rubia colgaba hacia su derecha. Por su aspecto rígido, debía haber muerto hacía tiempo ya, aunque la carne pálida aún parecía estar tersa. La Cocinera tomó un cuchillo roñoso y lo hundió en el abdomen del cadáver, escarbando con él hasta lograr un gran corte longitudinal mientras su garganta emitía un resoplido aterrador. Metió una de sus pútridas manos en el corte y arrancó el hígado. Con el negro humor chorreando por sus ropas, lo soltó en la caldera que aceptó el ingrediente del nauseabundo guiso emitiendo un silbido.
Con el cuello adolorido por la tensión, giré mi cabeza en dirección al Hermano. Su expresión me provocó otro escalofrío. Donde pensaba encontrar un rictus de miedo, los signos de una parálisis semejante a la mía, estaba una expresión de casi locura, la mueca de unos labios abiertos en algo que no podía ser interpretado como sonrisa o muestra de asombro, los ojos desorbitados observando casi codiciosos al cadáver ambulante.

Uno de sus pies impactó contra mi pierna mientras su cabeza se movía con los dientes apretados. Encendí la linterna y apunté con ella al rostro de la Cocinera, que de inmediato giró su rostro hacia la luz dejando ver cada detalle de su insoportable faz. El sonido de un disparo estalló en el salón acompañado de un aullido gutural que provenía del no muerto mientras se desplomaba sobre la mesa donde descansaba el cadáver. El Hermano saltó hacia el centro de la sala mientras yo me arrastraba como podía sosteniendo la linterna. Se acercó al cuerpo de la Cocinera apuntando a su cabeza como dispuesto a disparar de nuevo. No supe como sucedió lo demás. Con una velocidad inhumana, la mujer se levantó con un movimiento antinatural y se abalanzó hacia mi compañero con el cuchillo que había utilizado antes en las manos, hundiéndolo hasta el mango en su hombro. Solté la linterna y saqué el revólver, disparando un par de veces al pecho del espectro. Emitiendo un grito que pareció ser amplificado por las paredes, avanzó hacia mí sin demostrar ningún efecto de los disparos. El Hermano, con gesto entre adolorido y desesperado, agarró la cabellera de la mujer con la mano del brazo no herido, tirándola hacia atrás mientras esta se giraba de una manera imposible dispuesta a herirlo de nuevo. Forcejearon empujándose hacia la mesa de piedra, manchándose con los fluidos que goteaban desde esta y resbalando a cada paso. Con un golpe de él, el cuchillo de la muerta fue lanzado lejos, cerca de donde me encontraba yo mirando la escena como congelado. Alcancé a agarrar el arma y correr hacia donde se desarrollaba la lucha. La Cocinera había sometido al Hermano y sentada sobre sus piernas, mordía rabiosamente su mejilla derecha que manaba sangre manchando sus cadavéricos labios. Sin pensarlo dos veces, enterré el cuchillo en la base del cuello del monstruo haciendo fuerza con ambas manos y lo halé hacia abajo. La hoja cortó con un sonido seco la carne y los músculos descompuestos hasta casi la mitad del pecho. El Hermano se liberó de las fauces de la mujer, que se había quedado casi estática mientras resoplaba, e incorporándose, me quitó el cuchillo dirigiendo su hoja con furia hacia el cuello de la Cocinera. Con tres tajos, la cabeza estuvo completamente separada del cuerpo, los sonidos cesaron y los temblores de los miembros del no muerto también. Me senté en suelo, exhausto, con ganas de gritar sin control, de llorar, de golpearme contra las paredes para liberar toda esa presión que me había invadido desde el mismo instante en que entré a la cripta. Sin embargo, apenas un agudo quejido emergió de mi garganta sofocada por el hedor del lugar, mientras mis ojos se cerraban con fuerza, atormentados por un ardor insufrible.

Un par de segundos después, los volví a abrir. El Hermano se hallaba como en shock mirando hipnotizado la cabeza cercenada. Poco a poco recuperó el movimiento, aunque el gesto angustiado de su rostro se había deformado hasta una expresión que era difícil de contemplar. Pensé que estaba perdiendo la razón finalmente, hasta que se incorporó con la sangre aún manando de sus heridas. Acercándose a mí, me tendió la mano. La agarré con fuerza mientras una oleada de alivio recorrió mi cuerpo. Me incorporé con dificultad pensando que el Hermano me diría que todo había terminado, que habíamos acabado con el demonio necrófago que se había alimentado de cadáveres de la zona durante tanto tiempo, que saldríamos de allí lo más pronto posible a respirar el aire exento de olor a muerte y jamás volveríamos a hablar del asunto. Pero empezó a caminar halando mi brazo en dirección al caldero que aún burbujeaba. Se asomó al interior, obligándome a que hiciera lo mismo con una mirada grave. El contenido estaba compuesto de un caldo viscoso, lleno de grasa en el que flotaban pedazos de carne y otros elementos que parecían ser órganos cocidos. Pude reconocer un dedo, un ojo, un par de riñones… todo proveniente de un cuerpo humano. Giré mi cabeza hacia un lado y vomité con libertad apretando con una mano mi adolorido vientre. Cuando me recuperé, vi que el Hermano se hallaba agachado en un rincón de la habitación examinando unos frascos de cuya existencia no me había percatado hasta ese momento. Observaba el polvo de distintos aspectos que estos contenían y examinaba su olor. Luego, tomó un manojo de hojas amarillentas que se hallaban apiladas cerca de los frascos y empezó a mirarlas con gesto de asombro. Me acerqué despacio hasta él pudiendo notar que una rara escritura cruzaba las hojas, una serie de caracteres rígidos que no parecían nada que hubiera visto antes. Noté además que debajo de aquellas líneas escritas había otro tipo de escritura, que reconocí como hebreo, cuyos trazos opacos apenas se dejaban ver. El Hermano murmuraba entre dientes mientras leía con insana expectación.

– Griego… y hebreo… la hechicera tradujo mal… la fórmula, la receta… están los ingredientes, pero… no deben provenir de un muerto de horas, sino de minutos… o mejor, de un viviente… solo así se alcanza la inmortalidad alquímica… caso contrario, no se pasa de ser un cadáver animado...

Me quedé lívido ante la información que acababa de escuchar, más aún cuando el Hermano se giró y caminó hacia el caldero para sumergir un dedo en él y llevárselo a la boca, saboreándolo. Lo miré con horror listo para gritar algo que pudiera regresarlo a la sensatez, pero me detuvo el brillo de su mirada perdida que parecía atravesarme. Invadido por un súbito presentimiento, eché a correr hacia el pasillo oscuro escuchando los pasos del Hermano a mis espaldas. Choqué contra las paredes frías, tropecé en los escalones resbalosos guiándome tan solo por el instinto, por el deseo de escapar de aquel loco que había sido dominado por quién sabe qué maligno deseo… hasta que un dolor punzante en la nuca anuló mis sensaciones.

Todo se ha vuelto tan oscuro…. ¿estaba tan oscuro antes? Nada huele ya, no hay moho ni humedad, ni muerte… no se escucha nada ya ¿y la mariposa negra? ¿Y su lengua viscosa? ¿Y el aullido del viento?. Hace tanto frío, todo está tan… quieto… al final, esto era todo… la dulce inconsciencia, la piadosa ignorancia…

19 de Outubro de 2018 às 18:02 16 Denunciar Insira 16
Fim

Conheça o autor

Fausto Contero Ecuatoriano, bioquímico farmacéutico y terapeuta alternativo. Aficionado a la lectura y la escritura, especialmente del género narrativo de fantasía, ciencia ficción y terror, especialmente el cósmico, como el de H. P. Lovecraft.

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Ereth Khial Ereth Khial
Qué bien sabes ambientar la acción, te sumerge totalmente en la historia y hasta se puede oler el moho de las paredes! Genial!
19 de Março de 2019 às 14:40
Alison Oropeza Alison Oropeza
Tienes un talento increíble para describir el ambiente. Se transmite a la perfección el ambiente tétrico.
11 de Março de 2019 às 21:43
Luis Rafael Luis Rafael
Por Dios!!! Qué relato, Fausto! Estaba por continuar la escritura del siguiente capítulo de mi Fanfic de los Caballeros del Zodiaco y me quedé sumergido hasta el final en tu trabajo. Me place en demasía conocer tu escritura la cual es cómoda y atrapa en el acto. Bravo, Fausto. Ha sido un gustazo esta lectura.
12 de Janeiro de 2019 às 15:01
Frank Boz Frank Boz
Acabo de leerlo y ¡Es genial! En verdad tienes madera para escribir, mis felicitaciones Fausto, es una obra demasiado buena mucho, diría. Noto la inspiración del terror de antaño, como te metes en la psiquis de los personajes, algo que no es fácil de hacer. Además de estar escrito en la primera persona, hay que meterse en la piel de tus personajes, y lo haces a la perfección. Continúa escribiendo, y creo que encnotrarás tus merecidas recompensas. El relato te quedó redondo!
21 de Novembro de 2018 às 12:16

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Gracias por tus comentarios, Frank, me motivan mucho para seguir escribiendo, es un verdadero honor que este relato te haya gustado. 21 de Novembro de 2018 às 13:15
Marcela Valderrama Marcela Valderrama
Horroroso. Realmente me encantó lo que lograste con este relato, las descripciones que das son magníficas.
28 de Outubro de 2018 às 19:23

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Gracias Marcela por tus comentarios, me alegro mucho que te haya gustado. Y creo que este es el único género en que decir horroroso es un cumplido, jejeje 28 de Outubro de 2018 às 21:16
George Little George Little
Escribes en un alto nivel, te felicito, tienes mucha madera y demasiado talento.
26 de Outubro de 2018 às 19:44

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Muchas gracias por tus palabras!, me alegro mucho que te haya gustado. 26 de Outubro de 2018 às 20:22
Laura P. Caballero Laura P. Caballero
wow, me encanta la ambientación que consigues crear en el relato, realmente se puede sumergir uno en un lugar tétrico, oscuro y húmedo. Las descripciones no son para nada pesadas, si no que te hacen visualizar todo esto y acercarte al horror de ese ser que buscando la inmortalidad se quedó en algo así como un zombi. Me recordó bastante al estilo narrativo de Lovecraft.
24 de Outubro de 2018 às 09:36

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Muchas gracias Laura por tus comentarios, y me alegro mucho que te haya gustado el relato. Y sí, quise imitar aunque sea un poco a Lovecraft en esta historia, y en general, cuando escribo algo de este género 24 de Outubro de 2018 às 17:38
Mauricio Orta Mauricio Orta
Creo que este es tu relato más largo que he leído hasta ahora, pero sin duda vale la pena de principio a fin. Logras sumergir al lector en la atmósfera tétrica y siniestra de la historia, explicando poco a poco los detalles del contexto de los protagonistas y sus motivaciones. El final tiene bastante fuerza, sobre todo al ser insinuado sutilmente antes de la confrontación, muy bien narrada. En resumen: una fantástica mezcla de misterio, horror y acción.
20 de Outubro de 2018 às 03:48

  • Mauricio Orta Mauricio Orta
    Retiro mi primera afirmación. Acabo de comprobar que "El doblón de oro" es en efecto más largo que este. 20 de Outubro de 2018 às 03:53
  • Fausto Contero Fausto Contero
    Gracias Mauricio por tu comentario! Siempre me motivas. Este es un relato que lo escribí hace tiempo, y quedó en tercer lugar en un concurso que se organizó en una página en la que participaba. Le tengo estima, porque fue el primer escrito en el que noté que pude acercarme un poco a recrear la atmósfera asfixiante y desesperante propia de Lovecraft. 20 de Outubro de 2018 às 12:39
Yonathan Cortes Yonathan Cortes
Wau amigo, tremenda historia. Me ha dejado helado, de verdad que está muy intensa. Me gusta muchísimo como combinas las palabras para formar frases únicas. Me mantuvo todo el tiempo de los pelos de punta, gran trabajo. Estaré atento a más de tus historias, me gustó mucho.
19 de Outubro de 2018 às 14:03

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Muchas gracias amigo por tus palabras, me motivan mucho. Me alegro que te guste lo que escribo 19 de Outubro de 2018 às 14:10
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