El eterno tsundere y el vampiro no fluorescente Seguir história

phoebewilkes Phoebe Wilkes

Cansado de las diversiones mundanas, el marqués de Orellana hace una pausa en sus continuos viajes para instalarse en un siniestro castillo situado en las profundidades de un bosque gallego. Allí, sin saber bien cómo, será víctima de una maldición que le transforma en vampiro. Hallándose en este peculiar estado, decide capturar a su archienemigo, el inocente pero tsundere Balfour Faraday, para utilizarlo como concubina.


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#secuestro #romance #parodia #yaoi #vampiro #siglo-xix
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Por un instante, al capitán Balfour Faraday le pareció haber visto a una persona humana entre los arbustos. Era obvio que debía de estar equivocado: se encontraba en medio de un tenebroso bosque a altas horas de la madrugada. ¿Quién iba a estar tan loco como para acechar entre las ramas? Oh, puede que locos no, pero los gallegos podían ser los más tontos de España si es que así se lo proponían. O, por lo menos, eso decía la cultura popular. Y conociendo como conocía a su autora, Balfour no era quién para negar este hecho. 

Por ello prefirió darse la vuelta, ignorando aquella mata de pelos color pajizo que se esfumó tan pronto como hubo aparecido.

Anduvo un par de pasos hacia el oeste, con una de sus manos muy cerca de aquella parte de su cinturón donde permanecía un revólver cargado: no había venido hasta aquel lugar alejado de la mano de Dios para ser observado. Al contrario, si se había dejado convencer por sus superiores para acudir era porque deseaba ser él quien capturase por fin a quien tantos siglos llevaba burlándose del sistema. Y si bien era imposible asesinar a los desertores, un arma creada en la Tierra bien podría dejarles inconscientes el tiempo suficiente como para llevarles a la 718 sin que opusieran resistencia.

Miró arriba, hacia la luna llena que algunas ramas de los árboles más altos trataban en vano de tapar, sólo para cerciorarse de que había llegado a la hora adecuada. Ya pasaba de la medianoche y ese bastardo con el que se había citado no parecía tener trazas de llegar.

¿Habría sido todo una trampa? Sería muy propio del impostor, cuyo pasatiempo preferido parecía ser el burlarse de sus semejantes, como si él fuese un ser superior que no debiera ser recriminado y mucho menos detenido inclusive bajo la peor de las circunstancias. Claro que, si fuese en verdad una trampa, algo habría sucedido ya. Quizá se hubiese escuchado un fogonazo y un ejército se le hubiese echado encima tras un grito de guerra por parte del maldito impostor.

Diablos, él sí que sabía cómo ganarse a la gente… o cómo ponerles, por completo, en su contra con tan sólo unas pocas palabras.

Balfour estaba pensando en que un puñado de aldeanos cuyo cerebro estaría lavado —gracias quien había venido a capturar— no le daban miedo, cuando una mano se posó en su hombro.

—Vaya, vaya, ¿quién lo diría? Balfie llegando temprano a una cita —rio el propietario de aquella mano—. ¿Tantas ganas tenías de verme?

El capitán Faraday se desasió del agarre con la rapidez que da la experiencia de verse a menudo en situaciones comprometidas y se dio la vuelta para encarar al dueño de aquella voz que tanto le incomodaba. No podía, pues, tratarse de otro más que el que se hacía pasar por el marqués de Orellana. Propietario de unas tierras castellanas que no le pertenecían por herencia ni por designios de la realeza, sino por disponer de buena ventura y cuantiosa labia para hacer que una sarta de mentiras se convirtiesen en verdades con tan sólo un chasquido de dedos.

Una cualidad detestable la de mentir a costa de las desgracias de otras pobres gentes, del todo impropia para un caballero. Pero, de nuevo, Federico Peláez no era más que un pueblerino vestido de gala y haciéndose pasar por noble.

—No me llames Balfie —gruñó Faraday mientras desenfundaba su revólver—. Aunque hayas decidido abandonar la ciudad sin nombre, sigues sin tener derecho a dirigirte a mí con tan poca cortesía. ¿Qué es lo que pensabas hacer? Ahora mismo no eres más que un presidiario, todos te están buscando y hace ya tiempo que perdiste tus privilegios como investigador. Ya no te queda otra salida más que la de una celda en la 718.

—Ah, bueno. Una celda no suena nada mal si es en el paraíso que tú diriges, querido Balfie. Aunque sé bien que eres algo rácano y no pondrás los colchones del siglo XXI que tan cómodos son, pero me conformaría sí. Después de todo, te has tomado la molestia de perseguirme hasta aquí por tu cuenta, sin delegar en nadie.

—Yo no te he perseguido.

—No, me has citado, que es más romántico si cabe —rio Federico—. ¿Qué te sucede, Balfie? ¿Klara no te hace caso y por eso ahora has de conformarte con tipos como yo? Debería decir que me decepcionas porque, ¿quién no querría estar con Klara? Pero no puedo decir tal cosa, pues lo cierto es que hay que tener buen gusto para escogerme a mí.

—Basta de memeces —El capitán Faraday movió el cañón de su revólver, amenazante, indicándole al marqués que se echase a un lado, apartándolo de las sombras e impidiendo así que pudiese volver a desaparecer de su vista—. Vas a venir conmigo, y lo vas a hacer sin rechistar.

—Ay no, no podemos ir a ninguna parte, ¿no te das cuenta? ¡Estamos destinados a permanecer aquí y ahora! —Federico avanzó un paso adelante, mientras que Faraday retrocedió dos: había notado un extraño brillo rojizo en los ojos del marqués y aquello le había dado un mal presagio—. Tú has nacido en este siglo y yo… ya no puedo estar cómodo en ningún otro si tú no estás en él.

—Estás diciendo unas cosas melosas harto siniestras y permíteme decirte que no soy uno de esos pueblerinos con los que te juntas: la ingenuidad nunca ha sido mi guía. Sé cuándo juegas sucio. Lo sé inclusive antes de que tú mismo seas consciente de tu propia impureza de espíritu.

—Créeme, lo tengo presente y es por eso que constato esto —Federico avanzó otro paso, poniendo a Balfour en alerta: ¿qué pretendía en verdad?—. Tal vez no lo creas, pero he sido hechizado. Y no, aunque sé que estás deseando que lo diga, no fue por tu belleza (¡ya te gustaría!). Hay algo oscuro en estos parajes, algo acechando… y yo he caído preso ante ello, de ahí que ahora esté sufriendo esta transmutación, con cada una de las consecuencias que eso conlleva.

—¿Eres anormal? ¡Y una mierda que estás hechizado!, a mí no me engañas; ya estabas idiotizado antes de llegar a Galicia. Ahora sólo se ha incrementado tu inherente estupidez, ¿qué has estado fumando? ¿Has bebido alguna poción de una meiga como de las que hablan en las leyendas celtas? No, no sigas por ahí —El cañón de la pistola miró de frente al noble español, dando la sensación de que una bala saldría disparada en cualquier momento—. He dicho que te detengas; no quiero oír tus excusas. En la ciudad sin nombre ya tendrás tiempo para soltar su retahíla de disculpas que a nadie le importan. Y, eso sí, lo harás ante el tribunal. Yo no tengo tiempo para escuchar incongruencias y tratar de verles la lógica, ya he perdido bastante…

—Pero no me puedes disparar, Balfie. Recuerda que soy inmortal.

—Desafortunadamente, así es. Pero dispararte me proporcionará el tiempo que preciso para poder devolverte al tugurio al que de ahora en adelante pertenecerás.

—No puedes.

—¿No? Observa.

El capitán apretó el gatillo, un sonido ensordecedor se produjo y una nube de humo lo cubrió todo por unos instantes, nublando la visión del agresor durante unas centésimas de segundo. Para cuando aquel polvo infernal que parecía haberse levantado desde las profundidades del infierno se esfumó, el marqués había desaparecido también.

Pese a tal imprevisible adversidad, Balfour no tuvo tiempo de contemplar las posibles consecuencias que pudiese haber desencadenado, ya que antes de que tuviese ocasión de dilucidar de dónde había salido toda aquella humareda o cómo había hecho Federico para moverse a tal velocidad, éste ya había cambiado de lugar: ahora se encontraba al lado del capitán, tocando su hombro como si estuviera dando consuelo a un viejo amigo que ha errado el tiro cuando el objetivo estaba tan quieto, cuando era tan sencillo de abatir.

—Estás perdiendo práctica —señaló el marqués con un tono burlón—. ¿Será que te estás haciendo viejo?

Balfour se apartó de Federico con rapidez, como un acto reflejo, y volvió a apuntarle con el revólver sin necesidad de mediar palabra.

—No, es cierto: ya eras viejo de por sí. Error mío.

Otro disparo se escuchó y tanto el humo como el marqués repitieron la jugada anterior. No pasó en una, sino en dos ocasiones, pues cuantas más veces Balfour erraba, más ganas tenía de utilizar la violencia —por poco rentable que ésta le demostrase estar siendo—. Pero lo cierto es que resultaba absurdo: cuanto más intentaba deshacerse de aquel bufón, más complicado tenía siquiera la simple tarea de perderlo de vista. Cada vez que apretaba el gatillo, el noble aparecía en un lugar diferente, muy cerca, sólo para incomodarle. Era como un juego en el que las normas únicamente existían para romperse.

—No podrías abatirme ni con todo un ejército. ¿Cuándo te darás cuenta?

Aunque Federico no dijo esto con el tono de burla que tan habitual le era, Balfour se lo tomó como una ofensa, por lo que no tardó en decir con un malicioso matiz:

—Veo que tu título se te ha subido a la cabeza y crees que estás por encima de la ley, mas te recuerdo que ese tipo de chanchullos sólo tienen validez en la Tierra, en una época que no es la nuestra. Pues la nuestra ya pasó.

—Oh, no te preocupes por eso: que ya pasara no quiere decir que no pueda volver a suceder.

El marqués, demostrando una destreza de la que escasos humanos (si es que alguno habría) serían capaces, se las arregló para golpear la muñeca de Faraday con la fuerza suficiente para que el arma cayera al suelo. El capitán intentó agacharse para recogerla, pero era inútil: Federico le dio una patada al revólver y éste recorrió más de diez metros a través de la superficie de tierra antes de desaparecer tras un matorral.

Balfour maldijo por lo bajo, viéndose ahora en igualdad de condiciones que su oponente.

—Qué pocas mañas te das, Balfie: espero que no sigas presentándote a los novatos como el gran soldado que combatió en no sé cuántas contiendas de cuantiosa importancia para Inglaterra. Porque la verdad es que es ciertamente decepcionante que te dejes vencer tan aprisa… ¿o es porque se trata de mí? —Acercando su rostro a la oreja del capitán, Federico susurró—. En realidad no quieres capturarme, al contrario, esperas hacer las paces conmigo, absolverme por mis pecados y de ahí… lo que surja, ¿verdad? No creo que te importe siquiera romper esas inquebrantables normas que tú mismo has instaurado si se trata de mí.

—Tienes razón, si se trata de ti no me importa recurrir al juego sucio —Una hoja afilada se deslizó desde un pequeño hueco en un abrigo, atravesó los ropajes del noble y se clavó en la carne consiguiendo que el sonido de la piel siendo desgarrada interrumpiese el silencio de la noche—. Esto, por ejemplo, no debería estar haciéndolo. Pero ya que no me dejas otra opción…

El marqués se dejó caer, con una herida en el abdomen todavía sangrante. Su rostro denotaba dolor, mas no tuvo la iniciativa de devolverle el golpe a su atacante. Como un perro dócil, aceptó su destino, sin decir una palabra ni dejar que pudiese notarse el punzante dolor que sentía. Así, con él ya caído sobre la hierba y la misma cubriéndose del líquido rojizo que poco a poco iba abandonando el cuerpo que la contenía, Balfour sonrió.

Había costado un poco, pero por fin podría llevar a aquella basura humana a donde le correspondía.

Faraday puso su pie sobre el abdomen de un ya inmóvil marqués e intentó zarandearlo un tanto, asegurándose de que éste ya había caído presa de la inconsciencia característica de todos aquellos viajeros del tiempo que morían por segunda vez. Un poco más de sangre salió, pero no hubo reacción alguna en el rostro de Federico. Sus oscuros ojos habían quedado abiertos, como petrificados mirando hacia la luna. Aunque era extraño, no parecía existir mueca de dolor, sino más bien una expresión de serenidad que lo único que consiguió fue inquietar al capitán.

—Veamos qué clase de objetos te has dedicado a robar también a los desgraciados que aquí viven —murmuró Balfour agachándose junto al cadáver temporal y comenzando a hurgar en los bolsillos de su chaqueta.

Sacó un pañuelo perfectamente doblado y sin usar pero confeccionado con la tela más barata que se pudiese hallar, un botón roto que no parecía corresponder a ninguna prenda que en ese instante vestía el marqués y un par de monedas germánicas que ni siquiera correspondían al siglo XIX. Desde luego, a juzgar por esto, cualquiera habría podido deducir que aquél no era ningún hombre de buena cuna. Pero Federico siempre había sido de los que sabía guardarse las espaldas mejor que cualquier otro; nadie sabía camuflarse en la alta sociedad como él.

En todo caso, y todavía gruñendo por la falta de elegancia que demostraba Federico ante los vecinos de aquella aldea personándose allí tan de repente, sin esforzarse en demasía creando una buena coartada para sí, devolvió aquellas inútiles cosas que había sacado al bolsillo de la chaqueta y pasó a inspeccionar el ensangrentado chaleco. Un objeto metálico sobresalía desde su lado izquierdo; una llave no lo bastante grande como para pertenecer a una puerta, pero sí de tamaño suficiente como para abrir una maleta o baúl.

Balfour la sostuvo en sus manos tratando de discernir qué diablos abriría y cuán importante sería para Federico como para que pasase por el trance de llevarla siempre consigo.

—¿Vas a devolverme eso? —inquirió el marqués, clavando sus pupilas sobre las mano que sostenía su preciada llave, sobresaltando así a Faraday, quien casi cayó de culo hacia atrás—. Sé que soy tu ídolo y me adoras, que harías lo que fuera para obtener algo, cualquier cosa que te recordase a mí. ¿Pero no puedes aguardar? No digo que me moleste que intentes desnudarme, aquí a la intemperie, pero un caballero como tú debería saber esperar hasta llegar al lecho.

—¿Qué pamplinadas dices? ¡No estaba intentando nada por el estilo!

Balfour dejó caer la llave sobre la herida de Federico, mas a éste no pareció dolerle, porque la recogió y se la volvió a guardar sin mostrar un atisbo de incomodidad. Balfour se levantó, contemplando con gran asombro cómo la sangre dejaba de brotar y, un Federico más pálido que nunca, se ponía en pie sin necesidad de apoyo.

—¿Cómo es posible? —preguntó Balfour más para sí mismo que para Federico—. ¿Qué clase de magia negra estás usando?

—Magia negra… ¿Ahora crees en las meigas y en todas esas leyendas gallegas, Balfie? —Antes de que Balfour pudiese negar tan soberana estupidez, continuó—. Pero no puedo culparte, dado que la explicación para mi repentina fortaleza es de igual modo sobrenatural. ¿No eres capaz de adivinarlo?

—Con la cara que tienes, me arriesgaría a calificarte de momia o de uno de esos cadáveres ambulantes que tanto les gustan a los jóvenes contemporáneos, pero eso no sería novedad y por ende no explicaría lo que acabo de ver.

—Tan grosero como siempre, pero no me enfadaré. Inténtalo de nuevo.

—¿Es esto una especie de truco y en verdad la cuchilla no te ha atravesado? La sangre se puede falsificar con relativa sencillez.

—¿Quieres tocar y comprobarlo?

—No.

Se hizo un silencio incómodo, que el marqués rompió con un suspiro de frustración:

—Qué mal, y yo que pensaba que podrías aprovechar una nueva excusa para continuar con el striptease donde lo dejaste.

—¡No iba a hacer eso! —gritó Faraday, consiguiendo que algunas aves despertaran sobresaltadas y, temiendo que hubiese un depredador suelto, alzasen el vuelo.

—Bueno, bueno, no te enojes. De todos modos iba a explicártelo —Tras una nueva pausa que, para sorpresa de Federico, Balfour soportó con extrema paciencia, continuó—. Me he convertido en vampiro.

—¿Eso es todo?

Cruzándose de brazos, Balfour parecía preparado para escuchar cualquier otra explicación inusual que le tuvieran preparada: después de todo, aquello no era nada del otro mundo, pues cantidad de inusitadas excusas había oído de labios de gente que escapó de las prisiones. Excusas en su gran mayoría falsas, cuyo objetivo era nada más y nada menos que distraerle para que se olvidase de su cometido. Como si él fuese a creer alguna de esas sucias mentiras, ¡y en especial una tan descabellada! Sería impropio, poco profesional. A él nadie le pagaba para tener que aguantar niñerías, de escuchar a los condenados ya se encargarían los miembros del tribunal cuando se levantase sesión y se citase a las partes implicadas.

Por ello, el capitán se limitó a limpiar en la hierba la sangre que había quedado adherida a su navaja mientras constataba un hecho que, en vano creyó, Federico ya debía saber desde el instante en el que accedió a encontrarse con él:

—Volvemos a la 718: me ahorraré el utilizar la fuerza, ya que tan reacio pareces a dejarte quedar inconsciente por un rato. Pero no dudes en que si vuelves a oponer resistencia, volveré a utilizar esto —Tras soltar esta frase, Bafour se guardó la cuchilla—. Y la próxima vez es probable que apunte hacia alguno de tus órganos vitales, para que pases una preciosa temporada en la enfermería de prisión y ya de paso asegurarme de que ni por dentro de la celda tienes oportunidad de pasearte.

—Lo cierto es que me decepcionas, no por la violencia gratuita: eso te va en los genes. Ni tampoco porque me trates como a una niñita, ignorando por completo que podría haberte asestado una puñalada o disparado si quisiese. No… Si me decepcionas es porque acabo de confesarte que soy un vampiro y tú no has hecho ninguna pregunta al respecto. Como si no te interesase.

—No me interesa.

—Ya veo lo que ocurre; piensas que estoy de farol. Que esta es una treta, una pésima por cierto, para desviarte del propósito de tu misión.

—Vaya, parece que dada tu condición de retardado crónico todavía eres capaz de ver algo evidente. Lástima que rompieras la mitad del reglamento de la ciudad sin nombre, de lo contrario habrías servido bien como carnaza durante el descubrimiento de América.

Tras un nuevo suspiro de pesar por parte del marqués, éste desapareció de la vista del capitán. Fue repentino, como un soplo de viento helado. Por un instante semejó querer correr hacia la arboleda y para cuando la vista de Faraday quiso seguirle, él ya se había marchado. Desde luego, era imposible que hubiese algo extraordinario en alguien tan mediocre como Federico, ergo, el problema debía venir de él… Pero eso era asimismo imposible. Debía de estar viendo visiones, puede que le sentase mal la comida. Aunque, no había comido nada en las últimas horas. ¿Y cómo era posible que estuviese viviendo una pesadilla como aquélla, en la que su archienemigo parecía el mejor de los villanos? Encima con unos supuestos poderes sobrenaturales, ¡lo nunca visto!

Balfour Faraday miró a su alrededor por segunda vez en aquel claro, tratando de percatarse de alguna sombra que antes le hubiera pasado desapercibida. Nada halló. Quizá, comenzó a pensar, todo lo que había contemplado en ese día no fue sino una terrible ilusión causada por el estrés acumulado en los últimos tiempos. Pues el marqués, pese a ser una buena pieza, no era ni de lejos la persona más problemática que tenía bajo su comando.

Un día de mala suerte lo tenía cualquiera y, ¿por qué no llamar a los refuerzos? Era complicado viajar entre épocas temporales: si lo hacía antes de amanecer, era probable que le diese tiempo de avisar a sus subordinados antes de que el marqués lograse volver a escapar a otra época o lugar.

Una mano salió de la oscuridad y empujó al capitán con tal fuerza que éste se estrelló, de espaldas, contra un árbol próximo. Por unos segundos sintió que su respiración se cortaba y, para cuando la recuperó y trató de moverse, descubrió que le era imposible: una figura espectral que presumiblemente se trataba del propio Federico había surgido, concentrando toda su fuerza en la garganta de su presa, ahogándola lentamente.

Balfour trató de forcejear, de aprovechar que tenía brazos y piernas libres para golpear a Federico. Mas no consiguió nada: cuanto más trataba de zafarse del agarre, más presión notaba en su cuello y cuanto más ansiaba alcanzar su cuerpo para rematar la sangrienta faena que dejó a medias, más parecía el marqués alejarse. Era como si este último no necesitase realizar gran esfuerzo para reducirle, como si se tratase de un juego.

—¿Ya te has cansado? ¡Decepción tras decepción me estoy llevando! Claro que empiezo a olvidar lo débiles que sois los humanos… —El marqués soltó una carcajada, dejando entrever unos largos y afilados colmillos—. Pero tranquilo, no te haré nada de esta índole: no he venido hasta aquí para tal fin —Aflojando la presión sobre la garganta de Balfour, siguió—. Si me he molestado en hacer caso a tu citación es porque me pareció la oportunidad perfecta para hacerte una proposición que no podrás rechazar.

Balfour dejó de intentar soltarse: creyó que si parecía dócil eso contribuiría a que Federico decidiera confiar en él y soltarse. Por ello tampoco agregó ninguno de los comentarios hirientes que estaba pensando, sólo aguardó a que el marqués continuase con su absurdo monólogo:

—Quiero que me acompañes a mi pazo y que vivas conmigo aquí, en este siglo. Deberás olvidarte pues de tus deberes en la 718 pero, ¿qué importa? Aquí vivirás (¿sería apropiado utilizar ese verbo teniendo en cuenta quiénes somos?) sin preocupaciones, sin tener que gruñirle a nadie tras un escritorio. Claro que, si tu deseo es precisamente el gruñir, tengo dinero para contratar a una recua de criados y podrás maltratarles todo lo que te apetezca.

—No he venido para que un canalla me secuestre en un pazo que ni siquiera le pertenece.

—Oh no, no sería un secuestro. Serías libre de marcharte cuando quieras… pero no querrás. Después de todo, ¿quién querría separarse de la persona que ama por voluntad propia?

—Tantos años viajando te han enloquecido si es que piensas que puedo querer a una cosa como tú —Faraday volvió a intentar soltarse, encontrándose de nuevo con la resistencia del marqués, que insistía en inmovilizarle apenas sin esfuerzo—. ¡Suéltame de una maldita vez! Y si estás falto de cariño, vete a un burdel pero a mí ni te me arrimes.

—Un poco tarde para eso, ¿no crees? —rio Federico—. De todas formas no se trata de ti, sino de mí: te amo y no lo puedo evitar. ¿Por qué crees sino que me fugué de la 718? ¡Para no tener que encontrarme contigo, es obvio! Quería poner tierra de por medio, mas comprenderás que tratar de apagar esos sentimientos es imposible cuando el causante de todo esto continúa persiguiéndome. ¿Quién lo diría? Casi parece que eres tú el que no quiere librarse de mí y no al revés.

—¿Qué puñetas dices? ¡Hace un rato intenté asesinarte!

—Simbólicamente, Balfie, simbólicamente. No puedo morir otra vez y por mucho que a ti te guste hacerte el duro, tampoco puedes negar la evidencia.

—¿De qué evidencia hab…?

Antes de que Balfour pudiera completar la frase, Federico le plantó un beso en los labios. Aquello sólo duró unos segundos, aunque para el capitán fue una pesadilla que se hizo eterna, pues no importaba la fuerza que utilizara para separarse del marqués: este cada vez parecía más decidido a imponer su voluntad. Y viendo imposible utilizar sus extremidades para apartar a Federico, a Balfour no le quedó otra que usar la cabeza.

Cuando Federico dio un paso atrás, por fin soltando a su presa, Faraday al fin pudo ver con claridad su rostro: un hilo de sangre corría desde sus labios —desde la misma herida que Balfour le había hecho, resultando ser ésta una maniobra exitosa para librarse de él—, sus ojos rojos brillaban en la negrura y una mueca de enfado (¿o quizá de burla? Con él uno jamás podía dar nada por hecho) se dibujaba en su cara.

—Con romance o sin él, vendrás conmigo —sentenció Federico, agarrando el brazo de Balfour con tal fuerza que éste creyó que se rompería—. Es la única manera de romper la maldición.

—Búscate a otro imbécil, no tengo interés en lidiar con maldición alguna y poco me importa lo que te pase de aquí en adelante.

—Pero Balfie, no me refería a mi maldición… sino a la tuya. ¿O acaso todavía no te has dado cuenta de tu padecimiento? —Sin dejarle tiempo para continuar su interrogatorio, Federico añadió—. Ahora vamos, después de todo, no te voy a violar en mitad del bosque. Creo que, pese a mi condición vampírica, podré contenerme hasta llegar a nuestro pazo.

Llegados a este punto, Balfour dejó de lado las ofensivas verbales e intentó huir. Algo inútil, considerando la inminente superioridad de la persona a la que había venido a capturar. En ese instante, el capitán era sólo una presa fácil ante un depredador nocturno. Y es que de nada valieron los gritos ni las patadas de Balfour: el marqués se lo llevó a su imperio de oscuridad. Con la misma rapidez con la que se había presentado, desapareció entre la arboleda junto a Faraday.

El destino diría que los aldeanos no volverían a saber de él. Ni ellos, ni el joven que aprovechó esos momentos de silencio y soledad para salir de entre los arbustos. Mientras se quitaba algunas hojas que habían quedado adheridas a su pelo y se sacudía los ropajes ahora manchados por la humedad del terreno, decía para sí:

—Dios mío… ¿Qué acabo de presenciar? ¡Tanto criticar a Philip y ahora resulta que son todos iguales; unos pervertidos!

En sus manos portaba una pistola, con la que no dejaba de juguetear sin ni siquiera un mínimo de sentido del peligro. Se trataba de la misma que antes había pertenecido a Balfour y que de manera fortuita había acabado siendo lanzada tan lejos de su alcance.

—Lástima que no brille —se dijo Kaspar con cierto matiz de decepción—, pero supongo que puedo venderla por ahí. Algún tonto habrá que la quiera.

Tras constatar esto, se marchó silbando muy feliz hacia el pueblo. Sin duda alguna pensando en lo que había dicho Federico, que iba a regresar a su pazo en Castilla. Tal cosa sólo podía implicar que abandonaba su recién adquirido caserón en Rebordechao y que por ende el príncipe de Baviera podría pasarse a echar un vistazo y “hacer limpieza”. Al fin y al cabo, el marqués tenía muchas cosas brillantes entre sus posesiones, por no mencionar la maleta llena de cuadernos fantásticos.

Sería una auténtica pena desperdiciar todo aquello y, por supuesto, el capitán Balfour Faraday no tenía ni idea de la suerte que había tenido de conseguir los favores de Federico. ¡Ya quisieran algunos poder vivir en un palacio sin tener que hacer nada, o casi nada, a cambio…!

3 de Setembro de 2018 às 11:01 2 Denunciar Insira 11
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Viktor Sad Viktor Sad
Me encanta tu forma de escribir
14 de Outubro de 2018 às 03:33

  • Phoebe Wilkes Phoebe Wilkes
    Muchas gracias, me alegro de que te guste :) 17 de Outubro de 2018 às 06:02
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