Pillín Seguir história

lenamossy Lena Mossy

Él regresa siempre que ella lo necesita, sin importar los años, sin importar nada.


Conto Todo o público.

#muerte #mascotas #realismomágico #fantasía #gato
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Pillín

Él estaba sentado arriba de La insoportable levedad del ser, sus patas peludas descansaban cómodamente sobre la portada. No temí que le hiciera algún rasguño, él sabía lo mucho que cuidaba mis libros. Ladeó la cabeza al verme bostezar, en su perspicaz mirada descubrí que adivinó mis planes, seguir durmiendo.

—Pasa del mediodía, floja.

Inyectó con un cómico maullido la última palabra, consiguió hacerme sonreír.

—Es domingo.

—¿Y ahora te despiertas tan tarde los domingos? Recuerdo que antes madrugabas para ir a jugar a casa de tu abuela.

—Eso fue antes.

Me giré sobre la cama, dándole la espalda, volvió a maullar una y otra vez. Resignada, empujé la cálida manta con la que me cubría y lo miré, creo que sonrió, era difícil saber si estaba sonriendo o no.

—¿Cuánto ha pasado desde eso? —preguntó al dar un par de golpecitos en la portada, como si hiciera cuentas—. ¿Diez años?

—Tal vez veinte, no estoy segura.

—Y conservas la cara de niña —Entonces sonrió, estaba segura—. Lástima que no puedo decir lo mismo de la alegría.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre estás triste.

—No es verdad.

—¿Y por qué sigues en cama tan tarde?

—Me desvelé.

—¿Con tus amigos?

—No.

—¿Leyendo? ¿Viendo películas?

—No, no.

—Llorar no es una razón válida para desvelarse.

Escruté su pequeño cuerpo, era tan arrogante que decidió incorporarse en sus cuatro patas y posar de perfil; la cicatriz en la pata trasera derecha destacaba sobre el pelaje gris atigrado.

—Es mi cicatriz de guerra —Levantó la pata como si se estirase—. Creo que me añade clase ¿No crees?

—¿Cicatriz de guerra? Te cortaste con el vidrio roto que estaba en un muro.

—Sí, el sofisticado sistema de seguridad de los humanos —Entornó los ojos, juro que lo hizo.

—Sangraste mucho —recordé, el muro conservó la mancha de sangre por muchos años hasta que los vecinos cambiaron el color de la pintura de su casa—. Y recorriste el enorme patio de casa de mi abuela. Lloraste todo el camino, salí corriendo de la sala para buscarte; tus patitas habían dejado huellas de sangre por toda la terraza.

Él bajó de mi libro, le arrojó una mirada curiosa al título como si le interesara, pero sé que no quería demostrar que aquel recuerdo le afectó; un pequeño peludo orgulloso.

—No dejabas que nadie te agarrara —continué al tiempo en que lancé una suave palmadita a la cama para invitarlo a recostarse a mi lado—. Intentabas arañar a cualquiera que se acercara.

Él aceptó la invitación con un elegante salto desde mi mesita hasta el colchón. Dudé un poco antes de acariciarlo, pero bajó la cabeza en aceptación del humilde roce.

—Menos a ti.

—Menos a mí.

Su pelo era tan suave como recordaba, incluso un poco más. Conservaba el ímpetu juvenil que lo caracterizó, sin importar la edad. Nunca lo vi viejo, por eso jamás terminé de aceptar su permanente ausencia.

—¿Por qué...?

—Porque sabía que no me harías daño —Se recostó y cerró los ojos, disfrutando de la caricia—. Nunca me lastimaste, no está en ti causar daño.

—Pero te lastimé cuando te curé —contradije con un molesto nudo que decidió nacer en mi garganta—. Cerrabas los ojos, maullabas, te dolió mucho la curación.

—Sanar, duele... Curarse, duele.

Sollocé, abriste los ojos y me observaste en silencio; nos sostuvimos la mirada largo rato hasta que las lágrimas me hicieron casi imposible distinguir tu grisáceo pelaje.

—Ni pienses que te lameré las lágrimas como un perrito faldero.

Reí y lloré, era complicado hacer ambas cosas al mismo tiempo.

—Ni se me cruzó por la mente.

—Me alegra mucho —Descansaste la cabeza sobre tus patas delanteras sin dejar de mirarme, como si contemplar mi rostro cubierto de lágrimas poseyera algo fascinante.

—La curación me dolió, pero era necesaria. La herida cicatrizó, no recuperé todo el pelo en esa zona, pero nadie puede ser perfecto ¿o sí?

—Supongo que no... —sonreí.

Él era perfectamente imperfecto.

—La cicatriz está ahí, mi cicatriz de guerra, me recuerda que puedo confiar en ti...

Agradecí con una sonrisa triste.

—Siempre fuiste un aventurero, un pillo... Te ibas todos los días, sin importar la herida, pero regresabas puntual a tu curación.

—Me dolía, pero era necesario. Cerrar heridas duele.

—Nunca he tenido una herida tan grande.

—No todas las heridas son físicas... Tienes una tan grande que te mantiene en la cama pasado el mediodía, que te hace llorar hasta que no tienes más fuerzas y entonces te sumerges en pesadillas.

Asentí, esa herida me estaba carcomiendo el pecho.

—No sé cómo ayudarla a cicatrizar...

—Tienes que dejarla existir, entender su dolor, y empezar a curarte.

—¿Entender su dolor...?

—Sólo tú puedes permitir que alguien más te cause daño... ¿Por qué permites que lo hagan? ¿Porque dicen que te aman, pero te lastiman con sus acciones? La persona que ama no lastima, sino que protege... ¿Te protegen? ¿Saben que estás ahora mismo llorando en tu cama?

—No...

—Y si lo supieran, ¿estarían aquí? —Se incorporó hasta sentarse sobre las patas traseras—. ¿Se preocuparían al verte tan mal?

No respondí, no sabía qué decir, admitir la verdad en voz alta dolía demasiado y no estaba lista para eso.

—Nunca fuiste como ellos, tu familia lo notó, nosotros lo notamos. Te sacabas las sandalias en la terraza y corrías descalza en el patio sobre las piedras. Inventabas historias, nos regalabas nombres falsos; por horas te sumergías en tu mundo al que no permitías el acceso a nadie. Siempre fuiste más como nosotros, a tu ritmo, a tu tiempo, prefiriendo la soledad, sin adaptarte a los humanos.

—¿Has visto a Max? —Su peludo rostro, también gris, regresó a mi mente al embriagarme de esos recuerdos—. Ahora sé que lo atropelló mi tío por accidente.

—Pobre, Max —suspiró—. Lo he visto un par de veces, tu prima lo ve más seguido.

—Era muy bonito...

—Claro que lo era, se parecía a mí —soltó con el pecho inflado de orgullo.

—Tú eres muy bonito...

Él desinfló el orgullo, su rostro peludo se dulcificó, esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Soy común. Pelaje gris, uno más del montón.

Me senté sobre la cama, no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar.

—¡Claro que no! ¡Eres hermoso! Te está fallando tu prodigiosa visión.

—¿Lo está...? ¿O tú puedes verme así porque me amas? El amor hace eso, encuentra belleza en cada pequeño detalle.

Para mí él era hermoso, siempre fue hermoso.

—Tienes mucha bondad en el corazón, sin importar el daño que te causen, te niegas a provocarlo, pero ¿cuánto resistirás así? ¿Cuánto podrás arraigarte a quién eres sin dejarte consumir por las palabras falsas de los demás? Te envenenan, están convirtiéndote en uno de ellos, en un ser humano egoísta que busca la felicidad momentánea sacrificando a los demás... ¿Es eso lo que quieres ser? No cualquiera es como tú, como nosotros, ¿quieres ser uno de ellos?

—No...

—Entonces sabes lo que tienes que hacer...

—¿Lo sé...?

—Sólo debes de volver a ser esa niña que se sacaba las sandalias y corría sobre las piedras, en busca de su mundo privado. La que hablaba con personas imaginarias, nos regalaba nombres falsos, sin importarle quién la mirara o lo que pudieran pensar. Esa niña sigue ahí adentro, no la dejes marchar, es quien más sufre porque se niega a irse, no quiere que te conviertas en alguien como ellos.

—Pero me dolerá... —Otra lágrima cayó, no estaba segura de poder hacerlo.

—Y te hará crecer...

Restregó su cabeza en mi mano, lo tomé por sorpresa cuando lo envolví en un fuerte abrazo. Se quejó de que lo mataría de cariño, fingió alivio al soltarlo nuevamente; en sus ojos noté lo difícil que era volver a despedirnos.

No dijo más, saltó fuera de la cama y emprendió la retirada con su pausado y misterioso andar hacia la puerta entreabierta de la habitación.

—Espera —llamé.

Él se giró un poco, como si supiera que lo detendría.

—Nunca me dijiste... ¿Fui la última en verte?

—Sí... Esa tarde me despedí...

—Y nunca volviste...

Prosiguió con su andar, justo antes de atravesar la puerta dijo:

—Siempre vuelvo. Sin importar que odie mi ridículo nombre.

La punta de su cola fue lo último que vi, el silencio acompañó mi sonrisa. Él tenía razón, en los peores momentos era el único que permanecía.

21 de Maio de 2018 às 22:10 0 Denunciar Insira 1
Fim

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