Javier y Francisco Seguir história

alien Alien Carraz

Descubriendo la sexualidad en soledad, entre la exaltación, la imaginación, el miedo y los incontrolables anhelos de esa llama interior


Histórias da vida Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Era el año de 1960

No era la primera vez que estaba interno en un colegio de curas, aunque en realidad a estos religiosos no les llamaban curas, sino hermanos. Primero, fueron los hermanos mercedarios y luego los maristas.

Javier, con sus 15 años, era un chico alegre, despierto y siempre dispuesto a jugar y reír tanto como a saltar, correr y encaramarse a los árboles o adentrarse en la montaña, pescar, cazar o hacer cualquier actividad que tuviera que ver con aventuras y peligros. Era el menor de dos hermanos y una hermana, y un muchacho solitario que disfrutaba hacer sus propias cosas, que adoraba leer, dibujar, escribir, armar y desarmar juguetes, relojes o cualquiera de todas las máquinas mecánicas o eléctricas de la casa. En un principio, lo único cierto que obtenía después de meter las manos en cualquier cosa que desarmaba, era la complicación casi insalvable de volverla a armar. Siempre le sobraban piezas o de plano los aparatos destripados por sus manos dejaban de funcionar.

Sin embargo, Javier, tenía su orgullo y una testarudez a toda prueba: escondía en su guarida del closet todo lo que no pudo armar, guardaba cada pieza que le sobraba, y en alguna noche, ya de madrugada, y mientras todos dormían, él abría los ojos en su cama porque en su mente estaba dibujada con toda claridad la posible solución para reparar tal o cual máquina. Sigilosamente, llevaba el aparato al comedor de diario en la cocina y se ponía a trabajar hasta que su nana aparecía a las 7 am para preparar el desayuno. Isolina, era la primera que disfrutaba de los éxitos de Javier cuando éste, triunfante, hacía funcionar la máquina frente a sus ojos.

En un principio, al inquieto Javier, lo llamaban el “niño manos de hacha”. Sin embargo, él perseveraba y no paraba de meterle mano a todo aquello que despertaba su imaginación y curiosidad. Con el tiempo y las madrugadas, su fama del azote de las máquinas se fue transformando en la del “enano sabio loco”, hasta el punto en que cualquier cosa que no funcionara en la casa tenía que pasar por la inspección de Javier antes que ningún maestro, mecánico o técnico.

Le costaba una enormidad ajustarse con la disciplina del internado. En especial, aquella que le prohibía leer en su cama durante la noche. Se las ingeniaba para hacerlo bajo las sábanas, iluminando apenas las páginas con una linterna minúscula. Adoraba los libros de Julio Verne, Jack London, Mark Twain, Daniel Defoe, etc., como también los cuentos de Manuel Rojas, Mariano Latorre, Juan Emar o Francisco Coloane, entre otros.

Aquella noche, un 21 de Septiembre, y mientras leía con fruición un cuento de Baldomero Lillo, “El Chiflón del Diablo”, lo distrajo el ruido proveniente de la puerta de entrada al amplio dormitorio donde se agrupaban en dos filas las 20 camas de los internos. Apagó la linterna y se quedó muy quieto tratando de identificar el ruido. Con la cabeza en la almohada, su oído izquierdo pudo oír los suaves pasos de unos pies que se desplazaban sigilosamente, pasaban frente a su cama, y unos segundos después, se detenían junto al camastro de alguien al fondo del dormitorio.

Le tomó un par de minutos acostumbrar sus ojos a la oscuridad bajo las frazadas. Luego, se asomó apenas sobre las frazadas y pudo ver la figura de un adulto sentado en una cama mientras una de sus manos parecía acariciar la cabeza de alguien acostado en ella.

La pálida luz que iluminaba tenuemente el pasillo le sirvió para identificar al cura sentado en la cama de Francisco Bennet, un compañero de curso. Era el hermano Elías.

Entre los religiosos más carismáticos del colegio y el internado, el hermano Elías era el que más sobresalía. Alegre, divertido, amistoso y estaba siempre dispuesto a los consejos, a darles charlas acerca de las cosas de la vida y también era número puesto en las actividades artísticas del colegio, al igual que árbitro o arquero de futbol. Además, era el profesor de Ciencias Sociales.

Francisco Bennet, era un chico especial. Pertenecía a una familia muy acaudalada de ricos terratenientes. Todos ellos eran rubios, de grandes ojos azules y parecían estar siempre circundados por un aura de distinción que los aislaba del resto. Francisco, era hermoso. Y, a veces, desde ciertos ángulos, uno podía creer que era una chica hermosa. Su pose, su mirada, ciertos ademanes, su cuerpo -especialmente su cintura, su trasero y sus piernas- daban para que, en los pasillos del recreo, algunos alumnos cuchichearan cosas como que, la “Pancha”, era la novia del hermano Elías.

Francisco, sin embargo, parecía siempre estar absolutamente ajeno a todos estos dimes y diretes. Su carácter y personalidad lo mantenían aislado de la controversia chismosa que rondaba a su alrededor. Es que nadie podía decir que él tenía algo de afeminado o que fuera derechamente maricón o que tuviera alguna actitud que diera para creer que él mismo tenía consciencia de su atractivo sexual hacia los demás, especialmente, hacia algunos de sus compañeros del internado.

Javier, después de aquella noche del 21 de Septiembre, se sentía inquieto. Le costaba concentrarse en la lectura bajo las frazadas y la tenue luz de su pequeña linterna. Sus oídos parecían estar siempre alertas a cualquiera de los ruidos que le parecieran el crujir de la puerta principal al abrirse o unos pasos sigilosos de alguien pasando frente a su cama en dirección al fondo del dormitorio. De vez en cuando, asomaba su cara entre las sábanas para observar la silueta que dibujaba el cuerpo de Francisco bajo la ropa de cama. Sentía un extraño temblor y agitación ante esa figura. Su mente parecía traicionarlo porque lo que sus ojos veían porfiadamente era la línea sinuosa de unas caderas que parecían pertenecer a una chica hermosa y sensual.

De pronto, escuchó un ruido proveniente de la puerta del dormitorio. Apagó la linterna y ocultó su cabeza bajo las mantas. Sus oídos taladraron el amplio espacio a la caza de cualquier sonido de pasos furtivos. Pudo percibir con toda claridad el caminar silencioso de quien calza unas pantuflas. Era el mismo sonido que hacían las de su papá cuando aparecía de madrugada en su pieza para obligarlo a dejar la lectura y apagar la luz. Sintió una rabia ardiente cuando los pasos pasaron frente a su cama y se encaminaron hacia la de Francisco.

¡Cura maricón! –exclamó para sí con furia

Con la respiración entrecortada y un temblor en las manos, apartó levemente las frazadas y pudo ver la silueta del hermano Elías sentado en la cama de Francisco mientras su mano derecha parecía acariciarle la cabeza.

¡Cura maricón! –repitió la voz en su cabeza

El hermano Elías, tenía 35 años y era oriundo de un pueblo en las cercanías de Madrid. Desde muy pequeño tuvo una marcada vocación por las cosas religiosas, aunque la llama que predispuso a su voluntad y su alma fueron el temor a Dios y una lucha dolorosamente perdida por vencer las tentaciones de la carne en medio de una existencia en una pobreza donde la moral jugaba un papel escaso por estar siempre sometida a un ambiente social de ambigüedad extrema. Su padre, un alcohólico violento, había dejado huellas profundas en su cuerpo y en su corazón.

El siguiente fin de semana, Javier viajó a su casa en el Sur. Vivía en la parte alta de una colina, desde donde la vista dominaba las casas y la única calle del pueblo en medio de una naturaleza muy variada entre valles, montañas y cerros, que tenía grandes extensiones de bosques nativos y un par de ríos completamente diferentes entre sí. Uno era caudaloso, turbio y bajaba serpenteando violentamente desde las tierras áridas de un lado de la cordillera donde todo era roca, metal y nieves eternas. El otro, venía deslizándose casi mansamente desde una montaña cubierta de verde que a poco bajar hacia el valle se transformaba en un conjunto de cerros de mediana altura tapizados de grandes bosques y rodeados de planicies donde convivían arrayanes, lengas, laureles, avellanos, entre otros árboles, y también arbustos, plantas y enormes helechos como alas gigantes.

En medio de esos maravillosos paisajes, Javier, era feliz. Le encantaba sentirse a sus anchas en esa tierra fértil y olorosa. Mientras sus hermanos preferían quedarse en la ciudad en vez de “encerrarse” en La Hondanada, él adoraba salir de pesca y hasta le era difícil conciliar el sueño cada viernes por medio que le tocaba viajar a su casa imaginando las aventuras del día siguiente (y otras cosas) en medio de los bosques y bajando a través de las hondas quebradas que le llevaban hasta las pozas perfectas de aguas frías y transparentes donde nadaban las truchas marrones y arcoíris (sus favoritas). La mayor parte de las veces regresaba ya cerca del ocaso y con varias truchas colgando de una rama de maqui. Minutos antes de llegar a su casa, las lavaba cuidadosamente en un estero para que al momento de cruzar frente a la vivienda del capataz, todos, incluida Eloísa, su hija única de 15 años, pudieran ver las hermosas y relucientes truchas que había pescado.

Eloísa, estaba, como siempre, cada Sábado por medio de cada mes, casualmente arreglada y recién peinada, recostada en la hamaca en el jardín, y parecía estar muy concentrada en la lectura de algún libro (cualquiera que hubiese agarrado minutos antes de salir a esperar el paso de Javier con sus truchas). También, hacía como que alzaba la vista con un tanto de sorpresa (y otro tanto de rubor), como quien se topa de frente con el chico de sus sueños que viene llegando también con un cierto rubor y una sonrisa tonta, amén de varias truchas relucientes colgando de una rama de maqui.

Doña Carmen, la mamá de Eloísa, una señora con muchos años de experiencia en esto de los sonrojos y las risas bobas, atisbaba desde la cocina los desplantes de su hija, mientras su mano experta manipulaba el cucharón de palo que le daba consistencia a la sopa. No le gustaba mucho que Eloísa actuara embelesada con el hijo del patrón de su marido. Su intuición y su propia experiencia de embarazada con iguales 15 años encima, le hacían temer por aquello de la “estupidez femenina” como ella llamaba a esos enamoramientos sin lucidez ninguna de algunas niñas cuando se les alborotan las hormonas, se les despierta el corazón y todo junto con la primera menstruación. Doña Carmen, era una mujer dura, una madre que prefería la cruda realidad y a la que le molestaban algunas canciones románticas y lloronas que sonaban en la radio mientras hacía sus deberes en la casa.

¡Qué letras tan estúpidas! –reclamaba en voz alta para que su Eloísa la escuchara- ¡Puras fantasías inútiles!

¡Hola Elo, mira lo que pesqué! –Javier, enseñaba sus truchas a la chica (que casi siempre aparecía desnuda y apasionada en varios de sus sueños de fantasías eróticas) y a su madre, la que le dio una mirada nada tan amistosa desde la ventana de la cocina.

¡Guau, qué hermosas y grandes! –exclamó Eloísa yendo a su encuentro

Son para ti…y para todos –titubeó Javier bajo el peso de la mirada de Doña Carmen

¡Mira, mamá, Javier nos trajo unas truchas!

Eloísa, no era lo que llamaríamos una belleza. Sin embargo, tenía un rostro agraciado con una nariz como un botón, unos ojos negros que parecía ver cosas tristes o extremadamente románticas y una boca de labios gruesos y sensuales que eran el punto neurálgico en las masturbaciones de Javier cuando su mente en éxtasis evocaba el rostro de Eloísa y la imaginaba con su boca entreabierta dejando escapar gemidos de placer junto con repetir su nombre…

¡Javier…oh, Javier…Javier!

El domingo, era el último día en su casa antes de regresar al internado. Esa noche, tuvo un sueño muy diferente. Se veía a sí mismo cabalgando en su yegua Castaña por un bellísimo sendero que bajaba hacia su poza favorita en el río. Adelante suyo iba Eloísa en su caballo Moro. Esta vez, la poza estaba en un recodo del río circundado por una muralla de árboles, arbustos, plantas y flores de vívidos colores. La playa era una alfombra de pasto suave, fresco y mullido que invitaba a recostarse en ella.

Eloísa, bajó del caballo y coquetamente se dejó caer en el verde tapiz, dándole la espalda a Javier, quien con una deliciosa sensación invadiéndole de calor todo su cuerpo, se recostó junto a ella y la abrazó con dulzura y otro tanto de frenesí. El trasero de Eloísa se pegó a su bajo vientre y entonces lo arrebató un deseo ardiente y hasta rabioso de hacerla suya.

Extrañamente, sintió que el cuerpo de Eloísa tenía la forma de otro cuerpo. Ahora, su cabello era rubio y en su hombro izquierdo, cubierto por una piel muy blanca, parecían brillar unas pecas como las que había visto otras veces en la piel de Francisco cuando, furtivamente, pudo recorrer con la mirada casi todo su cuerpo en las duchas del internado.

Cuando Eloísa giró su rostro para mirarlo, tenía el rostro de Francisco, y cuando ella abrió su boca de labios sensuales para besarlo, tenía los labios de Francisco. Fue un beso largo, ardiente y desenfrenado. Su pelvis se agitaba con el ritmo de un frenesí arrebatador.

Lo despertó la tibia humedad en sus calzoncillos.


...continuará

13 de Maio de 2018 às 11:07 0 Denunciar Insira 1
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