La Séptima Guardiana Seguir história

S
Sarah W.H


El mundo tuvo un gran impacto, al revelarse la existencia de los Guardianes. Seres con poderes increíbles, que utilizan el Nerlec para proteger a Las Tres Sociedades. Terribles guerras fueron causadas por los Ordinarios, quienes aún no querían aceptar a los Guardianes como sus protectores. Los Guardianes dividen a los suyos en ocho Organizaciones, una de ellas es Oculus Aquilae, encargada de mantener el orden y la paz que ellos mismo habían conseguido. Pero se ven amenazados, por un enemigo que creyeron haber destruido, y busca renacer para esta vez lograr vencer.


Fantasia Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Hace dos meses

"Todos siempre buscan una respuesta. La manera de aclarar lo que llaman desconocido. Desean desesperadamente encontrar una forma "razonable" de explicarlo, sin saber que no es posible. Lo que es así, así será y no cambiará. Mas, ellos temen aquello que no entienden, incluso llegan a odiarlo. Es peligroso meterse con aquello que no podemos entender, pero también lo es temerlo y hacerlo nuestro enemigo. Ese tipo de miedo a causado atrocidades a lo largo del tiempo. Ha obligado a esconderse a varios seres de los Ordinarios. A ocultar su existencia, sus poderes y su vida. Estás en riesgo si te logran ver o si conocen la verdad. Por ello, tuvimos que mantenernos al margen y observar desde las sombras. Los Ordinarios, no pueden ver lo que llaman "Sobrenatural", a menos que eso mismo lo desee. Sí, la magia existe. Pero es momento de ser libres, como Guardianes. No merecemos ocultarnos. Merecemos ser vistos y respetados. Hagámosle saber que nos necesitan más de lo que ellos creen."

Gilbert Baum

Fundador de Oculus Aquilae

1940-1970

En algún lugar de Europa

Reunión de Emergencia del Consejo de Guardianes

En esa oscura tarde. Caminaba un hombre alto, de cabello de oro y ojos como la noche. Llevaba su traje limpio y su maletín en la mano, esa tarde era fría, así que traía guantes y abrigo. Caminaba por los pasillos del Consejo de Guardianes, salía de una reunión. Había sido inesperado, un día cualquiera le llegó una carta que decía lo siguiente:

Reunión en el Consejo de Guardianes

20 de Setiembre

3:00 p.m.

Consejo Supremo de Guardianes

   Una carta así de breve no era algo común en el Consejo. Usualmente venía una explicación del tamaño de la Biblia sobre la importancia de la reunión y de cuánto era Charles Darewood estimado por ellos. Eso lo preocupó y tuvo que dejar la comodidad de su hogar y tomar el primer avión. Así como la carta, la reunión había sido breve.

    —Han vuelto y más sangrientos que nunca. Dejan cadáveres donde vayan — habían dicho.

   —La líder Sasaki fue la primera víctima. Al principio creímos que se trataba de un ataque al azar. Pero encontramos su símbolo y la palabra "Renacer" en diferentes idiomas. Después se encontró el líder Scheidemann muerto en su casa. Ambos murieron de la misma forma, sus cuellos cortados. Pensamos que van detrás de los líderes importantes de las Organizaciones, luego irán tras los Gobernadores o Generales de cada nación y continente —explicó la jefa de Investigadores.

   ¡Diablos! Sí que estaban en problemas. No era momento para que un General estuviera tranquilo y menos caminara solo por las calles. Habían enviado escolta a su casa y ahora lo acompañaban cinco Guerreros. "Los mejores de Europa", había asegurado el Gobernador Europeo. Si cazaban líderes de las Organizaciones debía caminar con cuidado y desconfiar. Habían logrado acabar con Sasaki, la segunda mejor de todos los líderes... Si ella no logró vencerlos, de seguro con él lo harían y aún más fácil.

   ¡Su familia! Hablaron de que atacaron al líder Scheidemann en su casa, él tenía tres hijos y dos hijas. ¿Qué había sucedido con ellos? En ningún momento lo mencionaron. Debía pensar en sus hijos, en su esposa, en él. ¿Si lo atacaban en casa y mataban a su familia? O incluso podía llegar a casa ese mismo día y no encontrarlos. "¡Detente Charles!", pensó. Era fuerte, podía acabar con unos malditos asesinos, además... ¿Acabar con todos los líderes? Si había uno por país les sería bastante difícil acabarlos a todos. Él era un General. Ya dos cayeron y debía ser más astuto, no podía permitir que su nación acabara sin un General, eso jamás.

   Llegó al aeropuerto y tomó un vuelo a su hogar. Darewood se mantuvo todo el viaje pensando, torturándose con la idea de no encontrar a su familia, no pudo dormir ni ver una película ni leer un libro, nada. Estaba atrapado, preocupado.

   "Hogar dulce hogar", pensó al bajarse del avión con una sonrisa. Los cinco Guerreros iban detrás de él, lo acompañaron en el auto hasta su casa. La cual quedaba en un bonito residencial en la montaña. Estaba tan segura como un búnker del ejército. Nadie entraba, ni salía, ni siquiera la miraba sin que él lo supiera. Sus hijos serían acompañados a la academia con escolta y su esposa al trabajo. Nadie entraría allí, de seguro.

   Sus hijos lo recibieron con un gran abrazo y su esposa con un beso. El dulce aroma a madera, el aroma de su hogar lo envolvió y le quitó una parte del peso que cargaba. Darewood dejó sus cosas en el salón y fue a leerles a sus hijos junto a la chimenea. Llevaban aún sus uniformes y tenían los zapatos llenos de tierra. Los obligó a cambiarse y limpiarse. Mientras tanto se sirvió café y se sentó al lado de la chimenea, su esposa le contaba sobre el trabajo y él le habló de la reunión—claramente sin mencionar los asesinatos—y luego ella fue a dormir.

   Charles aún estaba muy despierto, tal vez por el café o por los asesinatos, pero no dormiría y tenía la sensación de que no lo haría esa noche. Se levantó y tomó una escopeta, luego volvió a sentarse y contemplar las llamas.

   — ¿Señor? —lo llamó uno de los Guerreros que estaba junto a la puerta.

   —Habla, joven —le respondió recostando la cabeza. Odiaba que lo llamaran "señor" o lo trataran de esa manera. Estuvo a punto de decirle "llámame Charles" pero el muchacho habló primero.

   —Lo espera un chico en la entrada —dijo acercándose a Darewood.

   — ¿Sabes quién es? —preguntó poniéndose de pie, caminó hacia la entrada.

   —No, señor. Parece un chico de secundaria más o menos —observó acercándose.

   Podía ver su rostro a través de la pantalla de su celular. Tenía cámaras en todos lados, menos los baños y habitaciones de la casa.

   —Veamos que quiere ese mocoso a esta hora —dijo Darewood abriendo la puerta con una mano, y tomando la escopeta con la otra.

   El chico, de hecho, era muy joven. Debía tener unos dieciséis o diecisiete años. Vestía muy formal para ser un muchacho normal. Llevaba un saco negro muy limpio, al igual que su abrigo largo, y el cabello peinado hacia atrás. El joven de ojos negro y cabello carbón lo miró. Cargaba con un maletín y parecía haber caminado desde la frontera, estaba muy cansado y temblaba de frío. Darewood lo miró sorprendido.

   —Disculpe que llegue a esta hora, General. Debía entregarle esto lo antes posible —dijo, apenas podía respirar—. Lamento la molestia, señor.

   —No se preocupe. Pase adelante, por favor —le dio una palmadita en el hombro y él obedeció.

   Dentro de la casa, se sentó frente a la chimenea. Parecía muy tímido y estar incómodo. A Darewood, le sucedía cuando estaba en casa ajenas cuando era joven.    Le dio una taza de café y se relajó más. Un mensajero a esas horas de la noche, debía ser algo urgente que olvidaron decir en la reunión, o el Gobernador informándole de algún problema en su ausencia. Así que el muchacho abrió el maletín, en el cual se encontraba una única carta. El General la tomó y dejó sobre la mesita de café, con cuidado se sentó frente al mensajero, estaba tan cansado que no sentía las piernas.

   —D-disculpe la hora, señor —se disculpó por tercera vez. El General le dijo que no había problema, el joven comenzaba a molestarlo. Estaba impaciente por conocer la noticia, además no era el mejor de sus días.

     —Ve al grano —le ordenó, mirándolo muy serio. El joven perdió la confianza y su expresión se volvió temerosa.

   —Hubo un ataque en la capital. Por el momento, ochenta heridos y tres muertos. Aún hay muchos en el hospital, es muy posible que mueran más. Fue obra de un grupo anti-sobrenatural —explicó, mientras tomaba otro sorbo de su café, hablaba con tranquilidad.

   ¡Lo que faltaba! Un maldito ataque en su ausencia. Los asesinatos, los ataques, el hecho de que ellos volvieran... Todo lo iba a volver loco. ¿Por qué no podían estar en paz? Los grupos anti-sobrenatural habían sido una espina en el trasero desde hacía unos años. Lograban detenerlos pero resurgían en otro país, así continuaban. El ejército ya se había encargado de varios y arrestado a docenas, incluso construyó una cárcel solo para tenerlos a todos bien encerrados, había trabajado junto con otros tres países para construirla, lo más temible y protegida posible. ¡Así tal vez no se volvieran tan necios!

   — ¿Algo más? —le preguntó Darewood esperando que dijera "No, señor, solamente eso", pero no fue así y esa respuesta sí que lo puso histérico.

   —Todo viene ya redactado en la carta, señor —dijo señalando el sobre dorado sobre la mesa—. Pero sucedió algo más. Los culpables del ataque son fugados de Dark Road, señor.

   ¿Fugados de Dark Road? Su paciencia había acabado. Quería lanzarse sobre el mensajero y atacarlo. Pero no era culpa suya que las noticas que diera fueran malas. Así que intentó calmarse, pero no lo logró.

   — ¿Cómo diablos se fugaron de Dark Road? ¡Es la prisión más segura del maldito continente! ¡No pudieron haber escapado solos! ¿Me equivoco? —Estaba histérico y gritaba mucho, podría despertar a su familia, así que bajó la voz—. No pudieron escapar solos, debieron recibir ayuda.

   El mensajero se había puesto de pie y había retrocedido. Se estaba poniendo muy pálido. Alguno de los Guerreros de su escolta habían aparecido en la sala con sus armas cargadas, apuntándole, quien después de ver las armas casi se desmaya. El General se disculpó con todos y se volvió a sentar en el sofá. Ya sabía que haría, el mismo iría a cazar a esos anti-sobrenaturales y los enviaría al bloque más protegido de Dark Road. O mejor aún, los enviaría a una cárcel llena de Sobrenaturales, les diría quienes son y luego dejaría que hicieran con ellos lo que les plazca. Sí, eso haría.

   —Gracias, joven... —susurró, extendiendo su mano al mensajero.

   —Jones. Jack Jones, señor —se presentó, estrechándole la mano.

   "Su nombre no me parece conocido, es un extranjero", pensó Darewood. Luego lo acompañó a la entrada.

   De un momento a otro, la expresión del joven cambió, ya no era temerosa ni tímida, era confiada y orgullosa. Se despidió de él, luego sintió un mareo.

   El General, se sostuvo del hombro de uno de sus hombres, perdió el equilibrio y cayó en el suelo. Su vista se nubló, parecía que su cabeza fuera a explotar. El dolor el su costado y rodillas era terrible. Un profundo sentimiento de terror lo invadió. Intentó concentrarse, y finalmente logró escuchar a su escolta llamándolo, como un eco, lejano.

   "¿Jefe Darewood?", "¿Está bien, General?"

   Despertó con un terrible dolor en la cabeza. Aún tenía su vista nublada, mas reconoció su sala de estar y sintió el calor de las llamas de su chimenea. Intentó mover su mano, no lo logró. ¿Se desmayó por el cansancio? No, no podía ser. Hizo el intento de mover sus piernas, tampoco lo logró. Una fuerza lo impedía. Poco a poco, su vista se aclaró y logró analizar su situación. Se encontraba en su sala de estar, eso sí, pero no estaba solo con su escolta. Había varios hombres vestidos de negro y plateado. Uno de ellos era Jack Jones, cuya expresión cambió mucho a la del temeroso muchacho que había llevado esas horribles noticias. Jack tenía un aura muy oscura y siniestra a su alrededor, ¿cómo no la había percibido?

   Su corazón se aceleró cuando vio quienes estaban frente suyo. Sus hijos. Ambos atados a una silla, inconscientes. También los habían drogado. Darewood intentó gritar y patear a los hombres que estaban cerca de él solamente lo miraban, muy seriamente. No podía ver sus caras ya que llevaban máscaras, aunque podían sentir que lo miraban con desprecio y burla.

   El único que no llevaba máscara era Jack. Quien aún traía su vestimenta de mensajero. Estaba justo detrás de los hijos de Darewood, tenía una mano sobre la cabeza de cada uno de ellos. Su hija estaba limpia y llevaba su ropa para dormir, pero su hijo tenía una herida en la cara, unos cortes a lo largo de ella, y aún llevaba su uniforme, el cual estaba manchado de sangre.

   Charles Darewood volvió a intentar moverse, mas no lo logró. Debía usar su Nerlec rápidamente, sin causar daño a sus hijos y salvarlos. Así que concentró su energía y la hizo fluir por toda la sala.

   "Qué maravilloso que es el Nerlec", pensó el General.

   La habitación se enfrió rápidamente, el suelo se estaba congelando y el hielo cubría las piernas de los hombres enmascarados. En cuestión de segundos la sala quedó completamente congelada, al igual que los invasores. Quienes estaban inmóviles como estatuas, parecía una horrible exhibición. Los doce extraños habían muerto en unos segundos. Y sus hijos estaban a salvo en medio del hielo.

   La soga con la que lo ataron se congeló y permitió a Darewood liberarse y ponerse de pie.

   Todos estaban muertos, excepto Jack.

   —Interesante demostración, pero se te olvidó el hecho de que tus hijos están aquí —observó, poniendo un cuchillo en la garganta de uno de ellos.

   — ¿Cómo no te congelaste? La temperatura estaba... —empezó a decir el General, pero fue interrumpido.

   El hielo estaba empezando a descongelarse. Los hombres congelados cayeron al suelo, ya era tarde, estaban inconscientes, mas no muertos. Empezó a sentir calor, mucho calor. De hecho, estaba sudando. Darewood se sentía confundido, no era posible, a menos que su Nerlec fuera... ¡Fuego! La chimenea estaba aún encendida, no lo había visto. ¡Tenía que ser! Sintió el sudor recorrer su rostro.

Darewood apartó la silla de su cocina en la que lo habían atado, finalmente se sentó en el sofá. Tenía que negociar con ese psicópata o mataría a sus hijos...

   — ¿Qué quieres? —preguntó finalmente.

   —Quiero la ubicación de El Recipiente —exigió Jack muy serio.

   El General se levantó. ¿Estaba loco? ¿Quién en su sano juicio querría encontrar El Recipiente? Eso era información que solo los Generales más importantes poseían, pero solo unos pocos. ¿Cómo sabía él que Darewood conocía esa ubicación? ¿Le habían dicho Sasaki o Scheidemann antes de haber sido asesinados? Bueno. Aunque la encontrara, no podría hacer nada, aún faltaba un elemento y dudaba que ellos lo supieran. Sería peligroso si conocieran la ubicación, aunque nada podía hacer con ella. "No, Charles. No sabes lo que hay en la mente de ese muchacho. Tienes que calmarte, además, es un niño. Puedes manejarlo", pensó.

    —Te lo diré si sueltas a mis hijos —pidió, fingiendo calma.

  —Me temo que no será posible. La ubicación primero —dijo, acercando el cuchillo aún más a la garganta de su hija. Luego añadió con un tono amenazador—. Si la ubicación que me das es falsa, te haré una visita como la de hoy. Sin tratos, conseguiré la información del siguiente y el siguiente. Naturalmente, asesinaría a tu familia.

   Darewood estaba a punto de estallar. No podía hablar, mataría a sus hijos. Debía pensar, el mundo o sus hijos. La salvación y la paz de la humanidad o la vida de sus pequeños. Respiró y negó con la cabeza. Jack comprendió.

   —Si lo prefieres así, tendré que obligarte —dijo. En un segundo, hizo salgo terrible, algo que probablemente le dolió más que la muerte delos niños. Logró hacerlo enfadar y mucho en solo unos segundos.

   Jack soltó a la niña y tomó al niño del cabello, lo arrastró hasta la chimenea y colocó su cara sobre el fuego. Chasqueó los dedos y su hijo abrió los ojos. Lo había despertado solo para que sufriera... Él miraba las llamas con sus ojos negros muy abiertos, no entendía lo que sucedía. Forcejeó, mas solo logró entrar en pánico.

   —Tiene cinco segundos, General —anunció Jack—. Un paso más y lo suelto.

   —No te atrevas...

   —Cinco.

   —Aléjalo o te mataré.

   —Cuatro.

   — ¡Maldita sea! Suelta al niño.

   —Tres.

   — ¿Papá? —lo llamó su hijo con lágrimas en los ojos.

   —Dos.

   —Te juro que te lo diré, pero suelta a mi hi...

   — ¡Dime la ubicación! ¡Uno!

   — ¡Papá!—gritó el niño.

   —Cero.

   Ese era el sonido que Darewood jamás quería escuchar en toda su vida. Sintió como si lo atravesarán con una espada varías veces, por mucho más tiempo que el cuál podría soportar. El tiempo se movía lento, un segundo lo sentía como horas. Sus oídos se quebraron con el llanto de su amado niño. Su bebé. Sentía como su corazón se partía en pedazos. Esos gritos le arrebataron el alma. Jamás. Jamás. Jamás.

   Jack empujó la cara del niño fuera del fuego y lo soltó. Dejándolo caer a los pies de su padre. La mitad de rostro le sangraba, se había desmayado por el dolor. El General lloraba. Se hincó al lado de su hijo y lo sostuvo en brazos. Estaba vivo, pero su cara, su pequeña carita... Las lágrimas cayeron en la mejilla del niño mezclándose con la sangre. Ese maldito moriría ese mismo día. Darewood lo miró con los ojos inyectados de sangre, pero Jack continuaba con su expresión seria, parecía impaciente.

   —Será mejor que te des prisa —le advirtió con una leve sonrisa—. No quieres que también decore el rostro de tu hija ¿verdad?

   Darewood se levantó y con una increíble velocidad, tomó a su hija en brazos y los llevó a ambos a la cocina. Luego volvió a la sala de estar, con una espada en mano. Jack sonrió, tomó con más fuerza su cuchillo. Aquello parecía solo un juego para él. Esa espada era simple decoración, no imaginó que llegaría a serle de utilidad.

   —Te mataré —amenazó El General muy frío, como si su alma hubiera sido arrebatada—. Pero antes de ello sentirás lo que le hiciste a mi hijo, luego te sacaré tu verdadero nombre. No dudes que asesinaré a tu familia.

   —Bueno, te ahorraré el trabajo. Yo no tengo familia, ni tampoco nombre. La familia es una debilidad, las amistades son una pérdida de tiempo, los nombres son peligrosos —explicó sentándose en el sofá, luego chasqueó los dedos y su cara cambió, había una enorme cicatriz de quemadura en su rostro—. Ya sentí lo que tu hijo sintió y no solo una vez.

   Durante una fracción de segundo, Darewood sintió lástima. Pero solo una fracción de segundo. Luego imaginó el rostro de su hijo cuando la herida sanara, tendría el recuerdo de ese maldito día, por el resto de su vida. Y había sido culpa suya. Si le hubiera dicho la ubicación...

   — ¿Sabes? Realmente estoy cansado hoy. Tuve que matar un mensajero, ponerme su ropa y venir aquí a sacarte información —explicó el chico bostezando—. Dime la ubicación.

   — ¡Jamás! —exclamó, lo cual molestó mucho a Jack.

   —Corté y quemé la cara de tu hijo, maté a tu escolta y te arrebaté a tu esposa —dijo poniéndose de pie—. ¿Todavía vas a resistirte?

   — ¿Mi esposa?

   Darewood se volvió, como si fuera a subir por las escaleras. Ella estaba en su habitación durmiendo. Debía verificar lo que decía, si de verdad lo había hecho. Sintió la pequeña esperanza de que ella se había salvado. Imaginó a su esposa salvando a sus hijos y llevándolos fuera. Ella era fuerte, mucho más de lo que él era, por eso postulaba para ser Gobernador. Jack debía mentir, solo para alterarlo.

   —No pierdas el tiempo buscándola —le advirtió sacando algo del bolsillo de su chaqueta.

   Era una cadena, de una llama de fuego, la mitad era blanca y la otra negra. Fue un regalo que él le había hecho en su aniversario, el año que sus hijos nacieron. Ahí su esposa le prometió que sería Gobernador y él que sería General. Charles lo cumplió primero, mas ella estuvo muy cerca. "¿Estuvo? Ella lo está aún", pensó, pero ni él lo creía. Solo lograría quitarle la cadena de una manera.

   La sala de estar oscureció por completo, la chimenea se apagó y a través de las ventanas no entraba ni la luz de la luna. Estaba tan oscuro que parecían encontrase en el vacío. En otro mundo. Sintió un escalofrío, ese era su Nerlec. Oscuridad y frío. Darewood se ocultó tras el sofá, aunque Jack no pudiera ver, podría sentirlo o escucharlo. Otra habilidad de El General era que podía ver en la oscuridad. Lo había heredado de su abuela y le había sido muy útil desde siempre. Eso le ayudó a llevarse bien con ella, como su compañera. Su aliada.

   En medio de la sala logró ubicar a Jack, estaba de pie y mirando de un lado a otro. El chico extendió su mano y de su palma salió un rayo de luz. Era débil y Darewood pudo desvanecerlo fácilmente con solo mirarlo. Jack se volvió y lo miró. ¿Cómo podía verlo? ¿Ese era el Nerlec de su esposa? ¿Sería de su familia? Imposible.

   Charles sintió el cuchillo pasando tan cerca de su oído, que escuchó la hoja cortar su hombro. Se agachó y con cuidado se arrastró hacia otro sillón. Colocó su mano sobre el hombro y sintió la tibia sangre.

   Volvió a concentrar su energía y lo hizo fluir alrededor de su cuerpo, iba a crear una barrera. Una capa casi transparente de energía lo rodeó, hecha para protegerlo. Se levantó e inmediatamente un cuchillo chocó con ella y cayó en el suelo. Charles no pudo evitar sonreír, su barrera era muy fuerte. La más poderosa del continente. Sintió una gran satisfacción cuando el ruido metálico de la hoja, inundó la sala.

   Jack lanzó unos cuchillos más, uno tras otro caían, sin debilitar aquella impenetrable barrera. Se detuvo al ver que perdía el tiempo. El muchacho sonrío y juntó sus manos, de ellas salía una bola de fuego.

   Charles sintió el calor deshacerse cuando un muro de hielo, detuvo la bola de fuego. Debía salir de la casa o la destruirían. Así que congeló el suelo, se deslizó como si patinara y empujó a Jack, ambos chocaron y quebraron una ventana. Salieron disparados, cayendo en el pasto. Se llevó un gran golpe en la espalda, a pesar de haber caído sobre el muchacho, a quien rápidamente le puso las manos sobre el cuello, asfixiándolo.

   Lo miraba con esos ojos demoníacos. Su piel se tornaba morada y su cuerpo se debilitaba. Entonces sintió que le quemaban los brazos y retrocedió. Se levantó, y miró su herida, le sangraba. La cubrió de hielo y volvió a la acción, pero el muchacho ya no estaba. Charles se volvió.

   Jack estaba de pie sobre la rama del árbol más cercano. Le sangraba la cara y tenía un trozo de vidrio clavado en el brazo derecho, el cual extrajo sin mucho cuidado, soltando un grito de dolor. Se limpió la sangre de la cara y se sentó. Lo observaba, creyendo ser una deidad en comparación a aquel hombre.

   Había algo que Charles debía admitir, era fuerte. Le molestaba el hecho de que parecía tener muchos Nerlec, eso era imposible. A pesar de tener unos dieciséis años, logró asesinar a dos líderes y dejar en desventaja a otro. Se infiltró y casi asesina a toda su familia. Sí, era una gran amenaza y no podía dejarlo vivir más tiempo. ¿Qué quería con El Recipiente? Eso también era peligroso, estaba cada vez más cerca de él. Si lo localizaba y lo liberaba podría causar el fin del mundo.

   Charles Darewood miraba fijamente al muchacho sentado en la rama, se veía tan indefenso, pero no perdía esa demoníaca mirada, pintada de locura. Solo tenía una opción, debía usar su último recurso y acabarlo en el instante.

   El árbol en el que estaba Jack se congeló por completo. Había congelado parte de la casa y del jardín, pero no a su objetivo. A pesar de estar herido aún se movía rápido. Sintió algo que caía en su rostro, era lluvia. Caía y caía sobre el hielo y le mojaba el cabello. Seguramente la tormenta la había causado el muchacho. Era misterioso su poder, pero increíble. Así que no dudó y comenzó con su plan.

   Inició un temblor. Del suelo salieron enormes figuras de hielo, tenían la forma de gigantes. Eran de al menos tres metros de alto y un total de ocho, el máximo que Charles podía crear. Había utilizado esos gigantes para destruir edificios y acabar con ejércitos y grupos terroristas. Nadia lo había vencido con esa técnica, nadie. Las enormes figuras, eran como soldados. Con sus ojos de hielo, que acechaban a su presa.

   La alegría de Charles fue de tan solo una fracción de segundo, porque escuchó un estruendo y su vista se nubló. La luz lo segó y sus ojos le ardían. Salió disparado, golpeándose la espalda con algo, un muro, un árbol, un auto, no sabía. Sintió como el suelo temblaba, como si algo hubiera caído del cielo. Así que abrió los ojos y solo pudo susurrar una palabra. Imposible.

   Los ocho gigantes habían sido destruidos en un segundo. Ocho rayos cayeron del cielo destrozando su creación. En un segundo su arma secreta había sido vencida. Ese muchacho tenía un poder ilimitado. Lo había vencido, estaba débil, su energía se había acabado con ese ataque, ya no podía hacer nada. Había perdido la guerra y moriría.

   La lluvia golpeaba su rostro, estaba muy oscuro. Podría ver la figura que se acercaba, caminaba lento y saboreaba su victoria. Mas no era sólo una, había alguien a cada lado suyo. Y conforme se acercaba, podía observar sus horribles expresiones. El recuerdo de sus hijos, de su esposa, de sus padres, de sus amigos, de su infancia, cuando consiguió su primer trabajo, cuando se convirtió en General, cuando descubrió que tendría mellizos... Por un momento sintió felicidad y luego nostalgia. Se imaginó a sus hijos en su graduación, a su esposa recibiendo el uniforme de Gobernador, él liderando el ejército que detendría la guerra, a su hija a su lado y su hijo al lado del Gobernador dándole ayuda con la estrategia. Su niña se casaría con un buen muchacho y tendría tres hijos, mientras el niño se casaría con una linda mujer que lo ama y tendrían gemelas, él les llevaría regalos en Navidad y en sus cumpleaños. Se torturaba con esas imágenes. Sueños.

   Era ya casi media noche, lo sabía por las campanas de la iglesia, las cuales por unos segundos le dieron paz. La lluvia fría le daba la sensación de estar en el océano, donde era invencible.

   Charles Darewood no sintió dolor, murió en el acto. Lo último que vio fue la sonrisa de Jack, quien ahora estaba de pie, junto al cadáver del General. Puso su mano sobre el pecho del recién fallecido, luego las retiró. Miraba el cadáver, victorioso.

   — ¿Y ahora? —preguntó un hombre muy alto, quien habló sin abrir la boca.

   —El siguiente —respondió Jack sin quitar la vista de Charles.

El de la derecha calló.

   —Si quieres me encargo de los niños —ofreció elque llevaba una máscara muy extraña.

   —Déjalos, no asesinamos niños. Sabes nuestro objetivo, no tienen nada que ver —dijo Jack fríamente.

   — ¿Desde cuándo tan sensible con los niños? —se burló el hombre del parche.

Jack lo miró seriamente y luego se puso de pie. El alto se acercó a Jack, tomó el cadáver y lo cargó.

   — ¿Por cuánto tiempo usarás ese nombre falso? —preguntó el alto—. Es molesto.   

   —El tiempo que sea necesario. Al menos obtuve una pista —dijo Jack agachándose y tomando un cuadro. Había una fotografía de Charles y otro hombre. Alguien importante. Su amigo.

   Ese hombre sería el siguiente.

   La búsqueda apenas había comenzado.

6 de Maio de 2018 às 02:08 0 Denunciar Insira 0
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