Historias para no dormir Seguir história

oliviaortiz Olivia Ortiz

Una colección de historias de horror, las pesadillas y los escalofríos, serán tus acompañantes durante las noches de terror. ¿Te atreves a leer?



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#horror #paranormal #terror #fantasmas #gore #relatos #canibalismo
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El Mimo

Aquellos cuatro chicos se caracterizaban por ser los clásicos bravucones que suelen habitar en cualquier lugar. Mas aquella mañana de un domingo, se encontraban caminando rumbo a un pequeño centro comercial, lugar donde acudirían a una función de cine.

Ese día, los boletos se encontraban de promoción (pagabas una película, y te dejaban ver dos), obviamente los chicos no se perderían de eso.

A unas calles del cine, en una esquina, los chicos pudieron ver un pequeño grupo de personas que parecían estar rodeando a un mimo callejero (ya saben; de esos que siempre están recolectando unas cuantas monedas por su actuación).

Aquel sujeto se encontraba con el rostro maquillado de blanco, con los ojos contorneados de oscuro, con unas pequeñas gotas que parecían lágrimas negras; con los labios pintados del mismo color, y con ese traje tan característico que se acompañaba de camisa a rayas, guantes blancos, pantaloncillos negros, boina negra y zapatillas.

Los chicos como siempre cargados de malicia, se acercaron sin más demora a aquel personaje; quien simulaba caminar deslizando los pies uno tras del otro en el mismo lugar.

Alberto, el gordo pecoso del grupo, enseguida dijo con burla:

— ¡Miren! ¡El idiota siente que está flotando!

Sus amigos rieron a carcajadas de inmediato, mas la gente presente simplemente los ignoró. El mimo no se inmutó, y continuó con su actuación. Acto seguido, hizo un movimiento con las manos, como si tirara de una cuerda. A lo que Luis con su lengua ponzoñosa intervino.

— ¿Por qué no te pones una en el cuello y te ahorcas? Payaso barato.

El mimo movió los ojos con fastidio, mas continuó con su acto sin prestar mucha atención.

La gente pronto comenzó a retirarse del sitio, pues había que admitirlo, les molestaba la presencia de esos cuatro muchachos.

— ¡Ja! —rió Fernando, posiblemente el más alto del grupo; delgado como un fideo, y más feo que el culo (como solía decir su hermana mayor) —.Hoy no tendrás nada que comer idiota. La gente se está yendo, ¿Qué harás ahora?

El mimo suspiró lentamente, detuvo su actuación por un momento, y entonces se dirigió a los chicos.

— ¿Por qué no te metes una cuerda en el culo? Así nos podremos reír —bufó con necedad Mario (el chico de lentes que solía robarse los exámenes).

Todos se echaron a reír en ese instante, unas risas crueles y burlescas que más que graciosas parecían grotescas.

Aquel mimo callejero, simuló que dibujaba una pared frente a ellos, extendió sus manos como si tocara algo inexistente; y los miró con una sonrisa divertida.

Luis fingió tocar la pared invisible, y luego comentó:

—Miren, el idiota nos está dejando fuera. Bien, tendré que atravesar la pared con mi puño.

Diciendo aquello, Luis lanzó un puñetazo contra el rostro del mimo, quien sin poder defenderse cayó sentado.

Alberto que llevaba consigo un pastelillo de chocolate que se había estado devorando, lo arrojó en la cara al mimo.

—Ten, así podrán comer algo basura —soltó con desprecio el gordo.

El mimo los miró con rencor, las lágrimas se acumularon en su rostro, y la vergüenza se notó cuando su dignidad cayó por los suelos.

Los chicos riéndose ante la crueldad que habían cometido, se marcharon del lugar dejando solo al mimo.

Los bravucones pasearon por todo el centro comercial. Molestaban a las personas, robaban dulces de las tiendas, y nadie les decía nada; algunos por miedo, otros simplemente preferían ignorarlos por completo.

Durante la función de cine, los muchachos pateaban las butacas, lanzaban palomitas a las personas que intentaban ver la película; y reían estrepitosamente irritando a todos los presentes. Hacían comentarios grotescos, insultaban, y ofendían a quien intentaba callarlos.

La película terminó, y los chicos salieron del lugar muriendo de la risa por doquier.

— ¿Ahora? ¿Qué hacemos? —preguntó Fernando.

—Compremos unas cervezas, después vayamos al barrio —sugirió Mario.

—Vayamos por el callejón, es más corto el camino —comentó Luis.

Los cuatro caminaron por aquel sitio que los llevaría a su destino.

Aquel callejón, se encontraba tristemente alumbrado por dos lámparas de luz mortecina. Estaba vacío, y la noche hacia más presente el frío, un aire lúgubre se podía respirar en el ambiente.

No bien habían avanzado unos cuantos metros, cuando al fondo del callejón pudieron distinguir una silueta que les había resultado familiar al momento de verla.

— ¡Miren! —exclamó Alberto señalando con sus gordos dedos—. El payaso imbécil de la mañana.

—Vayamos a joderle —continuó Luis.

Los cuatro se miraron con complicidad, y entonces caminaron rumbo al mimo.

Aquel solitario hombre con el rostro maquillado de blanco, contaba unas monedas entre sus manos.

—Creo que colaborarás con nosotros con eso que llevas allí —comentó Mario.

El mimo se aproximó hacia ellos, y empezó a mover las manos como si dibujara una caja frente a ellos. Avanzaba lentamente de un lado al otro, simulando encerrarlos dentro el cubo.

— ¡Ja! El idiota otra vez con lo mismo —bufó Fernando.

Sus amigos rieron.

—Bien, ahora tenemos tres lugares para estamparle los puños —completó Mario con una maliciosa sonrisa.

El puño de Fernando se disparó contra la pared invisible, estaba dispuesto a golpear una vez más al mimo; mas algo pasó, y la mano del chico se estrelló contra algo que no se veía, pero que se sentía tan sólido que enseguida le hizo gritar de dolor.

— ¡Ay! —expresó con sufrimiento Fernando mientras besaba su mano.

— ¿Qué cojones? —expresó con sorpresa y temor Luis.

Los chicos se miraron asustados, y sin más trataron de moverse, pero pronto se dieron cuenta de que estaban atrapados en aquel cubo invisible.

El rostro del mimo cambió, se volvió siniestro, y una enorme sonrisa maquiavélica se dibujó en su rostro; su aspecto se veía diabólico, y sus ojos brillaban en aquel callejón tenebroso.

De sus guantes se dejaron ver unas garras largas y filosas; como cuchillas dispuestas a cortar. Se trepó en la pared invisible, escaló hasta llegar arriba de los chicos, y entonces pareció reír sin emitir ruido alguno.

— ¡Largo maldito! ¡Déjanos en paz! —chilló tembloroso Mario.

El mimo lo miró y sonrió, su mano se dirigió a su cintura, y simuló desenvainar una espada invisible; la levantó y la dejó caer aparentando golpear a Alberto.

Sus amigos del chico voltearon a verle. Alberto se quedó inmóvil, y entonces fue cuando su cabeza se desprendió de su cuerpo y rodó por el suelo.

Unos gritos de horror se desataron de los chicos, quienes golpeaban desesperados las paredes invisibles del cubo; pero nadie los escucharía.

El mimo nuevamente simuló sacar algo de su cintura, en esta ocasión había sido una cuerda. La dejó caer en el cuello de Mario; presionó, y entonces el chico se elevó como si quedará suspendido en el aire. Por minutos Mario se retorció macabramente, pero nunca pudo liberarse, dejó de pelear; y murió ahorcado.

A Luis no le iría mejor que a sus dos amigos, en esa ocasión; el mimo había sacado una motosierra, que no se veía; pero que claramente parecía ser una. La llevó hacia Luis, e hizo varios tajos en su cuerpo, cortándolo en varios trozos de carne.

Fernando despavorido ante lo que había visto, colocó sus manos en rezo, y comenzó a suplicar al mimo.

—Por… por favor… perdóname. Yo… yo… yo no quería hacerte daño.

El mimo lo miró inexpresivo, sus ojos se fijaron en el chico; sonrió, y de su boca se dejaron ver unos filosos y temibles dientes. Acercó su enorme boca al rostro de Fernando, y acto seguido le mordió el cuello destrozándolo.

La gente circulaba al día siguiente, el frío del otoño podía sentirse agradable en el ambiente; el sol irradiaba poco pero suficiente como para dar un calor amigable.

Los cuerpos de aquellos cuatro chicos se encontraban tirados en el callejón, nadie se explicaba cómo había sucedido; nadie parecía entender lo que había ocurrido esa noche, pues no existían heridas en ellos; y se comentaba que Luis, Alberto, Fernando y Mario, habían muerto de miedo.

Calles abajo, un mimo entretenía a la gente del lugar. Fue cuando de su solapa sacó una flor amarilla que llevaba siempre consigo, y se la dio a una pequeña niña que le había estado aplaudiendo mientras sonreía. 

14 de Abril de 2018 às 05:49 13 Denunciar Insira 11
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Ana Julia Ana Julia
Fue genial. Me gustó cómo todo llegó a su fin 💕
4 de Outubro de 2018 às 12:36

DR David RP
Me encantan los cuentos con final feliz
11 de Setembro de 2018 às 08:49

Capitán  Pensante Capitán Pensante
Compañera embajadora! Muy buena historia, me ha encantado!
11 de Julho de 2018 às 15:37

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Muchas gracias colega, te mando un abrazo enorme. Pronto me pasaré por tus historias :) 11 de Julho de 2018 às 23:43
Eric Carabello Eric Carabello
Hombre! esta historia mola mucho
9 de Julho de 2018 às 00:53

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Gracias :) te mando un abrazo 11 de Julho de 2018 às 23:43
Uziel Heredia Ginés Uziel Heredia Ginés
La escena final es genial!!
28 de Maio de 2018 às 19:22

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Muchas gracias :D por leerla espero te gusten las demás. Un abrazo 28 de Maio de 2018 às 23:49
Guadalupe Fern�ndez Guadalupe Fern�ndez
Me gustó mucho. Saludos!.
14 de Abril de 2018 às 10:16

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