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Gaia E.


"No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre Pasión." (Alejandro dolina)


Romance Todo o público.

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Eres un poeta

- Eres un poeta – dijo.


Pero no impregnó la palabra de la dulzura que yo imaginaba en ella, no acarició sus labios al pasar ni se deshizo en un suspiro que evocaba la belleza de la lengua cristalizada en un verso. No, lo hizo sonar como un insulto, como una maldición pronunciada con el último aliento de los condenados injustamente, como una bofetada.


- Eres un poeta – repitió – por eso buscas el drama. Y si no lo encuentras, te lo inventas. Nunca me has querido, tú no puedes amar a nadie que no seas tú mismo. -


Las lágrimas bañaban su rostro y la voz le temblaba, pero no había en ella un atisbo de la dulzura que me había cautivado cuando la conocí, no quedaba ya rastro de la chica inocente que me contemplaba con ojos tiernos de admiración y arrobo, reflejando con su mirada las escasas virtudes de mi alma. Incluso la belleza que había hecho delirar mi mente y arder mi cuerpo desaparecía en una mueca de odio que le contraía el rostro.


- ¿Quién es ella? ¿es la de la galería de arte? ¿la del saxofón? ¿la de la cafetería? ¿son todas? ¡responde! -


- ¿Importa? -


Volvió el rostro para intentar ocultar una expresión de dolor que oprimió mi corazón y retomó la tarea de vaciar los cajones, tirando mi ropa a través de la habitación y llenando con la suya la maleta que apenas unos meses antes había vaciado en aquel mismo cuarto. Nunca quise hacerle daño, pero sabía que jamás podría comprenderlo.


- Eres un mierda. No sé como no me di cuenta antes. Por eso todas tus relaciones fracasan, todos te abandonan porque eres un mierda, nos llenas la cabeza con palabras vacías para que no podamos ver como eres en realidad. -


Permanecí en silencio, observándola. Sus palabras eran como puñaladas, más dolorosas aún por contener la verdad. No importaba cuantas veces les viese marcharse, cuantas veces se repitiese esa escena, el dolor nunca se aplacaba y con cada cierre de telón las heridas en mi corazón se hacían más profundas. Su silueta se confundió en mi mente con la de Ana, la de Marta, la de Daniel. María se había ido sin despedirse, aprovechando mi ausencia. Diego no había dicho una sola palabra, solo me había mirado con aquellos ojos verdes acusadores y decepcionados que habían abierto dos agujeros candentes en mi alma. Y Álvaro había intentado perdonarme, lo había intentado con todas sus fuerzas.


Terminó de llenar la maleta y la cerró con fuerza, levántandola con dificultad.


- Espero que te mueras solo, porque no te mereces otra cosa. Eres una rata. -


Dijo al pasar, mirándome a los ojos para que pudiera observar en ellos el desprecio que no podía transmitir solo con sus palabras. Arrastró la maleta por el pasillo, golpeando la mesita y haciendo caer el jarrón que ella misma me había regalado cuando aún no nos conocíamos, que se partió en mil pedazos contra el suelo de madera. Abrió de un tirón la puerta de entrada y tiró la maleta al otro lado, antes de cerrarla por última vez se giró y me dirigió una mirada cargada de dolor y desaliento, el odio que la invadía unos segundos antes nos concedió una última tregua en honor a las noches que habíamos pasado juntos, a las miradas cómplices, a los silencios que decían más que mil palabras.


- Podía haber sido tanto. -


Cerró de un portazo, inundando la casa de un silencio repentino. Sus palabras finales quebraron los últimos fragmentos de mi espíritu. Me senté en el sofá y enterré la cabeza entre las manos, intenté llorar, pero no pude. Me asustaba lo poco que me importaba, me asustaba darme cuenta de que el dolor que sentía no se debía a su marcha, si no a lo que representaba, al enésimo intento fallido de emular el verdadero amor con una distracción pasajera. Había tratado de convencerme de que la amaba, mi cuerpo lo había hecho sin reservas y mi mente se había emapapado con su fragancia, pero lo que yo soy en realidad, mi verdadero ser, no había llegado si quiera a rozarla.


Nunca había compuesto una poesía pensando en ella, ni había invadido mis sueños, su presencia ni siquiera había logrado desplazar a esa otra, la que llenaba mis noches con su claridad y se colaba en todos los rincones vacíos. Esa a la que nunca había podido tocar, que me miraba burlona cada vez que abría mi puerta a otro extraño y sonreía con condescendencia al verlos marchar.


Imaginé su rostro iluminado por una sonrisa ufana, satisfecha al comprobar una vez más que no existía sucedáneo capaz de calmar mis ansias de ella, y la ira me invadió. La odiaba, la odiaba tanto como la amaba. Todo lo que sentía era por ella, ya no podía recordar la última vez que experimenté la vida libre de su yugo ¿y quién podría comprenderlo? ¿Quién podría salvarme, romper estas cadenas?


Me levanté bruscamente y arranqué la chaqueta del perchero. Salí sin mirar alrededor, inmerso en mi propia locura. Caminé a través de las calles casi vacías sin rumbo fijo, el frío me cortaba la cara y el viento alborotaba mi cabello, colándose a través del cuello de la camisa y haciéndome temblar de frío. La carretera resplandecía al reflejar el brrillo de las farolas y los faros de los coches, sustituyendo la luz de las estrellas, hoy ausentes. El mundo se dio la vuelta y sentí que caminaba sobre el cielo, mientras que la ciudad se desvanecía entre las nubes, alcé el rostro esperando ver allí los altos edifcios, pero no había nada más que un pesado manto gris que supuraba perezosamente agua de lluvia.


Y ella no estaba allí.


Ella nunca estaba cuando más la necesitaba, no me devolvía nada. Había escrito los versos más bellos pensando en ella, había sangrado sobre el papel solo por ella, había llorado lágrimas de fuego rogando que me dedicara una mirada, pero solo permanecía allí, ajena a mi sufrimiento ¿conocía al menos mi existencia? ¿sabía que me tenía preso con su inmensa presencia? Si así era, se lo guardaba y seguía naciendo y muriendo en su ciclo infinito, como si no le importaran las vidas que florecían y se marchitaban bajo su poderoso influjo.


Roberto había dicho que yo era un ególatra, que sería un gran hombre si fuese la mitad de lo que creía ser. Y quizá tenía razón. Quizá no era suficiente ¿cómo podía si quiera fijarse en mi desde su pedestal en las alturas? Quizá mis escritos no eran lo suficientemente bellos para captar su atención, quizá no la amaba con suficiente fervor, quizá había otro en algún lugar del tiempo o el espacio que la había cautivado como ella lo había hecho conmigo y no quedaba ya espacio en su corazón de piedra para nadie más. Y si así era ¿para qué seguir esforzándome? ¿para qué seguir escribiendo con la esperanza de alcanzarla algún día? ¿para qué seguir ocupando mi lecho con carne caliente que aliviara mi dolor? ¿para qué seguir viviendo?


Me detuve bruscamente, sin darme cuenta mis pasos me habían llevado hasta el puente donde la vi por primera vez, siendo apenas un niño. Cuando mi madre me había señalado en el cielo su clara presencia.


- Mira Badir – había dicho con los ojos encendidos – Mira la media luna, es la misma para todos, no importa donde estemos. -


- ¿También para papá? - había preguntado yo con mi vocecilla infantil.


- También – asintió ella – a papá le gustaba mucho la luna, así que es muy probable que él también la esté mirando en este mismo momento. -


El recuerdo me conmovió y mis ojos se llenaron de lágrimas. Volví a alzar la vista con la esperanza de percibir su fulgor, pero las nubes aún la ocultaban. Un profundo sentimiento de soledad se adueñó de mí, me sentí arrastrado hacia delante, hacia el pasamanos del puente, hacia el río que los últimos días de lluvia habían convertido en un torrente enfurecido, pero antes de poder dar el último paso una mano se posó en mi hombro.


Volteé sobresaltado y la vi frente a mí, con la misma forma que había utilizado para aparecerse en mis sueños, una forma que yo creía haber imaginado pero que ahora se demostraba real. Estaba desnuda, la piel blanca parecía resplandecer al reflejar la escasa luz de las farolas, el cabello del mismo color, mojado por la lluvia, se le pegaba al rostro y los hombros, sus ojos grises posados en los míos.


Pronunció mi nombre con los labios, sin emitir ningún sonido, pero llenando mi mente de miles de voces anhelantes. El corazón comenzó a latirme con tanta fuerza que silenció el sonido del río y los coches que aún pasaban ocasionalmente junto a nosotros. Alcé mi mano con cuidado y ella entrelazó sus dedos con los mios, mi piel oscura sobre la suya, totalmente blanca.


Permanecimos en esa posición durante horas, o quizá fueron segundos, mirándonos en silencio. Yo trataba de atrapar su imagen en mi interior, de beberla hasta que todo mi yo se colmase de ella, pero por más que la miraba no lo lograba y mi ansiedad creció hasta que tomó forma en palabras que pronuncie con avidez.


- Te amo –


Sonrió con dulzura y se llevó la otra mano al pecho, donde se encuentra el corazón.


- Ven conmigo – supliqué.


La sonrisa murió en sus labios, negó lentamente con la cabeza y aferró mi mano con más fuerza. Un intenso frío comenzó a ascender por mi brazo y cuando lo miré, vi que mis dedos había perdido el color. Apreté aún más su mano y le sostuve la mirada, sabía lo que intentaba decirme, pero no me importaba, nada me importaba. Ella se retiró bruscamente y dio un paso atrás, mirándome con reproche. Sentí las lágrimas quemarme el rostro por segunda vez aquella noche.


- ¿Para qué quiero vivir si no puedo estar contigo? -


Extendió el brazo y un destello de luz tomo la forma de un pluma blanca sobre su palma. La colocó sobre una de mis manos, cubriéndola delicadamente con la otra para protegerla de la lluvia. Clavó sus ojos en los míos y me tocó la frente con un dedo que inundó mi mundo de un brillo cegador y mi mente de imágenes. Me vi en mis momentos de mayor pasión, mirando al cielo con los ojos totalmente abiertos, escribiendo febrilmente en un cuaderno o llorando amargamente en la soledad de mi cuarto y con cada una de las visiones fui capaz de sentir el dolor que le causaba presenciar mi angustia desde la distancia, sin poder consolarme con un aliento o una caricia.


Pero su sufrimiento era diferente al mío, no era afilado como una estaca clavada en el corazón, no le carcomía como un gusano asqueroso que pudría su interior. Era delicado, teñido de plenitud. Era un dolor que llenaba, daba sentido, abrazaba. Que le daba una razón para intentar tomar el cielo cada noche. Y cuando sus sentimientos se mezclaron con los míos, desplazando la pobredumbre que me había invadido, me sentí liviano, claro, entero.


Cuando la luz que me cegaba se extinguió ella ya no se encontraba frente a mí. Por un momento pensé que todo había sido un sueño producto de mi mente enajenada, pero entonces sentí entre las manos la pluma que había creado para mí. Ya no era de color blanco inmaculado, el aspa se había vuelto completamente negra, pero el cálamo aún era claro. La protegí dentro de mi chaqueta y emprendí el camino de regreso a casa con la mirada perdida, abrumado por lo que acababa de suceder.


No estoy seguro de qué ocurrió aquella noche, no sé si ella estuvo realmente allí o solo fue una creación de mi inconsciente. Pero ahora, cuando la observo en las noches despejadas, imagino que me devuelve la mirada y no he vuelto a sentirme solo. Nunca podré tocarla, no podré abrazarla ni perderme dentro de ella, pero siempre inspirará en mí los versos más apasionados y quizá así es como deba ser, pues no hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión. Son siempre inspiración.


13 de Abril de 2018 às 13:29 1 Denunciar Insira 1
Fim

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Gin Les Gin Les
Para una amante de la Luna como yo, este relato me ha encantado. Hermoso.
22 de Maio de 2018 às 19:33
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