Recuerdos de un especialista Seguir história

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luis alonso


No hay pais en latinoamerica que no tenga historias como esta, el pobre soldado que arriesgaba su vida en la guerra interna, este breve relato de un especialista en desactivar bombas en Guatemala quien no descansa, no vive tranquilo, si a eso le podemos llamar vivir...


Histórias da vida Para maiores de 18 apenas.

#miedo #historias de guerra
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Recuerdos de un especialista

Siempre he querido ser valiente, pero sentado aquí no solo tengo recuerdos de aquel aullido, no negare que soy supersticioso, ese perro aullaba horriblemente, no había otros sonidos, el barrio donde vivo es muy podre, siempre me decía la abuela sobre el aullido de los perros en las noches, ¡Miran a la muerte!, siempre lo decía y el temor entraba en mi mente, como era posible, aunque los animales tienen más desarrollado sus sentidos, el único sentido que los humanos desarrollamos más es nuestra ambición por el dinero, por eso hemos dejado nuestro contacto con el espíritu y lo sobrenatural a un lado. Pero volviendo a esa noche de aullido, ¡Maldito perro!, ¡Maldito!, me dejo esa sensación de temor.

También lo escuche la noche anterior al ataque, era como un presagio, aunque en esa maldita guerra cualquier cosa era presagio de un ataque, cualquier cosa era una orden para asesinarnos entre nosotros, esa guerra maldita que vivimos los guatemaltecos. Cuanto dolor cause, cuantos recuerdos tengo, yo tenía solo veinticuatro años, siempre he sido inteligente, mi abuela decía que era un niño extraño, un maestro llego a nuestro pueblo y dispuso a enseñarme a leer y escribir, fue dichoso al llegar a quinto primaria, aproveche al máximo sus enseñanzas y aprendí a leer, cualquier cosa que caía en mis manos era para leer, por eso sobresalí en el ejército, aprendí a leer los manuales para desactivar bombas. ¡Por Dios! Otra vez ese perro aullando, no, no pueden callarlo, la muerte, la muerte está rondando, ojalá venga por mí, ojala se acabe esto de una vez. Abuela decía que había que rezar por nuestra alma y la de nuestros seres queridos para alejar a la muerte, ella era muy sabia, la llore inconsolable cuando me enteré que murió, yo está en una misión cuando sucedió.

No puedo conciliar el sueño, algunos de mi excompañeros dicen que soy un héroe, pero solo creo que tuve suerte al desactivar algunas bombas, fue en Carchá y sus alrededores donde libre de la muerte a muchos, esas bombas eran difíciles, algunas de ellas tuve suerte, esas películas estúpidas donde el protagonistas corta el cable rojo y salva a todo el mundo son una mierda, si así fuera no me hubiera orinado cinco veces del miedo, no me hubiera desmallado y sobre todo, aun tendría mi brazo izquierdo.

La primera bomba que desactive fue colocada en una iglesia, uno de los pobladores informo sobre el paquete sospechoso, desalojaron a todos, para esos años mi protección era el casco, algunas placas de metal incrustadas en mi uniforme, un detector de parecido a un tester, pinzas, cintas adhesivas y un manual hecho de fotocopias. Recuerdo caminar lento, las puertas de madera estaban cerradas, todos mis compañeros estaba a cincuenta metros a la redonda, entre y el sonido de la bisagras oxidadas me recordó que debo agudizar mi oído, eran las cinco de la tarde, no habían hecho la limpieza de la iglesia, el polvo estaba en las bancas y en altar, la imagen de nuestra señora de Guadalupe estaba a la derecha, San Judas Tadeo a la izquierda, la iglesia era muy pobre, el color blanco de las paredes no había sido renovado hacia muchos años, se miraba sucia por el humo de las veladoras, me indicaron que el paquete sospechoso estaba cerca de la columna donde el sacristán tocaba la campana para llamar a misa, caminaba en silencio, caminada observando a todos lados, al pasar enfrente del altar me arrodille y pedí por mi vida, volví a la realidad al escuchar al sargento -¡Apúrese cabron!-, el paquete estaba envuelto en papel craf, estuve cinco minutos en frente, escuchando atentamente, al fin identifique el tic tac, hay un tiempo para esto, hay tiempo para mi muerte pensé, saque el manual y busque una imagen parecida, nada, no habían nada igual, decidí cortar el paquete para ir eliminando la envoltura, me temblaba la mano al insertar e iniciar a cortar, parecía que el tiempo se detenía y podía escuchar los segundos, tic tac, tic tac, removí una parte del envoltura, tenía frente a mi más de veinte cables, el reloj detonador, el explosivo dentro de tubos plásticos, tuve que ir retirando más envoltura, fui dándole seguimiento a los cables, cuales conectaban el explosivo, cuales enviaran la descarga eléctrica de detonación, donde estaba la batería, etc, tarde dos horas en desactivarla, corte todo los cables poco a poco, al final retire el explosivo de los tubos plásticos, mi sargento me vio sorprendido, me confeso que me envió para que yo hiciera detonar la bomba al tocarla, nunca pensó que pudiera desactivarla, el muy desgraciado se carcajeó en mi cara.

Así pase dos años, desactivando bombas, hasta que llego esa noche, estaba recostado en un muro de piedra, el comando estaba disperso, eran las diez de la noche, hacia aquel frio de noviembre, escuche ese aullido de perro, ese lamento al ver a la muerte, vinieron las palabras de mi abuela, ¡Alguien va a morir!, ese sonido horrible, la muerte está a mi alrededor, los aullidos duraron cinco minutos, me puse de pie observando la oscuridad, algunos de mis compañeros también se pusieron nerviosos, era cierto que estábamos siempre al filo de la muerte, pero esos aullidos nos confirmaban que alguien moriría. Fue difícil reconciliar el sueño, si acaso se puede llamar dormir tener el fusil listo con los oídos atentos a las órdenes del sargento.

Al día siguiente nos movilizamos a otro pueblo, habían rumores de presencia guerrillera, la entrada del pueblo desolada, la miseria por todos lados, el comando iba en fila dejando metro y medio de distancia entre cada soldado, al frente iba mis compañeros Julio, Felipe y Manolo, escuche el detonar de la mina, la entrada del pueblo tenía minas, Julio quedo despedazado, Felipe perdió las dos piernas y Manolo parte de la pierna derecha, murieron en el instante, las minas fueron potentes, la sangre quedo en las paredes, quedaron impresas en nuestra mentes, ver los órganos por todas partes era traumático, la muerte reclamo tres vidas, tres hijos, dejo dolor en tres familias. Vino a mi mente el aullido del perro la noche anterior. El sargento me ordeno desactivar todas aquellas minas, tuve que caminar muy lento y observando cada centímetro del suelo, donde, donde había tierra removida, cualquier cambio de color en la tierra, cualquier agujero, cualquier cambio o sospecha, pase entre los pedazos de cuerpo y charcos de sangre, para avanzar empecé a tirar piedras para lograr activar alguna mina, después caí en cuenta que no observamos a ninguna persona, no había nadie, hice detonar con piedras lanzadas muy lejos cuatro minas, desactive veintidós minas, estuvimos tres días, solo comíamos tortillas y cualquier cosa que encontráramos.

Alguno pensara que soy valiente, un especialista del ejército, puse mi vida en riesgo muchas veces, fui haciendo fama, decidí quedarme callado, no hablaba con nadie de aquellos momentos en que sentía que aquel frio y nerviosismo, muchas veces deseaba morir, deseaba que esa sensación de temor terminara haciendo explosión siendo despedazado, dejando mi sangre en todas partes. Saben que mis manos tiemblan, los nervios los tengo destrozados, no puedo escuchar sonidos fuertes, no puedo escuchar aullar a un perro, no puedo. Saben que he tenido que matar, o mejor dicho envenenar a perros de los vecinos, no quiero a ninguno de esos animales cerca de mí, no quiero escucharlos.

Fue en una misión en Jalapa, esa noche calurosa, horrible clima, tuve suerte de fumarme un cigarro, por la mañana habíamos escuchado en la radio el discurso del presidente, un presidente de verdad, no como ahora, presidente payaso el que tenemos. Había desactivado una bomba instalada en la municipalidad, yo estaba recostado en el pasillo principal, la mente en blanco por haber estado al filo de la muerte. De repente ese aullido, después otro, dos perros aullando, la muerte rondando, no puede ser, el miedo lleno mi alma, tome mi fusil y ore, ore para alejarla a la muerte, no funciono, a los dos días fuimos atacadas y cuatro de mis compañeros murieron, el presagio del aullido de los perros por las noches me volvería loco, esa no fue la última vez que los escuche. Escuche ese aullido antes que firmaran la paz, diez años antes, hubiera preferido morir en ese instante, parecía un trabajo sencillo, desactivar una bomba con detonador y cables, pero algo salió mal, estaba a mitad del proceso, la bomba estaba fabricada con cuatro contenedores de explosivo, había retirado tres, fue un descuido, era de las pocas veces que tuve el equipo de protección dis que adecuado, tenía protegido casi todo, menos las manos, tuve un error, corte el cable equivocado y la cuarta carga exploto, quede inconsciente, desperté en el hospital militar, a la hora de recobrar la conciencia me di cuenta que no tenía el brazo, la explosión amputo mi brazo.

Ojalá pudiera tener el valor para escuchar tranquilo el aullar de los perros, hay ocasiones que me emborracho para olvidar esa guerra maldita, para olvidar esas supersticiones para algunos, pero real para mí, ojalá quedara sordo para no escuchar aullar a los perros en las noches. Aunque no negare que tener la advertencia que la muerte está cerca de nosotros puede que sea una ventaja para poner nuestra alma en paz. Dejar que la muerte nos lleve y juzgue. 

7 de Março de 2018 às 04:26 0 Denunciar Insira 0
Fim

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