marekmakaniverse Marek Makani

Tras el descubrimiento de numerosos cadáveres y diferentes asesinatos, la policía inicia una búsqueda con el propósito de hallar al artífice de todo ello, sin embargo, su incompetencia provoca que tengan lugar muchos más, incluyendo el de la amiga de Katherine, Beth. Ella entonces se hunde en la depresión, hasta que un hombre desconocido le hace descubrir un propósito por el que seguir viviendo, vengarse. Concretamente una forma de venganza que le hará explorar los límites de la mágia y su vínculo con la muerte. Prohibida su copia y/o adaptación.


Horror Histórias de fantasmas Para maiores de 18 apenas. © All Rights Reserved ®

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Necrotales IV: MATARON A MI ASESINO

“Nueve mujeres han sido halladas de nuevo, algunas con un estado superior de descomposición que otras, pero como es evidente se sospecha que ha sido obra del mismo hombre o la misma mujer, aunque es cierto que apunta más hacia el primero debido a la brutalidad y el animalismo con el que acabó con la vida de sus víctimas, algo que podría llegar incluso a considerarse sobrehumano. La policía de Los Ángeles ya ha pronunciado las primeras palabras de forma oficial acerca del caso en una rueda de prensa celebrada ayer a las 11:37 de la mañana donde diversos medios como la CNN, el New York Times, Los Ángeles Times, o el Washington Post recogieron la mayoría de las declaraciones de los agentes que presidieron el encuentro. Algunas de las declaraciones aseguraban que todo tenía que ver con un asesino en serie, al principio parecía estar relacionado con fines sectarios, rituales o satanismo, pero ahora se sabe con seguridad que simplemente se trata de un hombre que alberga unas profundas intenciones maquiavélicas”.

Eso era lo que Katherine escuchaba en las noticias antes de ir a la universidad el 7 de marzo de 1989, estaba bastante asustada pero aun así no parecía trastocar mucho su vida cotidiana. Tras terminarse los cereales, recoger todo su cuarto e introducir en la mochila todo lo que iba a hacerle falta ese día, se marchó.

Su hermano mayor iba a llevarle ya que le pillaba algo lejos y el transporte urbano tampoco es que estuviera relativamente cerca. Jacob tenía 24 años y como es normal, obtuvo su licencia para conducir a los 17, ya que a pesar de su ansia por obtenerla cuando cumplió los 16 como muchos de sus compañeros de clase, tuvo que esperar por motivos económicos hasta que la situación fuese considerada favorable para ello por sus padres.

Katherine estudiaba periodismo en la universidad, pero podía hacerlo debido a una beca por sus excelentes resultados académicos a lo largo de su periodo en el instituto además de que las ofertas no paraban de llegarle por el mismo motivo. Siempre había sido una buena persona, había cumplido con sus obligaciones y además se había interesado por los temas de actualidad a consecuencia de motivos más que evidentes, su deseo de dedicarse a la profesión centrada en ello.

La jornada tras llegar a clase prosiguió con normalidad, aquel día tenía claro que saldría con su grupo de amigas, aunque lo que no estaba tan claro era la hora a la que iban a hacerlo. Contactó con ellas tras llegar a casa más tarde, finalmente sería a las 21:45, era un poco tarde, pero iba a celebrarse una fiesta en casa de uno de sus compañeros. Estaba realmente ilusionada, ya tenía preparado el conjunto que llevaría, también el maquillaje y había terminado todas las tareas pendientes con el objetivo de quitárselas de encima para disfrutar plenamente de la fiesta sin que aquello ocupase su cabeza provocando la intranquilidad latente que suele producirle ese tipo de asuntos a las personas responsables.

La tarde se había desarrollado como lo descrito con anterioridad, pero la noche estaba envuelta en un gélido poco común para la época del año en la que se encontraban. La oscuridad se apoderaba de todo y su hermano Jacob no estaba disponible para llevarla a la fiesta porque estaba de viaje. Por dicha razón pensó en dos caminos, el de llamar a alguna amiga o amigo que tuviera coche y que fuera a la fiesta o el de hacer autostop. Todas las posibilidades que hubiese antes que apostar por el segundo camino eran bienvenidas, no le apetecía para nada subirse al coche de un desconocido sin saber si finalmente llegaría a su destino o acabaría muy mal por el trayecto. Llamó a todo el que pudo, y finalmente no hubo suerte, parecía que iba a tener que fastidiarse e ir con “vaya a saberse quién”. Pero en el último momento recibió la llamada de Carly, una de sus mejores amigas a quien la iba a llevar su padre, por lo que tras descubrir que Katherine no tenía ningún medio por el que ir, se ofreció a cederle un hueco en su coche.

La travesía resultó fantástica, el padre de Carly era un tipo muy entretenido al que además le gustaba la buena música por lo que ya disfrutaron sin todavía haber comenzado la fiesta. Entraron por el umbral de la puerta principal de la casa de Eric, el compañero y anfitrión de la velada en cuestión. Le saludaron tras recibirlas este como es natural y acto seguido buscaron a todas las componentes del grupo. Encontraron a todas…, menos a una, Bethany. No estaba por ningún lado ni parecía que fuera a estarlo, ya que nadie sabía nada de su paradero. Todo el mundo aseguraba no haberla visto entrar en ningún momento. Ellas eran conocedoras de lo estricta que era su madre, seguramente no la hubiera dejado ir, por lo que tenían la certeza de que Bethany había elaborado un plan para escaparse a la reunión tras confesarlo ella por la mañana en clase. Es decir, que salvo que su madre la hubiera pillado, Beth tenía que estar allí o de lo contrario algo malo le habría ocurrido.

No podían llamar a su casa por claras razones, pero de brazos cruzados no iban a quedarse, necesitaban encontrarla, al cuerno con la fiesta, era su amiga maldita sea. Todas marcharon con desesperación por las calles residenciales de aquel lugar, tras las casas, entre ellas, de los rincones más claros a los más oscuros, hasta que finalmente se decidieron a finalizar con la búsqueda en su hogar, debido a que lo peor que podría pasar es la tormenta maternal que caería sobre ella, pero en cambio, de descubrir que no se encontraba allí, el problema sería bastante más profundo y sin intentarlo nadie sabría nada.

Llamaron al timbre de forma sutil, la madre de Beth les recibió un tanto extrañada, pero lo malo vino cuando les dijo a todos “¡¿Se puede saber dónde está mi hija?!”. Ellos entraron un tanto en pánico, pero lo último que deseaban era alertar al máximo o hacer daño a la señora Sanders, sin embargo, no les quedó más remedio que confesarle que ellos llevaban toda la noche buscando y que su casa era el último punto de la búsqueda donde creían que iban a encontrarla. La señora Sanders quedó en shock, no podía articular palabra, las sensaciones de rabia y miedo entremezcladas, atormentaban cada rincón de su mente, jamás esperaría tener que pasar por aquello, lo había visto en las noticias, en las series, en los documentales, pero todo ese material visualizado le torturaba en forma de pensamientos oscuros, imágenes, información que no era nada sana para aquel aterrador instante, quiso buscarla junto a ellos toda la noche, pero era momento de avisar a la policía quienes determinaron que hasta pasadas 24 horas no iba a ser posible realizar una búsqueda.

Pero no fue necesario el transcurso de ese tiempo porque un senderista que caminaba con su perro por las afueras de la ciudad percibió como su peludo amigo parecía iniciar una profunda investigación con su olfato de lo que fuera que se encontrase bajo los pies de ambos compañeros de vida. Los cadáveres de tres mujeres yacían a temperaturas increíblemente gélidas cuando los agentes los desentrañaron de la tierra debido a que todavía era de madrugada y habían soportado el frío propio de la noche a lo largo de ésta, lo que además había frenado casi por completo la velocidad de la descomposición. Por ello, se encontraban prácticamente igual que cuando estaban vivas, perfectamente identificables y reconocibles. Descubrieron sus nombres: Sam Peterson, Julia Summers, y Bethany Sanders. Los peores augurios de los amigos y la familia de Bethany, que apenas se habían percatado de su desaparición aquella misma noche, se confirmaron inmediatamente, sobre todo tras haber comprobado sus padres si ciertamente se trataba de ella. El levantamiento de los cadáveres se produjo relativamente en poco tiempo, la investigación estaba en curso, pero las relaciones con el caso del Asesino de la Oleada —denominado así por la cantidad de cadáveres que aparecían en las escenas del crimen que se le atribuyen— ya se habían establecido. La creencia popular con respecto al caso es que el asesino conducía en su coche y al contrario que otros asesinos en serie, éste no recogía a mujeres autostopistas sino que simulaba aparcar el coche, se bajaba silenciosamente para no levantar sospechas en la víctima quien proseguía con su camino sin mirar atrás, para acto seguido cambiar la marcha a una mucho más veloz, sorprendiendo —sin capacidad de reacción por la rapidez de los hechos— y atrapando entre sus brazos a la persona con cuya vida iba a acabar.

Todos los cercanos a las víctimas estaban traumatizados, no tenían idea de cómo sus vidas proseguirían sin ellas, era desolador. La comunidad entró en cólera todavía más después de saber que los inspectores habían pausado la investigación unos días antes para realizar una excursión de tres días a Canadá simplemente para desconectar de la presión del caso o que dejaron en libertad a dos de sus sospechosos más importantes porque la intuición del comisario no le decía que tuvieran algo que ver con los hechos. Comportamientos como estos fueron los que restaron —en gran cantidad— credibilidad a sus declaraciones, además de respeto por el cuerpo de policía, sin embargo, también fueron los que dieron lugar a un enorme cambio en el equipo, los métodos y la forma de estudiar el caso como respuesta al revuelo social de semejante escándalo.

Katherine ya no iba a la universidad. Ella era una gran cercana de Beth y todo aquello le hizo cambiar para siempre. Pensó que la policía nunca atraparía a quien llevaba ya demasiado tiempo divirtiéndose con aquellas pobres almas, por lo que estudió otros medios con los cuales se podría castigar a alguien una vez descubierta su identidad. Tres meses encerrada en su habitación, con sus padres desesperados, llevándole la comida que tenían que obligarle a consumir, le rogaron que cambiase, que asumiese que la vida era así y que tenía que continuar porque ella tenía la suerte de vivir, no como su amiga, debía hacerlo por las dos, debía vivir el doble. Sin embargo, entre sus planes se hallaba la reflexión y perfección del ocultismo o la cultura Vudú. Todo porque meses atrás, justo después del deceso de Beth, mientras regresaba a casa —cuando todavía no había decidido recluirse en la mazmorra que supondría después su habitación— se topó con un hombre negro, bien vestido, de gran altura y un aura mística que le envolvía de pies a cabeza. El tipo parecía reconocerla por las noticias o reportajes donde se exponía su relación con la víctima de la última oleada.

—Hola, puedo ayudarte a hacer pagar a ese mierda. —Dijo sin ni siquiera presentarse con antelación—.

—¿Cómo? No me hable, aléjese de mí. —Se asustó—.

—Sé que eres la amiga de Beth, y yo sé acerca de temas que a pesar de que parezcan más propios de una película de terror que de esta cruel realidad, son más efectivas que lo que otros creen que les va a proteger toda la vida pero que sin embargo no tienen intención de hacerlo, solo quieren cobrar el sueldo.

—¿Qué me propones?

—Hay un arte o religión, según lo mires, llamado Vudú, lo practico en comunidad con otras personas interesadas en este asunto. Entre todos formamos un colectivo. Como principio tenemos que, si podemos ayudar a los demás con nuestros dones, debemos hacerlo. Por eso, no te pido que te unas a nosotros, solo quiero que ese tío pague, y tú eres la indicada para hacerlo. Y me preguntarás “¿Cómo sabes que yo puedo hacerlo?” o “¿Por qué yo?”, bueno, es una cuestión de intuición. —Le explicó al detalle—.

—Vale, pero no quiero que le pase nada a nadie ni correr yo misma un riesgo como que eso se vuelva en mi contra. —Le pidió—.

—No lo hará, estoy convencido.

Tras esta breve conversación, el hombre le detalló el plan a seguir, le otorgó el libro más importante a tener en cuenta para que éste se desarrollara de la mejor forma posible, y le indicó todos los lugares donde las víctimas murieron, ya que allí siguen atrapadas sus almas. Elaboro el amuleto que podría —según los escritos analizados— absorber las almas de aquellas víctimas encontradas y por encontrar del monstruo de Los Ángeles, para liberarlas en el momento que el portador del amuleto creyese conveniente. Después de todo ese tiempo tenía su herramienta lista, solo debía introducirse en la boca del lobo para poder darle el debido uso. Siendo esta la razón por la que el 17 de junio de ese mismo año salió voluntariamente de su habitación, se despidió de sus padres fingiendo encontrarse mucho mejor al aceptar el fallecimiento de Beth, y caminó durante horas en soledad sin que nada ni nadie le frenase. ¿Por qué? Pues porque tenía el objetivo de ser atrapada por el criminal que tanto todos temían, y después hacerle pagar por todos sus pecados.

Cinco horas más tarde, un Dodge Caravan del año 1985 comenzó a ralentizar su marcha aproximándose poco a poco a ella de forma claramente sospechosa, Kath sabía lo que ocurriría minutos más tarde, y ya se había preparado para ello, aunque creyó que lo mejor sería entregarse voluntariamente. Por lo que se giró para observar al conductor del coche, frenó su caminata, se acercó a la ventanilla, la golpeó con uno de sus nudillos tratando de indicar a éste que la bajase, entablando así una conversación.

—Hola, perdona que te moleste, es que vengo de casa de una amiga y estoy un poco lejos de mi casa. ¿Podrías llevarme? —Le pidió pausadamente sabiendo que su respuesta sería afirmativa—.

—Soy Andrew, encantado. —Reveló extendiendo su mano para presentarse—.

—Yo Kath. —Contestó accediendo al apretón de manos de Andrew—.

—Genial, sube, que vamos a tu casa. —Dijo con un tono amable que para nada correspondía con sus verdaderas intenciones—.

Tras indicarle Kath dónde vivía, pasó de largo. Ella sabía que todo acababa de empezar, que estaba a punto de adentrarse en lo más oscuro, difícil y aterrador de la situación. Kath le preguntó por qué no paraba en su casa, que acababa de saltársela. Andrew le respondió que iban a un lugar muchísimo mejor, donde puede que él llegase a divertirse más que ella, pero que ambos iban a hacerlo. Ella respondió que le dejara marchar, que no quería morir. Y él, con más frialdad que un témpano de hielo, pronunció la respuesta más aterradora que podría imaginarse, pero para la que ya se había preparado, aunque al escucharla provocó que se erizaran todos y cada uno de los vellos de su cuerpo:

—Pues lo vas a hacer.

Kath decidió permanecer en silencio todo el trayecto, no quería darle el placer de hacerle sentir el horror por el que estaba pasando. Ya habiendo llegado a una lejana cabaña que parecía haber heredado de alguien, por su antigüedad, la suciedad acumulada, y el mal tratamiento del entorno doméstico, le ordenó con brutalidad que saliera del coche, ella lo hizo, como es evidente. Andrew sacó un machete con el que amenazó a la chica para que se adentrase en el inmueble. Sin aplicar mucha resistencia, dejó que le atase a la silla y le tapase la boca con un paño húmedo. Estaba desconcertado por la pasividad de la joven, quien provocó que sospechara de que algo tenía entre manos, pero pensó que estaba por encima de ella y que la autoridad era, sin lugar a duda, él. Sin embargo, Kath guardaba en el bolsillo derecho de su abrigo amarillo el amuleto elaborado con la ayuda de aquel misterioso individuo al que jamás volvió a ver. Éste solo entraría en estado de activación si la sangre de su creadora salpicaba sobre él, por lo que provocó un golpe en la cabeza por parte Andrew para que desatase su efectividad.


Ella comenzó a gritar y a repetir una y otra vez que si escapaba contaría quién era, un fracasado que se dedicaba a vagar en busca de pobres almas que no podían defenderse. Le dijo que su padre tenía un puesto de alto nivel en la comisaría y que se había metido en un lío todavía más profundo del cual en el que ya se hallaba, porque si todas las pistas podrían apuntar hacia él, ahora al secuestrar a la hija de un agente todo era peor. Aunque realmente ella no era hija de ningún alto cargo policial, pero asustó a tal nivel a Andrew que éste, con tal de que cerrara la boca, le reventó una botella de cristal en la cabeza dejándola inconsciente, pero el amuleto hizo su trabajo.

Andrew se había marchado a la cocina a preparar varios instrumentos que permitieran cortar la carne de Kath de forma precisa y ágil, además de servirse una cerveza para amenizar el trabajo. Cuando pudo sentir un golpe en la planta de arriba y varios pasos en el salón. Pensó que se trataba de Kath habiendo escapado, pero nada más lejos de la realidad. Pronto pudo ver cómo, tras alcanzar la planta superior, Beth estaba al final de la habitación a la que daba el final de la escalera mirándole fijamente. Esto, provocó tal escalofrío y espanto en el infame hombre, que tropezó cayendo por las escaleras. Otra de sus víctimas, Julia, corrió hacia el para destruir con una maza hallada en el sótano, su columna vertebral mientras todavía se hallaba consciente. Sam, otra más, llego con el machete anteriormente mencionado para cortarle las piernas. Los dolorosos sollozos del criminal podían escucharse varios metros lejos de la casa y despertaron a Kath. Para terminar el asunto, Candace, la primera joven cuya vida terminó por los incontrolables impulsos de aquel demonio nacido en la tierra, apuñaló su pecho con uno de los tantos cuchillos preparados por Andrew para acabar con Katherine. La estampa era sangrienta, brutal y de lo más violenta. Había pagado por todo lo acaecido trágicamente durante aquel verano y quienes habían acabado con él eran quienes más merecían hacerlo.


La pobre Kath fue desatada por las víctimas, quienes le dieron las gracias ante su incredulidad que provocó que en cierto punto brotaran sus lágrimas, sobre todo escuchar la voz de Beth, a quien abrazó para luego llamar a la policía, alegando que le había secuestrado un hombre al que acababa de asesinar en defensa propia. Lo había conseguido, y aun con el inconveniente de tener que pasar por ciertos problemas legales a causa de dichos hechos, todo indicaba que lo había hecho para escapar de sus feroces garras. Tras una comprobación de la policía con respecto a la relación del ADN del asesino con los escenarios de los crímenes o el hallado en la piel, las heridas o incluso el cabello de Katherine, dando lugar a una verificación de su vinculo con todo ello y finalmente a su culpabilidad como el principal autor de todos los hechos.

Katherine fue apoyada por toda su familia y el caso se cerró sin consecuencias para su persona, más que numerosos juicios que aunque la presentaban como culpable directa de la muerte del individuo en cuestión, todo el mundo estaba de acuerdo en que se trataba de un asesino horrible que pudo haberla matado de no ser por su contraataque, siendo el veredicto su liberación como acusada del homicidio.

FIN.

19 de Dezembro de 2022 às 22:19 4 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

Conheça o autor

Marek Makani Marek Makani, nacido Marcos Marín Molina, es un autor español especializado en cuento y novela corta. Algunas de sus obras más célebres son sus Narraciones Independientes, Hellands, sus novelas gráficas RUINA o Red for Blue, las series MANIAC o Kosmik Tales y los cuentos de su antología Necrotales.

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Marco Campos Marco Campos
Bastante buena la historia.
February 10, 2023, 11:36

  • Marek Makani Marek Makani
    Muchísimas gracias, comentarios así me ayudan y motivan una barbaridad para continuar con mis obras. February 10, 2023, 11:40
Prince Gómez Prince Gómez
Me ha encantado esta Historia!💖💖💖
February 05, 2023, 22:34

  • Marek Makani Marek Makani
    Agradezco muchísimo tus palabras, me hace mucha ilusión recibir comentarios así, me impulsa a seguir escribiendo, y creando historias para vosotros. February 10, 2023, 11:42
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