marekmakaniverse Marek Makani

En este capítulo de la antología "Necrotales" de la mano de Marek Makani, la incultura, la ignorancia, el fanatismo religioso y la maldad, llevarán a los habitantes de un monasterio en el norte de España durante el mes de octubre del año 1879 a pensar que un hombre, por el hecho de ser diferente a ellos, es un demonio, pero pronto descubrirán por voluntad de Dios, el verdadero aspecto del mal, no teniendo éste nada que ver con el hombre al que señalaron serlo... Prohibida su copia y/o adaptación.


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Necrotales I: EL ESCLAVO QUE SE CONVIRTIÓ EN DEMONIO

La incultura, la superstición o devoción por la religión en exceso y la falta de conocimiento sobre el mundo que nos rodea, fueron algunos de los elementos que dieron lugar a los hechos que acontecieron durante el mes de octubre del año 1879 en un monasterio ubicado en el norte de España.

El 1 de ese mismo mes, casi como si el propio mes fuera quien diera la bienvenida a dichos acontecimientos, las cuatro monjas que se encontraban en el monasterio compartiendo la hora de la cena con los curas que también se hallaban allí, tres para ser exactos –normalmente habían más monjas y curas pero ese año solo hubieron ellos sin explicación alguna al respecto– entablaron un controvertido tema de conversación, el cual en caso de haber sido introducido por alguien que no formase parte de la orden religiosa hubiera sido considerado una verdadera herejía o blasfemia.

La hermana Diana le preguntó al resto de los presentes que si creían que estaban verdaderamente a salvo en este nuestro mundo. El padre Ricardo contestó a su pregunta alegando que lo cierto es que nunca estarán a salvo del mal que acecha sus tiempos al mismo tiempo que aquel emanado por las fuerzas provenientes del infierno, además de que su labor en la tierra como siervos de Dios consistía en proteger al resto de habitantes de este lugar y a su vez hijos del Rey de los Cielos, de dicha oscuridad, por lo que siempre deberán ponerse en lo peor, pero esperar lo mejor. Diana pareció haber quedado satisfecha con su respuesta, aunque el resto de los que comían en la mesa no estaban demasiado cómodos hablando de ello, por lo que la hermana Carolina decidió cambiar de tema para conversar entonces de qué les parecía el tiempo que había estado haciendo durante las últimas semanas de septiembre.

El padre Alonso respondió que no había estado demasiado conforme con ese clima ya que en ocasiones hacía frío y en otras demasiado calor, no existía término medio, bajo su criterio, claro está. Todavía se podía percibir la tensión en el ambiente causada por la referencia al mal previamente llevada a cabo. Hasta que regresó a la mesa, ya que el padre Mateo aseguró que no debían temerle a la maldad o al peligro de vivir en este mundo, debido a que había percibido un sentimiento generalizado de rechazo hacia lo antes tratado y quería aclarar su punto de vista añadiendo dicha enseñanza. “¿Quién no podría temerle a ello padre?” añadió la hermana Ángela. “Nosotros, los enviados de Cristo, ya que el mal contra nosotros no puede tener efecto. Poseemos la bondad de nuestro señor y ésta nos protege de todo para que podamos cumplir con nuestra labor, pero en caso de sufrir las consecuencias de lo peor que habita en nuestro planeta, iremos al Reino de los Cielos, donde viviremos la paz eterna” trató de tranquilizarle Mateo. Todos respiraron con alivio convencidos de que las palabras del padre eran la verdad absoluta, como si el mismísimo Dios hubiera pronunciado dichas afirmaciones.

La hermana Teresa se dispuso a retirar su servicio de la mesa una vez hubieron terminado todos con su ración. El fregadero se encontraba bajo una ventana que daba directamente al paisaje frente a la fachada principal del monasterio. Gritó al observar a través de ésta algo que le paralizó por completo pero que no era más que falta de sabiduría, reclusión y demasiados años hablando de cosas que no tenían fundamento científico en lugar de explorar el mundo bajo los ojos del realismo. Todos se apresuraron a comprobar lo que había frente a la puerta principal.

Un hombre negro, eso había. Un hombre que simplemente buscaba cobijo ya que no había encontrado respeto ni compasión por el resto de los habitantes de aquella comunidad, que lo trataban como si de un demonio se tratara, y es que, lo que pensaron los moradores del monasterio que comprobaban al detalle la figura del varón, no era otra cosa que eso, su proveniencia del infierno.

Escucharon cómo su puño golpeaba la puerta pidiendo auxilio. Todos estaban aterrorizados, no sabían qué hacer, estaban condenados bajo su punto de vista, al mal absoluto. Barajaron la posibilidad de practicarle un exorcismo rápido, pero pensaron que no era un hombre sino la figura antropomórfica de un demonio puro, por lo que decidieron no hacerlo ya que no había de donde expulsarlo, era él en su totalidad. Por otro lado, quisieron matarle, pero pensaron que era demasiado, pues serían castigados una vez murieran, por Dios, ya que habrían incumplido uno de los sagrados mandamientos. Hasta que, prosiguiendo con la reflexión, dieron con la solución. Lo aprisionarían, lo usarían como mano de obra al servicio de la iglesia, hasta que el demonio no pudiera vivir más en un lugar santo como ese y muriera.

Todos estaban de acuerdo, solo quedaba abrirle la puerta al desesperado hombre. Lo hicieron, pero rápidamente le ataron con una cuerda y le gritaron “¡FUERA DE LA CASA DE DIOS, DEMONIO!”. El hombre no podía defenderse, eran muchos más que él, por lo que le tocó aceptar su triste destino, aunque éste tuviera planes distintos para él. Se lo llevaron hasta unos calabozos para herejes que poseían en los bajos del monasterio, a oscuras, sin comida, agua o por lo menos un refugio caliente, ya que el ambiente de dicha prisión era casi gélido. Allí lo encadenaron y a pesar de que gritó como nunca lo había hecho, le ignoraron por completo.

A la mañana siguiente, tras toda una noche de quejas por parte del pobre hombre, decidieron bajar a comprobar cómo se encontraba, pensando ellos que todos los sollozos se debían a la intolerancia del demonio frente a un lugar santo. Al llegar comprobaron que sorpresivamente, a pesar de as condiciones infrahumanas en las que pasó la noche, todavía seguía con vida. Ninguno más le tocó salvo el padre Mateo, aunque mantuvieron la creencia de que si ellos le tocaban no había problema, pero si él lo hacía, el diablo era el responsable de ello, por lo que la persona tocada estaría maldita y, por tanto, debía morir. Mateo le despojó de los grilletes y con un crucifijo le ordenó que comiera lo que le entregaban. Él comió como si fuera un manjar infinito y el último de sus días, a pesar de que solo era un trozo de pan acompañado de un vaso de agua.

Tras lo sucedido le pidieron que subiera y llevara a cabo ciertas tareas relacionadas con la agricultura del lugar. El hombre obedeció, y es que lamentablemente qué iba a hacer si no. Cada día que pasaba parecían habituarse más a su presencia, y como percibía que no les gustaba nada cualquier tipo de acercamiento de su presencia hacia ellos, no lo hacía por lo que pudiera ocurrirle. Casi que ambos, tanto ellos como él, se acostumbraron a aquella rutina, beneficiosa para ellos, aunque injusta para él. El aumento del número de tareas no era ya ninguna sorpresa para el ahora aparente esclavo, es más, era el pan de cada día.

Era ya mitad de mes y las tensiones volvieron a aumentar, ya que, a una de las hermanas, concretamente la hermana Sara, pareció caerle en gracia poco a poco su personalidad, tanto, que en ocasiones le habían visto bajar a deshoras a los calabozos para hablar con el sujeto o para darle comida que los otros no le daban. A ella le parecía alguien completamente normal y sentía como si el tiempo le hubiera enseñado que realmente no se trataba de un demonio sino de alguien con un tono de piel diferente al suyo, ya que su forma de pensar, su modo de hacer las cosas o ver la vida, era demasiado semejante al suyo. Entablaron entonces una bonita amistad que pronto sería fracturada por las falsas creencias de sus compañeros, porque un día después de que la hermana Carolina le mencionara lo ocurrido al padre Carlos, éste decidió cortar por lo sano llamando a Sara al patio, para decirle que lo que estaba ocurriéndole con el hombre no era otra cosa que la tentación del diablo. Éste estaba siendo amable con ella para llevársela al infierno como su sierva o para traicionarles a ellos, los adoradores de Dios, por lo que a pesar de que ella creía nada más ni nada menos que se trataba de una hermosa amistad que incluso en lo clandestino podría llegar a algo más, simplemente se trataba de una blasfemia o ataque contra su iglesia. Ella se negó a creerlo, por lo que prosiguió con su relación en lo referente al ser del que el resto estaba, sin medias tintas, abusando y aprovechándose.

El día 27 de octubre, algunos proseguían con las sospechas de que Sara había hecho caso omiso a las órdenes o indicaciones, según lo mires, del padre Carlos y que por lo tanto continuaba profundizando en la conexión ya existente entre ambos. Lo cierto es que se habían enamorado, tanto, que, por las noches, ella le permitía incluso dormir en sus aposentos para que estuviera más caliente, a pesar de no llegar a nada más como las mentes perturbadas de sus compañeros pudieran llegar a imaginarse en caso de descubrirlo.

Como segunda medida ante la situación, el día 30 de octubre decidieron que lo más conveniente sería someter al hombre a una tortura para comprobar la reacción de Sara ante esto. Tomaron al hombre por la fuerza para llevarlo al patio trasero. Lo tumbaron en una cama de madera donde comenzaron a propinarle puñetazos, latigazos e incluso marcarlo con un hierro ardiente en el pecho donde el símbolo de una cruz había sido elaborado. Sara no podía aguantar más la rabia y el dolor que llevaba dentro por lo que comenzó a gritar las siguientes palabras: “¡Dejadle en paz por el amor de Dios! No os ha hecho nada, a ninguno de nosotros, es un hombre normal, no es un demonio. Él nació con esa piel, pero no es distinto a nosotros, es igual, es mejor, porque el no posee la maldad que vosotros almacenáis en vuestro interior como para llevar a cabo actos tan infames como éste. Dios no querría que sus hijos se hicieran daño entre ellos, que se mataran incluso. Todo esto es producto de que no conocéis más que los muros de este asfixiante lugar, hay más vida fuera de aquí, hay más paisajes, más culturas, más seres con distintas pieles. No es un demonio, y basta hablar con él unos minutos para darte cuenta de ello, es una persona, es un inocente, pero lo que ustedes son, eso no tiene nombre, están castigando a alguien sin motivo alguno, algo que Dios consideraría uno de los mayores pecados, ¿dónde está el perdón?, ¿dónde está la empatía, la culpa?, ¿dónde? Debería daros vergüenza realmente. Es un hombre, vosotros sois los demonios.”

Ellos tras escuchar dicho discurso, lejos de reflexionar o pensar en cada una de las acertadas palabras de su hermana, llegaron a la conclusión de que estaba poseída, que el demonio la había conseguido llevar a su terreno, que ya no había nada que hacer, y antes de que aquella posesión casi contagiosa pudiera expandirse todavía más, lo mejor era matarla a ella también. Comenzaron a pensar que probablemente se habrían abrazado o aproximado físicamente, por lo que además de estar poseída, ella también era impura, entonces decidieron apuñalarla en repetidas ocasiones, una vez cada uno.

Sara yacía muerta en el suelo y el hombre, que gritó lo que la amaba además de que por favor no muriera, que no quería que se marchara, fue apedreado durante un minuto, durante el cuál sufrió lo suficiente como para pedirle a Dios que le ayudara, por lo que entonces sucedió algo.

Dios apareció tras los que le apedreaban, pero ellos no podían verle ya que no eran realmente seres de Dios, solo fanáticos enfermos que piensan que ser hijo suyo es rezar e ir con túnica, pero el hábito no hace al monje. Se dirigió por tanto al esclavo asegurándole que sabe que él es verdadera bondad, y que por lo tanto él está protegido bajo su nombre, pero que, si ellos tienen tantas ansias por conocer a un demonio para después castigarlo, entonces es turno de que así suceda.

Los grilletes que le ataban a la mesa se abrieron, le liberaron, de pronto anocheció casi de golpe, y ellos corrieron impulsivamente obligados por Dios hasta la puerta principal del monasterio. El hombre se arrodilló ante el cuerpo de Sara, tratando de devolverle la vida, pero nunca sucedió tristemente, aunque supo que estaría en un lugar mejor que aquel castigo de mundo que la había llevado hasta su situación actual. Los demás se adentraron en el monasterio tras lo cual las puertas se cerraron por completo, ellos sufrieron una desesperación indescriptible ya que sabían que estaban atrapados y querían salir. Pero fue en ese mismo instante cuando escucharon algo correr por la planta superior. Se asustaron inmensamente, se dieron cuenta de que lo que ellos pensaban que era un demonio simplemente por su diferente aspecto, no tenía nada que ver con un en realidad.

Golpes, arañazos, gruñidos, se escucharon por todos los rincones helando la sangre de algunos de ellos, como por ejemplo del padre Carlos, al cual le dio un infarto que lo mató en el acto, todos gritaron por su muerte, querían escapar e incluso pidieron al hombre al que habían maltratado tanto, que por favor les salvara, pero ya no estaba entre sus planes precisamente.

Súbitamente aparecieron cada uno en un lugar diferente del monasterio, parecía como si los hubiera transportado Dios hasta allí, todo estaba a oscuras, el viento arañaba los cristales de las ventanas. La hermana Carolina había aparecido en un pasillo, al final de él había una sombra, que gritaba tanto que casi le revienta los tímpanos, comenzó a correr a por ella, y ésta estaba inmovilizada, por lo que la destrozó, se comió hasta el último resquicio de su cuerpo, pero también de su alma. Diana fue transportada a sus aposentos, había algo acechándole bajo la cama, comenzó a arañar el suelo de madera, ella sabía que ese sería se final, el demonio corrió como una bestia, se posó sobre su torso ferozmente y ahí arrancó cuando todavía estaba viva, sus extremidades para terminar haciéndolo también con su cabeza.

El padre Mateo se presentó en el comedor, donde unos demonios, sentados a lo largo y ancho de la mesa, tal como lo estaban ellos al comienzo de todo, esperaban para servirse una porción de su carne, entonces uno de los demonios lo empujó a la mesa para acto seguido comérselo entre todos. Sus gritos inundaban cada rincón del ahora aterrador entorno, mezclados con los de Angela, la cual se había manifestado en una ducha de los baños cubierta por una cortina dentro de la cual esperaba con pavor su final, sucediendo de forma terrible ya que los demonios aparecieron para arañar con sus garras todo su cuerpo tras atravesar la cortina con sus zarpas, para luego resbalarse golpeándose la cabeza con un lavabo que había junto a ella al tratar de escapar.

Para terminar el padre Ricardo corrió hasta otro baño, rompió el espejo para con un cristal suicidarse antes de que le alcanzaran, pero el cristal salió disparado de sus manos, llegando hasta un demonio que le sacó el corazón para explotarlo en su mano mientras Ricardo seguía observando todo.

El hombre, cuyo nombre resultó ser Jules venía de una zona pobre de Francia, pero tras haber perdido toda esperanza allí decidió que vagaría tratando de sobrevivir hasta conseguir un trabajo o una nueva vida mejor que la que tuvo hasta entonces, pero tras solo haber encontrado desgracia Dios ahora le hizo rico y aunque no le devolvió a Sara, le otorgó mucho dinero, hizo desaparecer a los eclesiásticos de allí, además de conseguir que todo el mundo supiera su nombre, para que allá donde fuera todos le prestaran ayuda.

FIN.

23 de Outubro de 2022 às 13:46 0 Denunciar Insira Seguir história
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Conheça o autor

Marek Makani Marek Makani, nacido Marcos Marín Molina, es un autor español especializado en cuento y novela corta. Algunas de sus obras más célebres son sus Narraciones Independientes, Hellands, sus novelas gráficas RUINA o Red for Blue, las series MANIAC o Kosmik Tales y los cuentos de su antología Necrotales.

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