Mi verdugo Seguir história

yuliana-chiple Yuliana Chiple

Ángel ha decidido ceder antes los deseos de su jefe. Un chico rico y perverso que ha encontrado en su pasado una forma de chantajearla y hacer que haga lo que a él le plazca. Pero ella haría cualquier cosa para evitar regresar al hoyo negro de donde salió. Incluso fingir que lo ama. Continuación de la historia "Mi Ángel".


Erótico Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#violencia #drama #abuso #odio #relacion toxica #triangulo amoroso #romance #sexo
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Capítulo 01

Continuación de la historia,  Mi Ángel. Para entenderse mejor, leer la historia.


XV.

-No sé por qué te resistes tanto, estoy seguro de que lo disfrutaras tanto como yo- capturó entre sus dedos un mechón castaño de su cabello- eso sí, tienes que alejarte del estúpido ese. No tolerare...

-Ya le dije que cumpliré con lo que pide- su mirada se clavó en él. Fría y dura como una piedra.

No respondió se dedicó a contemplarla sin ninguna expresión en el rostro.

Ángel pensó que si cambiaba de actitud y se tragaba su orgullo las cosas cambiarían. Lo miró de la manera más suplicante que pudo.

-¿Por qué no me deja ir?- su voz salió suave y cansada- Yo no significo nada para usted. ¿Para qué me obliga a estar a su lado?

Por un segundo los ojos negros del chico mostraron tristeza, casi creyó haberlo lastimado con esas palabras; al instante su mirada volvió a ser la misma. Pensó haber imaginado la tristeza.

-Estoy seguro que en unas cuantas semanas no querrás irte- le tomo el rostro con delicadeza, apartando el cabello que le obstruía rosar sus labios con la parte sensible de su cuello, justo donde estaba su pulso- Te puedo asegurar que, en ese tiempo, me suplicaras que no te deje.

Las tranquilas palabras sonaron como una autentica amenaza y al ver sus ojos lo comprobó.

Sin dejar de sonreír se levantó, liberándola del peso de su cuerpo. Por fin respiro profundamente, aun así el nudo no desapareció de su garganta.

-Saldado nuestro asunto, ahora puedes ir ayudarle a las demás a la cocina. Solo una última orden, de ahora en adelante, quiero que me lleves la cena a mi cuarto- le guiño un ojo.

Se levantó del sofá, manteniendo una postura recta.

-Sí señor- hizo una reverencia- con permiso.

***

Para ella los días transcurrieron con angustia. Ignacio no había intentado nada desde el día de su amenaza, no la había mirado siquiera. Eso debía mantenerla tranquila, sin embargo, no lo hacía. Tenía los nervios de punta por solo estar pensando en lo que pretendía pedirle u obligarla hacer; tampoco se necesitaba ser un genio para imaginar lo que quería. Lo que le extrañaba era el poco tiempo que pasaba en la casa, comúnmente siempre estaba holgazaneando. Ahora solo llegaba a dormir y se iba temprano. Fuese lo que fuese, eso la ponía contenta, ya que disponía de más tiempo para estar con Emiliano.

A pesar del aprieto en el que estaba, se rehusaba a dejar a la persona que más amaba en el mundo. Cuando estaba con él no existía la infelicidad o cualquier cosa que pudiera lastimarlos a ambos. Habían tenido unas cuantas citas; él la llevó al cine, al parque y también algunos restaurantes. Cuando salían ella siempre llevaba una cámara, le extraño un poco que tomara fotos tan regularmente, pero jamás le mencionó algo a su novia. Todos esos momentos juntos, Ángel quería atesorarlos no solo en su memoria. Porque cada vez que él iba a dejarla a la mansión, sentía que no habría un mañana para ellos.

Dejó de existir en el momento que aceptó el trato con Ignacio Herrera.

La suerte se encontraba en ese instante de su lado, pero dudaba que le durara para siempre.

Cada vez que se encontraba con "el joven" Ignacio temía por su castidad y por su orgullo. Temía perder a la persona que amaba. Temía por su libertad.

No debía haber en ella otro sentimiento que no fuera miedo.

***

Con la espalda adolorida y mentalmente exhausto, el moreno entró a paso lento dentro de la mansión. Llevaba dos semanas yendo de un lado a otro sin tener un minuto de descanso. A penas y había dormido 7 horas a lo mucho en todo ese tiempo. Ir a pasarelas, a sesiones de fotos, comerciales televisivos y ver a los patrocinadores, no era para nada fácil. Solo paraba para comer y descansar unos minutos.

Sumando a su estrés, la actitud irritante e insistente de su mamá; Consuelo estaba necia en que ya era hora de que se hiciera cargo del negocio familiar. La idea de estar encerrado en una oficina, usando traje y lo más molesto, siendo el perro faldero de ella lo sacaba completamente de sus casillas. No quería ser esclavo de nadie.

La mención de la palabra "esclavo" le hizo recordar a una chica de cabellos marrones, ojos lindos y labios besables.

Ángel.

No había podido disfrutar de su nuevo juguete en todo este tiempo. Se sintió un poco mal por dejar que ella lo extrañara tanto tiempo, pero todo había acabado, no tendría trabajo hasta el día siguiente y por lo que sabía sería una sesión de fotos rápida.

Una sonrisa de dientes completos se extendió en su rostro.

No había nadie que le impidiera hacer lo que él quisiera con ella. <<Es totalmente mía>>.

-Susana por favor prepáreme algo de cenar muero de hambre y has que Ángel lo lleve a mi cuarto.

La mujer lo miró con sorpresa.

-¿Pasa algo?- se detuvo a media escalera.

-No señor, es solo...es la primera vez que la llama por su nombre.

El chico asintió varias veces. Sonrió de medio lado.

-Sí, igual no es como si fuera un nombre bonito. Ahora ve hacer lo que te pedí.

Susana desapareció tras la puerta que daba a la cocina.

Él retomo su camino.

Se quedó en la puerta observando la gran habitación que desde hace años tenía. Al comprar la casa y amueblarla, su hermana dormía precisamente en ese cuarto, él lo hacía en uno mucho más pequeño. Siempre le gusto esa habitación, pero su hermana nunca accedió a dársela.

Un día cuando ya había cumplido 17 años se la exigió a su madre- igual que como exigió el despacho-. Así le enseñó ella a tomar las cosas. <<Si algo te gusta lo tomas y mientras seas el jefe nadie te negara nada>>.

La perfecta ideología de su familia.

El triste recuerdo de su abuelo regañándolo por ser tan malcriado, lo acosó justo donde estaba, tirado sobre su cama.

Nada fue igual tras su muerte. Maldecía a su padre por irse después de pedir el divorcio, maldecía a Consuelo por no haber sido una buena madre, maldecía a su abuela por centrarse en su dolor y hacerlo a un lado, maldecía a su abuelo por morir y dejarlo solo.

Antes soñaba con trabajar en LASKO a lado de su abuelo y hacer que él y toda la familia Herrera se sintieran orgullosos de él. Nada de eso se cumplió. Todos se distanciaron y como lobos hambrientos peleaban a capa y espada por la herencia del difunto anciano.

Así fue como entendió que no existía la felicidad que durara para siempre. Que la única felicidad era la que conseguía el dinero y mientras más tuvieras, más feliz serias.

-¿Joven, puedo pasar?- la tenue voz lo saco de sus sombríos pensamientos.

Observo a la chica con uniforme de sirvienta parada en la entrada de su habitación.

Alrededor de su vida había querido muchas cosas y estas cosas llegaban a sus manos en el instante que las pedía. Solo Ángel representó un ligero reto para él, demasiado obstinada para hacer lo que el chico más quería. Que se enamorara de él.

Le fascinaba ver lo que la gente podía llegar hacer por amor. La única parte que a Ignacio le gustaba de eso era en la que te humillabas y cedías a los deseos del otro. Todas se hacían las puritanas al principio, pero él les hacía ver que de santas no tenían ni un pelo.

La verdad tras todo era que después de ser abandonado por Isabella entró en pánico. No soportaba, ni siquiera concebía la idea de ser abandonado. No de nuevo.

Por eso la quería a ella, por eso necesitaba que lo amará. La sencilla mente de Ignacio no comprendía esta parte de si mismo.

Le sonrió.

-Sí, deja la bandeja sobre la mesa.

Ella lo obedeció.

Con la mirada la recorrió de arriba a abajo. Muchos dirían que no existía nada interesante en ella, en tiempos pasados los hubiera apoyado; claro que ellos no habían visto lo que se escondía bajo ese uniforme. La piel suave y blanca. Las piernas largas, los muslos delgados, el vientre plano. Y sus labios, eran tan vírgenes que lo volvían loco, la forma en que se curvaban hacía arriba dando lugar a una sonrisa, todo en ella resultaba deseable.

-¿Desea algo más? -las manos le temblaban, el cuerpo lo tenía visiblemente tenso. Ella sabía lo que él quería en verdad.

-Quiero que me prepares la tina. Ya sabes cómo hacerlo -pasó a lado de ella, sentándose en el escritorio para cenar.

Decidió dejar que su propia imaginación y el tiempo la torturaran un poco más. Ya se ocuparía de la chica después de tener el estómago lleno.

20 de Outubro de 2017 às 02:12 0 Denunciar Insira 1
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