february Carol Bor

Unos expertos viven una experiencia paranormal en el local de un viejo anticuario de Madrid.


Paranormal Todo o público.

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Medianoche en el anticuario

Había perdido la cuenta del tiempo que llevábamos allí metidos, pero desde que Matilde, la propietaria, y su hija Candela se fueron, podrían haber transcurrido algo más de dos horas. Desde entonces, el silencio reinaba en medio de aquella oscuridad, donde la única iluminación que existía era la de las farolas, que se colaba por las ventanas. Para mí, aquel lugar era lo más parecido a la cueva de Alí Babá, si bien aquí las joyas habían sido sustituidas por viejos objetos de dudoso valor y alguna que otra antigüedad oculta entre cientos de trastos repartidos, sin orden aparente, por todo el local.

Miré el reloj del que nunca me desprendía y que ya formaba parte de mi brazo: era medianoche. En aquel momento comenzó a sonar la canción del decimonónico reloj vertical tallado en madera de caoba que tenía frente a mí y, aunque Matilde nos había avisado, en aquel instante la melodía me sobresaltó, más aún al ver mi reflejo en el cristal del reloj.

—Menudo susto, ¿eh? —dijo Fermín.

—Ya ves —respondí.

Terminada la cantinela, volvió a imperar el silencio. Fuera, en la calle, ya no transitaban vehículos ni peatones y lo único que se oía, de vez en cuando, era algún maullido procedente de una riña de gatos.

«Pues sí que va a ser larga la noche como nos quedemos hasta la siete de la mañana», pensé. Y entonces, varias de las velas y candelabros que había desperdigados por todas partes se encendieron de repente. Miré a mi compañero, que ya había accionado la cámara y enfocaba a distintos puntos desde los que brillaban la luces.

—¡Fermín, Arturo, venid aquí! —nos llamó Luis desde la entrada, hacia donde fuimos corriendo.

—En el almacén se han encendido todas las velas —adelantó Fermín antes de que llegáramos.

—¿Dónde está Arturo? —pregunté al darme cuenta de su ausencia.

—Estaba conmigo hasta hace un minuto —respondió Luis—. Escuchamos un ruido en la trastienda, como una especie de mensaje en código Morse, y Arturo corrió hacia allí.

—Tenemos que encontrarle. ¡Vamos!

En unos segundos ya habíamos recorrido los escasos metros que separaban la entrada de la escalera que llevaba a la transtienda. Bajamos con las linternas de frente y de mano encendidas, intentando que el ruido de nuestros pasos no nos impidiese escuchar algún otro sonido. Al final de la escalera nos recibió un olor inmundo, que nos revolvió el estómago y nos hizo toser durante unos minutos.

—¡Qué hedor tan fétido! —bramó Luis, que se tapaba la boca con el antebrazo.

—Dan ganas de… —pero no pude terminar la frase, las náuseas me lo impidieron.

—¿Arturo? ¿Estás ahí? —preguntó Fermín a través de la mano con la que se tapaba la boca.

De repente oímos el estallido de cristales, como si una piedra hubiese hecho añicos las ventanas… salvo que allí no había rastro de piedra alguna.

—¡Cuidado!

Un sillón cruzó de un lado a otro la trastienda chocando por el camino contra Luis, que cayó sobre el asiento y soltó un improperio a la vez que se llevaba las manos a las espinillas. Había perdido su linterna.

—¿Estás grabando? —pregunté a Fermín.

—¡Descuida!

—¡Sacadme de aquí ¡Sacadme de aquí!

—¡Arturo!

—¡El armario!

Corrimos hacia el mueble casi tan alto como el techo cuya puerta vibraba con la intensidad de los golpes que Arturo propinaba desde su interior.

—¡Te sacaremos de ahí! —gritamos mientras intentábamos abrirlo a la desesperada.

—¡Al suelo! —exclamó Luis al tiempo que una lámpara de araña se balanceaba con violencia sobre nuestras cabezas.

Tras unos eternos minutos tirados en el suelo, junto al armario, la lámpara paró y se estrelló en picado, haciéndose añicos contra el suelo. Con una horquilla pude forzar la cerradura y liberar a nuestro compañero, que tosía y respiraba con dificultad.

—Casi me ahogo ahí dentro —consiguió pronunciar al fin.

Mis compañeros del grupo HEPTA y yo nunca olvidamos aquella noche de invierno de 1998. Como expertos parasicólogos que éramos, habíamos presenciado sucesos similares, pero siempre pudimos encontrar alguna explicación. No ocurrió así en este caso. Nunca supimos qué causó aquellos fenómenos que se repitieron día tras día en la tienda de antigüedades del número 10 de la calle Marqués de Monasterio de Madrid, ni tampoco qué provocó que, un buen día, desaparecieran.

9 de Setembro de 2022 às 16:25 2 Denunciar Insira Seguir história
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Fim

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Aldeco René Aldeco René
Es un texto corto pero interesante, solo note el mínimo detalle de unas cuantas comas y una palabra que podrías evitar. Me encanto tu redacción y la forma en que has sabido describir los momentos y las acciones, aveces los cuentos cortos no necesitan mas que un titulo y una oración. Espero podamos compartir ideas y pases un momento a conocer mi trabajo, éxito.
October 13, 2022, 03:07

  • Carol Bor Carol Bor
    Muchas gracias por tu comentario. Pasaré a leer tus textos. Muchos éxitos! October 13, 2022, 09:11
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