jorge-torrealta1627188687 Jorge Torrealta

Janna Ikram Massú, hija de un magnate petrolero de Dubái, está desaparecida y no es la primera vez, sino la tercera en 10 años que escapa de su casa, a fin de liberarse del yugo de su padre, que la obliga a ser un maniquí del Estado e intenta casarla con un jeque millonario. Ahora, tras no haber rastro de ella, el empresario petrolero enviará a una exmarine de élite británica para recuperarla y presentarla al mundo, pues su padre está en el foco mediático y la ONU la acusa de la desaparición. Pero esta ocasión Janna está decidida a no volver y emprender el camino sola.


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HASAN HABIB MASSÚ

La prensa internacional sorprendió al mundo con la noticia: “Hija de magnate petrolero de Dubái está desaparecida”. La bomba estalló y acaparó todos los titulares tanto de importantes medios como pasquines mediáticos, y fue replicada a lo largo del día con mayor o menor información. No era para menos, pues el padre de la desaparecida era Hasan Habib Massú, el más grande inversor petrolero del mundo, con conexiones con todos los jeques y ministros de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Sudí y el resto del Medio Oriente, así como ministros de Reino Unido y presidentes europeos y de Estados Unidos.

Su petróleo recorría el mundo, desde Finlandia hasta Tierra del Fuego y de Australia a Groenlandia. El vínculo con el primer ministro de Dubái era tan cercano que las hijas de ambas eran la imagen de aquel Estado y participaban en diversas publicidades gubernamentales que mostraban la liberación femenina en Medio Oriente: viajes, deportes extremos, visitas a teatros, fiestas en clubes nocturnos y compra de ropa de moda en tiendas de prestigio.

Los titulares hicieron enfurecer al magnate, la prensa pronto se apersonaría a las afueras de su mansión a fin de obtener siquiera una palabra al respecto. Eran las 10:00 horas de un viernes, demasiado temprano para recibir malas noticias con el estómago vacío, así que a pesar de los hechos Habib Massú se dirigió hacia el comedor, un espacio ingente donde la luz de aquel día lo recibió más brillante que ayer; la blanca estancia iluminaba todo y hacía que el oro de los cubiertos parpadeara de puro gusto.

Sobre la extensa mesa estaban dispuestos los alimentos: nueces diversas, jugos varios, frutas exóticas bañadas con yogur de queso como duraznos y dátiles, así como pastelillos de pétalos de rosas; el café humeante y aromático acentuaba y deleitaba el ambiente perfumado con incienso de vainilla, romero y olíbano. Hasta allí llegó el magnate, con paso lento y seguro, mesurado, donde sus seis esposas ya lo aguardaban.

–As-salam-u-alaikum wa-rahmatullahi wa-barakatuh (la paz, la misericordia y las bendiciones de Allah sean con ustedes)

–dijo a sus esposas el también jeque.

Ellas respondieron con el mismo saludo y le dieron la bienvenida a la mesa. Él se sentó lento, con calma, observó la comida y luego agradeció a dios.

–Bismilláh –dijo Habib Massú.

Entonces comenzaron a comer, como siempre, disfrutando cada bocado, cada aroma, cada sensación. Todo era normal, como cada día, excepto que en esta ocasión el magnate solicitó a uno de sus servidores leer solo las noticias de finanzas, economía y política internacional. Aficionado a las carreras de caballos y Fórmula 1, no quiso saber nada al respecto, lo cual daba cuenta de lo molesto que se encontraba por el asunto de la fuga de su hija. Nadie osaba mencionar otras palabras que no fuera del desayuno o el buen día que era hacia fuera por la excelente mañana de invierno.

El sirviente comentó las notas, y obedeciendo órdenes, se vio obligado a referir que los negocios presentaban ligeras pérdidas a pocas horas de abrir las bolsas de valores del mundo; apenas había ganado varias veintenas de millones de dólares. Así que mientras disfrutaba de los dátiles bañados con yogur una sonrisa auténtica progresaba en su rostro y los ojos brillaban a la par del oro de los utensilios allí dispuestos.

Tras terminar de comer dio gracias y se apartó de la mesa para dirigirse hacia su despacho, donde pasaba largas horas resolviendo sus asuntos. Se retiró de la misma forma como había llegado: seguro, mesurado y tranquilo. Así es Habib Massú, paciente, cerebral, inteligente, analítico y cruel. Por ello aquel día todo sus servidores se esmeraban en sus labores, pues no querían molestarlo y darle motivos para ser castigados. Sin embargo, no todo dependía de ellos, pues las noticias sobre la desaparición de Janna Ikram incrementaban y a pesar del temor entre la servidumbre por lo que sabían que eventualmente sucedería, se mostraban sonrientes y exquisitos, como si fuera un día perfecto.

Poco después los teléfonos comenzaron a sonar sin cesar y todos temblaron. Incluso los agentes de seguridad que recorrían de arriba abajo la mansión cruzaron miradas entre ellos y se descubrieron aterrados. Podría ser cualquiera, incluso el alto comisionado de la ONU que hablaba para tener noticias de la hija del magnate petrolero. Si acaso era él, y cualquier dato que aportara o reclamo, la ira de Massú se desataría.

Los agentes informaron que algunas personas con celulares, cámaras y micrófonos comenzaban a deambular en las afueras del domicilio; seguramente se trataba de periodistas en busca de fotos del magnate o imágenes de lo que sucedía al interior del domicilio. Pero hasta el momento no obtenían nada sino un total hermetismo.

Habib Massú se tumbó en su sofá de cuero, apagó su teléfono y comenzó a pensar. Esa era su forma de arreglar sus problemas: aislarse y pensar; ordenar sus emociones, sus ideas, sus pensamientos, y elaborar un plan al respecto. Su despacho estaba habitado por el silencio, la mejor compañía en ese momento, que junto con la soledad, brindan consejos. A pesar de que aquella habitación se hallaba en una parte distante de la mansión, el ruido exterior comenzó a llegar hasta él. Los reporteros acudían a las puerta del domicilio e inquirían a los guardias, quienes callaban o invitaban a retirarse. Aquel cansino murmullo llegó a oídos del jeque y comenzó a desesperarlo. El nombre de su hija se hallaba en todas las bocas que lo pronunciaban carentes de emoción, sino como un objeto, como se pregunta por una divisa y la pérdida del petróleo en la bolsa de valores. Como si fuera un número, una cifra que repetida sin cesar hacía decrecer sus inversiones por el negro pasado de la familia Massú.

Cada segundo que Janna estaba desaparecida eran cientos de millones menos y el fomento de una reputación de por sí golpeada para su imagen y aquellos con quienes se asociaba. Sabía que de no aparecer se vería obligado a montar otra farsa y emitir un mensaje para calmar a la prensa y a la opinión pública, siempre manipulada por la primera.


25 de Julho de 2021 às 05:11 0 Denunciar Insira Seguir história
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