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La mujer que descubrió Europa

Quizás todos conozcan la historia de cómo Cristóbal Colón descubrió América, pero yo les voy a contar la historia de cómo una mujer muda descubrió Europa. Mis padres me llamaban Anani, flor de agua en castellano, pero nadie me volvería a llamar así. En 1484 me bautizaron Isabel, las monjas del monasterio de Santa Clara en Moguer me pusieron ese nombre en honor a nuestra reina Isabel de Castilla; a su majestad la conocería 7 años después.

Soy morena, más que cualquier español, pero menos que los habitantes de Guinea. Tengo el pelo liso y del negro más oscuro, igual que mis ojos, los pómulos marcados, la nariz aguileña, y la contextura menuda. No me parezco a mis hermanas, pero ellas siempre me han tratado como una más.

El marinero Alonso Sánchez de Huelva fue quien me trajo al monasterio, luego de que me descubriera flotando en una canoa cerca de las islas Azores. Don Alonso era un hábil capitán que se dedicaba al comercio en una ruta triangular entre Cádiz, las Canarias y las Azores. Conducía con pericia un pequeño barco asistido por una tripulación de 11, todos de Huelva como él.

No se los motivos que tuvieron mis padres para trasladarse a otra isla caribeña, pero fue cuando estábamos en ese viaje que una terrible tormenta nos empujó a alta mar, una vez ahí remaron con todas sus fuerzas para regresar, pero la corriente era tan fuerte que no la pudieron superar. Ya cansados y resignados a seguir la marea que nos empujaba solamente hacia el levante, decidieron dejar de beber la poca agua que quedaba, reservándola únicamente para mí. Ambos perecieron al tercer día, 8 días después bebí la última gota, dos días más tarde apareció don Alonso, justo antes de exhalar mi último aliento. Me encontró casi desfallecida, tendida en la base de la canoa que estaba a la deriva en el Mar Océano. Cuando me encontraron aún estaba acompañada por los cuerpos ya sin vida de mis padres, que a pesar de estar en estado de descomposición y medio comidos por las aves carroñeras, no tuve el valor ni la fuerza de tirar al mar. En su barco me alimentaron y atendieron. Cuando preguntaron mi nombre aun no entendía su lengua, tampoco les pude contestar porque nunca he podido hablar.

Una vez en Cádiz don Alonso me llevó al monasterio de Santa Clara para que las monjas se encargaran de mi cuidado. Era una huérfana rescatada del mar, las religiosas no supieron más detalles. Con el paso del tiempo se fueron percatando que aprendía rápido, era capaz de cumplir órdenes y participar en las labores tanto domésticas como espirituales. Fue así como decidieron instruirme en el arte de la escritura, la que tardé varios años en dominar y que hasta el día de hoy es mi única vía de expresión.

A don Cristóbal Colón lo vi únicamente de lejos las veces que visitó el monasterio para entrevistarse con nuestra abadesa doña Inés Enríquez, tía de su majestad don Fernando. En su momento me enteré de las grandes proezas que el famoso navegante llegó a realizar, proezas que por otro lado yo sabía, no hubiesen sido posibles sin mi ayuda.

Cuando don Cristóbal vivía en la isla de Porto Santo se convenció de que era posible llegar a las indias a través del mar Océano navegando hacia el poniente. Ahí fue testigo de cómo la corriente marina traía especies vegetales desconocidas y palos labrados desde el poniente, también escuchó rumores de avistamientos de restos de canoas y cuerpos de hombres con los rasgos de los habitantes de la India. Esa experiencia se sumó a los conocimientos sobre mareas y vientos ganados durante décadas de navegación, en las que recorrió desde Guinea a Groenlandia.

Una vez convencido de la factibilidad del viaje, se dirigió al rey de Portugal para que lo financiara, pero una comisión de expertos decidió desestimarlo. No dudaban de que la tierra fuera esférica, pero la longitud de la circunferencia del planeta era conocida, y la distancia que separaba a Europa de la India era mucho mayor hacia el poniente que al oriente. Portugal ya tenía una ruta a las indias por el oriente rodeando África y no necesitaban una alternativa incierta.

Habiendo fracasado en Portugal, llevó su idea a los reyes de Castilla. Ahí también se convocó a una comisión de expertos que llegó a la misma conclusión que los lusos. Pero Castilla no tenía acceso a la ruta de las indias por oriente, así que el navegante nunca recibió un no absoluto como respuesta. Desde 1485 se afanó en lograr convencer a sus majestades para que financiaran el proyecto, hasta que en diciembre de 1491 una nueva comisión de expertos lo volvió a rechazar.

Al mismo tiempo que el proyecto de Colón era nuevamente rechazado, me logré comunicar, finalmente gracias a la escritura. Así, pude informar a mis queridas hermanas la verdad sobre mi origen. Ellas quedaron tan sorprendidas que no tardaron en contárselo a la abadesa y ella viendo que servía para alentar la causa de don Cristóbal, se lo comunicó a Fray Juan Pérez para que organizara una audiencia con la reina.

Llegué a la audiencia vestida con mis modestos hábitos, una cruz colgada en el cuello y en la mano una pizarra para facilitar la comunicación. También llevaba a mano un medallón dorado, que representaba la cabeza de un demonio; dicho medallón era la única posesión que conservaba desde el día que don Alonso me rescató. Las hermanas me lo dejaron quedar solo después de prometer que no lo volvería a usar, siendo más precisa, luego de asentir con la cabeza a dicha promesa.

Tras leer mi historia y las respuestas que escribí a sus preguntas, la reina se convenció de 3 cosas: Que había islas habitadas no muy lejos al poniente de las Azores. Que había riquezas en dichas islas. Y que los habitantes de esos territorios podían llegar a ser fervientes seguidores de nuestro señor Jesucristo. Convencida de aquello, la reina mandó llamar a don Cristóbal que ya estaba a punto de partir a Francia para ofrecer su proyecto a otros reyes.

Colón será conocido como el hombre que descubrió América, pero si él descubrió América es porque antes yo descubrí Europa.

11 de Maio de 2021 às 20:48 0 Denunciar Insira Seguir história
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