matiasmlynarz Matias Mlynarz

Le pidieron que diseñara un palacio. El Califa fue su mejor cliente.


Conto Todo o público.

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El palacio del Califa

Recibió el encargo con una mezcla de miedo y entusiasmo. Le pidieron que diseñara un palacio para el Califa. Preguntó dónde y le respondieron que en la montaña. Preguntó qué montaña y no obtuvo respuestas. Al consultar por más detalles el resultado fue el mismo.

El arquitecto pensó que era una buena oportunidad para salir del letargo, que el largo confinamiento le producía. Podría volver a hacer lo que más le gustaba en la vida, podría volver a crear.

Pero el encargo tenía una trampa, no le permitirían utilizar computador, nada de software, nada de internet. Eso era nuevo. Solo en primer año de universidad había aprendido los rudimentos del dibujo técnico, luego de eso, su tablero de dibujo siempre había sido digital. Era una de las razones por las que en su día decidió estudiar arquitectura; comenzaba una nueva era, un cambio de lenguaje se imponía, el lenguaje digital en el que él era nativo.

La oportunidad en la digitalización, supuesta por el arquitecto antes de ser arquitecto, se convirtió con el tiempo en una trampa para la arquitectura. El desarrollo digital de proyectos fue cada vez más económico y veloz, se acortaron los tiempos de entrega y se volvieron recurrentes las modificaciones durante el proceso; los arquitectos se convirtieron en escribanos digitales al servicio de los inversionistas.

La primera imagen que le vino a la mente al pensar en un palacio en la montaña fue la de la acrópolis de Atenas coronada por el Partenón en su cumbre. Pero ese era un templo, un edificio público que invitaba a la comunidad a entrar, visitar y recorrer. Había un palacio como el Partenón, el palacio de la Alvorada en Brasilia, resolvía la relación con el exterior agregando arcos invertidos en la base de las columnas, estos arcos matizaban la relación interior exterior del edificio alejándolo de lo público. Era un símbolo de poder que se cerraba a escala humana para abrirse en la monumental. Pero la condición del dibujo a mano hacía difícil replicar la complicada geometría de los arcos de la Alvorada, por lo mismo, tomó prestado el diseño de los arcos del palacio Itamaraty, del mismo Niemayer, y los invirtió para obtener el efecto deseado.

Con el exterior del edificio definido, procedió a resolver la espacialidad interior: La columnata de arcos invertidos formaría un corredor de dos niveles de altura abierto hacia el exterior. La cubierta; una fina lámina recta, se posaría sobre las columnas. Largos paños de vidrio separarían el interior del corredor, formando un prisma de cristal atrapado por la jaula de columnas. Dos patios interiores organizarían las vistas y circulaciones del palacio; uno grande lleno de vegetación con pileta de agua. El otro, más pequeño y árido organizaría a su alrededor las zonas de servicio. Como la Alhambra el palacio se volcaría a su interior.

El Califa como todo cliente no tenía claro qué es lo que quería. Se había criado en una choza de barro en los suburbios de Samarra, los ricos vivían en chozas parecidas, pero de dos plantas. Como todo niño de su tiempo había crecido viendo la televisión y tenía una imagen occidental de las mansiones y palacios, tenía claro que eso era lo que no quería, aunque no sabía bien cómo expresarlo.

Su imagen ideal de palacio procedía de las ruinas de Jawsaq al-Jaqani, un inmenso conjunto palaciego ubicado en las afueras de su Samarra natal, testimonio del antiguo esplendor del islam cuando dominaba el mundo conocido y Samarra era su capital. De todo el palacio solo quedaba en pie un robusto pórtico formado por tres grandes arcos de barro cocido.

El Califa recibió con agrado los primeros bocetos del palacio. Al arquitecto le había costado 3 días y 3 noches de arduo trabajo poder presentar un esquema de planta, una elevación y una perspectiva del edificio, todo hecho con lápiz, papel y regla. El material presentado servía para entender la idea del proyecto, pero el arquitecto sabía que quedaban muchas cosas por resolver.

─¿Cuándo puedo comenzar la construcción? ─preguntó el Califa.

─Necesito unos 80 días para completar el desarrollo.

─Tienes 40 ─concluyó.

El arquitecto pasó 40 días y 40 noches aislado completando su diseño, al terminar tenía 20 láminas colgadas en las paredes de la habitación en la que aparecían toda clase de detalles y especificaciones. Cuando las tropas de liberación entraron a la sala, el arquitecto los recibió con una mezcla de alivio y pena. Era otro proyecto más que no podría construir, otro fracaso más en la larga lista de su carrera. En ese momento no sabía que esa sería su única obra expuesta en un museo. En el museo de la memoria de la ocupación del Estado Islámico, que sería construido 15 años después con fondos del apoyo internacional para la recuperación económica, las láminas producidas durante el cautiverio ocuparían el lugar principal en la sección dedicada a la arquitectura del califato.

El Califa había sido su mejor cliente, apoyó su visión arquitectónica y le pagó con algo mucho más valioso que el dinero; su propia vida. Sus compañeros de encierro no corrieron la misma suerte, todos fueron decapitados en el trascurso de los 40 días y noches en los que él estuvo trabajando.

11 de Maio de 2021 às 20:40 0 Denunciar Insira Seguir história
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