nairpereirabooks Nair Pereira

Cuentos y relatos de mi autoría. Obras registradas


Conto Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Vendaval

Él subió sigilosamente las escaleras, ningún ruido, ningún respiro, las luces de la casa estaban todas apagadas, eran altas horas de la noche. Abrió la puerta y se puso a caminar de puntillas, cualquier movimiento podía despertar a alguien. El comenzó a esperar impaciente en el cuarto casi vacío mirando fijamente al teléfono, a un costado se encontraba una pequeña ventana con un árbol en frente, las ramas golpeaban la ventana y el reloj de la pared con su sonido isócrono hacía que el hombre se ponga azogado. Desvió su mirada hacia el pequeño estante de libros y vio como un libro temblaba en el borde de la madera, el viento era tan impetuoso que en aquel cuarto todo se movía y caía de vez en cuando de su lugar.

Él observó caer el libro, su mente transformo la caída veloz en una caída en cámara lenta, aun no sonaba el teléfono.

El reloj iba tan despacio, el sentía eterno los minutos e incontrolable su paciencia, se preguntaba porque el teléfono ya no sonaba, quizá el solo estaba ansioso y no era nada fuera de lo normal. Otra vez el viento, con su fuerza hizo volar los papeles que se encontraban en el escritorio, las hojas blancas bailaban en el aire y otras se balanceaban cayendo al suelo lentamente, el viento hacia un canto extraño, de forma estrambótica. El cerro los ojos con sueño y soltó un suspiro, se acomodó en su sillón verde y bostezó una vez más, salieron gotas de lágrimas de sus ojos sin querer. El reloj marcaba las doce y dos minutos.

Ya estaba dormitando, su cabeza se movía y despertaba cada vez que escuchaba algún sonido, abrió bien los ojos mirando en dirección a la puerta que tenía a un costado, las fuertes pisadas que se acercaban hacia la puerta lo inquietó, sintió tal vez un poco de temor que al instante desapareció, afortunadamente él había llameado la puerta, y quien sea que estuviese al otro lado ni había tocado, ni había tratado de abrirla, solo caminó por el pasillo.

El hombre volvió a sentarse en su sillón, el susto que sintió le había hecho levantarse y dar pequeños pasos muy cuidadoso, nunca ha estado más impaciente en su vida, o al menos eso creía. Otra vez, alguien se acercaba, y ahora si trataba de abrir la puerta.

—Leonardo, ¿estás ahí?— la voz de su hermana Alejandra hizo que se levante del sillón de un casi gran salto.

Pensó en tres segundos si respondería, decidió hacerlo, ya era normal para Alejandra levantarse por la noche para ir al baño y en el camino ver la puerta abierta del cuarto de su hermano y darse cuenta que él no está ahí, el insomnio que dice tener Leonardo se ha vuelto preocupante, pensó su hermana.

—Sí, estoy aquí, vine por unas pastillas para dormir. Las dejé en algún lado, no te preocupes ya voy a dormir— habló Leonardo con un tono nervioso. No quería decirle que estaba esperando una llamada a estas horas de la noche, seria mucha explicación.

—¿Había necesidad de llavear la habitación?, andas muy extraño, ábreme la puerta— su hermana menor comenzaba a querer abrir la puerta y a quitarle su poca paciencia.

No sabía que decirle, se dirigió hacia la puerta y giro la llave, la abrió lentamente mirando a su hermana parada en frente de él, con pijama y pies descalzos. Alejandra ya iba a decir algo cuando fue interrumpida por el chasquido de su hermano ordenándola a que haga silencio y vuelva a su cuarto.

—Exijo una explicación, ya llevo meses encontrándote aquí casi todas las noches, y andas poniendo excusas tontas, ya no soy una niña Leo —susurró con un tono molesto.

—No hay nada que explicar Alejandra, solo que no tengo ganas de dormir en ocasiones y vengo aquí a leer algún libro— mentirle una vez mas no le costaba nada, lo había hecho innumerables veces, comenzaba a darse cuenta de que pasaba todas las noches esperando una llamada, en las noches más frías, el teléfono nunca sonaba y entonces solo se daba por vencido y esperaba hasta otra noche solitaria, y vivía con ello, ya se había acostumbrado a su enfermiza ansiedad y su incomprensible espera.

—Está bien, pero debes hablar de esto con nuestros padres. Puede volverse grave— se alejó de la puerta y comenzó a caminar de cuclillas en dirección a su cuarto. En el fondo, su hermana sabía que era una mentira más, ella sabía que él esperaba una misteriosa llamada y que algo ocultaba, ya llevaba mucho tiempo actuando de forma extraña, ya no salía por las noches como le gustaba hacer, ir a quien sabe dónde con amigos y volver al brillar del sol que indicaba un nuevo día, su hermano ya no era el mismo de antes y quizás ella nunca entendería el porqué. Ella intentaba recuperar el sueño, formularse preguntas en su mente hizo que pierda las ganas de seguir durmiendo, y ahí en su cuarto, acostada, solo se ponía a mirar el techo y tararear en su mente una canción, tal vez eso le devuelva el sueño.

Leonardo se encontraba sentado en el sillón, con mucho sueño, de vez en cuando tomaba un poco de agua que tenía en el escritorio, sentía hambre, sueño, impaciencia y tal vez sentía un poco de enojo. Los minutos nunca pasaban, sentía ganas de tirar el reloj al suelo, pero eso no cambiaría nada, por el contrario, empeorarían las cosas solo se pondría más molesto consigo mismo. El teléfono no sonaba y se preguntaba porque, quizás haya pasado algo o simplemente esa persona decidió no llamar y enloquecer a Leonardo, y lo está logrando, al final de todo solo ese podría ser el resultado, enloquecerlo por completo, hacerle perder la cabeza y perder el control de sí mismo.

Sus negros ojos ya no aguantaban, querían cerrarse y descansar, su corazón latía muy fuerte, como si estuviese corriendo y empezaba a sudar haciendo que respire de forma acelerada, ¿a este punto a llegado?, pues sí. El extraño viento de la madrugada calmaba su alma y llenaba de frescura la habitación donde él se encontraba, había muchas hojas en el suelo, y seguían entrando por la ventana ramas del frondoso árbol que había en frente, la madera vieja de aquella ventana crujía muy fuerte por el viento, haciendo que en el casi silencio de la habitación se oyera muy fuerte.

Leonardo estaba empezando a tener un fuerte dolor de cabeza, y ahora si, por más que quisiera, era imposible quedar dormido. Recordó la noche anterior, no había recibido la llamada y sin mucha espera abandonó el cuarto volviendo al suyo y dormir esperando otra noche, ya son las doce y media y no sabe por qué, pero sigue esperando como un completo idiota, así se sentía, un idiota que no podía darse por vencido; sería mucho peor para él.

Alejandra por su parte ya se había quedado dormida, los tantos cuestionamientos que tenía hicieron que le agarre nuevamente el sueño. Leonardo sabía que por la mañana ella le diría a sus padres que lo encontró en el cuarto de oficina de su padre otra vez y aparte de estar molesto él tenía que ver qué invento le diría a su padre principalmente. Se dio cuenta de lo solitario y miserable que se había vuelto, todas las noches son terribles, ver como el sol se oculta y la luna aparece, mirar el cielo y desesperarse, esos zumbidos extraños de la noche, esa melodía que canta la luna y ese miedo en su alma, todo le había quitado la paz completamente y le hacía sentir un poco peor cada día. Una botella de vino se encontraba en la parte de debajo del escritorio a un costado, lo destapó y lleno el vaso que tenía con ese vino rojo, dándole grandes sorbos disfrutaba de aquel buen sabor de Domaine de la Romanee, y terminado el primer vaso de ese buen vino oneroso, volvió a llenar el vaso por la mitad.

Unos largos minutos después, su dolor de cabeza disminuyó y su sueño volvió acompañado de bostezos a cada segundo, se sentía increíblemente agotado y con sus pocas fuerzas desesperadas, se levantó del sillón y caminó hacia la ventana, con un movimiento brusco de brazos cerró la venta con las cortinas, no se molestó en cerrarla totalmente dejando así que el viento siga entrando. Leonardo ya no aguantó, se dejó llevar por el sueño y cerró los ojos acomodándose en el sillón en el que se encontraba y terminó quedándose completamente dormido.

Casi en frente a él, quince minutos después, el teléfono comenzó a sonar. Ya era muy tarde, Leonardo no contestó, con el teléfono sonando y el viento con más fuerza haciendo danzar las cortinas azules, Leonardo, dormido, dejo caer el vaso que aún tenía en sus manos con un poco de vino. El reloj marcaba la una en punto.

2 de Fevereiro de 2021 às 22:56 0 Denunciar Insira Seguir história
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