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Marginados


Debido a la gran cantidad que vemos todos los días ya no los vemos, parecen invisibles, pero están ahí. Plazas, veredas, iglesias y comedores. Muchos encuentran refugio en pequeñas congregaciones, no solamente por algo que comer, sino que por esperanza de que un milagro suceda, un milagro que los despoje de esa profunda tristeza, de ese pozo.

Otros encuentran refugio en la botella, es que ¿quién soy yo para juzgarlos? si no pase por lo que ellos pasaron, no vi lo que ellos vieron, no siento lo que ellos sienten.

Me encuentro parado frente a una iglesia por la cual pasa una gran avenida, no es una iglesia convencional, las que estamos acostumbrados a ver, es de esas que “gritan”, muchas veces dicho despectivamente, pero en verdad claman por igualdad, por mas oportunidades para los que menos tienen, por vivir en un mundo mejor. Si es así, que alcen la voz mucho más fuerte.

Afuera está Alejandro, un joven de 39 años que desde hace 3 se encuentra en situación de calle, para él, el cambio no llego nunca, ese que le prometieron, ese que le prometen, y que seguirán prometiendo en épocas de campaña, esa ilusión de cambio que tan solo recuerdan cada cuatro años. Es parte de esas personas que ya no vemos, es parte de ese grupo que fue marginado, o que tal vez, no tuvo ese golpe de suerte que tenemos que tener en algún momento de la vida, no lo tuvo aún.

Es de noche, me instalo en la vereda de enfrente y observo. Las personas pasan, nadie se detiene, Alejandro no los mira, ellos tampoco. Hace frio, no uno descomunal, pero ¿Te imaginas dormir una sola noche en el piso? Dormir con miedo de que te roben lo poco que tenés, una frazadita, oro puro para él en noches como estas, miedo de que la policía venga y te corra, es que ellos no entienden, yo tampoco, aunque por lo menos intento.

Las miradas dicen mucho, no descubro nada, ¿Cómo te miran Alejandro? Cuando-con suerte- lo hacen, y si lo hacen pocas veces transmiten algo bueno, suelen ser miradas que desprecian, o en todo caso miradas de reojo, como si Alejandro fuese algo raro. Y estos no son los peores miedos, perder la vida es uno más grande, es que la ciudad, cuando te encontrás en situación de calle es una selva, donde cualquiera puede quitarle eso que arranco hace 39 años.

Alejandro no los mira ¿será porque ya sabe? Tiene experiencia, una muy mala. Sabe que, si no es el, el que se preocupa por su vida, pocas personas lo harán.

Se hicieron las diez, el trafico lentamente va mermando, las personas ya salieron de su trabajo, otros de la facultad. Muchos ya están en su casa, esperando un plato de comida para así dormir en una cama, cosas tan simples, pero que no todos tienen.

Gracias a Dios y nunca mejor dicho existen personas que tienen empatía y -creo yo- no solamente eso, sino que también un gran corazón. De adentro de la iglesia sale un hombre, que, por su mirada, interpreto, ya conocía a Alejandro de hace mucho tiempo, y le da un recipiente con algo de comida, por demás agradecido Alejandro lo mira y con una sonrisa tímida la agarra, otra vez las miradas, eso que transmiten. Se sienta en un pequeño escalón y sin apuros llena su estómago, que hasta el momento se encontraba vacío. Tengo que confesar que al observar esto me sentí mejor, pero también que me surgieron muchas otras preguntas ¿Habrá sido ésta la primera comida de Alejandro en el día? ¿Tendrá la suerte de tener algo para comer todos los días? Algo que para muchos de nosotros es básico y hasta selectivo.

Lentamente otro día se va terminando. Alejandro, de manera muy prolija comienza a ordenar los pocos “cachivaches” que tiene, que lo acompañan a todos lados, para que nuevamente y como todos los días la larga noche caiga, esa noche que para muchos es de descanso y que, para él, como para muchos en su situación, más que de descanso, es de supervivencia.

Jose Pisak Albisser


28 de Maio de 2019 às 15:15 0 Denunciar Insira 0
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