eikalos Eikalos .

Irios, el continente divino, está cambiando, y con ello el balance del mundo. Las heridas de la guerra divina no han cicatrizado del todo, y las viejas amenazas regresan para hacerse con su prometido festín. Es en estas circunstancias que Romulo, habitante de la tierra bendita de Aureos, conocerá a un extraño venido de otras tierras, con el cual emprenderá una travesía que les hará replantearse su posición en el conflicto, así como su propia noción del mundo.


Fantaisie Épique Déconseillé aux moins de 13 ans.

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Prologo: Un sueño distante sobre una ciudad que jamas existio


Infinito, brillante y siempre cambiante; era la mejor manera de describir aquel colorido lienzo de luz que se alzaba más allá de donde la vista podía alcanzar, lo que podría llamarse cielo, si tuviera un opuesto contra el que alzarse. Para él, aquella extensión sin límite era un reto diario, una competición silenciosa entre él y aquel mismo mundo sin final.

De vez en cuando alguna nube blanca hacia aparición en busca de una forma que tomar para luego perderse en la inmensidad, sin nunca más regresar, desapareciendo tan repentinamente como había llegado. Lo único que permanecía inalterable dentro de aquel espectáculo de luz era Oneiros, una mota de polvo flotando por aquel espacio colorido; y era desde uno de los muchos bancos, de una de sus tantas plazas ubicadas en su periferia, donde uno de sus habitantes, Eidos, observaba aquel paisaje sobre el cual flotaba la celestial urbe. Este se encontraba allí tomando parte de su ritual diario de observar la majestuosa inmensidad, pero lo que ese ser disfrutaba más de ese vasto vacío era la transición de la noche y el día, el más grande de los cambios en el caótico y sublime mundo de luces, puesto que era allí cuando realmente el escenario se transformaba, dando paso a un limpio lienzo negro, hecho que elevaba a su vez el ánimo de la ciudad que en su seno se acobijaba. Ese era el momento cuando las luces terminaban su danza y se retiraban para dar paso a la penumbra, siendo entonces cuando sus primas más pequeñas aparecerían relucientes sobre la impenetrable oscuridad, brillando con gran intensidad a pesar de su inferior tamaño. Estas esferas tomaban para si la soberanía del oscuro infinito, y se formaban en un sinfín de extraños y coloridos escenarios que ningún habitante de Oneiros podía contemplar con indiferencia en su corazón.

— ¿Esperando otra vez? —preguntó sin emoción una voz femenina que parecía dirigirse a él con una frialdad inmerecida.

A su lado se había acercado una joven vestida con una túnica completamente blanca, ceñida a su cintura con un simple cordel dorado y el cabello recogido en una cola de caballo por un lazo del mismo color. La joven en cuestión, parecía tener una expresión tan fría como su tono, cualquiera que no la conociera pensaría que había animosidad entre ellos, aunque eso era imposible, pues allí todos eran cercanos unos a los otros.

— Sí, puedes acompañarme si quieres —respondió distraídamente Eidos desde el banquillo de la plaza, mientras señalaba con un gesto de la cabeza el espacio sobrante del asiento, sin apartar su mirada que reposaba en lo alto del cielo.

Las luces de aquel espacio multicolor ya empezaban a desvanecerse, advirtiendo que pronto se verían sobre este las primeras estrellas.

—He de rechazar tu oferta, pero me gustaría que nos acompañaras el día de hoy, después de todo hoy debes tomar parte en la ceremonia. Tu ausencia seria oportuna —puntualizó ella con la misma falta de tacto que le caracterizaba.

— Ah, si…me olvidaba que hoy era mi turno de ayudarles con los preparativos —se recordó incorporándose y acomodando su túnica color ceniza, para luego girarse hacia su antigua amiga. — Discúlpame Dianoia, no quería hacerte perder el tiempo, no sabía que hoy era tu turno de realizar la ceremonia —comentó apenado.

— Era de esperarse…—le reprochó Dianoia claramente acostumbrada a la memoria selectiva de Eidos. — La última fue mi hermana Noesis. —declaró la joven de blanco, con la implícita amenaza de una reprimenda en sus ojos.

— Ah ¿entonces Eikasia, no? De menor a mayor, ese es el orden. —contestó Eidos apresuradamente, sin tentar a la paciencia de Dianoia. — Su forma de interpretar es improvisada y entretenida, pero creo que no ahonda mucho en los detalles que hacen una historia interesante, le falta… ¿sustancia…? —expresó Eidos sin demostrar mucho ánimo por abandonar su puesto de observación.

Dianoia le siguió el juego ocupando un lugar en el banquillo asiento, con el cuerpo enfrentándose al corazón de la ciudad, en oposición a él que se sentaba de frente al inmenso cielo.

—Ciertamente —afirmó. – La forma en que interpretamos los astros y los destinos allí reflejados es única para cada una de nosotras, es de esperarse la preferencia particular a uno de nuestros métodos. Aun así muchos prefieren a mi hermana menor por sobre mis métodos y los de Pistis…su forma de interpretar los astros es considerada bella por muchos, porque les permite llenar sus creaciones con las de los demás. Recuerda que todos somos imprescindibles para la tarea, en especial cuando se trata de mi hermana menor —dijo, develando una amable pero leve sonrisa. — No por ello es menor su valor, tal vez incluso es mayor – agregó con suavidad.

Eidos imito su alegre y delicada expresión, pues era gozoso ver a una de las intérpretes sonreír, en especial a su amiga, cuya calidez salía a flote especialmente cuando hablaba de sus tres hermanas.

—Supongo que ir después de Noesis vuelve las cosas más difíciles, creo que es la favorita de la mayoría, todos se ven muy emocionados cuando es llega su turno.

— Pero tú no eres la mayoría —repuso ella sin abandonar su sereno semblante.

— No, y tienes razón —admitió Eidos. — Cautiva a todos por igual más allá de cualquier gusto o preferencia, salvo a mí, pues mi interpretación favorita sigue siendo ninguna más que la propia.

— Ves el cielo incluso más que nosotras, me sorprendería esa afirmación de cualquier otro, pero no de ti —confesó Dianoia con voz amena. — Ya es hora, vamos, tenemos un ritual del que formas parte —insistió la chica mientras se ponía de pie.

Sin demorarse un segundo esta empezó a caminar en la dirección opuesta del borde del mundo, cada uno de sus pasos emitiendo el menor ruido posible y con una simetría perfecta entre pisadas, a diferencia de los que se empezaban a seguirle desde detrás.

Aquella plaza periférica era un paisaje escueto compuesto por múltiples árboles y arbustos recortados en vastas formas geométricas, no había más construcción en ellas que blancos senderos de granito blanco, que transcurrían de un lado a otro conectando cada espacio como una extensa red de caminos. Solo pequeñas bancas acompañaban de vez en cuando aquellos interconectados senderos, chocando el color de sus prístinas superficies inmaculadas con el fuerte verde de los arbustos y árboles que crecían en el fértil suelo, aquel paisaje poseía una distinguida sencillez, rígida, pero agradable a la vista.

Dianoia era una persona de palabras sobrias, siempre iba al punto y no buscaba indicar nada más de lo que pretendía en realidad; esto se notaba incluso en su forma de vestir y caminar, llena de simpleza y elegancia, resultado de una actitud pragmática para con las cosas que difería por mucho a la de sus hermanas menores, las cuales eran de personalidad más abierta y cambiante. Aun así a Eidos le agradaba su constancia y rectitud, aunque sus conversaciones nunca llegaran a mucho más que discordancia entre sus vagas estimaciones y las complejas formulaciones de ella, en cierta forma por eso mismo la encontraba divertida.

— Tú y Pistis también son divertidas —aventuró Eidos pocos metros detrás de ella, sin intención de apresurar el paso.

Dianoia no se giró para verle, pero Eidos supo que tenía su atención.

— ¿Esa es tu experiencia respecto de nuestras interpretaciones? —inquirió esta de espaldas, manteniendo su silencioso andar sobre el centro del camino.

— Pues si…Pistis transmite las cosas de manera que todo tiene un único sentido, pero a la vez las partes suelen tener su propia significancia —dijo Eidos, deteniéndose en su sitio y llevándose los dedos a la barbilla. — Ahora, tú…eres directa, sí, pero tú sagacidad con las palabras a la hora de explicarnos tus interpretaciones, más de una vez me ha hecho cambiar mi postura. Como dije ¡Es divertido! ¡Siempre que pienso que lo entiendo lo das vuelta todo a mitad del proceso! —se maravilló Eidos reanudando su paso con energía hasta alcanzarle.

— Gracias por tus palabras, pero hoy no es mi turno. —señaló Dianoia dándole fin a la conversación.

El joven le siguió en silencio por las pulcras veredas de mármol rodeadas de extensos olivos, ya habiendo dejado atrás la plaza empezaron a ver como poco a poco, más y más gente vestida con túnicas de toda gama de colores se les unía en su marcha, llenando con su charla la previamente silenciosa atmosfera. Eidos noto que ya la mitad del todo, es decir lo que podría llamarse cielo, vestía su manto nocturno. Deleito su vista con este sin hacer caso de la ruidosa multitud que parecía haberse formado en el ahora plenamente transitado camino blanco.

El bosquecillo de olivos, que hasta entonces acompañaba fielmente al sendero de granito, comenzó a abrirse hasta dejar en descubierto un masivo anfiteatro con miles de relucientes asientos de mármol perlado, un escenario ya habitual pero lleno de creciente expectativa para cualquier ciudadano de Oneiros. Sin intercambiar palabra alguna, Dianoia cambio de rumbo y se internó en un sendero que se unía nuevamente con el bosquecillo, dejándole sin compañía frente al prístino anfiteatro.

Eidos comenzó a descender una a una las escaleras de la finamente construida casa de las artes, en dirección a la vacía tarima de oscuro ónix que yacía en su centro, lugar donde donde debería desempeñar su tarea.

Cada día, un ciudadano de Oneiros tenía la responsabilidad de expresar su devoción a las cuatro intérpretes preparando su escenario, y hoy era su turno: su tarea era sencilla, pero de gran significancia, puesto que se entendía que quien se dedicase a decorar el teatro para su llegada pondría su esencia, en mayor o menor medida, en las interpretaciones del cielo que realizarían las hermanas. Era un ritual importante pero en el caso particular de Eidos resultaba más agobiante que placentero.

Sin perder el tiempo se concentró con los brazos extendidos, elaborando en su mente las formas que iba a proyectar, y en pocos segundos cuatro modestos tronos se erigieron como fantasmas traslucidos sobe la tarima; su contextura era simple, sin apenas adornos, y aun así todo su ser estaba empeñado en la tarea de darles forma. Bronce, plata, oro y cristal, en orden correspondiente de la menor a la mayor, un asiento para cada una de las hermanas, un trabajo bastante corriente, pero efectivo, al menos sabría que de Dianoia no oiría queja alguna, o así esperaba que fuera.

Ciertamente, la creación de materia y conceptos no se le daba fácil, pero todo ciudadano se turnaba para la tarea sin importar su habilidad, incluso los cinco llamados consejeros nobles que formaban la opinión del conjunto de ciudadanos. Usualmente la mayoría de las decisiones se tomaban por acuerdo directo de los ciudadanos, pero eran estos cinco los que imponían un contrapeso a las decisiones, aunque realmente no había mucho que decidir salvo la estructura misma de la ciudad, dentro de todo las cuatro interpretes tenían una mayor importancia para el pueblo como su soporte espiritual. A veces Eidos creía que los Cinco solo resaltaban por lo entretenidos que eran sus aportes a las interpretaciones de las hermanas, no tenía queja alguna la verdad, era cierto que con ellos aportando su esencia todos parecían disfrutarlo más vivamente. Como le había dicho a Dianoia, aportaban su sustancia a los relatos.

— Sera mejor que te apresures si no quieres escuchar los reclamos de los seguidores de Eikasia —dictaminó una voz jovial e imponente a sus espaldas, provocando con sus resonantes silabas la perdida de la delicada concentración del muchacho. — Como ya sabes son gente apasionada —añadió entre risas el hombre de estatura prominente sacudiendo su túnica morada, sentado sobre uno de los asientos más próximos al escenario, donde se encontraba Eidos.

Su aspecto era vitalidad encarnada, un rostro joven y de facciones duras adornadas con una amplia barba de lado a lado, acompañada por una sonrisa ancha que invitaba al dialogo y unos ojos encendidos como llamas a la espera de algo que consumir.

— Lo sé, no se me da muy bien esto Thavan —resopló el joven al ver que ya empezaba a acomodarse la gente en la cima del anfiteatro, todos vestidos de radiantes colores y con expectativas igual de deslumbrantes.

El rostro de Eidos volvía a sumirse en una mueca de frustración y sobreesfuerzo mientras trataba de darle algún raudo detalle a su sencillo trabajo.

— Preferiría estar allí sentado a tener que participar en la ceremonia... —masculló mientras terminaba con el trono de bronce.

— Con esa actitud terminaras cuando sea el turno de Noesis ¡Animo! Estoy seguro de que la historia de Eikasia será digna de contemplar. —le insistió jovialmente para luego incorporarse y dirigirse hacia la tarima, con la clara intención de ayudar a mejorar las pobres creaciones de su amigo.

El grandulón solo uso un simple gesto de su mano, y los diseños de los tronos cambiaron y distribuyeron sus formas para obtener diseños más elegantes y complejos que los simples asientos producidos por el joven a su lado, el cual observaba en silencio, como siempre, acostumbrado a que le salvaran de tales tareas que rara vez le resultaban reconfortantes.

— Hacemos este ritual como ofrenda de nosotros mismos a las intérpretes, no vendría mal que le pongas más de empeño. —sugirió el gigantón con un tono condescendiente, impropio de él, al tiempo que parecía acabar con la construcción de aquellos míticos muebles.

—Tan ilustre como siempre, Consejero Thavan. Sabes que no se me da bien este tipo de cosas, quiera o no —bufó Eidos más dispuesto a zanjar el tema de una vez que de mejorar su ánimo para la ceremonia. — Les conozco bien, no les importara mi falta de delicadeza.

Era una excusa pobre pero cierta, era cercano a las hermanas, ya que a menudo recurría a ellas con nuevas inquietudes y preguntas a diario, aunque no siempre las respuestas le pareciesen adecuadas, o ellas entendían por completo sus preguntas… Aun así era normal verle yendo y viniendo en su busca, aunque solo Dianoia le aguantase por tiempos prolongados.

— Bien, considero que mi ofrenda está completa —estipuló Eidos al ver lo hecho por su amigo. — ¿eh de retirarme a mi asiento, Consejero? —suplicó Eidos, claramente sin intención de proseguir.

El Consejero pareció pensárselo un momento, giro a ver la multitud, y finalmente se encogió de hombros.

— Muy bien, te libero de tu responsabilidad, pero espero tu ayuda en las preparaciones de las asambleas. —fue la respuesta de Thavan antes de dirigir una última mirada al trono de bronce, y propinarle a su amigo una firme pero fraternal palmada en el hombro.

—Te otorgo mi gratitud. —le agradeció Eidos agachando su cabeza por unos instantes.

Sin esperar la respuesta de su desanimado hermano, Thavan caminó sin prisa pero con pasos firmes hacia el asiento del que había venido.

Eidos miro hacia el trono de bronce una vez más y sonrió al notar los violentos pero bellos surcos en el metal que lo llevaban al límite de su resistencia, aquellos desvelaban formas que parecían imposibles para un material tan sólido, parecían olas en el agua. Aprobando el toque de su amigo a su obra original, se retiró del escenario rumbo a su propio asiento.

La noche ya había caído, no habiendo más luz que el débil brillo que de forma tenue producía el perlado anfiteatro. La multitud yacía expectante entre sus asientos, todos y cada uno luciendo estupendas caras y cuerpos jóvenes, ninguno había conocido la vejez ni la conocería, pues les era un concepto ajeno a todos y cada uno de ellos, así había sido y seria siempre.

Eidos ya se encontraba sentado en la zona más alta del teatro, si bien el sonido se distribuía con armónica equidad por todo el recinto, le era más fácil relajarse allí, pues era donde más se podía contemplar del cielo estrellado, siendo por tanto su lugar predilecto para divagar durante las ceremonias. Pudo observar desde aquellas alturas como la consejera Aletheia ya se había sumado a sus cuatro iguales en los asientos contiguos a la tarima, siendo recibida con lo que parecía una carcajada de parte de Thavan, su igual. Tal suceso suponía que la entrada de las hermanas se daría en unos instantes; Eidos no fue el único en notarlo, pues la expectativa de la multitud podía fácilmente percibirse crecer exponencialmente por las fugaces miradas a la oscura tarima, por su parte Eidos no pudo evitar alzar la vista un par de veces en busca de luces nocturnas, sin mucho resultado para su disgusto, solían esperar (en su mayoría) la llegada de las intérpretes, cuales caprichosos actores en una obra.

Paulatinamente las conversaciones comenzaron a cesar y la atmosfera se sumió en el silencio, todos y cada uno de los ciudadanos tenían ahora su mirada centrada sobre la negra tarima, único centro de su atención y ahora único rincón de la ciudad sin tocar por el manto nocturno, incluso el majestuoso anfiteatro había dejado de producir aquel tenue resplandor blanquecino. Fue en esa oscuridad casi total que cuatro figuras bañadas en una luz similar a las mismas estrellas surgieron de la misma tarima, donde hacía poco tiempo Eidos se había encontrado, su luz incandescente procedió a evaporarse paulatinamente hasta agradar a los ojos de la audiencia.

Las cuatro estaban posicionadas frente a sus respectivos asientos, con la menor delante del trono de bronce, y la mayor delante del de cristal.

Eikasia, la menor de las cuatro, estaba vestida con una amalgamas todos los colores posibles, como si se hubiese vestido con el cielo mismo, y portaba la diadema de la intérprete ese día; Pistis vestía en esta ocasión una túnica representativa de los opuestos, el agua y el fuego, empezando por un fuerte azul y un fuerte rojo los cuales batallaban con rabia y en el centro dejaban paso a un blanco vaporoso; Dianoia no sorprendió a nadie con su usual blanco inmaculado, demostrando su imparcialidad y función conciliadora con sus otras hermanas; y por último, la mayor de las cuatro, Noesis, mantenía su brillo estelar en sus ropajes, un resplandor inquieto y sublime.

La joven de relucientes colores dio un paso en frente, y con una energética pero formal reverencia saludo al responsable de los preparativos de ese día, el cual le respondió imitándole desde el otro extremo del teatro, intuyendo que ya seria de su conocimiento que no había completado todo el trabajo solo. Las demás se sentaron silenciosamente en sus respectivos tronos, quedando solo vacío el de bronce, mientras Eikasia elevaba ostentosamente su vista al cielo nocturno, con la vista atenta en busca de estrellas que interpretar, los demás siguieron su ejemplo, ansiosos de encontrarse cara a cara con la primera de muchas. En silencio, esperaron ver una luz o un destello de aquellos astros que tanto tenían que decir, pero transcurrido un tiempo nada sucedía, la oscuridad reinaba aquella frontera infinita por primera vez sin la presencia de las estrellas y nadie parecía concebir como posible ese suceso.

Pasados unos instantes la expectativa comenzó a ceder ante la incertidumbre, pues sus mentes no estaban preparadas para afrontar tan extraño acontecimiento, jamás había ocurrido algo como esto y no sabían cómo interpretarlo, el pueblo entero parecía un montón de figuras de arcilla con la vista hacia arriba, sin haber cambiado su expresión desde el momento en que se alzaran sus rostros. El simple hecho de una demora en el orden natural de las cosas era de por si algo insólito en sus mentes, era quizás por ello que no podían concebir por entero lo que estaba ocurriendo.

Eidos fue el primero en sentirlo realmente, miro hacia abajo pero nadie más lo noto como él lo había hecho, algo más que la oscuridad podía percibirse en el cielo oscuro ¿Pero cómo algo podía ser más oscuro que la misma falta de luz?

Aquel vistazo a lo desconocido le hizo sentir algo, era como un ligero hormigueo que se extendía por todo su cuerpo en respuesta a esa revelación, apoderándose de él, no, no solo él, puesto que todas las miradas ahora se posaban sobre la tarima donde se encontraban las intérpretes y había algo en los rostros de la multitud que nunca había estado allí, una necesidad imperiosa de respuestas que buscaba desesperadamente saciarse con inmediatez. Pero lo único que encontraron en las sabias interpretes fue un reflejo de lo que había en ellos mismos, la misma expresión desconcertada que también ahora agobiaba a la interprete elegida. Ni siquiera la siempre serena Noesis, la mayor de las cuatro parecía poder mantener la entereza ante lo que estaba sucediendo.

La multitud desesperada en el silencio, se mantuvo en sus asientos con las extremidades rígidas como la roca, presas de una sensación desconocida para seres como ellos.


Era fácil juzgarlos, pero para ellos, no, para ese mundo, el cambio era algo muy diferente a lo que se acostumbra, y no tuvieron la dicha de conocerlo en mejores circunstancias.


Aquella incomoda tensión apresaba a la ciudad como un depredador, la ciudad su presa, que se ahogaba lentamente con las garras de la bestia rozando su cuello.

Lo primero en acontecer fue un fulminante rayo de luz que partió al cielo, aliviando con su luz por unos instantes a los pavorosos ciudadanos que aún no se habían dado cuenta de lo que eso significaba. Pero como es usual, las garras del destino no aflojarían tan fácilmente, a veces le gusta dejar que sus víctimas exhalen sus últimos aires de esperanza antes de estrujar con todas sus fuerzas.

Tardo unos momentos en quebrarse, el golpe había sido tan fuerte y rápido que el mundo tardo en darse cuenta de que ha sido golpeado.

El infinito crujió, gritando con un ruido ensordecedor, y aquella ciudad que flotaba en su vientre comenzó a estremecerse hasta sus cimientos. Incluso ellos, sus habitantes lo sentían, la manera en que como todo su ser era arrancado de raíz y procedía a desgarrarse a la par de la destrucción sin epicentro que se extendía por dentro y por fuera de las cosas a su alrededor. La tierra se agitaba intensamente, los cimientos de la misma ciudad colapsaban y sus edificios se derrumbaban esparciendo sus vacías carcasas por doquier.

Era en aquel caos espontaneo que Eidos se irguió temblando como todos los demás, sus ojos bien abiertos del espanto, pero descubrió que tal sensación en sus articulaciones no era causada por el movimiento del suelo bajo sus pies, era una emoción que le era incomprensible y aun así le agobiaba desmesuradamente, devorando cada pensamiento que intentaba salir a la superficie e impidiendo la formulación de nuevos actos.

Súbitamente sus pies y brazos comenzaron a moverse solos, rebelándose contra su estupefacto dueño: corrió, salto, descendió cada asiento; aparto a cada persona a la vez que el mismo era apartado, volviéndose uno con el tumulto que ahora espabilado intentaba huir en vano de la destrucción que les acechaba. Algo en ellos mismos había sufrido el mismo destino que aquellas hermosas calles e inconcebibles edificaciones, se habían roto, y nunca serian iguales, pues el infinito había muerto, y por ende, el mundo había terminado. No hubo más gritos, ni miedo, solo un final.


Ese mismo día la ciudad de ensueño Oneireos conoció el miedo, y al mismo tiempo, la muerte.

8 Mai 2020 20:51:00 3 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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robustories robustories
Me gusta como realizas las narraciones y descripciones, aunque por ahora te hago la observación de que hay algunos verbos en pasado que llevan a tilde. A mi me pasó igual cuando empece a subir mis escritos aquí.
June 01, 2020, 23:17

  • Eikalos . Eikalos .
    Te agradezco la devolución, tendré en cuenta el uso de tildes en la siguiente edición general que realice. Me alegra mucho que te haya gustado, ya me estaba desmotivando el silencio radial. June 02, 2020, 02:51
  • robustories robustories
    Con silencio radial, te refieres a retroalimentación... bueno igual para que uno se haga notar, toca que uno participe en los foros de la sección de comunidad. June 02, 2020, 03:07
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