johnn-krausse-1989 Jhonn Krausse

Las visiones que tuvo en vida Ronda Zimmermann dejaron al pequeño poblado de Kozel, en el noroccidente de Ucrania, en un estado de penumbra permanente del cual, hasta día de hoy, no ha tenido retorno. Depravado como solo el demonio que adoran las élites puede ser, el caso de Ronda Zimmermann se convirtió en algo estrafalario que demostró al mundo que en la actualidad las brujas (y brujos) aún se encuentran entre nosotros.


Horreur histoires de fantômes Déconseillé aux moins de 13 ans.

#230 #229 #256 #239 #236 #bruja #violín #brujería #locura #245 #creepy
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El caso de Ronda Zimmermann

Conocí a la pequeña Ronda Zimmermann mientras trabajaba como psicólogo infantil en el poblado rural de Kozel, al norte de Luhansk, cerca de la frontera Ucranio-Rusa. Ronda era una niña bastante especial, sin lugar a dudas, nunca podré decir si tenia una imaginación maquiavélica sin par o si realmente tenia una memoria tan prodigiosa que incluso rayaba en lo esotérico.


Llegue al orfanato de Kozel, administrado por la Unión, en el año de la caída del muro, era un dieciocho de julio y el sol del verano teñía la piel de las mejillas de los niños del color de los tomates maduros. Cada niño tenía una historia distinta, muchos eran sobrevivientes al régimen totalitario que Stalin nos había heredado, otros eran bastardos cuyas madres no soportaban tener cerca, la gran mayoría eran huérfanos de emigrantes bielorrusos o polacos y, al igual que otros orfanatos de Ucrania, muchos estaban enfermos, o envenenados, por la radiación que había perpetrado en sus padres y había socavado una cicatriz dolorosa y cruel sobre sus cuerpos, exponiéndolos a una muerte agónica tras una enfermedad insidiosa e incurable. Ronda Zimmermann, sin embargo, no encajaba con ninguno de estos grupos.


— Soy una niña sin padres, una paria del reino de las tinieblas. He llegado a este plano tras un pernicioso capricho de las lineas del tiempo y el espacio —. Eso le había dicho a su rescatista y luego se lo había repetido a los administradores del orfanato, a las maestras y a los mismos niños.


Sí bien no creí todo lo que ella decía de si misma, sí me hizo pensar mucho y, tras varios días de análisis e investigaciones propias entrevistando a los administradores, maestras, cuidadoras y guardias del orfanato, llegue a la conclusión de que lo que Ronda decía no era del todo descabellado, veréis, Ronda no tuvo madre o a esta nunca se la llegó a inscribir en el Registro Soviético de Ciudadanía, ente que aún en los poblados más rurales, como era Kozel, tenía sus emisarios para justamente evitar que incidentes como el de Ronda Zimmermann ocurriesen. Por otro lado su apellido revelaba que tenia un padre, uno de procedencia alemana, seguramente del occidente, quien para su mala suerte fue desaparecido por el hermético y caprichoso gobierno rojo que atormentaba el país por aquella época. El registro más actual de un poblador con el apellido Zimmermann era un acta de defunción que databa del año de mil novecientos cincuenta y tres.


Conversando con el sargento Argai Kyrpatenko, quien se había encargado de traer a la niña, pude conocer las condiciones en las que Ronda vivía, justamente en la colina de Vid'ma Pahorba, una colina que, por su naturaleza tenebrosa, era evitada por la mayoría de pobladores de Kozel, incluso el pequeño pelotón rojo que había llegado a la zona tenía recelo de realizar una inspección por aquel lugar. Vid'ma Pahorba tenia la fama de haber sido el lugar de varios aquelarres en su época y de mucha pesadumbre en la época de la locura de Stalin. Kyrpatenko me comentó que encontró a la niña en lo más alto de aquella pavorosa colina, viviendo en un caserón antiguo de arquitectura zarista que había sido abandonada a la intemperie desde hace varios años. Ronda vivía sola, subsistiendo a partir de pan duro y algunas tiras de carne seca y durmiendo en una de las pocas habitaciones del caserón que aún poseía un techo, o vestigios de uno, lo suficiente como para protegerse de los vientos que azotaban en la cima. Las visiones oscuras que habían encontrado al entrar al caserón no le habían permitido, a él ni a sus hombres, pernoctar por varías noches, no por lo horribles sino por lo mustio y taciturno del ambiente.


Bajo los antecedentes presentados, me atreví a decir que Ronda Zimmermann tenía razón, era una paría, una niña invisible para el mundo, una niña que subsistía con pan duro y tiras secas de carne que sabe Dios de donde habría sacado. Su mundo era tinieblas pues en aquella espantosa colina la luz de las velas o de las lamparas de queroseno, propias de los poblados rurales de la Unión, no llegaba y mucho menos la luz eléctrica. Ni ella mismo sabía explicar como llegó a ese lugar por lo que, cómo ella misma mencionaba, estaba ahí por un capricho del destino, lo que ella llamaba 'la línea del tiempo y el espacio'. Ronda no era la única niña que vivía en esas condiciones, por capricho del tiempo y espacio, a mi entender, puesto que a lo largo de Ucrania, y de la Unión en general, miles eran los huérfanos que vivían subsistiendo en las tinieblas gracias a la cara factura que en este momento nos tocaba pagar. Recordé que en Kiev encontré a un niño, de tan solo cinco años, hurgando en medio de la basura, al preguntar por sus padres el pequeño no dio razón de ellos pues no tenia la habilidad del lenguaje. Aquel niño también era un paria invisible para nuestra sociedad, un paria que había llegado hasta los basureros por un capricho de la línea del tiempo y el espacio.


Cuando fui asignado a Kozel me informaron que dos colegas psicólogos, de la ciudad de St. Petesburgo, me acompañarían. Como yo fui el primero en llegar tuve que esperarlos y tras cinco días de angustiosa espera, por fin mis colegas habían llegado. Temprano en la mañana Karlov Zhuravlev y Tatyana Smirnow arribaron por el viejo camino lodoso que conectaba Kozel con el pueblo más cercano del lado de Rusia. Con su ayuda pude centrarme más en este extraño entorno que se me presentaba con el inusitado caso de Ronda Zimmermann.


Karlov era alto, fornido y de carácter muy estricto así que se hizo cargo del grupo de los adolescentes. Por el otro lado Tatyana era una mujer pequeña, un tanto robusta pero delicada cuyo carácter, entre estricto y dulce, fue perfecto para hacerse cargo del grupo de los infantes. Sin embargo, y como yo ya había presagiado, no había lugar para Ronda en los dos grupos. No era precisamente una adolescente y los niños pequeños le tenían un cierto recelo, incluso las mismas maestras le tenían algo de repulsión, tal vez debido a su origen extravagante o tal vez al hecho de que provenía de una colina llena de esoterismo y misterio sobre la que caían creencias ignorantes y perversas del pueblo de Kozel. Tomé la decisión de hacerme cargo personalmente de Ronda Zimmermann.


Los primeros días seguí a la niña a sus escondites y estuve tras ella hasta que notara mi presencia. No puedo decir que la incomodara, pues parecía simplemente ignorarme y continuar con sus actividades corrientes. Jamás la vi actuar de manera extraña, ni mucho menos que hiciera tan siquiera una travesura (algo habitual en una niña de su edad), de hecho, era muy taciturna, muy simple y muy callada. Si alguien hablaba con ella se limitaba a asentar o negar con la cabeza, y cada que alguien preguntaba sobre su origen o el de sus padres ella respondía con la misma frase con la que se había presentado en un inicio.


— Soy una niña sin padres, una paria del reino de las tinieblas. He llegado a este plano tras un pernicioso capricho de las líneas del tiempo y el espacio —. Le escuché decir más de veinte ocasiones mientras estaba observándola. Esta era su respuesta a no ser que se le preguntara su nombre, en cuyo caso, y como si se tratase de una regla escrita en un papel invisible, decía su nombre completo seguido de una reverencia como las que hacían las zarinas allá en la lejana época de Aleksander II.


Tras varios días de seguimiento pude por fin entablar una conversación con Ronda. Fue un día mientras aguardábamos en el interior de la casa orfanato, debido a una lluvia torrencial. Pude verla a la distancia, en un salón alejado y vacío, estaba fingiendo tocar un violín, algo que no había hecho en ningún momento desde que llegué. ¡Que pintoresco!. La curiosidad me llevó a verla de lejos, en un inicio, y paulatinamente me acerqué con sigilo para entender más sobre su comportamiento. La observe tocar ese violín imaginario que colocaba bajo su barbilla, la vi mientras arremetía un arco ilusorio contra cuerdas invisibles, como si pudiera sentirlas bajo sus pequeños y delgados dedos. Cuando al fin estuve lo suficientemente cerca como para observar más detenidamente, noté que tarareaba, como si la música realmente proviniera de un violín, parecía conocer cuando agudizar y cuando acrecentar el sonido que emitía de sus labios cerrados, en una tonada algo alegre, algo triste, como si la nostalgia la invadiera cuando llevaba sus dedos a través del diapasón imaginario. Nunca vi algo tan expresivo, tan vivo, ni tan llamativo en toda mi carrera. Cuando me notó atrás de ella no se detuvo, es más, tocó con más ahínco que antes, y elevo el volumen del sonido de sus labios como para que yo pudiera escucharla a través del ruido de las gotas de lluvia que impactaban la ventana del salón. Me miró de reojo y luego de un concierto de más de cuatro minutos se detuvo, acercó una silla maltrecha y se sentó cerca de mi.


— ¿Realmente sabéis tocar el violín, Ronda? — pregunté tras unos segundos de silencio incomodo. Ella se limitó a mirarme y asintió. — ¿Quien te ha enseñado, acaso fue tu padre?

— Soy una niña sin padres, una paria del reino de las tinieblas...

— ¿Ronda, es que no sabes decir otra cosa? — pregunté forzando una respuesta. Ronda se limitó a negar con la cabeza, lo que me dio un aire esperanzador —. ¿Entonces por que solo dices eso?. Sabes muchos niños de aquí te tienen miedo, y no los culpo eh. Eres muy callada, muy distanciada, anda, ni siquiera debes saber cuantos años tienes

— Diez — dijo ella con una voz gruesa y desgastada, como si tuviera miedo de decir algo más que su acostumbrado monologo.

— Ves que no fue difícil. Venga quiero conocerte. Puedes decirme algo más de ti como quien te ha enseñado a tocar el violín.

— Nadie.

— ¿Entonces a quién has visto tocar uno?

— A nadie.

— Ronda no puedo creerte. El arte que acabas de interpretar fue algo sencillamente excepcional. Hasta grandes interpretes tienen problemas de elevar el arte como tu lo has hecho hoy aquí. Venga, dime quien ha sido.

— Es un recuerdo.

— ¿De quien?

— Mio. En las noches cuando quiero dormir me veo sobre Vid'ma Pahorba tocando el violín. Desde que el sol sale hasta que tristemente se despide de mi y de mi sueños.

— Entonces sabes que la colina donde vivías se llama Vid'ma Pahorba. ¿Con quien vivías ahí?

— Nadie.

— ¿Nadie cuidaba de ti?

— Hitam cuidaba de mi.

— ¿Hitam es el nombre tu padre?

— Soy una niña sin padres, una paria del reino de las tinieblas...

— ¡Vale, vale, vale! — interrumpí el monologo de la niña, tal vez fue más brusco de lo que yo pretendía, pero Ronda se limito a agachar la mirada. — Lo siento, es que no puedo entender porque cada que menciono a tu padre o a tu madre te da por repetir eso.

— Es lo que ella repetía — dijo tristemente

— ¿Quien, Ronda?

— La partera


Eudoxia, una maestra del lugar, llegó a interrumpir mis avances en ese momento. Con un rostro de confusión y algo molesta, me dio a entender que no permitían ese tipo de comportamientos en el orfanato, no estaba bien visto que un adulto se desaparezca con una niña por tan largo rato. Por mi parte me sentí satisfecho, tuve un gran progreso con la niña de cabellos negros y rostro pálido que tanto había tocado la fibra del misterio dentro del orfanato.


Las palabras de Ronda habían hecho un gran eco en mi cabeza. Aquella noche no pude dormir así que me refugie en el calor de mis libros de psicología y psiquiatría, aquellos que tanto me llenaban, tratando de hallar algo que me llevara en la dirección correcta con respecto al caso de aquella niña. Fue entonces que, en un libro norteamericano, de esos prohibidos por el ejercito rojo, encontré algo que podría ser de utilidad y tras leerlo unos instantes asumí que el próximo paso estaría en estimular aquella parte consiente del cerebro de la pequeña Ronda. Escribí una carta para mi mayordomo en Kiev, pidiéndole que por favor me envié el antiguo violín de mi hermana, una reliquia que mi madre aun conservaba como recordatorio de la hija que se fue a Berlín occidental y nunca pudo regresar o tal vez nunca pudo llegar ahí. Luego escribí una carta para mi madre en la cual le informaba sobre mi viaje y mis descubrimientos en este rural rincón de nuestra patria, rincón en el cual pareciera que el tiempo se hubiera detenido.


Tras enviar las cartas pasaron dos semanas sin novedad. Durante ese tiempo pude notar que Ronda solo tocaba su violín imaginario cuando llovía, de lo contrario, se la pasaba en su taciturna rutina de vagar por los alrededores del orfanato y escondiéndose en las alacenas de la cocina. Un martes por la mañana llegó el camión con el correo proveniente de Kiev. Fue para mi una grata sorpresa ver que mi madre había adjuntado una nota, con su cariño característico, al violín que yo había solicitado.


Yo nunca fui bueno tocando instrumento musical alguno, me limitaba a mis estudios de la mente, la memoria y el comportamiento y jamás llamo mi atención el ampliar mis habilidades musicales fuera del apreció musical por los compositores Bulgaros y Occidentales que habían evolucionado el concepto de música de cámara o música de ópera como se le conoce ahora.


Busqué a Ronda en la tarde y le presenté sutilmente el instrumento que me había llegado. No pareció sorprendida, tal vez ella recordaba el instrumento de otra manera, con mejor aspecto o de mayor valor, sin embargo, lo tomó con una reverencia y se lo llevó al interior. Me costó mucho seguirla pues agilizó el paso a medida que se alejaba, por un instante tuve temor de haberle dado un valioso articulo a alguien que lo podía descuidar, pero tal no fue el caso y una vez llegamos al mismo salón que hace dos semanas, Ronda colocó su mano sobre el diapasón y su barbilla en la barbada del violín, con la otra mano tomo el arco y como si se tratase de un experto de años en el arte de la interpretación comenzó a tocar. La tonada llamó la atención de todo el orfanato, pronto el pasillo y el salón estaban llenos tanto de niños como de los adultos habitantes del sitio. Ronda tocaba como si se tratase de un virtuoso violinista con años de enriquecida práctica, sin embargo, la melodía me empezó a parecer empalagosa e increíblemente deprimente, al contrario de la gente al rededor de Ronda quienes parecían apaciguados, enaltecidos, como si sus penas se hubiesen terminado. La niña tocó el violín por un par de horas, sin detenerse y sin mostrar señal alguna de cansancio, todos nos perdimos en sus notas a tal punto que nadie se fijo que afuera una gran tormenta se había desatado. Cuando la última nota hubo sonado y la armonía del lugar fue interrumpida por el silencio, rápidamente las maestras y administradores corrieron al patio trasero para salvaguardar las ropas de los niños de la gran tormenta, pero fue en vano, la ropa de los niños, de las maestras e incluso mis ropas habían perecido bajo la cruda y salvaje llovizna que había perpetrado en todo Kozel.


Una vez que fue interrumpida, Ronda pareció palidecer y su rostro se lleno de una tristeza propia de alguien que recordaba un pasado acogedor y lo comparaba con la dura actualidad de su vida. Su semblante fue tan angustioso que incluso a mi me produjo aflicción. Tomé una silla desgastada y grande para poder sentarme y la coloque cerca a ella. Quise retomar nuestra conversación, pero no pude, Ronda siempre esquivaba la mirada y simplemente dejo de hablar. Ahora solo quería tocar el violín.

Las personas volvieron de su infructuosa labor en el exterior e intentaron secarse lo más que pudieron. Ronda por su parte empezó a tocar nuevamente pero esta vez cada cierto tiempo cambiaba de canción. La música cada vez se hacía menos habitual y las notas iban en un crescendo aturdidor, agudo y casi insoportable, sin embargo a todos les parecía esplendido. Mis colegas se quedaron viéndola por un largo rato y sin interrumpir la interpretación se acercaron a mi. Parecía que Ronda perfeccionaba su arte con cada segundo que pasaba, con cada nota que tocaba, y lo inevitable empezó a suceder.


— Esta niña es una prodigio — susurró Karlov sin despegar la mirada

— Ciertamente — respondí —. Pero el trauma que ha sufrido le impide expresarse de otra manera que no sean las notas.

— Y para que quieres que se exprese de otra manera — intervino Tatyana —. Ella es una niña demasiado especial como para perder el tiempo en ese tipo de connotaciones sobre el lenguaje o en complejas conjugaciones rusas, ucranianas o de cualquier parte de la Unión.

— Tatyana tiene razon, mi amigo. Si Ronda Zimmermann quiere expresar el lenguaje por medio del arte, quienes somos para impedírselo...


La respuesta armada de Karlov fue interrumpida por un chirrido extenuante del violín. Mis colegas, yo y los niños nos tapamos los oídos, sin embargo, el resto de adultos no lo hizo pues la niña los tenia tan extasiados con su sonata que empezaron a tomarse unos a otros en aquel salón, en el piso de cemento frío. Se rasgaban las vestiduras unos a otros en un desenfreno de pasión y locura musitada desde aquel instrumento musical endiablado. Por otro lado estábamos Karlov, Tatyana, yo y los niños quienes no soportábamos la tonada empalagosa y enloquecedora que Ronda interpretaba. En un intento vano de ahuyentar ese sonido agudo y ensordecedor, mis colegas y yo dirigimos a los niños fuera del salón, con el cuidado de no tocar a nadie de los que yacían en el piso en su loco desenfreno, sin embargo, cuando llegamos a la escalera, en medio del pasillo, mis colegas y los niños cayeron fulminados sobre la alfombra, pude ver sus ojos tornándose blancos, temí lo peor.


Ronda continuaba tocando el violín, pero la melodía que interpretaba se convirtió de una dulce sonata a un horrido conglomerado de notas que invocaban a la locura, pero no cualquier tipo de locura, sino una locura de otro mundo, de otra dimensión, una dimensión macabra, oscura y espeluznante que emergía desde el violín hacia el suelo, envolviendo a todos e incitándolos a la lujuria depravada, trepaba por las paredes oscureciendo más aún el ambiente y finalmente salía de allí e iba por el pasillo envenenando los muros con sus tentáculos oscuros llenos de locura y depravación.


Caí sobre mis rodillas implorando a Dios que la música se detuviera, pero mis suplicas fueron escuchadas muy tarde. Los adultos en salón se hallaban muertos, desnudos y tiesos dejando que el alma se les escapara por los ojos. En el pasillo los niños y mis colegas corrieron la misma suerte, yacían muertos. Yo por me encontraba en una agonía perniciosa sobre la áspera alfombra del pasillo. Unos pasos se acercaron a mi, era Ronda, traía el violín en sus manos, había dejado de tocar. Miró fijamente a mis ojos, la expresión en su rostro era la de la tristeza y melancolía.

— ¿Quien te ha enseñado tocar de esa manera? —. Pregunté con una voz temblorosa y agónica con miedo de que en cualquier momento aquel demonio podía volver a interpretar una balada mortal que me llevaría a la locura antes de darme el tormento final de la muerte.

— No lo se —. respondió la niña. Luego clavó sus ojos tristes en los cadáveres que yacían en el pasillo. No hubo expresión en su rostro, como si no fuera la primera vez que veía este tipo de escenarios.

— No recuerdas nada de tu niñez, ¿es eso acaso?

— Tengo recuerdos. Recuerdos de algo que pasó en otros lugares y otros tiempos.

— ¿Qué fue lo que ocurrió?


Tal vez fue por el momento, o tal vez por la circunstancia, pero lo que en ese momento Ronda me contó me ha perseguido por muchas noches. Los detalles, los personajes y cada punto de su loca historian tenían una connotación esotérica e incluso maléfica, tan horrida que es simplemente diabólica. A veces reflexionó si hubiera sido mejor morir en aquella ocasión, pero siento que estoy vivo por alguna razón.


Ronda Zimmermann nació en la peor época de la historia para un pueblo que fue perseguido hasta casi ser extinguido. En la pobreza absoluta y la decadencia de un conglomerado de ignorantes y supersticiosos viajeros sin patria. En el atroz y repugnante basurero de una sociedad lejana de oriente en donde el crimen es ser concebido y la condena es la pena de muerte y finalmente en un país destruido y explotado por las tragedias causadas por los que ostentan el poder sobre todo. Ahí nació Ronda Zimmermann. En todas las épocas, en todas las sociedades y en todos sus nacimientos siempre estaba una anciana que pronunciaba una plegaría a medida que su madre agonizaba entre los dolores atroces de parir una cría.


"...y bendito es el fruto de tu vientre: Jesús..."


Un hombre atrozmente alto y fornido se encontraba siempre tras la anciana. Estaba desnudo y sobre su cabeza usaba una capucha blanca con un símbolo extraño y rúnico, irreconocible tras tanta mugre y sangre coagulada, cargaba con él un martillo gigante y pesado.


"...ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte..."


— Esta ya no sirve — dijo la anciana cuando tomo a Ronda en sus huesudas y callosas manos —. Parece que las vacas solo pueden darnos tres crías buenas antes de que su vientre se pudra.

— ¿Que hacemos con ella? — preguntó el verdugo

— Al señor Moloch le gustan sin cabeza para aplacar su ira.


El verdugo miró a la mujer agonizante frente ellos. La anciana se apartó del paupérrimo altar que habían improvisado con maderas, hierbas secas y heno. El encapuchado alzó su martillo oxidado y aplastó la cabeza de la mujer exhausta que yacía ahí.


— ¿Y la niña? — preguntó el verdugo.

— Llevadla a uno de esos países toscos y rurales que hay al atravesar el Pacífico. Y déjala allí. Es una niña sin padres, una paria del reino de las tinieblas. Ha llegado a este plano tras un pernicioso capricho de las líneas del tiempo y el espacio.

— ¿Una paria?

— Si, Hitam, una paria, como tú. Ahora sacadle de aquí antes de que el señor Moloch llegue y nos pille con esto.


Un charco de sangre, carne y huesos destrozados fueron alumbrados por una luz antinatural proveniente del bosque tras ellos. Una bestia alada del tamaño de tres, o más hombres y con cabeza de toro salió de la arboleda oscura. Hitam, el verdugo, tomó a la recién nacida y se marcho rumbo al bosque dejando atrás a la bestia con cabeza de toro quien violaba de manera repulsiva y degenerada el cadáver sin cabeza de aquella mujer que había traído al mundo a Ronda Zimmermann. Hitam caminó un largo periodo bajo la luna, paso por al lado de un pequeño lago y esquivo un campamento donde varios hombres mayores se estaban embriagando, caminó hasta llegar a una carretera asfaltada donde otro hombre le abrió la puerta de una limusina negra, montó en ella y se perdió por la carretera rural que atravesaba el bosque. Lo último que Ronda Zimmermann recuerda es un letrero que reza:


"Monte Rio Awaits Your Return"


22 Avril 2020 23:40:13 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Jhonn Krausse Mi abuelo decía que nunca estamos realmente solos pues, aún en la más vacía y silenciosa oscuridad, hay manos invisibles que nos tocan los hombros, que nos acarician el rostro y nos dan a conocer de su existencia, que en la oscuridad habitan entes ajenos a nuestra realidad y que desde ahí alargan sus extremidades para abrazar nuestra calma y arrastrarnos a la locura. Yo creo en lo que él decía, sobre todo porque el pobre viejo murió en un psiquiátrico.

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