annbennu Elsa Felce

❝ Vengo del mar, de los brazos de las olas y el beso de la sal. Soy la sombra tranquila del agua antes de una terrible tormenta; el viento tempestuoso que acaricia tus mejillas. Soy el llanto de las solitarias gaviotas que resuena en tus oídos, y el olor a mar de tu pecosa piel. Tú eres la silenciosa mano que gentilmente me toca. Tú eres la tormenta en la que estoy perdida. ❞ One piece. Portgas D. Ace×OC.


Fanfiction Anime/Manga Interdit aux moins de 18 ans.

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Prólogo

Edward Newgate salió de su cuarto temprano en la mañana, ocupando su lugar favorito sobre la cubierta del Moby Dick. Sus hijos aprovecharon para ir a saludarlo ni bien se terminó de acomodar, resaltando por su gigantesco tamaño entre todos los otros tripulantes. Marco fue uno de los últimos en acercarse a darle el buenos días, y fue cuando Shirohige terminó de hacer un sondeo rápido con los ojos en todo el Moby Dick, sólo para descubrir que faltaba alguien.


—Buenos días, viejo.


—Marco —habló el yonkō—, ¿dónde está mi hija?


El comandante de la primera división puso las manos en jarras y alzó ambas cejas. Sabía muy bien a quién se estaba refiriendo, la había visto echarse al agua la noche anterior mientras hacía guardia y como la conocía bien no intentó detenerla, pero esperaba que ya estuviera de regreso para aquellas horas de la mañana. Y si no había regresado todavía, eso significaba que no verían más su cara hasta que desembarcaran en la próxima isla.


—Lo siento, viejo. —Se confesó— Anoche se fue mientras hacía la guardia. Pensé que volvería pronto.


Barba Blanca asintió entendiendo el mensaje. No era raro que ella hiciera esas cosas. Le encantaba el mar y sin más solía lanzarse por la borda solo por gusto y antojo; y aunque a veces les causaba preocupaciones cuando desaparecía por algunos días, siempre se la encontraban en las islas a las que estaban por llegar. El capitán la echaba de menos esos días. Su hija tenía un gran gusto por cantar y lo hacía tan bonito que era hipnotizante y podía dormirse fácilmente cada vez que la escuchaba entonar notas tan dulces. En vista de que llegarían a la siguiente isla en un par de días, suponía entonces que la bonita cara de su hija no aparecería más entre sus hijos hasta que pisaran tierra.


Por su parte, Clío caminaba entre las callejuelas del humilde pueblo de la isla.


La noche anterior se había pasado horas sentada sobre el lomo de la ballena que conformaba la proa del barco, con las piernas apretadas contra el pecho y los brazos abrazados fuertemente alrededor. El mar se había vuelto una infinidad negra como carbón que a cualquiera podría asustar, pero no a ella. Las olas la llamaban entre susurros y se contuvo lo más que pudo, la mayor cantidad de tiempo —pero era imposible estar alejada del mar cuando la piel le hormigueaba de esa forma y la incitaba a sumergirse.


Miró al mástil del barco para encontrarse con los ojos inquisidores de Marco que la vigilaban desde la verga, apoyado al borde, como advirtiendo "cuidado con lo que haces, te estoy observando".


Pero Clío sólo le sonrió, se levantó sobre sus dos pies y alzó un brazo agitando una despedida. Marco se incorporó inmediatamente y estaba segura que le hubiera gritado algo, si no se hubiera lanzado derechito al mar antes de que alguna palabra saliera de su boca.


El agua la abrazó y acarició su piel como un amante, su largo vestido blanco empezó a enredarse entre sus piernas en las cuales comenzaron a florecer escamas de un gris pálido en contraste con sus ojos. El pelo corto bailó en las olas, y pronto ya no tenía piernas, sino una cola, y ya no aguantaba la respiración, porque también podía respirar bajo el mar.


Nadó en círculos alrededor y bajo el Moby Dick, divirtiéndose entre las corrientes. Un pequeño banco de peces se atravesó en su camino y ella se les unió en el nado, espantándolos de un susto.


Clío compuso una mueca, pero rió para sí misma no mucho después. Mientras nadaba bajo el barco que llamaba hogar, observó su muñeca izquierda, donde mantenía su log pose, que apuntaba directo al frente. Lo pensó por unos segundos. Si seguía directo a la siguiente isla, no debería tardarse demasiado, y sus hermanos tampoco deberían tardar más de unos cuantos días en llegar.


Movió su cola con más fuerza, adelantando el Moby Dick y más allá, perdiéndose en el negro mar hasta la infinidad donde esperaba encontrarse con la siguiente isla.


Un Rey del Mar apareció en su campo de visión tras un par de minutos al nado, era una especie colorida como un coral y tenía cara de caballito de mar. Se sostuvo a su lomo, aprovechando que iba en su misma dirección, pero no estuvo mucho tiempo con él ya que tras un rato se dio cuenta que se estaba desviando de su destino final.


El resto del viaje fue tranquilo. Pudo darse el lujo de entretenerse en las olas e incluso jugar con algún que otro animal que no se encontrara escondido a esas horas. Hasta que, después de mucho tiempo, cuando el alba empezaba a tener ganas de brillar por el horizonte, divisó la isla y poco después se propuso rodearla rápidamente para conocer sus costas.


Aunque no recordara nada antes de formar parte de la tripulación de Barba Blanca, realmente nunca había olvidado esa parte de su identidad: el mar la llamaba, siempre, y esa era la razón por la que era una pirata. Era la única salida; no sacrificaba su amor por el mar, ni su libertad, por nada.


Se llevó la mano al cuello donde colgaba la piedra que siempre llevaba consigo. Estaba pasando cerca de un acantilado cuando vio, sentado en el borde, un muchacho que miraba al infinito y con una mueca que le parecía, a la distancia, de lo más triste. Deteniéndose en su recorrido, asomó un poco el rostro a la superficie —solo sus ojos, viéndolo fijamente con atención.


Luego se dio cuenta que había sido una mala idea.


Él notó su presencia, pero pareció dudar. Se inclinó más hacia el borde entornando los ojos, y ya sea por mala suerte o por culpa del tambaleo que le atacó gracias al licor que había tomado rato antes —el asunto es que cayó al vacío directo al mar.


Clío salió del agua hasta los hombros y se llevó ambos manos a la boca con sorpresa y un poco de arrepentimiento decorando sus facciones, viendo al fulano con su pelo negro agitándose al viento de la caída, gritando un continuo "aaaaaaaaa" hasta que se estrelló con el agua en un golpe seco.


Empezó a patalear, pero Clío alzó una ceja preguntándose si es que era posible que no supiera nadar, porque claramente se estaba hundiendo en lugar de acercarse a la orilla o salir un poco más.


Tras unos segundos se hundió y Clío esperó. Y esperó. Y esperó un poco más.


Cuando no salió, ella gritó para sus adentros.


— ¡Lo he matado! —Chilló, sumergiéndose para alcanzarlo.


Estaba lejos, y se veía como si estuviera perdiendo la conciencia.


Nadó lo más rápido que pudo, pero no alcanzó a llegar antes de que escupiera el poco aire que le quedaba y cerrara sus ojos. Sin embargo, una vez lo alcanzó, lo sostuvo entre sus brazos con fuerza y salió a la superficie de nuevo, moviéndose de espaldas hasta llegar cerca de la playa donde encontró una pequeña piscina natural en la cual se apoyó para seguir sosteniendo entre sus brazos al desconocido, ahora desmayado.


Tenía el pelo negro pegado a la frente, su piel de un moreno exquisito besada por el sol. Pero lo que más le llamaba la atención, eran las miles de pecas que le adornaban las mejillas y la nariz, bajaban por su cuello y se perdían bajo la camisa amarilla, seguramente también decorando sus hombros y su espalda. Su abdomen estaba tan bien formado que casi podría catalogarlo como un pecado, y en su mano izquierda un log pose resaltaba además del par de brazaletes que llevaba consigo.


— ¿Un pirata? —Susurró Clío, apartándole un par de mechones mojados de la frente.


Podría haberse quedado admirándolo por siempre. Le recordaba a las leyendas de las sirenas —jóvenes tan hermosas que hipnotizaban con sólo verlas... sólo que en esta ocasión era al revés. Rió un poco entre dientes. No parecía que fuera a despertar pronto.


Suspiró. Su cola se separó y las escamas desaparecieron bajo el vestido blanco, dejando a su paso un par de piernas nuevamente. Y en vista de que estaría un rato ahí, con la espalda del pirata apoyada contra su abdomen y su rostro descansando en su pecho; empezó a cantar una suave melodía que entonaba seguido a su padre, para que durmiera por las noches.


oh, broken hearted one...
your soul has grown weary...

13 Janvier 2020 04:27:55 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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