Dejad la paloma libre Suivre l’histoire

robertberl Robert Berl

A un joven francés, Frend Leson, le cambia la vida sin que pueda evitarlo. Es perseguido por un grupo de extrema derecha porque dispone de información de una empresa para la que trabaja. Intenta huir. Gracias a su ángel encapuchado, que le visita durante unas noches y le proporciona una nueva dirección, puede esquivar a unos perseguidores que tienen la firme voluntad de matarlo. Cuando parece que su única solución es la de marchar a otro país, conoce a un amigo catalán que le lleva hasta Alemania con la intención de que unas personas publiquen la información que posee y el escándalo le pueda salvar la vida.  


Action Tout public. © Todos los derechos reservados

#ficción #suspense #acción
10
1.6k VUES
En cours - Nouveau chapitre Tous les dimanches
temps de lecture
AA Partager

El primer encuentro


Friburgo, Alemania…

Era medianoche y hacía poco que había comenzado a llover intensamente. Las temperaturas habían bajado bastante en ese comienzo de diciembre. Raramente, con ese frio y lluvia, se podía encontrar a alguien por las calles. Escuchando las noticias por la radio en su vehículo, Albert volvía de una reunión con exmilitares y miembros de extrema derecha que pertenecían a un grupo organizado que se había creado hacía poco, llamado Union National Facist, más conocido como UNF. Conduciendo con la intención de salir de la ciudad por la calle Merzhaurser, iba acercándose a su vivienda que estaba en las afueras de Friburgo, en el pequeño vecindario de Au. Él era un exmilitar al que su tendencia política le hizo apartarse del ejército hacía bastantes años y fue uno de los iniciadores y dirigentes que crearon la UNF. Su papel y responsabilidad en este grupo, le hacían posicionarse en una jerarquía bastante importante como uno de sus principales líderes. Esa noche, de regreso de Estrasburgo, donde tuvieron la reunión, estuvieron hablando de un problema que para él era bastante importante e incomodo; la Black Flag Liberty.

Cuando llegó a Au, se dirigió hasta su vivienda entrando por un camino sin asfaltar, estacionando el automóvil cerca de la entrada. Se mojó lo bastante, por el poco recorrido que anduvo, abrió la puerta y se fue al comedor donde dejó su arma encima de la mesa sin sospechar nada. Se pasó la mano por su cabellera y se dirigió hasta los aseos para lavarse la cara con abundante agua fría. Inclinado hacia el lavamanos se iba remojando la cara, pero, mirando al espejo vio a un individuo encapuchado que se reflejaba en el cristal; lo apuntaba con un arma.

Con las manos encima del mármol de la jofaina y la cara empapada de agua, esperaba que el tipo armado le disparase. Sin hacer ningún comentario, sin decir ni una palabra, le disparó en la parte posterior de la cabeza, cayendo al suelo y rematándolo con otro disparo. Guardándose el arma en la cintura, salió de los aseos y se dirigió a la puerta de la vivienda, donde a unos doscientos metros le esperaba un confidente con el vehículo en marcha. La intensa lluvia que caía iba mojándole. Caminó a paso ligero, observando a su alrededor las viviendas que estaban cerca. Llegando al coche, abrió la puerta y se fueron sin ninguna prisa en dirección a Francia, atravesando el rio Rin, antes de llegar a la ciudad alemana de Breisach.

París, la mañana siguiente…

Eran las ocho de la mañana y, como cada día laboral, Frend iba a su nuevo trabajo desde hacía unos meses. Comenzaba a las nueve y ese día su jefe, llamado Alón, le comunicó que tenía que visitar a dos clientes en la parte sur del país, en las ciudades de Montpellier y Perpiñán. Su empresa pertenecía a un grupo empresarial llamado Injecline, que tenía la central en la misma ciudad de París. Su superior se reunió con él, con el objetivo de que notificara a estos dos clientes las nuevas inversiones en el mercado asiático, en varias compañías que se dedicaban a la elaboración de materia prima. Realmente Injecline era una sociedad financiera que se dedicaba a invertir en la compra y venta de fondos de inversión, así como también futuros y acciones que les proporcionaban gran sumas de dinero. La reunión duró una hora y a Frend le dieron unos tres días para poder encontrarse con los dos clientes del sur de Francia.

—Supongo, señor Frend, que ha entendido las nuevas inversiones de la empresa que le he explicado—dijo Alón con la intención de dar por terminada la reunión.

—Sí señor, me ha quedado claro—dijo Frend.

—Aquí tiene los billetes de ida y vuelta en tren hasta Montpellier. Por lo que respecta al viaje hasta Perpiñán utilice la tarjeta de crédito de la empresa y acuérdese de pedir los justificantes de sus gastos, no solo del viaje, también del hotel donde se va alojar.

—Sí, señor Alón, entendido.

—Pues buen viaje y si tiene cualquier imprevisto, me llama.

Frend se levantó y saliendo del despacho de su superior cogió su maletín en el que llevaba toda la información y documentos de la empresa, y se fue hasta su piso a preparar la maleta de viaje para los tres días en los que estaría fuera.

Frend era un joven de unos cuarenta años que no estaba casado, ni tampoco tenía pareja. Había estudiado en la escuela de economía de la universidad de Sorbonne de Paris, y desde pequeño había practicado atletismo hasta los treinta y cinco años, donde destacaba en el salto de altura y los cuatrocientos metros lisos. Por esa razón podía lucir un cuerpo atlético y tener una salud de hierro. Él vivía en un piso del centro de la capital, que fue propiedad de sus padres, pues su padre y su madre fallecieron hacía bastantes años y, al no tener ningún hermano, se quedó con la herencia del piso y otro inmueble que estaba en el norte de Paris en el distrito de Bobigny.

Cuando terminó de preparar la maleta observó que el tren de alta velocidad salía de la Gare de Lyon, a las doce de la mediodía. Como faltaban unas horas para su salida, sin ninguna prisa, fue andando hasta la estación. Por el camino iba pensando cómo organizarse para quedar con los clientes. Al llegar, compró un periódico para tener alguna distracción y anunciando por los altavoces la salida del tren hacia España, con paraba en Montpellier, se subió y buscó su asiento. Dejó arriba el equipaje y con su maletín al lado, se sentó esperando que el tren se pusiera en marcha. En menos de media hora ya estaba saliendo de la capital y, sin compañía a su lado, sacó el periódico para leer.

El viaje duró unas tres horas y media, y durante el recorrido pudo almorzar en uno de los vagones-restaurante. Llegando a la ciudad, que tenía la particularidad de estar cerca del mar mediterráneo, salió de la estación de St. Roch y alquiló un vehículo para desplazarse durante los tres días. Sin ninguna prisa, decidió dirigirse a un hotel de negocios en las afueras de la ciudad.

Mucho antes de llegar, en dirección sur, observó la gran cantidad de tráfico que había a esas horas del día, puso la radio y mientras escuchaba las noticias de las tres llegó al aparcamiento del hotel, en el cual estacionó sacando su maletín y la bolsa de viaje. Cerró el vehículo y entrando en recepción pidió una habitación para dos noches. Firmó el registro y pagó con la tarjeta de su empresa.

Acompañado por un joven botones hasta su habitación en el primer piso, observó como todo el hotel estaba enmoquetado dándole una sensación de comodidad con una temperatura muy agradable. Le dio cinco euros al joven por las molestias, y cerrando la puerta dejó la maleta al lado de la cama. Abriendo el maletín encima de un escritorio, y organizándose como era común en él, llamó a uno de los clientes que vivía en las cercanías de Montpellier con el fin de aprovechar la larga tarde que se avecinaba.

—¿El señor Dillen Nadin, por favor?

—¿De parte de quién?

—Soy Frend Leson, representante de la empresa Injecline de Paris.

—Un momento, señor Leson.

Frend esperó unos segundos y contestó el cliente.

—Hola, señor Leson. Como me había comentado su jefe, el señor Alón, pensaba que me llamaría mañana, pero veo que quiere aprovechar la tarde para hablar de las nuevas inversiones—dijo Dillen muy interesado.

—Sí. ¿A qué hora podríamos vernos?

—¿Ha comido?

—Sí.

—¿Qué le parece en una hora? A las seis y media en mi casa.

—Perfecto, señor Nadin. ¿La dirección de Cornonsec es correcta?

—Sí.

—Muy bien, en una hora estaré en su casa.

Frend colgó y decidió ducharse antes de ir a visitar a su primer cliente. Con un poco de prisa se cambió de ropa y, dejando la llave en recepción, con su maletín de trabajo se subió a su vehículo, introdujo en el GPS la dirección y en menos de una hora se presentó en casa del cliente.

—Hola, soy Frend Leson. Tengo una cita con el señor Dillen Nadin.

—Sí, sígame señor—dijo el mayordomo y continuó.—¿Ha encontrado fácilmente la dirección?

—Sí. Con el GPS es fácil.

—Quítese el abrigo, por favor. Se lo guardaré.

El mayordomo cogió su abrigo y lo acompañó hasta una de las habitaciones. La casa estaba llena de fotografías colgadas en las paredes, así como también algún cuadro. A primera vista se apreciaba la antigüedad de los muebles que estaban restaurados dando una sensación de estar en otra época. Y la verdad, lo que era más confortable era la temperatura que había dentro de la casa, contrastaba con el frio del exterior. El mayordomo llamó a la puerta y anunció la llegada de Frend y el señor Nadin lo invitó a entrar. La singular habitación era un despacho donde se podía apreciar que el señor Nadin había estado en el ejército por las numerosas medallas que tenía colgadas en la pared y las fotografías vestido de militar, en las que se apreciaba donde había estado combatiendo. Pero lo que más destacaba era un cristo de color oro que relucía a primera vista.

—Hola, señor Leson, siéntese—dijo Dillen levantándose de su sillón—¿Cómo ha venido hasta Montpellier?

—En tren.

—Pero, ¿cómo se ha desplazado hasta aquí?

—Alquilé un vehículo en la estación de St. Roch.

—Muy bien, señor Leson, ya veo que es un hombre de recursos…—dijo Dillen y continuó.—El señor Alón me comunicó por teléfono que vendría a verme para informarme de las nuevas inversiones de su empresa.

—Sí, señor Nadin. Tenemos previsto invertir en tres empresas del mercado asiático, elaboran diferentes tipos de plásticos que exportan no solo a Asia, sino también al resto del mundo. Nos darán unas ganancias de un sesenta por ciento en el primer año y aumentarán progresivamente hasta un setenta y cinco por ciento durante los siguientes años.

—¿Y cómo se llaman estas empresas?

—Son de un grupo empresarial llamado Chine Group.

—O sea, que son de China.

—Por el nombre parece que sea así, pero no solo están en China, también están en países de Asia como Indonesia, India y Vietnam.

—¿Y cuánto puedo ganar?

—Ganaría un veinte por ciento el primer año y los años siguientes aumentaría un cuarenta por ciento sus ganancias. Tiene que pensar que le devolveríamos su dinero invertido, si no llegara a las expectativas que le he explicado o no estuviese satisfecho con el resultado, sin perder nada de su inversión.

—Está bastante bien. ¿Y cuanto dinero es el mínimo para invertir?

—Unos trescientos mil euros.

—Es una buena suma.

—Sí, pero con solo un año, ganaría sesenta mil euros libres de impuestos.

—Me interesa. Voy a invertir mucho más señor, Leson. ¿Supongo que tiene mi cuenta de banco donde hago estos tipos de transacciones?

—Claro, usted es uno de los mejores clientes de la empresa en Francia. ¿Cuánto quiere invertir?

—Quinientos mil euros.

Frend comenzó a rellenar la solicitud que ya tenía preparada y al poco tiempo terminó.

—Solo tendrá que firmar estos documentos conforme usted ha invertido con nosotros. Aquí tiene una copia y se le notificará por correo certificado su inversión, con la cantidad que hemos acordado—dijo Frend.

—Muy bien, señor Leson. Piense que Alón ya me había informado de estas inversiones en el mercado asiático y estaba muy interesado en invertir, tal y como había hecho en otras ocasiones.

—Esperamos ganar mucho dinero con este negocio.

Dillen firmó los documentos y Frend acto seguido se despidió amablemente.

—Bueno, señor Nadin, me alegra que invierta con nosotros otra vez. Sepa que antes de navidad va a recibir un obsequio de nuestra empresa por ser uno de los mejores clientes.

—Muy bien. Esperaré con ilusión el regalo.

—Gracias por todo, señor Nadin—dijo despidiéndose Frend.

—Gracias a ustedes. ¿Dónde se aloja?—preguntó Dillen levantándose del sillón.

—En un hotel al sur de Montpellier.

—Que tenga un buen viaje. Llamaré a mi mayordomo para que le acompañe hasta la salida.

En ese instante, detrás de él, estiró un cordel y en menos de un minuto apareció el mayordomo abriendo la puerta del despacho.

—Señor Leson, encantado de conocerle—dijo dándole la mano.

—Igualmente.

—François, acompañe a la salida al señor Leson, por favor.

—Sí, señor—dijo el mayordomo.

Frend salió del despacho, se dirigió con el mayordomo hasta la puerta y le devolvió el abrigo. Despidiéndose salió de la propiedad con el automóvil de alquiler y se acercó hasta Montpellier para cenar en algún restaurante del centro de la ciudad. Satisfecho por la inversión de Dillen, empezó a pensar en el próximo cliente, que residía en Perpiñán. Tuvo la intención de llamarle esa tarde, pero con la cena y siendo muy tarde, decidió llamarle mañana. Volviendo al hotel pidió las llaves en recepción y subió hasta la primera planta entrando en sus aposentos. Planificó la mañana siguiente en el escritorio del que gozaba en su habitación, y decidió levantarse temprano para llamar al cliente a primera hora. Siendo las diez de la noche del primer día de la semana se acostó, cansado del viaje, con el propósito de volver a París mucho antes de lo previsto.

Las 3:00 de la madrugada…

Frend estaba durmiendo desde hacía cinco horas descansando después de su primer día de trabajo de la semana hasta que un tipo lo despertó, sacudiéndole en una de sus piernas. Vestía de negro con un pasamontañas y, con un arma en la mano, abrió la pequeña luz de la mesilla de noche y se sentó en la cama diciéndole a Frend que se sentara cómodamente y lo escuchara con atención.

—Tienes un problema que va a cambiar tu vida. Te quieren matar, Frend, escucha bien lo que te voy a decir—dijo y continuó.—La empresa donde trabajas va a desaparecer sin dejar rastro. Es una tapadera para financiar a un grupo fascista que se hace llamar UNF. Como no quieren tener ningún testigo que conozca la existencia de sus financiaciones, te quieren muerto. Ten en cuenta que casi todos los empleados que conoces son colaboradores de este grupo. ¿Entiendes?

—La verdad es que no puedo imaginar lo que me está diciendo.

—Consigue una pistola y no vuelvas por tu casa, te estarán esperando.

—¿Pero mi empresa es una tapadera de un grupo terrorista?

—Sí, Frend, aunque cueste de imaginarlo, es así. Solo te lo advierto, mañana tenías que ir a ver a un cliente en Perpiñán, ¿no es así?

—Sí, claro.

—Pues no vayas a verlo, por tu seguridad.

—¿Por qué?

—Porque te estarán esperando.

—Pero tú ¿para quién trabajas?

—Formo parte de la Black Flag Liberty. Piensa en lo que te he dicho. Voy a irme, si vuelves a París ten cuidado y preocúpate de tener una pistola—dijo dirigiéndose hacia la puerta y continuó.—Que tengas suerte, Frend.

El tipo salió de la habitación y Frend se levantó un poco más tarde, abrió la puerta y miró en el pasillo, pero no vio a nadie. Volviendo a entrar cerró con llave y se sentó en la cama pensando en lo que le había dicho. Comenzó a entender que posiblemente su situación podría cambiar. No pudo volver a dormir y decidió pensar en ello paseando acompañado de un cigarrillo, por los alrededores del hotel de ese martes a las cinco de la madrugada.

4 Décembre 2019 18:40:06 4 Rapport Incorporer 2
Lire le chapitre suivant Sin dejar rastro

Commentez quelque chose

Publier!
Dakota Jones Dakota Jones
Trepidante, me gusta
December 11, 2019, 14:11

Daniela Garcia Daniela Garcia
Quiero saber que sigue 👀
December 05, 2019, 02:56

  • Robert Berl Robert Berl
    Gracias Daniela, en cuanto pueda pondre el capitulo 2. Será un placer. Thanks December 05, 2019, 06:38
~

Comment se passe votre lecture?

Il reste encore 8 chapitres restants de cette histoire.
Pour continuer votre lecture, veuillez vous connecter ou créer un compte. Gratuit!