La Conjuración de los Cuervos. Suivre l’histoire

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Un joven mago inicia su servicio en la Compañía de Sesigmundo, el Dragón Negro. Su primera misión aparentemente no presenta ningún reto particular, sin embargo, cobijada por las sombras de la clandestinidad una amenaza se mueve.


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#accion #aventura #fantasia #magia
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Asignación.

Era un día de celebración. Los aprendices de la Academia Sesigmundo terminaban sus estudios y estaban listos para entrar al servicio. Habían dominado las habilidades necesarias para convertirse no sólo en magos competentes, sino también en combatientes formidables. Por lo tanto los pasillos de la Academia rebosaban con cientos de jóvenes que se dirigían al gran patio central donde la ceremonia de graduación del último año se llevaría a cabo. Entre aquel mar de chicos y chicas iba caminando tranquilamente un muchacho perdido en sus pensamientos. A diferencia de sus compañeros él no se dirigía al patio central. Su destino estaba en el despacho de uno de los profesores.

Llegó al final del pasillo donde comenzaban unas escaleras que subian en forma de caracol. Después de recorrer los últimos escalones entró en otro pasillo, esta vez completamente vacío. Del lado izquierda una serie de puertas se extendía a lo largo. Caminó lentamente revisando los nombres escritos sobre cada una de las puertas hasta dar con la indicada, en la cual se podía leer: "Profesor Villalva" Tocó tres veces con los nudillos de la mano izquierda y esperó unos segundos una respuesta.

-¡Adelante!

Le indicó una voz desde el otro lado de la puerta, así que entró en el despacho. Lo recibió un cuarto lleno de libros y papeles apilados por todas partes. Los dos enormes libreros colocados a ambos lados habían sido rebasados en capacidad hace mucho tiempo, ya que los libros llacian agrupados en montones por todo el suelo. Solamente un pequeño espacio en el centro del cuarto estaba libre de aquel caos, formando una especie de pasillo que conectaba la entrada con el fondo del despacho. Ahí, sentado frente a un escritorio, un hombre revisaba detenidamente un papel.

-¡Alfonso!- dijo con entusiasmo.

E inmediatamente indicó al muchacho con un gesto de la mano que se acercara. Alfonso obedeció tratando de ser lo más cuidadoso posible para evitar pisar algún libro o papel repartido en el piso. Finalmente llegó hasta el frente del escritorio.

-Profesor- saludó respetuosamente.

El hombre apartó la mirada del documento que tenía en las manos y preguntó:

-Lamento alejarte de las celebraciones ¿Supongo que preferirías estar en la ceremonia de graduación con tus compañeros?

-No señor- respondió Alfonso.

No mentía. Realmente no le importaba perderse la ceremonia, para él no tenía nada de especial.

-Bien- dijo el profesor poniendo el documento sobre el escritorio. -La razón por la que te llamé es para explicarte tu primera asignación.

Pero antes de que pudiera continuar con su explicación alguien llamó a la puerta. El profesor Villalva indicó a la persona que entrara. Se trataba de un chica. Alfonso volteó la mirada hacia la entrada y la reconoció inmediatamente. El pelo negro amarrado con una liga, la tez pálida y los ojos azules. Una expresión seria en el rostro, complexión delgada, en los ojos de Alfonso se trataba de la figura de una persona elegante. La misma impresión que la primera vez que la vio.

-¡Ah! ¡Justo a tiempo!- exclamó el profesor. -Acércate Sofía.

La muchacha obedeció y al igual que Alfonso hace unos instantes se acercó, esquivando los libros y papeles en el suelo, hasta el escritorio. Se detuvo a un lado de Alfonso. El profesor comenzó entonces a hablar.

-Bien. Los dos han sido asignados juntos en su primera misión.

El profesor hizo una pausa para observarlos.

-No puedo enfatizar más lo importante que esta tarea es. Requerirá de todo su esfuerzo. Y en la Compañía esperamos no menos que la excelencia.

El hombre volvió a hacer una pausa. Esta vez abrió un cajón de su escritorio y sacó un sobre. Alfonso pudo reconocer la cabeza del halcón en el sello roto, símbolo de la casa real. El profesor sacó la carta y la agitó en el aire frente a ellos.

-Recibimos una petición de la familia real. ¿Entienden lo que significa eso?- preguntó.

Los dos muchachos asintieron al mismo tiempo. "¿Una asignación real tan pronto?" Pensó Alfonso. Normalmente ese tipo de asignaciones se otorgaban a los magos más experimentados. No pudo evitar que la curiosidad se apoderara de él. Pero no tuvo necesidad de preguntar.

-¿De qué se trata?- preguntó Sofía inmediatamente.

-Una misión muy importante- volvió a reiterar el profesor.

Y después de otra pausa añadió con alegría:

-Van a acompañar a la Princesa Catalina esta semana como escoltas.

-¡¿Qué?!- gritó Sofia al escuchar la última frase.

Una expresión de incredulidad primero, y luego de exasperación apareció en el rostro de la chica. Aquella reacción sorprendió tanto al profesor como a Alfonso. Era la primera vez que la veía perder la compostura. En los cinco años que llevaba estudiando en la Academia Sesigmundo, nunca había atestiguado una reacción así de parte de ella. Sofia Urrezko, hija de una prestigiosa familia, tenía la reputación de ser siempre una persona calma, sobria y compuesta, algunos inclusla calificaban como fría y distante. Primera en todas las materias siempre, estudiante de excelencia. Alfonso nunca imaginó que un gritó y una expresión como aquella pudiera venir de la persona que estaba a su lado.

-Así es- respondió el profesor con calma.

-Pero señor, debe de haber un error- dijo Sofia.

La frase sonó a una especie de súplica, como si la muchacha albergara una pequeña esperanza de que en efecto se tratara de un error.

-No. La Princesa pidió específicamente que usted señorita- afirmó el profesor.

-Pero...- intentó objetar Sofía.

Pero antes de que pudiera decir la siguiente palabra el hombre se apresuró a leer la carta que todavía tenía en las manos:

"Por medio del presente, yo Catalina III de Hensel, Princesa del Reino de Hésperis, solicita a la Academia Sesigmundo un par de escoltas para velar por mi seguridad durante la siguiente semana, en la cual el Festival del Solsticio se llevará a cabo. Los escoltas deberán ser los dos mejores aprendices del último grado..."

El profesor terminó de leer.

-Esos dos mejores aprendices son ustedes.

-Pero señor, yo pensé que...- Sofía trató de objetar nuevamente, pero al igual que la última vez no pudo terminar la frase.

-Es un gran honor señorita. Además tengo entendido que su familia es muy cercana a la familia real. ¿No es así?

La muchacha parecía querer seguir intentando objetar aquella asignación, pero antes de decir algo cerró los ojos por unos segundos.

-Sí señor- contestó finalmente con resignación.

Alfonso no había separado la vista de ella durante el tiempo que duró la conversación, su manera de actuar había sido inesperada. "¿Qué era lo que parecía ser tan exasperante sobre escoltar a la Princesa?" Se preguntaba.

-Entonces andando. Tienen una hora para tomar su equipo y presentarse en la entrada principal, ahí un carruaje los recogerá para llevarlos al palacio.


Los dos salieron del despacho y se dirigieron hacia las escaleras de caracol juntos caminando en silencio. Descendieron y cuando Alfonso bajó del último peldaño quiso decir unas palabras a su compañera. Después de todo habían sido asignados juntos, y tendrían que trabajar en conjunto. Pero cuando estuvo a punto de abrir la boca se detuvo. Sintió nervios de repente, tenía delante de él a la aprendiz más prometedora de los últimos años. O eso era lo que todos los profesores decían. Así que podría decirse que tenía cierta admiración por ella como todos. No habían estado en las mismas clases, pero siempre la veía en la biblioteca leyendo, o en alguno de los patios entrenando. Además había un recuerdo del primer día en la Academia que dejó una impresión en él muy mportante. Por lo que no se atrevió a decir nada. Sin embargo, no hizo falta. Sofia dio media vuelta y extendió la mano derecha a manera de saludo.

-Será un gusto acompañarte en esta misión.

Alfonso titubeó un poco, pero finalmente estrechó su mano.

-Igualmente.

Había vuelto a la normalidad, como si nunca hubiera tenido aquella reacción. Después los dos salieron del pasillo y se separaron. Alfonso se dirigió a su habitación para recoger su equipo, que consistía simplemente en una espada y un amuleto. Todos los aprendices que terminaron su preparación habían recibido estos dos objetos una semana antes, cuando los resultados de las pruebas finales fueron entregados. El resto de sus pertenencias serían trasladadas al edificio contiguo a la Academia, el "Abrigo", que era el cuartel central de los magos que formaban parte de la compañía del Dragón Negro, Sesigmundo. De ahí partían a todas partes del Reino para cumplir con sus asignaciones. Después de cambiar el uniforme de alumno por el uniforme de servicio Alfonso se sentó en una silla. Frente a él un pequeño escritorio que, junto con la cama, eran el único mobiliario en su recámara. Sacó una hoja de papel y una pluma y escribió una carta.

Después de terminar de escribir salió de su habitación y en el pasillo se cruzó con algunos compañeros de su clase. Intercambió unas palabras con ellos a manera de despedida y continuó su camino. No tenía ninguna relación con ellos más allá de ser simples compañeros. Alfonso no tenía amigos, al menos no entre el resto de aprendices, nunca entabló amistad con nadie durante los cinco años que compartió clase con ellos. Pero no era una persona solitaria, ya que había varias personas con las cuales forjó una amistad sólida. Se dirigía precisamente a despedirse de ellas antes de partir a su misión. Pero primero necesitaba enviar la carta, así que realizó una parada en la oficina del servicio de correo de la Academia.

Entregó la carta a la señorita que recibía el correo a través de la ventanilla. Y se dispuso a emprender de nuevo el camino pero fue interrumpido por alguien. Un muchacho más alto que él se interpuso en su camino. Alfonso lo reconoció inmediatamente.

-Hernan...

-No te vi en la ceremonia Lizárraga. ¿Sigues creyéndote superior?- preguntó el muchacho.

-No. Simplemente tenía que estar en otro lugar- contestó Alfonso con calma.

Hernan se acercó a él de manera desafiante. En su rostro una expresión de desdén.

-Sí... tú perteneces a otro lugar.

Alfonso ignoró como siempre su hostilidad y simplemente se hizo a la izquierda con la intención seguir su camino.

-¿No vas a asistir a la cena de fin de año?- preguntó Hernan.

-No.

Respondió tranquilamente. Pero antes de alejarse de Hernan dijo con una sonrisa:

-Buena suerte.

Siempre reaccionaba con ese tipo de gestos cuando alguno de los demás aprendices toma esa actitud hacia él, lo que lamentablemente había sido frecuente los últimos cinco años.


La Academia contaba con un gran cuerpo de trabajadores que se encargaban de todo, la cocina, la limpieza, la lavandería y cualquier tarea de mantenimiento. Se los podía ver realizando sus labores como parte de la vida cotidiana en la institución, mezclándose a veces con el flujo de estudiantes. Pero un gran número trabajaba en la cocina, lejos de las miradas de los alumnos que en general los ignoraban. A excepción de Alfonso. Él solía acudir regularmente a la gran cocina donde todos los días había un gran bullicio. Más de treinta personas trabajaban casi sin descanso para alimentar no sólo a los aprendices de la Academia, sino también a los residentes del "Abrigo". Cacerolas sobre el fuego, verduras esperando a ser picadas, carne lista para ser guisada, maza preparada para ser batida y todo tipo de aromas deliciosos inundaban siempre el lugar.

Alfonso entró en la cocina y apesar de que los cocineros y ayudantes estaban ocupados como siempre, y aún más debido al festín de fin de curso, se detuvieron un momento a saludarlo y desearle buena suerte. Poco a poco acercándose al fondo de la cocina, donde una mujer de gran complexión vigilaba varias cacerolas sobre el fuego. Era la única persona que no había reparado en la presencia de Alfonso. Movía el contenido de una y otro con un cucharón, probaba un caldo para revisar el sazón y agregaba sal o algún otro condimento.

-Anselma- llamó a la señora.

-Estoy ocupada- respondió ella.

-Vengo a despedirme.

Y después de escuchar esa frase la señora Anselma detuvo su labor súbitamente. Se volteó y de manera efusiva abrazo a Alfonso. Dos brazos gruesos estrujaron al muchacho.

-¡Muchachito felicidades!

-Gracias.

Respondió Alfonso mientras recuperaba el aliento. La señora Anselma nunca media su fuerza al momento de abrazar a alguien, lo cual a veces resultaba en algún que otro desmayo. Pero él estaba acostumbrado.

-¡Segundo de tu generación! Es un gran logro- lo felicitó con alegría.

-Gracias.

Respondió Alfonso. Y trás hechar un vistazo al rededor volvió a dirigirse a la cocinera que había vuelto a revisar las cacerolas.

-Vengo a despedirme, hoy empiezo mi primera asignación.

La señora Anselma asintió mientras destapaba otra olla para oler su contenido.

-Así que no estaré cerca por un tiempo- continuó Alfonso.

Y después de escuchar esta última frase la mujer volvió a colocarse de frente a él.

-Lo siento pero Francisco y Lucía salieron a un encargo- dijo.

Aquello lo decepcionó. Quería contarles acerca de su asignación. Pero ya tendría tiempo de conversar con sus amigos cuando volviera.

-Ya veo. Es desafortunado. Por favor dígales que los veré en diez días.

-No te preocupes- aceptó Anselma asintiendo con la cabeza.

Miró reloj que estaba colocado en una de las paredes de la cocina y notó que faltaban veinte minutos para que el carruaje arribara. Por lo que se dispuso a marcharse rumbo a la entrada principal.

-Nos...- comenzó a despedirse.

Pero la cocinera lo interrumpió.

-Espera. Antes de que te vayas...

Y gritando llamó a una de sus ayudantes.

-!Lucrecia! ¡Pásame el regalo!

Una muchacha tomó un objeto de una de las alacenas y corriendo se lo entregó. A su vez Anselma lo pasó a Alfonso.

-Ten- dijo.

-¿Qué es?

El regalo consistía en una pequeña caja de cartón amarrada con un cordón azul a manera de decoración. No recibió ninguna respuesta, la cocinera simplemente negó con la cabeza.

-Tendrás que abrirlo. Lucía lo preparó para ti.

-Ya veo. Dale mis gracias.

Y por un breve instante permaneció con la mirada fija en el presente que sostenía con ambas manos. Era hora de partir, así que salió de la cocina, después de despedirse de todos, y se dirigió a la entrada principal, cargando con la pequeña caja de cartón.


Sofía ya se encontraba esperando de pie en el último peldaño de la escalinata que conducía al gran portón de la Academia. Llevaba puesto el uniforme de servicio, una capa negra amarrada con un broche plateado en forma de dragón a la altura del pecho. Botas y falda negras, blusa blanca y una chaqueta negra con botones plateados. En el brazo izquierdo un brazalete de tela blanco, indicativo de su rango. Y en la cintura una espada en su funda. Alfonso descendió las escaleras y se detuvo junto a ella. Sintió admiración al ver su figura, emanaba un aura de elegancia y solemnidad.

-¿Estás listo?- le preguntó al notarlo.

Alfonso afirmó con la cabeza.

En ese instante un carruaje entró en la calle y se dirigió hacia donde estaban ellos.

4 Novembre 2019 01:39:08 5 Rapport Incorporer 6
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ZV Zoe Valeriano
Que muestra de talento
Nelba Jiménez Nelba Jiménez
Tengo curiosidad por saber que tipo de aventuras vivirán Alfonso y Sofía.
Sebastian Silvestri Sebastian Silvestri
Gran comienzo. Felicitaciones!
4 Novembre 2019 16:04:47

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