Matt Lein Y El Cazador De cristales Suivre l’histoire

leomar-rondon-sequea1563256709 Leomar Rondon Sequea

Matt Lein esta cumpliendo 13 años pero no será un cumpleaños común y corriente porque será elegido por un visitante de otro planeta llamada mecna. Criatura mitad maquina y mitad viviente. A partir de ese momento deberá acompañar a este fénix miniatura para encontrar a los protectores de los cristales que cayeron a la tierra. Debe hacerlo para derrotar a un cazador que recolecta el poder vital de los planetas y que ha robado el cristal mas poderoso del hogar de los mecnas Atrilusis . Matt y los protectores deberán hacerle frente a Valdor y a sus seguidores sombra para evitar que destruyan no uno sino dos planetas.


Fantaisie Tout public.

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LA NOCHE DE ESTRELLAS ME CAE ENCIMA

¿Soy el único que odia cuando lo despiertan con música a todo volumen?

Se supone que es mi cumpleaños, lo menos que deberían hacer es regalarme más horas de sueño.

Pero, como era de esperarse, no tuve suerte. La canción de las mañanitas seguía sonando sin dar señales de querer detenerse y sólo era cuestión de tiempo para que mi madre, Lily Lein, y mi padre, Charlie Lein, entraran por la puerta para felicitarme por mi cumpleaños número trece.

Entonces, decidí levantarme para desayunar.

Luego de tomar una ducha, cepillar mi cabello; mantenerlo firme, aplicando algo de gel, y vestirme con una camisa verde, mi chaqueta roja con rayas negras —mi prenda favorita y predilecta— combinándola con unos vaqueros negros y un par de zapatos blancos, observé mi habitación por unos minutos.

Las paredes de color azul estaban decoradas con gran variedad posters de Pokémon, y en un rincón, un estante se acomodaba con figuras de dragon ball en la parte posterior.

Volví a colocar en su sitio una figura de Goku en su face Super Sayan 4, que se había caído; y abrí la puerta.

Salí de mi habitación.

Del lado izquierdo se encontraba la habitación de mis padres. Y al final del pasillo estaba la cocina, que se mantenía ordenada con evidente esmero. Pero es porque mi madre suele tomarse limpieza muy en serio: Una vez me castigó durante una semana entera, prohibiéndome el uso de la televisión, luego de derramar accidentalmente mi limonada sobre el suelo.

Pero fuera de eso, es muy buena, y cocina como los dioses. Nada más deberían probar sus pastelitos rellenos con jamón y queso para comprobarlo.

En fin. Me acerqué a la cocina hasta llegar al lugar donde el comedor se ubicaba. Tenía seis sillas de madera alrededor y un mantel blanco lo cubría casi en su totalidad. Usualmente comemos allí sólo en días festivos, el resto del tiempo lo hacemos en cualquier otro lugar, viendo alguna película u otra cosa interesante.

Y del lado derecho del pasillo se ubicaba la sala, adornada con varios sofás de color café y un equipo de sonido —que podría hacer que todo a tu alrededor se estremeciera—, conectado a una computadora, lugar donde solía pasarme días enteros viendo todo tipo de series anime.

Mi madre, cual Dj profesional, se encontraba en ese momento en el aparato, seleccionando las mejores canciones de "cumpleaños feliz".

Ella tenía el pelo negro y lacio, y grandes ojos marrones. El día de hoy llevaba puesto un vestido rojo y un par de zapatos elegantes. Un bolso negro colgaba de su hombro y su lápiz labial combinaba muy bien con su vestido.

Se notaba que se había esmerado en su imagen.

Me acerqué a ella tranquilamente. Apenas notó mi presencia me sonrió.

—¡Oh, vaya, pero si es mi pequeño Matti! ¡Feliz cumpleaños, cariño!

—Mamá, me llamo Matt, deja de ponerme diminutivos como si fuese un niño, por favor —dije.

—Tú siempre vas a ser mi pequeño Matti, que corría por toda la casa con su capa de mago y su varita, y se creía Harry potter. Recuerdo cómo brillaban tus tiernos ojitos de color miel cuando decías un hechizo...¿Cómo era? Spatitus patatus.

— Expecto Patronum, mamá —respondí de mala gana.

Al ver cómo sonreía mi madre, sabía que no lograría hacer que me llamara por mi nombre, a menos que se enojara conmigo. Pero verla enojada no era una cuestión muy bonita, porque entonces sus ojos marrones se oscurecían de tal manera que daba la impresión de que un ente maligno se apoderó de su cuerpo. O eso creía yo.

—Bueno, cariño, tu padre nos espera en el auto para ir a buscar un desayuno especial para el cumpleañero. Date prisa y vámonos.

Apenas salimos de la sala, escuché una puerta cerrarse a mis espaldas.

Frente a la casa nos esperaba una camioneta pintada de un color negro, muy bonito. Más específicamente, se trataba de un modelo Mitsubishi del año 2010.

Entré en ella y me hundí en el cómodo asiento de cuero, dejando que el delicioso aire acondicionado me anegara por completo. Ni bien pasaron cinco segundos, cuando Charlie, mi padre, me revolvió el cabello con la mano.

Mi padre era un hombre que me recordaba lejanamente a mi persona, porque ambos poseemos la misma mata de pelo moreno, sin embargo, también teníamos nuestras diferencias.

Él usaba gafas, y era un hombre sencillo al que gustaba inventar cosas que, según él, contribuían a la construcción de un mundo mejor. Y eso era algo por lo que que yo le admiraba, especialmente por su perseverancia y optimismo.

Siempre decía que uno debía tratar de ser lo más feliz posible, aún cuando las cosas no siempre saliesen bien. Y, si lo piensas bien, es un consejo bastante sabio.

Más aún considerando el hecho de que sus inventos terminaban, en su mayoría, explotando.

Como su PortaAlimentos 3000, un robot camarero con un microondas incorporado que, además de llevarte la comida, ponía la mesa, lavaba los trastes, e incluso realizaba labores de limpieza.

Lamentablemente se sobrecalentó al tratar de cocer unos espaguetis, desapareciendo en una explosión de salsa bolognesa y dejando todo bañado en carne molida.

Mi madre casi lo deja durmiendo en el auto ese día.

Y, en caso de que sus inventos no tuvieran el éxito que esperaba —es decir, casi todo el tiempo—, él mantenía la costumbre de comprar y vender cosas online.

—¡EL GRAN MATT LEIN! ¿Qué tal te sientan esos 13 años, campeón? —preguntó con voz estridente y pletórico de un entusiasmo evidente.

—Eh, bien, creo —respondí dudoso.

—¿Sabes, campeón? Si yo fuera tú, estaría atento, por si hay sorpresas inesperadas el día de hoy.

Mi padre acostumbraba a jugarme bromas muy seguido. Como cuando veíamos películas de terror y gritaba "¡CUIDADO, ATRÁS!", así que ya me había acostumbrado a sus juegos.

—¿Sorpresas, como qué? —pregunté un poco más interesado en el tema, aunque receloso.

—No lo sé, sólo estáte atento —dijo con sonrisa maliciosa.

Empezamos a andar por la carretera. Yo miraba por la ventana y observaba los árboles convertirse en borrones gracias a la velocidad. Luego de un rato en silencio, nos detuvimos y, de un momento a otro, mis padres habían sucumbido ante la insconsciencia, de una manera bastante repentina. Había sido como si se hubiesen dormido de golpe.

No supe qué hacer, además de intentar despertarlos. Pero no tuve suerte.

Grité unas cuantas veces mientras los zarandeaba con frenetismo, pero nada funcionó.

Respiré hondo y lo pensé. Tenía que guardar la calma.

Y así lo hice, hasta que algo golpeó detrás el maletero. Sentí un cosquilleo de incertidumbre en el cuerpo por el hecho de que me encontraba en el asiento trasero de la camioneta; el lugar más cercano al maletero. Y con enorme lentitud fui dando la vuelta.

Lo primero que divisé fue una especie de humo negro emanando a mis espaldas. Tardé un poco en decidir qué hacer.

Y como un acto de reflejo, estiré mi mano y toqué esa inquietante nube oscura.

Tampoco podía ver más allá, por lo cual no sabía dónde me encontraba.

Entonces escuché una voz grave y rasposa pronunciar como en un gruñido lo siguiente:

—¡DEVUELVE LO QUE ES MÍO, CHICO! No te metas en lo que no te concierne, o todo lo que te importa verá su final.

Sin embargo, otra voz resonó, pero esta pronunciaba palabras distintas a la anterior. La confusión comenzaba a reinar en mi cabeza.

—¡DEJA EN PAZ A MI COMPAÑERO, POLVO RECIEN FUMADO! Tú confía en mí, Matt, formaremos un gran equipo.

De repente vi una luz y todo se prendió en llamas.

—¡INSOLENTES, IRÉ POR USTEDES!

Y de un momento a otro me encontraba en el auto de nuevo, a mitad de camino del restaurante, aunque la marcha se había detenido una vez más. Mis padres cayeron inconsciente y otro sonido provenía del maletero. Era como un ciclo que se repetía.

"OTRA VEZ NO" Pensé.

—¡EH, PUERCOESPIN! —gritó una voz. Sentí algo en mi cuello y me sobresalté.

La voz de mi madre emitió un alarido.

—¡MATT! ¿ESTÁS BIEN?

—¿Qué ha pasado?

—Jolín, puercoespín no aguantas nada —habló la voz de una chica.

—¿Alice? pero, ¿qué haces tú aquí? —pregunté, sorprendido.

—Pues, matarte de un susto, por lo que veo, tus padres me pasaron recogiendo —dijo Alice.

—¿Lo olvidaste? —pregunto.

—¿Qué? —repuse.

—Campeón, te dije que estuvieras atento, te damos una pequeña sorpresita y empalideces —dijo mi padre.

—¿No vieron el humo negro? —pregunté.

Todos intercambiaron miradas y luego las dirigieron hacia mí, como diciendo "nos pasamos un poco".

—Sólo vimos lo blanco de tu cara —respondió Alice — ¿Por qué no lo grabé?

—¡Sólo fue un sueño! —dije con seguridad—. Aunque fue muy realista.

—¡Hemos llegado! — Dijo mi padre.

Arribamos y entramos al restaurante.

El lugar estaba decorado con cristales casi en su totalidad, de tal manera que podrías mirar a las personas caminando por el exterior.

Algunas me saludaban, otras se encontraban tan ensimismadas, que no se percataban de lo demás a su alrededor.

Arriba de la doble puerta de cristal, en la pared, se hallaba un letrero con luces de neón que decía lo siguiente: La casa del pastel, Agrega dulce a tu vida.

Mientras más me adentraba, los inconfundibles olores de pie de limón, panqueques y batido de fresa anegaban mis fosas nasales.

Luego vi las mesas; que también eran de un cristal circular. En cada una podían acomodarse aproximadamente cuatro personas.

Todas contenían sus respectivos servilleteros, menús y una jarra de agua con hielo, acomodados encima.

Frente las mesas se ubicaba el mostrador, y más allá de éste, la cocina; lugar del cual se apareció un hombre de mediana edad, con cabello castaño, barbudo, usando un gorro de color rojo junto un delantal negro. Y sobre su pecho un gáfete que decía Stan.

Se trataba del dueño del local.

No hizo falta pedir la orden.

Stan ya sabía lo que debía llevar a nuestra mesa. Era como una tradición desayunar allí en mi cumpleaños, la cual inició desde yo tenía siete años de edad. Desde entonces no hubo un cumpleaños en el que no desayunase allí.

Casi en el momento, los camareros llegaron con la orden.

Para mí, un desayuno de cumpleaños especial, que estaba compuesto de una montaña de panqueques bañados con miel de maple, un batido de vainilla, junto con un trozo de mi tarta favorita: la llamaban 'La Tarta Fría', que era una tarta hecha con tres tipos de pudin; fresa, vainilla y chocolate, ¡una maravilla!

A mi madre, le trajeron su acostumbrada ración de pan francés con mantequilla, queso y jugo de naranja.

Mi padre, por su parte, disfrutaba de su acostumbrado omelette junto con un vaso de Chinotto (su soda de limón preferida).

Y finalmente, Alice, que era mi amiga desde los seis años. Stan la conocía tan bien, que ya sabía lo mucho que se pirraba por unos pastelitos rellenos de jamón y queso, junto a su batido de fresa.

Luego de terminar de comer, mi madre me entregó su calculadora, como un regalo de cumpleaños para iniciar con buen pie el año escolar.

"Wow, qué genial es cumplir años un día antes de volver a clases" pensé con sarcasmo.

Eran aproximadamente las nueve de la mañana, casi las diez, lo que me hizo pensar que mañana a esta misma hora, me encontraría cursando segundo grado de secundaria, en la academia Alquemis.

Siendo sincero, no era algo que me entusiasmara demasiado, pero a mi madre sí que le hacía ilusión. Ella era contadora, y esta fue su primera calculadora, así que supongo, es algo especial.

Mi padre me regaló un reloj que él mismo inventó, y que no sólo daba la hora; también tenía un botón para un compartimento donde había una variedad de herramientas: un destornillador, una navaja y un gancho extensible.

Sin duda alguna ya estaba preparado para cortar la cuerda que trepábamos en gimnasia.

De hecho, creo que ya sé qué haré mañana.

Cuando estábamos por marcharnos del lugar, Stan corrió a despedirse:

—¡EH, MATT, ESPERA! Conque trece años ¿no? ¡Vaya! Qué rápido pasa el tiempo. Recuerdo la primera vez que viniste aquí. Armaste un gran escándalo por que no te compraban postre, qué buenos tiempos...Tengo algo para ti, es un cupón por una cena gratis para dos. Ya sabes, por si hay una chica que te ponga nervioso —dijo sonriendo y mirándome a mí y a Alice, que estaba a mi lado.

—No seas tonto, Stan, pero gracias —dije un tanto avergonzado, y por lo visto, Alice también se sintió incómoda, porque desvió la mirada.

—¡Ah! Y ten, una espátula roja, como el letrero del restaurante. Ya veremos qué te regalaré en seis años más —dijo Stan en una carcajada.

—Vaya, pues...Gracias —dije sin más.

Le di la mano a Stan y salimos del local.

—Así que...Berrinchudo y miedica. Ya sabemos quién no tendrá novia hasta los veinte —dijo Alice burlonamente.

—Cállate —repuse.

El resto del día fue divertido.

Mis padres nos llevaron al centro comercial y allí nos dejaron a Alice y a mí hasta las seis de la tarde.

Pasamos el día en los videojuegos, no sabría decir quién era más competitivo, si ella o yo.

Luego de jugar tanto como pudimos —por tres horas seguidas, desde que llegamos— aún quedaban otras dos horas hasta que vinieran a por nosotros.

Así que decidimos ver una película de superhéroes, en el cine. Iba muy bien, pero al final, todos morían. Aquello causó una gran molestia, y no sólo a Alice o a mí, sino para todos los que asistieron a la función.

Y para tratar de olvidar aquello, con el dinero que nos quedaba de lo que nos dieron mis padres, fuimos a por unos helado.

Alice fue la primera en ordenar uno de dulce de leche, yo opté por uno de chocolate blanco.

Y fue entonces cuando sonó la bocina de papá.

Una vez en casa, cantamos el cumpleaños feliz y cortamos el delicioso pastel ornamentado con detalles de crema azul.

Alice nos contó que había escuchado en la TV que habría una lluvia de estrellas fugases, y me pidió que la acompañara.

Reconozco que se veía muy linda a la luz de la luna.

Su pelo rubio caía por sus hombros, enmarcando sus delicadas facciones y sus ojos verdes brillaban cual estrellas en el firmamento. Vestía con una camisa blanca junto con una chaqueta morada, vaqueros azules y tenis blancos.

Su cara me parecía bastante tierna, al igual que su sonrisa. Pero es mejor que no lo sepa.

—Se acerca el momento —comentó—, mira arriba.

Destellos de luz brillaban en el cielo.

Estábamos en un bosque que se encontraba cerca de mi casa. Para asegurarnos de que todo pudiera contemplarse con claridad, subimos una pequeña colina donde todo estaba despejado.

Las estrellas fugases caían tan rápido, una tras otra, que parecían flechas disparadas. Tan inmerso me encontraba, que no me di cuenta cuando Alice me tomó la mano.

—Hermoso, ¿no crees? —preguntó.

—Sí, mucho —respondí.

—¿Cuántas crees que haya?

—Demasiadas como para contarlas —respondí.

—...¿Listo para mañana? —preguntó Alice.

—No ¿y tú? .

—No lo sé

—Pasamos un día genial.

—Todo es genial después de hacer que quedaras pálido del susto, miedica —comentó Alice, reprimiendo una carcajada.

—Eres insufrible —dije, abatido.

—Y tú un idiota —exclamó Alice.

Luego de eso, nos encontramos sumidos bajo un silencio, para nada incómodo, en el cual seguíamos contemplado los hermosos diamantes celestiales, que seguían cayendo.

Al cabo de un usen rato, Alice habló.

—Bueno, idiota, fue divertido atormentarte en tu día especial, pero debo irme —mencionó, mientras me golpeaba en el hombro con fuerza.

—¡Auch, oye! ¿qué te pasa? —exclamé, adolorido.

—Nos vemos luego —dijo ella, sonriendo— Ah, y...

Me esperaba todo tipo de jugarreta de ella, únicamente en busca de reírse de mí, pero me tomó tan desprevenido, que mis mejillas ardieron en matices rosáceas.

La chica que me sacaba el aire de un puñetazo me había plantado un beso en la mejilla.

¿Qué fue lo que pasó? No entiendo nada.

—Feliz cumpleaños, miedica —djo Alice, y se fue.

Yo, aún sin comprender, quedé inmóvil en la montaña, con la mirada fija en el cielo, cuando veo que una estrella fugaz esta acercándose a mí, aún cuando la tormenta ya había amainado.

"Pero ¿qué?" pensé.

Salí corriendo colina abajo con la estrella atrás de mí, pero tropecé con una piedra y rodé cuesta abajo, quedando inconsciente.

16 Juillet 2019 06:23:48 0 Rapport Incorporer 0
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