Un consejo necesario Suivre l’histoire

luthierzebeth Tania A. S. Ferro

Manuel tiene un serio problema. Por ello, recurre a su mejor amiga Marta en busca de un consejo que le ayude a darle fin a sus temores. Esta historia fue creada para el reto "El diálogo catastrófico", que consistía en crear una historia a base de puros diálogos.


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Un consejo necesario

—¡Me tienes harta, Manuel! ¿Cuándo vas a entender que ella no es buena persona? ¿Cuando haga una locura "en nombre del amor"?

—Déjame en paz, Marta. No sabes nada de lo que pienso en este momento, ni mucho menos de lo que siento, así que no tienes derecho a juzgar mis decisiones.

—¿Dices que no sé nada? A ver, ya vine. Crucé toda la ciudad después de pasar diez horas en el trabajo, y meses sin siquiera poder hablar contigo por teléfono, para escuchar lo que tengas que contarme. Estoy tratando de ser buena amiga, como siempre he tratado de serlo, aún antes de que apareciera ella.

—Bien, bien. Ya sé que te traje hasta acá con la intención de hablar, y que me ayudes a ponerle solución a este problema, así que siéntate en el sofá y bebe el café que acabo de servirte. Es tiempo de que me escuches.

—¡Ya era hora!

—Mira, te voy a contar todo desde el principio.

—Va. Siempre tuve curiosidad de saber cómo comenzó todo.

—Exacto. Hay mucho que no sabes. A ella la conocí en la escuela, casi a la par que a ti, sólo que estaba en el turno de la tarde, y coincidíamos en la clase de pintura. Ella era devota de las pinturas abstractas llenas de significados metafóricos, mientras que yo apenas y podía lidiar con la pintura de bodegón.

—¡Ah, sí! Recuerdo esos tiempos. Creías que querías ser artista hasta que te aburriste de pintar frutas, y te diste cuenta de que no sabías pintar otra cosa.

—¡Ese no es el tema ahorita!

—Bueno, ya. Sigue.

—El punto de decir todo esto, fue llegar al momento en que un día en el que estaba muy aburrido, me puse a ver las pinturas de los demás y me sorprendió ver en la pintura de ella un mar salvaje, como si se encontrara en medio de una tormenta.

—¿O sea que desde el principio sabías que a esa mujer le gustaba el drama, y aún así la elegiste?

—No la elegí porque le gustara el drama: la elegí porque pensaba distinto a todos los demás. Fue ese día que platicamos por primera vez, y saliendo de la clase fuimos a la entrada de la escuela para comprar unos dulces. Hablamos tanto ese día que terminé pidiéndole su número, y quedamos de hablar más tarde.

—Ah, entonces fuiste tú el que comenzó todo ese asunto. Yo siempre creí que ella había sido la que se te había acercado.

—No fue ella. Fui yo el que decidió ver a dónde llevaba todo eso. No puedes culparme, porque yo no tenía idea de cómo era en realidad. En aquél entonces yo sólo vi a una chica muy bonita que tenía ideas fuera de lo ordinario, y una conexión con el arte mucho más profunda que la que tenía yo.

—Entiendo. Sigue, que no tenemos mucho tiempo.

—Bueno, pues resulta que una cosa llevó a la otra y terminé pidiéndole que fuera mi novia un par de semanas después. Le regalé ese día unos chocolates, y ella estaba tan contenta que me abrazó muy fuerte y me dijo "yo también te quiero para mí".

—¿Te dijo eso en cuanto comenzaron a andar?

—Sí. ¿Por qué?

—Pues se me hace raro que si apenas tenían poco de conocerse, ella ya tuviera una idea tan intensa sobre una relación contigo.

—Ahora que me dices eso, creo que hay otra cosa que debería contarte. Te va a resultar graciosa.

—¿Qué?

—¿Sabías que siempre te tuvo celos?

—¿A mí? ¿Y por qué rayos? Nunca nos hemos llevado tan de cerca como para que cualquiera crea que somos pareja o algo así.

—Me di cuenta un día cuando le conté un poco de ti, porque me habías estado llamando por ese apodo que siempre detesté, y ella me abrazó y me dijo: "Espero que llegue el día en el que yo sea suficiente en tu vida como para que no tengas a ninguna otra. Yo quiero ser tu mejor y única amiga".

—Ah, mira... de haber sabido todo esto me habría cuidado más la espalda. ¿De verdad nunca pensaste que esas palabras eran peligrosas? ¡Suenan como las de una loca de remate!

—Lo sé ahora, pero en ese momento sólo pensé que estaba un poco celosa, y no le di importancia. En realidad, creo que pasé por alto muchas cosas sólo porque me parecía una chica muy tierna, y porque me gustaba pasar tiempo con ella.

—Nunca has sido muy perspicaz como para fijarte en los detalles. No te culpo por haber atravesado todo esto, sólo un poco porque son cosas que debiste ver.

—La quería. Debes entender eso.

—Claro que lo entiendo. El amor a veces nos deja muy ciegos por periodos largos. Pero bueno, ya te interrupí otra vez. Mejor sigue contándome qué onda.

—Pues bueno, estuvimos algo de tiempo juntos. Terminamos la prepa el mismo año y elegimos diferentes carreras, así que ya no era tan sencillo vernos, y comenzamos a distanciarnos, pero como ella tomaba sus clases en la mañana y yo por la tarde, cuando ella salía de sus clases iba a mi facultad a visitarme, a veces avisándome y a veces sin decir nada. Me llegó a pasar varias veces que la sorprendía mirándome desde un rincón de un patio, o desde un pasillo de la biblioteca; cuando la veía (y ella a mí), se acercaba tranquila y me saludaba como siempre, como si nada hubiera pasado, aunque nunca me dijo por cuánto tiempo había estado observándome antes de que la sorprendiera.

— ¿Es en serio? ¿Y por qué no la terminaste en ese instante?

—Para serte honesto, creo que me gustaba la atención que me daba. Me gustaba que se esforzara por sacar la relación adelante, a pesar de que las circunstancias y los tiempos que podíamos dedicarnos no fueran los mismos que antes.

—Ahí sí no puedo contradecirte, porque siempre te ha gustado llamar la atención.

—Así fue nuestro primer año en la universidad. Era obvio que desde el inicio de la carrera iba a hacer nuevas amistades, y a trabajar con ellas en equipo para sacar adelante todos los trabajos y exámenes con los que teníamos que cumplir. Todo comenzó a ir en picada cuando ella empezó a reaccionar de manera negativa y celosa a estas reuniones que tenía con mis amigos de la universidad. Se ponía muy triste si pasaba mucho tiempo en los grupos de estudio, e insistía constantemente en estar presente en todas las reuniones que involucraran a otras mujeres, pero eso no fue lo peor de todo.

—Y yo que pensaba que ya estaba muy mal el asunto... ¿de verdad hubo algo peor que eso?

—Sí. Comenzó a quedarse por las tardes en mi facultad, a entrar a mis clases, se hizo amiga de mis amigos, y entraba a mis redes sociales todos los días para ver quién me comentaba, y si alguna chica era más amigable de lo normal, de inmediato me preguntaba quién era, o por qué me escribía de esa forma. Todo se volvió muy oscuro. Comencé a sentirme enjaulado en todos lados, y reventé de molestia cuando un día llegó a mi facultad, esperó a que terminara una de mis clases y trajo unas hojas de algo que había impreso; las puso frente a mí, y comenzó a pedirme explicaciones enfrente de todos mis compañeros. Me sorprendió el tono en el que me hablaba, pero nada me sacó de mis cabales más, que las hojas que traía: en ellas había impreso capturas de pantalla de muchas conversaciones privadas que había tenido en mis redes sociales con diversas personas. La mayoría de ellas eran de mí hablando con distintas compañeras de la escuela sobre algún trabajo de forma ligera, o bromeando sobre algún profesor, o apodando a algún compañero de los que nos caían mal por su exceso de altanería. Incluso había conversaciones contigo también, de cuando hablábamos de anécdotas de cuando éramos pequeños. Todas y cada una de las páginas que tenía enfrente, tenían subrayadas frases, como si con ello destacara todas las palabras que, a sus ojos, merecían una explicación.

—¿Qué? ¿Es en serio?

—Vaya que sí. Ojalá fuera mentira, o una pesadilla, pero no. Pasó, y le puedes preguntar a cualquiera de mis compañeros de clase, porque todos recuerdan “el día en el que la novia de Manuel se volvió loca”.

—¿Literal, ya tienen en sus mentes el título y todo?

—De verdad. Lo mencionaron en una reunión a la que fui hace dos meses. Hablamos de anécdotas de la escuela, y me dio mucha vergüenza darme cuenta de que todos recordaban a la perfección ese momento.

—¿Tan loca se puso?

—Eso y más. Yo estaba tan enojado y harto de sus celos, que agarré las hojas, me puse de pie, y salí del salón jalándola de la mano con firmeza. Ella no se opuso y, en cambio, se dejó llevar en silencio. Caminamos un poco hasta una parte de la facultad que regularmente se ocupaba más para fumar por las noches, así que no había personas todavía. Le dije que todo lo que estaba haciendo me tenía harto, desde sus constantes reclamos, hasta la completa invasión a mi privacidad. Créeme que quisiera recordar todo lo que dije, pero estaba tan molesto que expulsé de mí todo lo que llevaba acumulando por meses, y se lo lancé a la cara de la forma más fría, cruel e hiriente que se me ocurrió. Ella bajó la mirada a medida que yo hablaba y, cuando al fin terminé mi monólogo, aproveché el momento y también terminé nuestra relación.

—¡Vaya! Debió de ser un momento horrible para ambos.

—Lo fue. Después de eso la dejé ahí sola, fui por mis cosas e hice todo lo posible por llegar rápido a mi casa. En cuanto entré a ella y cerré la puerta, comenzó a invadirme una sensación de paz interior tan profunda, que me fui a acostar en el sillón de la sala y me quedé dormido. Varias horas más tarde, el sonido de los golpes de la puerta me despertó. Me asomé sin hacer ruido por la mirilla, y me temblaron las piernas cuando vi que era ella, bañada en lágrimas.

—¿Le dijiste algo? ¿Le abriste la puerta?

—Una parte de mí quería hacerlo, pero permanecí callado, observándola. En un principio su rostro reflejaba una tristeza muy fuerte, pero poco a poco, a medida que se le acababan las fuerzas con cada golpe, su mirada se veía más perdida, más enojada y al final, más desquiciada. Empezó a hiperventilar y a sollozar a gritos, y terminó quedándose sentada en el suelo justo frente a mi puerta. Yo creo que llegó un punto en el que dio por hecho que no había nadie, porque no encendí ninguna luz cuando llegué por ser temprano todavía. Unos segundos después, endureció su expresión, se volvió a enderezar y se alejó muy seria, casi como si nada hubiera pasado.

—¿Así, y ya? ¿Sólo se enderezó y se fue?

—Sí. Tuve mucho miedo, porque jamás la había visto así. Cambió de una emoción a otra con tal rapidez, que fue la confirmación de lo loca que estaba, y no me había dado cuenta completamente, hasta ese día.

—En serio eres una persona despistada, Manuel.

—Ya sé. No me lo digas más veces, que me voy a sentir peor.

—Lo siento. No quise molestarte, sólo hacerte consciente de que pasaste demasiado tiempo con una persona que desde el principio, demostró no estar en sus cabales.

—Aprendí eso a la mala. Dejé de verla durante varios meses, hasta apenas la semana pasada, que la vi de nuevo cerca de mi casa. Yo venía de trabajar, cuando noté que me estaba siguiendo desde lejos. Le hablé para que se acercara, y se echó a correr en dirección opuesta.

—¿Te estaba siguiendo? ¡Qué miedo!

—Sí, y lo peor de todo es que no sé desde cuándo lo hace. Pude haber salido con alguien, o ir a verte a ti a tu casa, o cuando fui a visitar a mi familia. Pudo haberme seguido en cualquier momento.

—Sólo de escucharte me están dando escalofríos...

—Por eso quería tu ayuda, por eso te pedí que vinieras. Estoy harto de sentirme perseguido, y quiero que me ayudes a poner una orden de restricción en su contra. Quiero dejar testimonio de todo lo que estoy pasando, porque...

—Espera un momento...

—¿Por qué me interrumpes justo en este instante? Creí que me ibas a dejar terminar de hablar, antes de empezar a juzgar toda la situación.

—No, no es eso. ¿No hueles algo?

—¿Además del aroma del café quemado?

—No es el café. En realidad huele a que algo se está quemando. Algo más fuerte que eso.

—Ha de ser algún vecino que botó la ceniza de su cigarro en el lugar incorrecto. Voy a asomarme por la ventana a ver si logro distinguir el humo.

—Bien. Yo voy a asomarme al otro lado de la casa.

—¿Puedes ver algo?

—No. ¿Y tú?

—¡¡Santo cielo!!

—¿Qué pasa, Manuel? ¿Qué tienes?

—¡¡Se está incendiando!!

—¿La casa?

—¡Sí! ¡Esta casa! ¡¡Hay humo en todo el frente!!

—¿Cómo puede ser posible?

—...

—¿Qué pasa? ¿Por qué no me contestas?

— Ella..

—¿Qué?

—Fue ella quien incendió la casa.

—Me habías dicho que estaba mal, pero no tenía idea de que pudiera llegar a esto. ¿Estás seguro de que fue ella?

—Sí. Está allá afuera, del otro lado de la calle, viéndonos. Está sonriendo.

—Al fin la distingo entre tanto humo... no puedo creer que nos esté haciendo esto.

—Si ha estado vigilándome, te vio entrar a la casa, y llevamos más de una hora hablando aquí. Siempre creyó lo que quiso, lo cual la mayoría del tiempo es lo peor.

—Vámonos de aquí. Intentemos bajar y salir por la puerta de atrás, o por alguna ventana.

—No te separes de mí, Marta.

—No puedo respirar.

—Vamos, las llamas no alcanzan todavía esa ventana. Sí. Se puede pasar. Voy y te ayudo a salir.

—No sé si pueda saltar.

—No lo pienses. ¡Hazlo!

—Casi me quedo ahí atorada.

—Ya estamos bien. ¿Pudiste traer tu teléfono? El mío se quedó adentro.

—Nunca me separo de él. Dame un minuto para llamar a los bomberos.

—Mejor llama a la policía. Ya escucho sirenas a lo lejos, pero necesitamos declarar lo que vimos, y todo lo que te conté. Por pura suerte escapamos.

—Te ayudaré a resolver todo esto, ya lo verás. Al menos, estamos vivos.

. . .

—Los bomberos ya terminaron de apagar el incendio.

—¿Qué?

—¿Hola? ¿Estás bien?

—No, pero al menos respiro.

—Respiramos. Recuerda que también quiso matarme a mí.

—No puedo creer que llegáramos a esto. Ahora debo comenzar desde cero. Mi casa, mis cosas...

—No estás solo. Veremos la manera de resolver esto, y tienes una mejor amiga que resulta ser abogada también. Te voy a ayudar, como siempre lo he hecho desde que éramos pequeños. No se saldrá con la suya.

—¿Qué pasa si ella vuelve?

—No te encontrará. Y si se te acerca, será arrestada.

—¿Crees que sí haya evidencia suficiente para alejarla de mí?

—¡Hay suficiente para mandarla a la cárcel, Manuel! ¡Intentó matarnos!

—Lo siento. Una parte de mí cree que todo esto es una pesadilla, y despertaré en cualquier momento.

—Por desgracia no fue así. Levántate y acércate a los policías. Me dijeron que están listos para escuchar tu declaración. Yo debo hacer unas llamadas.

—Voy. Muchas gracias.

—Oye, y antes de que te vayas, ¿te puedo dar otro consejo?

—Siempre, Marta.

—Para la siguiente ocasión en la que te fijes en una chica, pon más atención a profundidad, y no sólo te dejes llevar por su arte, o su belleza.

—Ya sé, Marta. No volverá a suceder. La lección ha quedado más que aprendida.

4 Juin 2019 05:08:06 2 Rapport Incorporer 6
La fin

A propos de l’auteur

Tania A. S. Ferro Instagram: @letrasdetaniablog Blog personal: letrasdetania.blogspot.com La escritura me da vida. Respiro a través de ella.

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Michael Dantés Michael Dantés
Felicidades, es la primera obra que he leído en la plataforma. Ya que soy nuevo acá en Inskpired y quisiera compartir contigo mi primera obra Lost In Dark.
5 Juin 2019 22:36:02
Ara Ferro Ara Ferro
Muy interesante y cierto, existe muchas personas enfermas como en tu historia.. Me gustó.
4 Juin 2019 12:39:30
~