Histoire courte
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Capítulo único

Que rica que estaba la comida gorda! Ahora me voy a dormir la siesta con la peluquera — le dijo el Negro a la mujer un caluroso mediodía de los 90' en Santa Rosa. Eran 30 los años que llevan de casados y a él le encanta joderla con que tiene relaciones ocasionales (o no tanto) con otras mujeres del barrio. Ella le responde lo mismo, todos los días…. — Andá tranquilo… si total siempre volvés

Él lleva muy bien sus sesenta y pico, flaco, alto, fuerte, el oficio de mecánico le había permitido mantener un cuerpo torneado, vigoroso. Era de esos negros que de jóvenes ya parecen viejos, después transcurren los años y en comparación a sus contemporáneos se mantienen jóvenes. Ella, la Chola, estaba en las antípodas, los años la habían transformado en la clásica ama de casa de la época, con sobrepeso, canas, varices y arrugas en la cara. Parecía varios años mayor al Negro aunque era más joven.

El Negro era chapista, oficio sucio si los hay, esto no impedía que fuera prolijo, coqueto, tenía entre sus pasatiempos preferidos visitar las casas de ropa de hombre del momento Ñaró, Vivona, Modart.

Los días de ella eran domésticos, las compras a diario, la limpieza del hogar, la cocina para 12.30 que volvía el Negro del taller. La siesta religiosa con la lectura de Corín Tellado, las novelas de la tarde y la preparación de la cena para las 21.00.

La rutina de él era pública. El desayuno hojeando La Arena, de 8 a 12 en el taller, almuerzo y luego la siesta; algunos días en casa, otros no. De 16 a 20 nuevamente taller, que precedía la pasada por el club, el vermount con los muchachos, las charlas, el truco. Luego la cena familiar, algunos días Tiempo Nuevo, los viernes Función Privada con Rómulo Berrutti y Carlos Morelli. Nadie sospecharía ni remotamente los sucesos violentos ni los motivos de tales actos, que acabarían con el Negro preso, con un proceso judicial en su contra.

En ese devenir diario no era extraño recibir en la casa las visitas de Manuel, un vecino jubilado que había enviudado tiempo atrás y compartía la mesa del club con el Negro. Un primero de mayo tocó el timbre de la casa de Villa Alonso a media mañana, la Chola entreabrió la puerta con el pasador/cadena de seguridad y se asomó a ver quién era.

-¿Está el Negro? - preguntó Manuel como lo había hecho cientos de veces antes. -No, está en el taller- respondió la Chola, a lo que Manuel replicó con 4 palabras que le generaron a la Chola una rara mezcla de estupor y vergüenza. Cerró la puerta sin decir nada, Manuel se fue tranquilo como había llegado. Ella comenzó a picar cebolla para el almuerzo, sin saber muy bien para qué la iba a utilizar, pero necesitaba hacer algo para dejar de pensar en las palabras de Manuel. Luego de la cebollas, picó un pimiento rojo, y ya con un norte culinario determinado peló uno tomates medios pasados que había conseguido temprano en la verdulería, que dieron origen a un tuco de esos perfectos en aroma, color y sabor.

El almuerzo transcurrió sin mayores novedades, el Negro protestando un poco porque había tenido que ir al taller un feriado, pero bueno… se comprometió con un tachero que siempre le llevaba laburo y los vehículos que se usan para trabajar siempre tienen prioridad. La Chola pensaba en la situación vivida por la mañana, repasada mil veces ya, a veces sentía que no había pasado, que lo estaba imaginando. Después se enojaba consigo misma por querer esconder unos hechos en los cuales no había tenido ninguna responsabilidad; y que, en última instancia, la tenían como víctima. La siesta fue una tortura, el Negro roncaba consistentemente y ella pasaba páginas del libro sin prestar mayor atención a lo que leía, seguía teniendo presente la cara de Manuel y esas palabras dichas con un gesto amable, bonachón.

Siguió toda la tarde con el tema en mente, sentía el pecho oprimido, por momentos un dolor agudo de ansiedad en la boca del estómago, transpiraba frío, el corazón se le aceleraba. Se tomó la presión con un viejo tensiómetro que le había regalado el Negro cuando eran novios y ella cursaba enfermería. Todo normal. Mientras preparaba la cena enfrentó la disyuntiva que tanto la atormentaba, dejó de procesar la escena y decidió contarle todo al Negro después de cenar. Inmediatamente los síntomas corporales cedieron, una tensa tranquilidad la invadió. Propio de cuando uno comparte una situación compleja, al socializar y poner en conocimiento a otros lo vivido sentimos como si una válvula liberara la presión que nos auto imponemos al optar por el silencio.

Culminada la cena, le describió con detalles la breve escena matutina. Que sonó el timbre a media mañana, era Manuel, preguntó por él, que ella le dijo que no estaba y que para su sorpresa Manuel pronunció esas 4 palabras. Que ella se quedó muda y a lo único que atinó es a cerrar la puerta. El Negro reaccionó con visibles signo de incredulidad y le pidió que confirmara toda la historia. Luego golpeó la mesa con violencia, y la increpó dudando de su versión, le pidió más detalles de la situación, detalles que ella no le pudo dar porque fue todo muy breve, como ella lo había contado y como hacía casi doce horas daba vueltas en su cabeza. Ella conocía perfectamente como iba a evolucionar esto, a la furia inicial le seguía una tiempo de silencio e indiferencia total en la cual el Negro la ignoraba completamente. Un vez que él procesaba la bronca en esa etapa de aislamiento, sobrevenía la acción, algo iba a hacer con esta situación.

Terminada la cena y hasta la madrugada el Negro deambuló por la casa, iba de la cocina al living y de ahí a la habitación. Miraba un poco la televisión, leía el diario, hojeaba álbumes de fotos, todo en el más tenso de los silencios. Al otro día el desayuno transcurrió de acuerdo a lo que la Chola esperaba, sin sorpresas, en un mutismo extremo. El Negro se fue al taller, se puso el mameluco de trabajo y pacientemente comenzó a lijar el guardabarros derecho de un Renault 12 break. Pasaron horas y seguía realizando la delicada tarea, excelente para la reflexionar e imaginar. Cuando una actividad es sencilla, monótona y no requiere excesivo esfuerzo físico es ideal para dejar libre el pensamiento, revisar acciones y proyectar, todas estas actividades se van sucediendo de una manera desordenada e inconsciente. El Negro no podía sacarse de la cabeza a Manuel, recordaba momento juntos, trucos, charlas, días de trabajo en el club para la subcomisión de bochas. Después sin que mediara acción consciente pensaba en la Chola, en la primera vez que la vió, en la época del cortejo, en esos corsos del Club Belgrano donde charlaron por primera vez. Después imaginaba los hechos narrados por ella y se estremecía de dolor. Iba transmitiendo el huracán de pensamientos imponiendo cada vez más presión con la lija contra el guardabarros, en un momento determinado, sintió el brazo cansado, dolorido. Dejó la tarea, tomó un descanso y fue hacia el bañito que estaba al fondo del taller, se lavó la cara y el agua fría de mayo lo sacó levemente de la alienación. Miró la hora, 11 de la mañana, se le había volado el tiempo inmerso en sus pensamientos y tomó conciencia que ni había prendido la radio, infaltable compañera de taller. Cuando volvía con intenciones de retomar el trabajo, vió una cadena gruesa y oxidada de aproximadamente metro y medio que dormía contra un viejo aparejo en desuso. Sin pensarlo la levantó, le tomó el peso, pasó los eslabones uno a uno sintiéndolos con los dedos como si fueran cuentas de un rosario. Tomó de una lata vieja, tres o cuatro bulones gruesos, un par de clavos de techo, tuercas grandes y algún otro fierro viejo de esos que no faltan en cualquier taller. Prolijamente fue soldando los elementos citados en una de las puntas de la cadena, hasta obtener el resultado deseado: un metro y medio de gruesa cadena con una especie de bocha de fierros con puntas de todos los tamaños. Terminó justo para la hora del almuerzo.

Volvió a la rutina diaria con ciertos rasgos de alivio, almorzó tranquilo comentando la cuestiones habituales con la Chola. La siesta de manual, esta vez en casa, la merienda y al taller a seguir lijando la 12 break, si el tiempo ayuda el fin de semana la pinta.

A eso de las 19hs suspendió la labor, se lavó cuidadosamente las manos y tomó la cadena con la mano derecha y la enrolló. Caminó cuadra y media hasta la esquina de club y se sentó contra un árbol en el cordón de la vereda, en la zona más oscura que encontró. A esa hora de la tardecita de otoño ya el sol se había rendido y era de noche. No tuvo que esperar mucho tiempo y como todos los días en ese horario vio acercarse a Manuel desde su casa hacia el club. Cuando pasó a su lado, sin mediar palabra alguna se incorporó y descargó un furioso latigazo con la cadena en la espalda del vecino a quien se le aflojaron las rodillas y cayó al piso lacerado por el dolor inconmensurable. El Negro totalmente enajenado por la bronca y la adrenalina continuó dando golpes de cadena contra el cuerpo de Manuel que en ningún momento atinó a realizar movimiento de defensa alguno. La golpiza terminó cuando el Negro en trance sintió un fuerte dolor entre el brazo y el pecho derecho y se descompensó.

El suceso rompió con la tranquilidad del barrio santarroseño en un tardecita de otoño, ladraron los perros, salieron los vecinos a la vereda, los que al encontrarse a los dos tirados en la vereda llamaron a la ambulancia y a la policía.

La Chola no podía creer lo que escuchaba cuando el joven oficial de policía que había tocado a su puerta minutos antes, le explicaba lo que había sucedido, le comentaba que tanto su marido como Manuel estaban internados en el hospital y le pedía que lo acompañe a la comisaría en calidad de testigo.

Se sentó frente al oficial escribiente y relató entre lágrimas lo sucedido la mañana del primero de mayo, que escuchó el timbre a eso de las 10, que abrió con el pasador, que era Manuel quien le dijo:

-¿Está el Negro?-

-No, está en el taller- respondió ella.

Y fue luego de esto que, con un gesto entre pícaro y cómplice, Manuel pronunció las 4 palabras que casi terminaron en una tragedia:

-Mejor, así estamos solos.-

8 Mai 2019 14:11:59 0 Rapport Incorporer 0
La fin

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