johnn-krausse-1989 Jhonn Krausse

¿Qué es un sueño?. ¿Cuando un sueño se convierte en una pesadilla?. Norman Fleischer ha descubierto un mundo sin igual en los sueños. Un mundo en donde puede dar desenfreno a sus pasiones y deseos, un mundo lleno de criaturas bellas que bajo su hermosa apariencia guardan la oscuridad inherente de los hombres. La oscuridad que hace de los paraisos helénicos los mas crueles y ruines infiernos dantescos.


Horreur histoires de fantômes Déconseillé aux moins de 13 ans.

#creepy #pesadilla #sueño #temor #desconocido #terror
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Antídoto

Norman Fleischer soñaba, soñaba como todos los hombres. Tenía poco más de treinta y cinco años cuando enviudó y su vida lentamente fue descendiendo a los abismos de la tristeza, sumiéndose cada vez más en el oscuro mundo de la depresión. Soñaba con ella y solo en sus sueños podía verla nuevamente. Al despertar lanzaba un grito al cielo en busca de calma sin obtener respuesta alguna.

Sus días se habían vuelto una rutina de embriaguez y apatía. Su trabajo le llanaba cuando sabía que al volver ella estaría ahí. Ahora era más difícil volver a casa y verla tan vacía, sin vida, sin amor, solo con el eco de la muerte colgándose por las paredes y llegando hasta el techo formando mohosas figuras de endemoniada pena y cruel dolor.

Trabajaba desde las ocho, como en toda empresa alemana, y luego de un almuerzo en solitario, esquivando las frases de pena y condolencia de la hipocresía de sus adjuntos, llegaba la hora de volver a su vacía existencia. Llegar a casa le producía un inmenso dolor, no físico, sino espiritual, o como muchos de sus tratantes llamaban: un dolor emocional. Se sentaba en uno de los sillones blancos que reposaban en la sala de estar y bebía, a veces whisky de alguna marca escocesa barata, a veces licor adulterado de algún pueblo pequeño de la parte rural de Bulgaria, cerca de los Balcanes, donde la gente aun es supersticiosa e ignorante. Con la botella de licor de su elección tomaba asiento y abría el viejo álbum de fotos familiar, ese era su único consuelo, su refugio, ella vivía en su memoria y su alma estaba atrapada en esas fotografías, gracias a ello cuando por fin el alcohol hacia su efecto el podía verla y podía acariciarla nuevamente. El vodka ruso no lo había llevado a ese dulce paraje donde encontrarse con su difunta esposa, al contrario, lo había llevado a la sala del hospital donde, entre fuertes dolores y una inmensa agonía, Esther Fleischer había dejado este mundo.

Fue una tarde del trece de noviembre que Norman Fleischer decidió, por fin, poner un revolver en su cabeza y presionar el gatillo. Esa tarde tomo un taxi que pasaba frente a su puerta. Dio una dirección a la cual el conductor hizo una mueca de repugnancia. - Nadie decente va allí - pensó el hombre para sí. Pero la cara de decisión del ocupante le hizo reaccionar mecánicamente poniendo el vehículo en movimiento. Le dejó a unas cuantas calles antes de la dirección solicitada, lo miró bajarse y sin remordimiento alguno abandono a ese pobre desgraciado en uno de los barrios menos atractivos y más peligrosos de la urbe.

Norman entró en un repulsivo bar, más repulsivo que el hombre que atendía en la barra. Se acercó al hombre y pregunto por una mujer. La respuesta fue negativa. No había ido a ese bar en mucho tiempo y se presumía estaba muerta. Norman saco un fajo de marcos y se los arrojo groseramente al tabernero.

— Quiero un arma — dijo con gravidez.

— Aquí no encontrará nada de eso her detective. Reitell Lauer era la única mujer que frecuentaba esta taberna y nos proveía de prodigiosas armas de fuego. Luego de su desaparición hasta la más misera bala ha dejado de entrar en nuestro barrio.

— ¿Me esta jodiendo her Zelig? No puedo creer que ella era la única que proveía armas en este asqueroso agujero.

— No me reclame a mi her detective. Fue su entusiasta departamento el que llevo a la quiebra a la banda de her Lauer. Están alejados de este vecindario desde hace varios meses. Pero puede que con el viejo gitano que habita en la colina Schädelhalterung se llegue usted a entender. No ponga esa cara, el sujeto es algo extravagante pero debe tener lo que usted busca. Vaya por la calle de al lado, suba por ella hasta que el asfalto se convierta en tierra. Más allá vera usted una casona algo abandonada. Ahí encontrara al viejo gitano. Los jóvenes van a buscar drogas exóticas con él, de seguro también debe tener armas o algo más que ofrecerle a usted. Siéntase libre de seguir mis consejos her detective.

Norman miró con incredulidad al viejo y desaliñado tabernero. No le había mentido antes, no iba a hacerlo ahora. Se giró hacia la puerta presto para salir. Un pensamiento fugaz le acarició la mente. Sonrió para si mismo y se marchó.

Comenzó a caminar por la calle que her Zelig le había indicado. Un paraje desolador le aguardaba a medida que la tarde se teñía de ocre en un cielo extrañamente despejado durante el invierno. Las casas cada vez más y más paupérrimas se atiborraban una al lado de otra sin orden alguno. Los ventanales daban a la calle una extraña sensación de estrechez y con la ayuda de los olores fétidos de las alcantarillas, el ambiente se impregnaba de alguna melancolía ajena al tiempo, como si aquel lugar se hubiera quedado en la edad media o en la época del muro. Curiosamente no había gente fuera de las grotescas viviendas, tan solo uno que otro animal cruzando por las veredas persiguiendo alimañas de distintos tamaños. Así fue hasta que las veredas terminaron y junto con ellas el asfalto fue menguando dejando paso a un camino de tierra y arena seca de color grisáceo.

Había sido un inverno extrañamente caluroso, incluso el otoño había sido más frió. Norman estaba extrañado de que aun en esa colina lejos del centro de Múnich no hacía más frió que al nivel de la ciudad. Los vientos no eran bruscos como deberían ser y pareciera que los arboles no habían perdido sus hojas, sin embargo, la vista desde aquella colina era simplemente maravillosa, podía divisar al lo lejos la majestuosidad de los alpes y sobre ellos la luna invernal que había empezado a dominar el cielo anunciando el fin de la luz del sol. Tomó un respiro y parecía haber cambiado de opinión sobre la bala en su cráneo. Una voz le llamo la atención, una voz gruesa y casi gutural que provenía de una antigua casona al lado del camino de tierra.

Al rededor de un anciano de muy avanzada edad se podía percibir un aura ruin y malevolente que, conforme Norman se acercaba, parecía hacerse cada vez más palpable, al punto de que casi podía sentirla envolviéndolo como en delicadas telas de seda oscura y siniestra. Pero no se dejo persuadir por la calamidad de la oscuridad cerca del anciano, no le presto atención más allá de eso y con una reverencia un poco antinatural saludó a la figura senil frente a él.

— Fleischer — se presentó — Detective Norman Fleischer

— Her detective — dijo el anciano intentando imitar el acento alemán, propio de alguien que no conoce el idioma. — ¿qué trae a una persona como usted a visitar a un saco de huesos como yo? — inquirió

— Busco algo y en la taberna de her Zelig mencionaron que usted podría ayudarme.

— Bueno, her detective, eso depende de lo que esté buscando. Tal vez desea perfumes exóticos que traigo de mis numerosos viajes a Turquía o reliquias antiguas de los habitantes de las llanuras mesopotámicas. Tal vez el her detective desee echar ojo al conocimiento de los antiguos árabes de quienes he tomado prestado sus antiguos grimorios y papiros para mostrar su delicada naturaleza aquí en el mundo civilizado de occidente. ¿Dígame usted que es lo que busca aquí?

— Un arma. Específicamente una pistola.

— ¡Oh! her detective, esperaba fuera algo más venturoso que una vulgar herramienta de destrucción. Pero tengo lo que busca. Si tiene la amabilidad de seguirme a mi humilde hogar tengo la certeza de que podría dar con lo que ha venido a buscar.

Norman fue detrás del anciano que, a paso lento, se adentro en lo que parecía la sala principal de la casona. Estaba algo alumbrado por una vela moribunda en medio de una mesa turca en cuyos filos se podía divisar escrituras en bajo relieve. El anciano pareció desaparecer en medio de la oscuridad de aquella sala, sin embargo, se podía aun escuchar su voz fúnebre y melancólica proveniente de alguna parte de entre aquella espesa e insidiosa oscuridad. No había ventana alguna que permitiera el paso del viento y se podía percibir el aire estancado dentro de la estancia, sin embargo, viejos candelabros colgados del techo de teja y madera se movían, aunque de manera antinatural, como si una cuerda invisible tratara de mecerlos al son del inexistente viento, fingiendo su entrada por alguna ventana invisible que dé afuera a la colina sobre la cual la tenebrosa casona estuviera erigida. Se oyó caer algo en medio de la oscuridad, Norman esperaba no haber tocado nada o haber roto algún cachivache de extremo valor que pudiera causarle una pesadillesca maldición. — ¡Estupideces! — pensó al mismo tiempo que dirigió, vagamente, su mirada hacia la dirección donde la voz del anciano se había acrecentado.

El anciano se dirigía hacia la estancia lentamente, con una nueva luz en un candelabro mucho más viejo que él mismo. Ver ese rostro emergiendo en la oscuridad total le produjo cierto escalofrió en la espalda. Se veía tan extraño moviéndose con el candelabro en sus arrugadas y huesudas manos que por un momento Norman pensó que era una cara flotando sin cuerpo alguno.

— Mi querido her detective me temo que debo enviarlo con las manos vacías. He buscado por todo este lugar y apenas si he encontrado esto — dijo el anciano mostrando un pequeño recipiente de color marrón con un liquido extraño en su interior. Luego prosiguió — Esta no es una pistola en lo más mínimo, pero con algo de imaginación se le puede dar un uso similar.

— No quiero un brebaje, anciano, quiero un arma. Si no puedes dármela entonces he perdido mi tiempo aquí.

— Pero esta es un arma para el alma, her detective. No osé dejarme con la mano extendida. Tómela, tómela le digo. Si es para un enemigo coloque dos gotas en su bebida. Si es para un ser amado coloque una sola y diga una plegaría. No se deje engañar por el color o el aroma añejo del contenido de la botella, no es un veneno, es un antídoto se lo aseguro.

Norman extendió su mano y tomo lo que el extraño viejo le ofrecía. Le pareció de mal gusto entrar y no llevarse nada. Lo hizo por compromiso. — Debo estar enloqueciendo — pensó al mismo tiempo que sintió en sus manos el pequeño frasco de cristal áspero, un cristal rudimentario y tosco que sin lugar a dudas fue forjado hace varios años o tal vez siglos. Miró en la total oscuridad el liquido dentro y frunciendo el ceño lo aceptó. Caminó hacía la puerta, o hacia donde se suponía que estaba la puerta, y se marchó. El anciano salio tras él y cerró una puerta de madera tallada con inscripciones en alto y bajo relieve, una puerta tan blanca que bajo la luz de la luna parecía un espejo maravillosamente reluciente.

Empezó su largo descenso. Caminó a paso ligero sobre aquella robusta y claustrofóbica callejuela que poco a poco se iba poblando de casuchas con aspectos degenerados. La soledad total le acompañaba, esta vez no habían siquiera animales ni alimaña alguna que se cruzase en el camino, solo la larga e interminable calle que cada vez se hacia más pequeña e intransitable. La oscuridad absoluta y aterradora bailaba con sombras inhumanas al son de las pocas luces de velas colocadas en los balcones de aquellas casonas embrujadas y malditas que emergían del suelo para tener un fin repulsivo en sus techos de teja y madera vieja. Aceleró el paso aun más cuando por fin divisó una luz proveniente de un poste de electricidad, las sombras retorcidas lo seguían y la oscuridad con sus tentáculos invisibles, retorciéndose por las paredes manchadas y pintarrajeadas, trataba de alcanzarlo Dios sabe con que propósito.

— Me he vuelto loco — dijo para si mismo cuando por fin se halló bajo la luz amarillenta del poste eléctrico. Tomo una gran bocanada de aire y regreso su mirada a aquella monstruosa callejuela que casi había reclamado su alma para sus fines depravados. Tan pronto como se alejaba sentía que la oscuridad y las sombras de la calle iban retrocediendo hacia su aberrante origen en la casa de aquel viejo gitano.

Volvió a la soledad de su casa y así mismo la angustia volvió a su mente apoderándose de su cuerpo. ¿Que había pasado?. Salio con la idea de obtener una herramienta para poner fin a su sufrimiento y apurar el encuentro con su amada Esther, al contrario había regresado con una botella pequeña y rustica de un liquido que sabe Dios que porquería era. Se maldijo, se maldijo una y otra vez porque no había sido capaz de lograr su cometido. De camino a casa se había detenido en la licorería, como era su costumbre, y había comprado vodka nuevamente. Se sentó en su sofá y cuando decidió dar el primer sorbo la voz ronca y casi gutural del anciano le vino a la mente. - Dos gotas - pensó. Dos gotas para los enemigos, sin embargo el anciano le juro que no era un veneno sino un antídoto.

¿Qué ganaría al tomarse un antídoto? ¿Un antídoto contra que?. Se sintió estúpido al pensar en lo sucedido. Todo había sido un gran error. El subir por esa calle pavorosa y el decender por la misma. El hablar con el anciano y entrar en su pútrida guarida maloliente. Miro el frasco y se rió por la decisión que había tomado. Vertió dos gotas en su botella de vodka y como un loco bebió el contenido intentando buscar su muerte.





17 Avril 2019 02:58:36 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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