Huerfanos y manzanas. Suivre l’histoire

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La maestra Omena disfruta cuando sus alumnos aprenden. Pero dsifruta mas cuando fallan. Despues de todo, de que otra forma ella pediria que le trajeran manzanas. ¿Pero para que quiere una maestra manzanas? .Mas importante aun, ¿para que quiere, si ella ya tiene una granja de manzanas?


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Tradiciones de la maestra Omena

Existía una tradición en las escuelas norteamericanas en las que un alumno le entregaba una manzana a su maestra. Generalmente esto se hacía para ganarse el afecto del profesor, para disculparse con él o como agradecimiento hacia el maestro.

Pero había una escuela, la escuela ciento noventa y siete de Oregon. Era una escuela para niños huérfanos, en donde un montón de niños se levantaban, todos los días, de las camas en su orfanato, y caminaban hasta la escuela que estaba al lado. En esa escuela había una maestra de matemáticas que le gustaba mucho la tradición de las manzanas.

Le gustaba demasiado.

La maestra entró por la puerta a el aula, luciendo sus botas de campo marrones, que acompañaba con el movimiento de su vestido. Un vestido verde como las hojas de un árbol, con manchas rojas como manzanas.

Todas las maestras y alumnos hablaban de su sentido de la moda a sus espaldas. Todas las demás profesoras preferían llevar Jeans y una chaqueta. A ninguna se le habría ocurrido llevar un vestido suelto con el clima húmedo y gris que tenía el estado de Oregon. Pero la amorosa maestra de matemáticas de la escuela 197 no parecía notar la diferencia entre un día soleado y una nublado. Y por eso, ella siempre llevaba ese vestido, acompañado con una sonrisa inamovible.

—Buenos días, alumnos— dijo la profesora al entrar.

—Bueno días, Señorita Omena— le respondieron los chicos de cuarto grado, con sus voces de niños de doce años.

La señorita Omena les sonrió a todos a todo los niños. Su sonrisa era hermosa. Tan bella como un último rayo blanco de un atardecer en Oregon.

La Señorita Omena se sentó en la silla de su escritorio y de repente, un último alumno entró por la puerta del aula. Era un chico con ojeras negras debajo de sus ojeras negras, y un par de zapatillas ya bastante destruidas.

La profesora Omena lo vio entrar y le sonrió como a todos los demás.

—¿Cómo va todo Kevin?

El chico no la miro de regreso y se fue directo a su lugar, al final del aula, en una esquina. Y cuando se sentó, uno de sus compañeros le dijo.

—Vas a tener darle una manzana de regalo por llegar tarde, Kevin.

Kevin no le presto atención y se quedó mirando la pared que tenía al lado.

—Bueno alumnos— la profesora se levantó— ¿Hoy vamos a seguir con las operaciones combinadas, les gusta la idea?

Los alumnos se miraron entre sí y luego uno de ellos dijo en voz alta.

—Profesora, ¿nos podría dar un premio?

—¿Quieren un premio? — dijo la profesora.

—Si— respondieron todos los niños y niñas.

—Esta bien. El que gane se ganará un viaje a la granja de manzanas de la profesora Omena. Y podrán llevarse todas las manzanas que quieran, para hacerse una torta de manzanas deliciosa.

Los niños festejaron levantando las manos y la maestra les sonrió a todos por igual. A todos, menos a Kevin que miraba a la pared sin prestar atención a la clase.

—Esta bien— la profesora agarró su marcador del escritorio y comenzó a anotar una larga cuenta llena de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones que no tenia un final. Los alumnos sacaron la hoja y empezaron a anotarla.

—Muy bien— dijo la profesora al terminar de anotar las operaciones— Esta vez, no les ayudare. Todos ustedes resolverán la cuenta y el que dé el resultado correcto se vendrá conmigo a la granja. Cuando terminemos con eso, veremos si los resultados del resto son incorrectos y los corregiremos todo. Ah, y ni se les ocurra copiarse. Si lo hacen me daré cuenta. Ya saben que tengo una vista de halcón.

—Si Profesora — respondieron los alumnos.

Todos los chicos comenzaron a resolver las cuentas que la profesora había puesto en el pizarrón. El reloj de la pared anduvo largo rato. Un segundo a la vez. Un movimiento de aguja a cada momento que hacía avanzar al tiempo lentamente.

La profesora jamás despegó la mirada de sus alumnos. No parecía parpadear. Ni un solo segundo Todo el tiempo estuvo sentada en su escritorio, observando el aula con su sonrisa implacable. No hubo una sola oportunidad de pasar un papel con las respuestas o de susurrar al oído una duda. Ni siquiera, los alumnos de atrás que tenían varias respuestas y métodos, como usar la calculadora o revisar las fórmulas, pudieron hacer algo contra los ojos omnipresentes de la profesora.

La profesora los observo a todos. A todos y cada uno de los que decidieron sacar un bolígrafo o un lápiz para hacer la cuenta. Pero en especial, observó a Kevin y cuando terminó el tiempo, se levantó y les dijo a todos.

—Lápices abajo — los alumnos no dudaron un segundo en dejar los lápices sobre sus pupitres— Levanten hojas, vamos a ver quien tiene las operaciones correctas.

Los alumnos levantaron las hojas escritas con los números en línea, y la profesora se acercó al pizarrón y señaló la primer operación con su marcador

—Bueno, ¿cuanto da la primer cuenta? — dijo la profesora, sabiendo la respuesta.

—Yo— respondió alguien de la primer fila— El resultado es cuatrocientos treinta y dos.

La profesora le sonrió.

—Muy bien. Le avisare a la directora del orfanato que la semana que viene te llevare a la granja.

El niño sonrió y luego la profesora bajo el dedo hasta la segunda cuenta.

—Bien, ¿y cuanto da la segunda cuenta?.A ver... — la profesora observó a todo y señaló a un alumno con lentes de las últimas filas— ...Tu.

El chico levantó la hoja, lentamente, como si quisiera demostrar que tenía la respuesta correcta, y respondió.

—Trescientos noventa y tres.

—Perfecto. Tú también avisa a la directora.

El niño se sonrió con orgullo. La profesora señaló la tercer cuenta del pizarrón.

—Bien, esta la va a resolver.....— la profesora miro a todos y señaló al ultimo, al niño de la esquina. A kevin— ......Tu, dime cuanto da la tercera.

Kevin observó a la maestra.

—No hice la cuenta.

Los alumnos no hicieron un solo sonido. Solo miraron a Kevin por encima de los hombros. La profesora levantó una ceja y se acercó hasta el pupitre de Kevin. Hasta estar tan cerca que parecía estar sobre el.

—¿No lo hiciste?

—No.

—Te pedí que corrigieras los ejercicios de ayer como te enseñe, ¿lo hiciste?

—No tuve tiempo. Dormí mal anoche— respondió Kevin— Me dolían los brazos.

La profesora Omena se mordió el labio inferior.

—Voy a tener que hablar contigo después. Creo que voy a tener que darte otra clase particular.

—Tengo que volver temprano a la cama hoy. La directora me lo dijo.

—Oh, no temas por la directora. Ella y yo somos grandes amigas— respondió la profesora— Y eso me hace acordar..... Niños, los que vayan a la recolecta de manzanas, avísenle a la directora. Y de paso, mándele saludos de mi parte. Seguro que les da un caramelo por eso.

Los niños levantaron las manos y festejaron con un grito de alegría. Pero Kevin no. El se quedo quieto, observando como esa profesora lo llevaba de nuevo a la trampa.

—Lo lamento Kevin — dijo la profesora con ese tono de tener la razón— Si no sabes, debo darte una clase particular. Lo acorde con la directora cuando me metí a enseñar hace ya diez años. Y como yo, tu deberías poner mas empeño en terminar tus trabajos. Si no, pasan estas cosas.

El niño tragó saliva. La profesora le sonrió con la misma sonrisa de siempre. Pero esa vez, se sintió distinta.

La clase termino no mucho tiempo después. Hubo cuatro alumnos que lograron ir a la granja de manzanas de la profesora. Esos mismo cuatro alumnos no tardaron en ir con la directora del orfanato y avisarle. La directora no se negó. Es más, ella respondió “Por supuesto. La profesora Omena es mi amiga, como no se los voy a permitir”.

La luna se puso en el cielo. Los niños esa noche durmieron plácidamente. Excepto Kevin. La directora apareció en la puerta de su cuarto y lo llamó para que la acompañara. Ellos dos bajaron por la escalera hasta la puerta de salida. Kevin bostezaba, pero la directora lo empujaba con golpe-citos en la espalda para que no perdiera el ritmo.

Llegaron a la puerta del orfanato a pasos cortos. Kevin no entendía que hacia ahí, pero su cerebro cansado tampoco lo quería pensar. La directora lo llevó hasta la puerta y luego la abrió. Kevin al principio no se dio cuenta, pero rápidamente vio el vestido verde de manchas rojas que lo esperaba al otro.

Kevin trató de volverse pero justo en ese momento, la directora lo retuvo por los hombros.

—No quiero estar con ella — dijo Kevin tratando de volver a su cuarto.

La directora lo giro y lo miró directo, con un gesto compasivo, con las cejas relajadas y una sonrisa comprensiva.

—La profesora Omena me dijo que eres muy tímido y que por eso no te gusta mucho la escuela— También me dijo que te sentías triste desde ayer por que no querías irte de su granja.

—No es cierto— respondió el niño, pero la directora respondió.

—La profesora Omena me dijo que sí es cierto, y me preguntó si podía llevarte una noche más a la granja, con todos sus hijos. Me dijo que le agradas y que le encanta que pases tiempo allí.

Kevin quiso protestar diciendo una cosa, pero justo en ese momento, la profesora Omena apareció y saludo a la directora.

Las dos se llevaban demasiado bien. Demasiado bien para escuchar a Kevin y lo que tenía que decir. Y por eso, la directora entregó a Kevin sin darle mucha importancia. Después de todo, quién podría negarse a la sonrisa de la profesora Omena.

Kevin se subió en el asiento de atrás y Omena condujo. La noche se alargó, igual que ayer, igual que siempre. Y a Kevin le dolían los brazos de solo pensar que se acercaban mas y mas.

—¿Voy a tener la misma clase que ayer? — preguntó Kevin con miedo.

Omena se giró en su asiento y lo miró con su sonrisa blanca que restaba con la oscuridad de la ruta. Esa sonrisa demasiado pura y fingida que Kevin se sabía de memoria.

—Por supuesto que si Kevin— dijo ella— Todos mis hijos aprendieron de esa forma matemáticas. Y todos eran malos haciendo cuentas como tu.

Kevin trago saliva.

Pero el auto seguía avanzando, y las luces delanteras iluminaron el cartel “Granja Omena” con la entrada abierta a un lado

—Pero yo no quiero ir.

—Lo se Kevin. Nadie quiere al principio— la profesora Omena dobló hacia la entrada de la granja y se fue directo al medio del camino. Había manzanos a los costados. Demasiados manzanos para contarlos de un solo vistazo de lo mucho que se extendían y se adentraban en la oscuridad. Pero también habían niños. Niños entre medio de los árboles, que se subían a banquillos y ayudados con una lámpara recogían manzanas.

—Aun me duelen los brazos de ayer— respondió Kevin.

—Las matemáticas duelen, querido Kevin— mencionó la profesora— Ah, debo decirte una cosa. La respuesta al problema que te di era mil.

—¿Mil? ¿Tanto?

—O no temas por eso. Mi padre llegaba a vender más de veinte mil manzanas al mes en sus mejores años. Y mil en comparación con veinte mil es muy poco. Dime, ¿cuánto le falta al mil para llegar a veinte mil?

—¿Diecinueve mil?

La profesora apretó el freno y la tierra se levantó detrás de las ruedas.

—Muy bien— respondió la profesora y abrió un botón en su volante. La puerta de Kevin se abrió y él vio hacia afuera, hacia los manzanos.

—No quiero estar aquí.

— De haber respondido mal ,probablemente, esta noche ni siquiera hubieras dormido.

La profesora entonces se bajó del auto. Sus botas pisaban la tierra con fuerza mientras se acercaba a la cajuela. Llegó, apretó el botón y la cajuela se abrió. Kevin miró hacia atrás y vio como la maestra sacaba una canasta que cargó hasta el.

—¿En serio voy a tener que recoger mil manzanas?

—Si te quejas lo duplicare. ¿Dime, cuanto es el doble de mil?

—Dos mil— respondió Kevin.

—Muy bien Kevin— respondió Omena y luego le entregó una linterna que tenía en la canasta— Ves que si aprendes. Anda, recogeme mil manzanas. Y si llegas a equivocarte.....

Kevin recibió la canasta y la profesora Omena se le puso enfrente, con esa sonrisa y ese vestido verde que se confundía en la oscuridad de la noche

— Si llegas a equivocarte como ayer, entonces te quedaras recogiendo manzanas hasta que recojas veinte mil. ¿Entendido?

Kevin se bajó del auto. Sus bracitos de niño de once años le dolían de solo ver la plantación. Miró a Omena y ella le dijo.

—¿Entendido?

Pero Kevin no respondió.

3 Février 2019 07:54:44 3 Rapport Incorporer 0
La fin

A propos de l’auteur

Robag Pencil of Simpleness Comi spaghetti a la bolognesa el día que decidí ser escritor. Hasta el día de hoy no me arrepiento de haber manchado un libro al hacerlo. Trato de ser el mejor escritor que puedo ser. Lo que es difícil teniendo en cuenta como está el panorama con tipos como Brandon Sanderson y Jim butcher haciendo sus obras de arte. De igual forma, yo quiero llegar a ser algo asi. Quiero vivir de mi arte. Y si algun dia lo logro, ese dia me sentiré realizado como persona.

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