Histoire courte
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Érase una vez un cuento


El Gato.

Érase una vez un gato. Maullaba. Dormía. Cazaba. Lamía. Tal vez tenía dueño, tal vez no. Pero en definitiva, hacía las cosas que suelen hacer los gatos.

Fin.

Por el Pr. Joseph R. R. Lewis


—¡¿Pero qué clase de estupidez es esta?! —gritó la asistente tirando con fuerza el ejemplar de El Gato sobre la mesa.

La delgada jovencita, furiosa, se acomodó los anteojos, y meneando la cola, abandonó la biblioteca en busca del profesor. Por una explicación de porqué escribiría, según ella, semejante desfachatez: una muy ligera tentativa de fábula, refugiada en las múltiples interpretaciones que le pudieran otorgar los lectores, ya que carecía de sentido propio.

Al entrar al estudio, el profesor se encontraba sentado sobre el sillón, cruzado de piernas, acariciando su espesa barba, mientras en su pipa, fumaba, lo que ambos sabían, no era tabaco.

—Veo que ya lo has leído —dijo descuidado.

—Así es —contestó ella—, pero no le he encontrado razón de ser. ¿A quién le importaría el cuento?

—Al gato.

Confundida por la cortante respuesta, la asistente, observó al profesor ponerse de pie, y empezar a buscar algo entre las pilas de libros y documentos regados en el escritorio. No pensaba que pudiera encontrarlo, todo en la casa había sido clasificada por ella. Se complacía de la idea de que si el profesor pudiera encontrar cualquier cosa que buscara, por pequeña o grande que fuera, no la habría contratado en primer lugar. Intentó acercarse a él para ofrecerle ayuda, más este le indicó con la mano que desistiera.

—¿Puede decirme, señorita, de qué color era el gato?

La chica se detuvo a recordarlo un momento. Acababa de darse cuenta que, aún en la brevedad del relato, subconscientemente se había tomado el tiempo para formarse una imagen mental.

—Pues, yo imaginé un minino naranja de rayas oscuras.

—Bien ha dicho, “Yo imaginé”. Ahora, podría decirme, ¿cómo se llama?

La asistente empezaba a entender el juego, y conociendo lo mucho que el profesor se extendía antes de llegar a un punto, decidió seguirle con prontitud.

—Glotón —respondió—, se llama Glotón.

—¡Qué nombre más interesante, señorita! Una última pregunta, pero no lo diga, solo piénselo, ¿recuerda, usted, cómo maullaba el gato?

—…

La asistente se quedó buscando entre sus memorias, recordando, complementando con su imaginación consciente, llevando de vuelta al presente el agudo y extendido chillido que había producido aquel imaginario gato.

—¿No le parece ese maullido en su cabeza tan real como usted o yo? —dijo el profesor mientras continuaba buscando.

La asistente quedó anonadada ante tal posibilidad. Un poco confundida, meditaba en la idea que proponía el profesor: difuminar esa raya que separa la realidad de la ficción.

El profesor continuó:

—¿Ha oído, usted, hablar de Platón? —la chica se encogió de hombros— No, por supuesto que no. ¿Cómo podría haberlo hecho? Platón, un ilustre filósofo, decía que hay un mundo visible para todos, hecho de materia y energía, pero también hay un mundo inteligible, hecho de ideas y pensamientos. Lo que es y lo que no es. Lo hecho y lo planeado. O, como me gusta llamarlo, el Todo y la Nada. El libro, no es realmente sobre un gato, sino sobre la noción de un gato. Cuando usted leyó el cuento, usted imaginó su gato, y como cada mente es única, cada quien imaginará su propio gato; y mientras en el mundo inteligible, esa Nada, sigan siendo creados nuevos gatos, el cuento ha cumplido su propósito.

—Pero, ¿por qué es tan importante lo que ocurre en este mundo de ideas?

—Ya lo sabrás… ¡mmph!... —dijo el profesor agachado bajo el escritorio, tirando con fuerza para sacar lo que estaba buscando: un viejo libro que había usado para sostener la pata floja del escritorio— No lo habrías podido encontrar… ¡nnngh!... porque no quería que lo clasificaras, no quería que lo leyeras… !mmph!... hasta que estuvieras lista.

Logró sacar el ejemplar polvoriento de debajo de la mesa. Tomó el pañuelo en su bolsillo, y lo usó para limpiar la cubierta revelando su título. Finalmente, lo puso en las manos de la chica.

Tiempo después, cuando el profesor terminó de fumar, esperaba que la chica hubiese acabado la literatura. Era sobre un autor inédito de veintiún años que, parado frente a una laptop, para homenajear al mito de La caverna, escribía una conversación entre un viejo y algo excéntrico profesor de literatura y su atractiva asistente, acerca del significado de la realidad. Al ver que la chica tardaba demasiado, el profesor se acercó a la biblioteca buscándola.

La encontró acurrucada en un rincón, temblando y llorando, empujándose por la garganta trago tras trago de una botella de vodka.

—No… No soy  real. No soy real. No soy real.

Repetía una y otra vez en un estado de shock. Y, frente a ella el ejemplar de: Erase una vez un cuento, por Omar Castro.

En cuanto la vio, si los ojos del profesor no hubieran parecido dos aceitunas antes, se habrían tornado así en ese momento.

—No, no cariño, lo ha entendido mal. ¡Claro que usted es real!

La chica, aún confundida, se detuvo de llorar, y mirando al profesor con ojos muy abiertos esperaba una explicación que la consolara.

Y entonces, este dio inicio al discurso:

—Supongo que debo empezar por esa historia. Como usted ya sabe, el señor Castro, un día cualquiera, necesitado de representar lo que él quería contar, concibió todo cuanto conocemos, incluidos usted y yo; un universo completo solo para abarcar un pequeño relato que rozaba las ocho cuadrillas. —mira no más como habla este tipo, cuánta destreza en el diálogo— Empero, al mismo tiempo, ahí estaba yo, una preponderante mente incomprendida cuyo potencial era desperdiciado por la futilidad de nuestro mundo. —cuánta grandilocuencia, debo admitir que me paso en sus líneas— Arrollado por la corriente de un caudaloso río de nihilismo existencial, necesitado de justificar mi propio ser, yo creé su mundo —Espera, ¡¿Qué?!— Y no solo a él, sino a todos aquellos necesarios para desarrollar su forma de pensar. Yo creé a Platón, a Verne, a Poe, a Tarantino, a Kawabata e incluso a Siegel y Shuster, todo aquello que aportó un ápice a su noción del bien y el mal a su conciencia de renacentista peripatético, —eso suena como a…— ¿Nietzsche? ¡Yo creé a Nietzsche! ¡Todos los pensamientos en su mundo, sus más profundos secretos, son para nosotros meras fábulas que leer, páginas en un libro abierto!

Siento la necesidad de resolver esto más íntimamente. No quería hacerlo, pero, mientras escribo, me veo obligado a presentar un avatar, un modelo de mi propia persona, un reflejo de mí consciencia, y a lo deus ex machina, introducirme a mí mismo en el cuento. Sepa usted, lector, que soy un joven colombiano, de 1.80 y menos de 60 kilos, de un tono de piel trigueña, y cabello y ojos cafés. A través de un intento de autorretrato en código ASCII, me dibujé así:

\O/

|

/  \

Pensándolo mejor, lector, ignore el autorretrato.

Cruzo la puerta y entro al estudio. La chica se queda mirándome boquiabierta con la botella de vodka en la mano. El profesor, inconmovible, se limita a levantar una ceja.

—Saben —rompo el silencio y les digo— tengo recuerdos muy sólidos de lo que hasta ahora ha sido mi vida, de ser una persona real. Cuando era niño, papá me enseñaba a manejar una bicicleta en una cancha de futbol…

—Y usted dijo: “no me sueltes”, y él dijo: “no lo haré”, pero cuando pedaleó unos metros más, se dio cuenta que él no lo estaba sosteniendo, y que hace mucho podía hacerlo solo —dice el profesor—. ¡Por supuesto que cree tener recuerdos, así lo planeé! Es lo que necesito que piense. Iba a escribir una infancia diferente para cada quien, pero luego me di cuenta que sería agotador, así que les daba a todos unos pocos detalles que luego difuminaba para que nadie recordará su niñez con claridad. En la mayoría de los casos, encontrará que las memorias más antiguas son más un sentimiento que una secuencia de hechos.

Acto seguido, me encuentro acurrucado en un rincón, temblando y llorando.

—No… No soy r… ¡Espera! ¡Eso de la bicicleta le ha pasado a todo el mundo!

—Lo cual solo prueba mi punto.

—Profesor, con todo respeto, es usted un maldito.

Tomo a la chica de la mano y me la llevo lejos de la biblioteca.

Estaba anocheciendo. Fuera de la casa había un amplio espacio descubierto en el que estaba más a gusto, entre tantos árboles medio-secos, y matas que aún no florecían, se sentía más real y menos un cuento de hadas. Esperaba que saliera al patio de al lado alguna vecina gorda apenas cubierta por una toalla, o algún repentino olor a basura quemada, incluso el sonido de una madre golpeando a su hijo mientras le enseña a leer la cartilla, cualquier detalle que pudiera seguir asociando con la realidad.

La chica había acabado casi toda la botella. Daba lentas vueltas como un trompo, mientras sacudía las caderas en un improvisado baile, donde el extenso sol naranja a su espalda, contrastaba la oscura silueta de su esbelta figura danzante. Un delirio de una visión divina.

Pierde el equilibrio y cae al suelo ebria y mareada. Me acerco para ayudarla a levantarse, en realidad no tengo tanta empatía, pero de todos modos en un cuento, ¿no? Sus lentes y la botella han caído lejos. Y a aunque sé que sin ellos a penas me distingue, pone las manos alrededor de mi cuello y yo alrededor de su cintura. Y nos balanceamos y giramos, aunque no haya ninguna música.

—Mundos que contienen mundos... —me dice— ¿No te preguntas qué es real y que no? Si consideras que eres real tú, ¿Soy yo real para ti?

—…

Noto que eso le molesta.

—Se lo que estás pensando: Apuesto a que mientras me estabas imaginando, me hiciste estúpida y fácilmente “emborrachable” para poder acostarte conmigo.

—No… No soy tan listo —me defiendo—… Y tú te emborrachaste sola.

—Ah, cierto.

—No te preocupes por eso, pase lo que pase, recortaré el fragmento, y solo los dos sabremos lo que pasó.

Ella sonrió ante la idea, y entonces…

[Fragmento omitido por el autor]

Y sin embargo, finalmente acabó.

—Supongo —me dice— que eso fue tan real para mí como irreal debo ser yo para ti.

—Espera, ahora lo entiendo —digo soltando a la chica en mis brazos, quien cae irremediablemente al suelo.

La oigo quejarse del dolor y lanzarme algunas maldiciones, mientras salto entre galaxias de ideas, y universos de pensamientos.

Tal vez todo es real. Tal vez mi versión del Todo, es su versión de la Nada, y viceversa. Todo es relativo, y todos los marcos de referencia son igualmente válidos. Tal vez, lo que entendemos por realidad es solo aquella ficción vivida desde un marco de referencia primo.

A las 23:00 horas, los torpes dedos se retiran de la laptop y me quedo contemplando la obra, analizando este pequeño fragmento que, siguiendo la “Filosofía de la composición de Poe”, fue el primero que escribí. No es solo un cuento, pienso. Más que eso, es un punto de convergencia entre “mundos que contienen mundos”.

7 Janvier 2019 22:59:00 0 Rapport Incorporer 1
La fin

A propos de l’auteur

Omar Castro Lo que vas a encontrar por acá es un tanto fantástico, no te extrañes, el mundo también es mágico.

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