Oscura Vendetta Suivre l'histoire

angellovix Angela Lovix

Esta historia participó en el Tercer Desafío: Cook that Bastard. _______ Sinopsis _______ Hacía años que llevaba planeando esto. Había esperado mucho tiempo para poder hacer mi oscura venganza y ahora que tenía la oportunidad, no podía evitar pensar en lo sabroso que sería ver cómo caía y moría agonizando una vez que el veneno hubiese recorrido todo su cuerpo hasta que terminase con su vida. Y supe que no podía esperar ni un minuto más para cumplir mi oscura vendetta.


Histoire courte Déconseillé aux moins de 13 ans.

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“Ni la luz más pura puede acabar con la oscuridad más oscura ni la oscuridad más oscura puede acabar con la luz más pura”.

Cita de El Sabio del Monte Athos.


“Hace mucho tiempo en el Olimpo de los dioses, nacieron dos niñas gemelas de la unión de Zeus y Electra que se llamaron Eris y Harmonía. A pesar de ser gemelas, sólo tenían en común el color de los ojos. Eris por una parte tenía el pelo negro, mientras que Harmonía era rubia. Pero pronto no sólo fueron esas diferencias las que las fueron separando. Harmonía tenía una personalidad más dulce y, sin embargo, Eris era de naturaleza cruel y sarcástica. A causa de ello, todos adoraban y querían mucho a la primera mientras que la segunda era ignorada. Y de la diferencia surgió la oscuridad”.

Cita de El Libro Dorado. Historia de los Dioses




Una luz me despertó. Al ser diosa no me molestaba, por supuesto; pero dañaba mi cuerpo y por lo tanto, me aparté de la luz lo más rápido posible.

Lo normal es que una diosa como yo, estuviera en el Olimpo disfrutando de la lejanía del planeta y de nuestra propia luz que iluminaba nuestro hogar pero yo no era una diosa normal y corriente y he de decir que no había sido santa y nunca lo sería. Esa fue mi perdición pero, ¿qué puedo decir? No era culpa mía. La culpa era de mi hermana y del resto por adorarla a ella. ¿Y yo? ¡A mí que me den! Jamás me hicieron caso, así que no deberían culparme por todas las cosas que había hecho a lo largo de los años. Además, me daban la culpa de unas cosas de las cuales no era culpable. Primero, me daban la culpa de la guerra de Troya sólo porque en mitad de una boda —a la que no había sido invitada— aparecí con una manzana dorada y puse que era para la más bella. No era culpa mía que luego tres estúpidas diosas discutieran por ello e hicieran elegir al tonto de Paris quién era la más bella. Además, en todo caso fue culpa de Paris por coger a Helena. Y segundo, me culpaban por intentar de engañar a un tal Sindat* —no recuerdo muy bien su nombre—, pero yo no había hecho nada a ese tipo. Además, ¿desde cuándo me importaba a mí lo que hiciese un humano con un barco?

Por ello —y bueno, porque soy algo rencorosa—, odiaba a cada uno de los dioses del Olimpo pero sobre todo a mi hermana. La diosa del equilibrio, dulce y amable. E increíblemente estúpida e inocente. Llevaba tantos años ya planeando acabar con ellos, que ni siquiera me molestaba ya en crear el caos y la discordia entre esos seres tan crédulos llamados humanos. Es más, cada uno de ellos aumentaba mi odio hacia los dioses que me habían prohibido un sitio en el Olimpo. Siempre con sus historias de que si sacrificabas tal cosa a tal dios, te proveería con algo mayor. ¡Y qué decir cuando afirmaban que los dioses eran buenos, bondadosos y amables! ¿Qué sabrían ellos, esos simples gusanos de pacotilla? Dioses buenos, bondadosos y amables. Si es que sólo al oírlo, me entraba un ataque de risa.

Afortunadamente, yo también era adorada en algunas regiones de la Hélade*, pero no era lo mismo. Los gusanos que me rendían homenaje lo hacían más por miedo y temor que por pleitesía. Y eso me dolía. Me sentía usada, traicionada... Pero pronto, todo el mundo sabría lo que sería meterse con la diosa del caos.

Me levanté para comer un poco antes de seguir con mi magnífico y perfecto plan. Era bueno coger energías antes de planear la venganza del siglo.

Llevaba mucho tiempo pensándola y durante muchos años, se me ocurrieron muchas ideas que al final, no me gustaban. Y por fin, una noche mientras pensaba, se me iluminó la mente. La idea era perfecta. No podía fallar, además que a mi hermana le encantaría y como era muy inocente... sería pan comido. Lo normal sería que no aceptase nada de mí al no estar en el Olimpo pero yo era su hermana y además, estaba invitada a su gran día —que también era el mío, pero yo no era tan popular—. ¿Quién no aceptaría un regalo de su hermanita?

—Mañana, será mi gran día —dije hablando conmigo misma—. Por fin tendré mi venganza y no podrán hacer nada. ¿Cómo van a poder hacer algo si el equilibrio se cae y sólo reina el caos?

Sonreí y me miré en el espejo. Me peiné el largo pelo negro y me observé con lentitud. No pude evitar pensar en que antes mis ojos se parecían a los de mi hermana, de un color azul. Ahora, eran rojos como rubíes y mi piel, antes más dorada, era ahora pálida y casi enfermiza. Sabía que se debía a que hacía mucho que la luz del Olimpo no iluminaba mi piel. De todas formas, podía ser peor si el sol de los humanos saliese en la ciudad en la que me encontraba—y menos mal que no lo hacía, porque el sol de los humanos me dañaba—.

Sacudí mi cabeza. ¿En qué narices estaba pensando? No era hora de admirarse sino de revisar una vez más el plan para que nada saliera mal. Puede que Harmonía fuese inocente, siguiese confiando en mí y que hablase conmigo, pero nunca estaba de más. Y de todas formas tenía que contar con que no era la única invitada y el resto de dioses no se fiaban para nada de mí.

Tragué saliva y cogí aire. A una parte de mí le dolía tener que hacer eso y sabía que eso no era bueno. Mi hermana tenía un don para llegar hasta el corazón de todas las personas y de todos los dioses y eso significaba que hubo una vez en la que había llegado a parte del mío. No debía dejarme llevar por esos sentimientos que terminaban envenenándome y me mataban desde dentro. Mi odio sería mucho más poderoso y potente. Y nadie me volvería a hacer sombra.

La mañana pasó poco a poco. Por mucho que revisaba el plan, no encontraba nada que pudiera ir mal.

Salí a comprar lo que necesitaba, lo preparé... En un resumen, pasé todo el día preparando mi plan y cuando acabé, me sentí satisfecha, exultante y lo guardé bien no fuera a ser que mi pequeño lobo se lo comiera.

Como aún me quedaban unas horas hasta la hora de la cena, decidí buscar en mi armario la ropa para mañana. Al menos si me encerraban, quería lucir bien y para ello, me decidí por un conjunto morado.

Cené tranquilamente acariciando de vez en cuando a mi pequeño lobo, dándole los huesos de los muslos de pollo que yo no podía comer y más tarde me fui a dormir.

Cuando el día siguiente amaneció, no pude evitar dibujar una gran sonrisa pensando en que hoy era el gran día. Mi gran humor no desapareció en toda la mañana mientras me vestía con el conjunto morado, decorando mi cuello y mi mano derecha con joyas y poniéndome unos pendientes. Estaba tan eufórica que por poco se me olvidaba el regalo cuando iba a salir.

Una vez lista y con el regalo envuelto en un brazo, me aparecí en el Olimpo. En cuanto la luz bañó mi cuerpo, suspiré de alivio cuando vi que dejaba de tener ese tono enfermizo aunque siguiese siendo pálida.

—¡Eris! —gritó una voz femenina que yo conocía. Me giré y mi hermana se lanzó para darme un abrazo. Yo se lo devolví un poco a regañadientes pero siempre disimulaba bien y ella no lo notó.

<<Sólo tengo que aguantar un poco más estas escenas. Si sigo así, la venganza será mía. Sólo unas horas más>> pensé mientras la abrazaba.

Cuando se soltó de mi abrazo, me sonrió y yo le devolví una sonrisa.

—Me alegra mucho verte aquí, hermana —me dijo aún con la sonrisa en la cara—. Mis felicitaciones por tus cien millones de años.

—Gracias, igualmente a ti —asentí suavemente con la cabeza—. ¿Ha venido ya el resto de invitados?

—Algunos sí y algunos no. Afrodita me dijo que se retrasaría un poco, por ejemplo y otros como Artemisa, no vienen. Decía que iba a estar de caza, los ciervos aparecen más por estos días y según ella, hay que aprovechar pero que si podía, se acercaba un momento. Aunque dijo que si eso, lo haría tarde. Y por supuesto, mamá y papá están aquí. Querrán verte —relató con entusiasmo y luego recayó en el regalo que yo estaba llevando—. Oh, tu regalo puedes dejarlo en esa mesa. Ahí están todos.

—Claro —dije sin más. Dejé el regalo sobre la mesa, poniendo por si acaso mi nombre. Enseguida mi hermana me cogió en cuanto terminé y me llevó arrastras a saludar a todos los invitados que ya estaban ahí.Cuando ya iba a arrastrarme a saludar al vigésimo, cogí a mi hermana por los hombros.

—Harmonía, relájate. Si me apetece ya saludaré yo al resto, pero ya sabes que no les caigo bien. No hace falta que intentes entretenerme, ¿de acuerdo? Estaré bien —dije ya cansada de tanto saludar a tantos dioses subnormales que no sabían apreciar mis poderes y mi arte.

—Está bien —sonrió un poco avergonzada—. Voy a saludar al resto.

Se alejó de mí y una vez que estuvo lejos, suspiró aliviada. A veces podía resultar tan pesada... Tan dulce, adorable e inocente... Iba a ser coser y cantar deshacerse de ella.

Sin preocuparme demasiado de las miradas que todos los dioses me dirigían, cogí una copa que me llenó Dioniso a regañadientes. Le dije que primero probase él de mi copa —nunca estaba de más ser precavida— y cuando vi que no le pasaba nada y que volvía a lo suyo, asentí con la cabeza y me fui con mi copa bebiendo un sorbo antes de dirigirme hacia donde se encontraba toda la multitud.

Como debía de haberlo imaginado, en el centro se encontraba mi hermana Harmonía con su conjunto naranja y dorado. Su pelo rubio que le llegaba hasta las rodillas, y tenía unos cuantos cabellos que había recogido hacia atrás con unas perlas doradas.

—Mis amigos dioses, gracias por estar aquí en este día tan importante —me hizo un gesto con la mano para que me pusiera a su lado. Yo me negué pero ella me cogió y tiró de mí hacia el centro, atrayendo la atención de todos—. Hoy, mi hermana y yo cumplimos ya un millón de años. Ya sé que hemos tenido nuestras diferencias, nuestros problemas pero hoy debemos dejar el pasado atrás. No importa lo que alguno de nosotros nos hiciéramos porque hoy hay que tratar de que todos vivamos en armonía. Y me alegra, nos alegra, que hayáis venido todos aquí a nuestra fiesta de celebración en un intento de buena convivencia. Por ello, os doy las gracias por vuestro esfuerzo. Muchas gracias.

Todos aplaudieron y yo los imité. Sin embargo, lafuria me estaba rezumando, borboteando desde mi interior y tuve que tratar de mantenerme en calma, a pesar de que mi cuerpo reclamaba que pusiera mis manos sobre el delicado cuello de mi hermana y acabase de un plumazo con su existencia. Y no era el hecho de me hubiese arrastrado al centro ni que los dioses me mirasen con odio. No, había sido su discurso. Justo en cuanto mencionó que no importaba lo que habían hecho, el dolor subió como la espuma y las ganas de asesinar a todos se me hicieron bastante tentativas. Sin embargo y como bien se sabía, la venganza se servía mejor fría y no había estado todos estos años tratando de mantener una buena relación con mi hermana para nada. Puede que eso me hubiera dolido como si me hubiesen clavado un puñal por la espalda, puede que mi corazón se hubiera deshecho en mil pedazos por el dolor de sus palabras pero tenía que esperar. Por mucho que doliera. Gracias al Olimpo, nadie lo notó o nadie pareció notar mi odio, sino que todos enseguida fueron a entregarle sus regalos y ella los recibió con una sonrisa. Yo cogí el mío con tranquilidad pero sobre todo, con una gran sonrisa en la cara.

Cuando todos terminaron de entregar sus regalos, me acerqué.

—¿Te has puesto la última para que reciba el mejor regalo? —preguntó ella, curiosa—. ¿Qué es?

—Ábrelo y lo sabrás —respondí simplemente.

Harmonía enseguida se dispuso a abrirlo y en cuanto vio lo que era, no pudo evitar una exclamación de sorpresa.

—Sabía que te gustaría. El mango es tu fruta favorita y como me dijiste que no tenías tarta... —dije con una sonrisa de satisfacción.

—Gracias, Eris —sonrió de felicidad—. Todos podremos comer ahora tarta. Bueno, a ti no te gustaba mucho esta fruta.

—No te preocupes, a mí de todas formas no me gustan los dulces... —me encogí de hombros. Y era verdad, no me gustaban. De hecho, había hecho una tarta a propósito para no verme obligada a comérmela y había gastado en ella todos los mangos que había comprado. Sólo por si acaso me invitaba a uno o algo por un estilo.

Se levantó ella muy ilusionada y dijo que la iba a ponerla sobre la mesa para partirla. Yo asentí y le dije que iba a servirme una copa, consciente de que en cuanto comiese un trozo de la tarta, se desataría el caos entre los dioses e irían corriendo a por mí.

Me alejé y después de unos minutos esperando a que se sirvieran unos cuantos dioses que estaban delante de mí, me serví una copa. Cuando me giré, pegué un brinco al ver detrás de mí a mi hermana.

—Es que me entró sed —dijo ella con una sonrisa y sirviéndose una copa. Llevaba en la otra mano un plato con un trozo de tarta y cuando se sirvió la copa, cogió la cuchara y probó un poco de la tarta. Yo le miré expectativa, aguantando hasta la respiración.

Entonces de repente, mi hermana empezó a jadear y bebió un trago de vino, en un intento de que se le pasara pero únicamente consiguió toser y ponerse más roja. Cayó de culo al suelo, todavía tosiendo y yo sonreí maquiavélicamente.

—¿Por... qué sonríes? —consiguió decir mi hermana, a pesar de que su mirada decía que estaba muy asustada.

Sonreí más ampliamente como si la sola pregunta que había hecho, me hiciera feliz.

—¿Qué me... has hecho? —preguntó al ver que no respondía. Estaba mucho más asustada que antes y lo único que pude sentir en esos momentos es júbilo.

—Digamos... —decidí por fin decir— que eché algo especial al mango que hay en la tarta que no te debe de haber sentado bien.

—Tú... —no consiguió terminar la frase ya que empezó a toser con fuerza y se retorció en el suelo, como si pretendiera aguantar el dolor y el veneno que había echado—. ¿Por qué? ¿Por qué... me has... traicionado? —dijo con pocas fuerzas y casi sin aire.

—¿Te preguntas todavía por qué? —dije con odio—. Por eones los dioses me han odiado, me han repudiado, me han ignorado, me han echado la culpa y tú... tú no eras más que mi sombra, pero a todo el mundo le gustabas. Y por milenios, nunca pretendiste que me hicieran caso, ni que me cuidaran, ni siquiera jugaste conmigo... ¿Y te atreves a decirme que yo soy la traidora? En todo caso, tú eres la traidora —recalqué, casi escupiendo las palabras—. Te empecé a hablar de nuevo para poder hacer mi venganza pero si yo no llego a hablar contigo, tú no habrías ido a por mí, ¿verdad? Porque no querías caer mal a los dioses —resoplé al ver su mirada cargada de dolor y lágrimas y me agaché—. Oh, Harmonía. No llores. ¿Sabes? Yo no te haría esto si no fuera por todas esas cosas que piensas y porque no has tratado de hablar con los dioses para que me dejaran volver al Olimpo. Míralo como algo justo.

Sonreí ampliamente al ver que seguía tratando de respirar con todas sus fuerzas pero se estaba empezando a poner de un color pálido como si se fuera apagando. Para asegurarme, observé a la Tierra desde donde estaba y vi que poco a poco iba reinando el caos.

—No veas como lo siento, hermanita —sonreí falsamente y me levanté de su lado—. Pero es hora de que reine la oscuridad y el caos.

Con ello, desaparecí antes de que los dioses aparecieran —que habrían decidido esperar a Harmonía para comer la tarta, como siempre se hacía en un postre—.

Probablemente nadie más estaba envenenado —aunque tampoco iba a sufrir si alguien más lo estaba—, así que tendría que huir de ahí y ocultarme ya que vendrían en mi busca.

Me aparecí en mi refugio un segundo para recoger todo y coger a mi pequeño lobo con un brazo. Una vez hecho, me aparecí en una casa de madera que había usado años antes y me instalé enseguida.

Cuando decidí salir a comprar algo más tarde, el caos ya reinaba en la ciudad en la que me encontraba y la luz se había apagado del todo. Mi sonrisa no se pudo hacer más amplia y de esa manera, me fui a comprar.

El caos que fue apareciendo en cada uno de los humanos, me alimentaba y mi piel lo agradeció porque empezó a tener un color menos blanquecino.Sin embargo, no esperaba que de todos los dioses que podían aparecer delante de mí fuera Artemisa la que apareciese, con el arco en tensión y a punto de disparar una flecha.

—Hola Artemisa —saludé yo con calma.

—Déjate de juegos, Eris. Arregla esto de una vez —me amenazó con el arco aún en tensión.

—¿Y si no lo hago, qué? ¿Me dispararás esa flecha? Vas a dispararla de todas formas —sacudí la cabeza con una mueca.

—Yo no soy una asesina como tú —dijo mordazmente.

—Todos somos asesinos —repliqué rodando los ojos—. No pienso arreglarlo. Ya era hora de que el caos reinase en el mundo y ninguno de vosotros podrá arreglarlo.

—En realidad, habrá alguien —dijo con una sonrisa de triunfo que me desconcertó—. ¿Sabes, Eris? Si tuvieras buena memoria, recordarías una frase que dijo El Sabio hace mucho tiempo. Esa que iba sobre la luz y la oscuridad.

—No era más que un cuento de niños —bufé yo—. Eso era sólo para que todo el mundo creyese que el bien siempre ganará al mal.

—A decir verdad, no es un cuento de niños —dijo una voz que creía que no volvería a oír.

Me giré. Delante de mí, se encontraba Harmonía. Viva. De pie. Enfrente de mí. Era imposible.

—Te envenené —dije con la voz temblando.

—Sí, lo hiciste —confirmó mi hermana pasando una mano por encima del cielo, quitando las nubes de encima y dejando la luz del sol salir—. Pero la luz más pura no puede morir al igual que la oscuridad más oscura tampoco.

—No puedes estar viva. Te maté —dije, ahora más asustada.

—Lo siento hermana, pero estoy viva. No hay manera de acabar conmigo porque siempre se necesitará la luz ni hay manera de acabar contigo, porque siempre se necesitará el caos —negó Harmonía con la cabeza, dolida—. Si hubieras escuchado a Artemisa y hubieras aceptado, no tendría que estar haciendo esto. Lo siento tanto, Eris. Si pudieras cambiar un poco...

—Jamás seré como tú o como el resto de dioses —escupí yo—. Me abandonasteis todos, como si no fuera más que un juguete.

—No era más que una niña. Además, ¿no has causado ya sufrimiento o guerra? —intentó convencerme.

—Quizás. O quizás sea que soy la diosa del caos —me puse altiva—. Vamos, ¿a qué esperas para atarme? ¿O lo que quiera que vayas a hacer conmigo?

Harmonía se acercó hasta mí con unas cuerdas doradas y yo esperé. Cuando se agachó delante de mí para atarme, cogí las cuerdas con rapidez y até a mi hermana con ellas. Después desaparecí de su lado, quité a Artemisa una flecha y volví a aparecer delante de mi hermana para ponerle la punta de la flecha en su garganta.

—No deberías confiar en mí, Harmonía —sonreí yo.

—Y no lo hago —dijo ella—. ¡Ahora!

De repente, me vi lanzada contra la pared y cuando levanté la vista, vi a todos los dioses enfrente de mí. Yo cerré un poco los párpados y volví a abrirles, para mirar con odio a cada uno de los dioses.

—¿Es ahora cuando me matáis? —pregunté yo con cierta ironía.

— No escuchas, ¿verdad? No se puede destruir a la oscuridad o a la luz —replicó mi hermana sacudiendo la cabeza con la mirada llena de dolor—. No, vamos a encerrarte en el inframundo donde no podrás herir a nadie nunca más.

Yo no dije nada pero tampoco es que hiciera falta.

Mi padre se acercó hasta mí sin decir una palabra y me ató las manos con unas cadenas de oro. Me soltaron de la pared una vez que estuve atada, mis padres junto con mi hermana y Artemisa, se aparecieron conmigo a las puertas del inframundo. Las puertas se abrieron y en el interior, se encontraban los dueños de él, Hades y Perséfone.

—No podéis dejarme simplemente aquí. ¡No podéis dejarme aquí encerrada! —grité yo intentando evitarlo.

—Lo lamento mucho, hermana. Es lo mejor para ambas. Tú vivirás bien y tus poderes seguirán contigo y lo mismo pasará conmigo —dijo como si eso la quitase el aire—. Hades, por favor...

Mi hermana le ofreció las cadenas de oro que me retenían y yo intenté que no las tuviese pero fue en vano. Hades cogió las cadenas y tiró de mí. Yo solté unas pequeñas lágrimas de dolor aunque no permití que las viesen y de todas formas, se secaron en menos de unos minutos.

Mis padres enseguida desaparecieron pero Harmonía nos acompañó a Hades y a mí hasta una cárcel donde ahí me dejaron. Una vez ahí, cerraron las puertas, Hades tiró de mis cadenas y me las quitó.

—¿Por qué mango? ¿Por qué no otra fruta? —preguntó ella de repente

—Porque es un gran ironía ser envenenado con algo que te encanta —le susurré acercándome a las barras de mi cárcel—Además del hecho que no me gusta.

—No has obtenido nada de esto —me miró a los ojos, muy seria.

—Eso no me importa. Echaré mi venganza sobre vosotros. Aunque sea lo último que haga en mi vida... Te arrepentirás de esto, Harmonía —siseé.

—Nunca podrás salir de aquí—dijo ella con la mirada llena de dolor, como si siquiera yo la importase. Con ello, desapareció.

—Eso, hermanita, ya lo veremos —susurré para mí misma.

Y así, me metí en la oscuridad de la cárcel. Mi venganza sería oscura pero esta vez, no me dejaría ni un solo detalle. La próxima vez no sobreviviría nadie porque para mí no había nada mejor que una venganza cargada de dolor y sufrimiento. Y esa sería la peor. Peor que esta oscura venganza.


*Sindat: Referido a Simbad, el Marino. Este personaje aparece, supuestamente, en las Mil y Una noches.

*Hélade: Referido al conjunto de territorios que formaban la Antigua Grecia. No sólo comprendía lo que ahora es Grecia, sino que el territorio era más extenso.


** Bueno, por fin puedo publicarla!! Creo que ya he revisado esta historia las suficientes veces. Espero que las pequeñas notas no os líen. Puse así Simbad porque dudaba que alguien a quien no le gusta los humanos, recordase un nombre de uno y lo de la Hélade lo quise aclarar por si acaso. Nunca está de más. En cuanto a las citas de arriba, la idea se me vino porque estaba buscando mi libro de griego en donde me venía cosas sobre la mitología y me encontré con un folio de historia en el que el profesor nos había puesto citas de personajes importantes y no pude evitar utilizarlo xD. Mi cerebro no paraba de decirme que lo hiciese ^^ En fin, que os dejo de contar tonterías de mi vida!! Espero que os haya gustado, lo votéis, comenteis, etc. Ya sabéis!!! Muchos saludos ;)

3 Novembre 2018 00:00:05 0 Rapport Incorporer 0
La fin

A propos de l’auteur

Angela Lovix Chica española de 22 años; ama escribir por encima de todo. O quizá después de leer. Sabe español, inglés, algo de francés y algo de italiano. Estudiando japonés por el momento. Es o bien una posponedora o buena organizadora. Tiene un gran problema con el chocolate. Ama el arte. Odia la hipocresía y la gente falsa. Demasiado honesta y amable para este mundo. Sarcástica las 16 horas del día. El resto de horas está durmiendo. Tiene una relación amor-odio con la humanidad en general.

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