Alma inocente Suivre l’histoire

khbaker K.H Baker

Abby, ansiosa por celebrar el día de su cumpleaños, acabará descubriendo que los monstruos son reales, y Grace, su madre, tendrá que pagar el sufrimiento que conlleva ese descubrimiento.


Drame Interdit aux moins de 18 ans. © https://www.safecreative.org/?wicket:interface=:8::::

#venganza #dolor #violencia
Histoire courte
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Alma inocente

Desde el momento en el que la pequeña Abby hubo puesto sus piececitos sobre las tablillas de madera que componían el suelo, la casa, apagada y sombría, se hubo convertido en una explosión de color, felicidad y armonía. Era un día muy especial para ella, era su cumpleaños, y como todos estos, desde que ella tuvo la edad suficiente como para subirse en una silla para ayudar, iba a cocinar una tarta junto a su persona favorita, su madre.

Los pequeños y suaves pasitos, se escucharon repiquetear rápidamente por el suelo, en dirección a la habitación de sus padres, donde esperaba encontrar a su madre, aunque para su sorpresa, se encontró una cama vacía, con las sábanas perfectamente estiradas.

—¿Mamá? —preguntó con su vocecilla aguda mientras giraba sobre su pequeño cuerpecito en pos de su madre, a la cual no encontró en ninguna de las habitaciones del piso superior.

Al verse sola, la invadió una singular sensación de vacío. Estaba acostumbrada a que su padre no estuviese presente en los días de su cumpleaños, trabajaba y ella lo entendía perfectamente pero, ¿cómo podía ser posible que su madre la hubiese abandonado también aquel día tan importante para ella?

Como si un nubarrón se hubiese instalado sobre ella, bajó cabizbajo las escaleras que llevaban al piso de abajo, cogiéndose de la barandilla mientras, poco a poco, apoyaba los pies en el escalón siguiente, hasta que llegó a la entrada de la casa, entonces miró hacia ambos lados. A la izquierda se encontraba el salón abierto, y desde donde estaba, podía verlo en su plenitud, excepto un pequeño rincón donde se encontraba una gran vitrina que su madre usaba para guardar la vajilla de porcelana. A la derecha, sin embargo, se encontraba el comedor, donde había una mesa central con cuatro sillas que la rodeaban, aparte de eso, no había nada más. Aquel espacio solo lo ocupaban para comer y cenar. Siempre desayunaba en la cocina, a la cual se podía ir desde ambas habitaciones por las puertas que había a los extremos de estas, y que se conectaban.

Daba igual la dirección que tomara, acabaría en la cocina, donde tenía pensado ir para prepararse un solitario y triste desayuno para poder celebrar consigo misma aquel día. Finalmente optó por el camino situado a su derecha, pasó por detrás de dos de las sillas que rodeaban la mesa cuadrada, y acabó cruzando el umbral que conectaba con la cocina.

La imagen desde allí era más compleja y extraña para ella, pues sobre la mesa habían dos platos de tortitas caseras, un tazón con cereales, una jarra de leche que desprendía vaho debido a la temperatura en la que se encontraba, y una jarra con miel. Estaba claro que todo aquello lo había preparado su madre pero, ¿dónde estaba?

—¡Feliz cumpleaños mi hermosa princesa! —exclamó una voz vivaracha tras ella.

Se sobresaltó ante aquello, y cuando se dio cuenta de lo que pasaba, su madre ya la tenía en brazos, con las pequeñas piernecitas apoyadas sobre los hombros, y su cabeza colgando, provocando que sus cabellos danzaran alegres de una dirección a otra.

Las risas no se hicieron esperar, ambas estallaron en una carcajada unida a gritos de júbilo por parte de la pequeña Abby. Cuando su madre volvió a darle la vuelta para dejarla en el suelo, la pequeña extendió sus brazos hacia el techo y dio un salto antes de abalanzarse sobre su madre, rodeándola con sus brazos con toda la fuerza que tenía.

—¡Mamá! —exclamó la pequeña—. Pensaba que te habías ido… —acabó la frase, con un pequeño puchero.

—¿Cómo iba a irme el día de tu cumpleaños? Eso sería como si faltásemos un domingo a misa… No, quiero decir… —hizo una pequeña pausa pensativa para después fingir escandalizarse—. Eso sería peor que faltar a misa un domingo.

Las risas volvieron a hacerse presentes por un momento, y después, Grace, la madre de la pequeña, posó su cálida mano sobre la espalda de su hija para guiarla hacia la mesa.

—Y no sería un cumpleaños como Dios manda si no comenzases tu día especial con una ración de las suculentas tortitas de mamá Grace —añadió, acercando la silla a la mesa cuando Abby se hubo sentado.

—¿Tú también comerás conmigo, mamá? —preguntó Abby, cogiendo la jarra de miel para verter un poco de aquella delicia sobre su plato, observando después como el hipnótico movimiento de la miel, iba empapando las tortitas, deslizándose por ellas poco a poco.

—Claro que sí, pero primero… —hizo una pausa y caminó hasta quedar frente a la estantería, de cara a su hija mientras escondía las manos tras la espalda, sacando después una cajita envuelta con papel de regalo y un lazo sobre esta.

Abby sabía que su madre no hacía magia, que había algún armario o mesilla a su espalda de donde había cogido la caja, pero le gustaba pensar que su madre era una bruja buena, enviada por grandes Dioses para protegerla y cuidar de ella.

Cuando vio el regalo, soltó los cubiertos de inmediato y alargó las manos en dirección a su madre, abriendo y cerrando las palmas hasta que su madre posó la caja sobre sus pequeñas manitas, que no tardaron en deshacer el lazo y rasgar el papel hasta que tan solo quedó una caja de lunares desnuda, de la que sacó una tiara y una varita.

Emocionada, se puso la tiara y empuñó la varita, moviendo esta de lado a otro, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Mira mamá, soy un hada —expuso risueña.

—¿Seguro? —se cuestionó Grace, frunciendo el ceño—. A ver… Agita la varita

La pequeña obedeció a su madre, riendo al hacerlo. Las campanillas que la varita tenía dentro de una bola de metal, tintinearon de una manera que sorprendió y complació a la pequeña, y entonces, su madre lanzó un puñado de confeti de colores simulando la magia. Cuando todos los coloridos trocitos hubieron caído al suelo, y Abby dirigió la mirada a su madre, se encontró con que esta sujetaba en su mano un traje de hada hecho a mano.

Un grito de júbilo estalló en aquellas cuatro paredes, y la pequeña fue incapaz de contenerse en su asiento. Salió corriendo hacia su madre, abrazándola de tal forma que la obligó a retroceder unos pasos mientras la envolvía entre sus brazos.

—Vamos a desayunar y después te lo pongo —prometió su madre.

—Pero yo quiero ayudarte a hacer la tarta… —se quejó Abby.

—Está bien, entonces te lo pondré después de hacer la tarta.

Ambas saciaron su apetito con aquel desayuno, comieron hasta que estuvieron llenas, y después, Abby ayudó a su madre a recoger la mesa y a fregar los platos. Tan solo tenía seis años, pero ya era toda una mujercita, incapaz de dejar que su madre cargara con todo el trabajo. Juntas, las tareas dejaban de ser un trabajo, para convertirse en un juego en el que ambas ganaban tan solo por el simple hecho de estar juntas. Abby era la mejor amiga de Grace, y del mismo modo, Grace lo era de Abby.

Tal y como solía hacer, Abby cogió un pequeño taburete y lo colocó frente a la encimera de la cocina, para después subirse a este y poder alcanzar a todos los ingredientes que había dispuesto su madre sobre la encimera. Hacer una tarta era una tarea deliciosamente dulce, y ambas pasaron las horas siguientes mezclando ingredientes, probándolos y ensuciándose de la mejor forma posible.

Cuando Grace metió la tarta en el horno, y recogieron todo lo que habían dejado de por medio, era hora de darse un baño y preparar la casa para cuando Conrad, el padre de Abby, llegara del trabajo. Conrad solía llegar sobre la hora de comer, pero después de un baño relajante, de ponerse guapa -a pesar de que su madre le aseguraba una y otra vez que estaba guapa con lo que se pusiese-, y después de preparar la comida favorita de su padre, este no acudió a la comida.

Pese al inmenso esfuerzo de Grace por que la pequeña tuviese un día plenamente feliz, esta sintió que le faltaba un pedacito. Ella quería a sus padres por igual, y la falta de uno suponía un hueco en su corazoncito, de inmensas proporciones a pesar de su tamaño.

Cuando el sol comenzó a caer, alrededor de las ocho de la tarde, unos golpes en la puerta, alertaron a las mujeres de la casa, que en aquel momento veían películas en la televisión, mientras comían palomitas caseras.

La primera en levantarse fue Grace, hacía poco que se había desatado una tormenta, y no quería que el viento mojado empapase a la pequeña por asomarse a la puerta a curiosear. Estaba intrigada, pues su marido tenía llaves y nadie solía visitarlas, pero cuando abrió la puerta, un hediondo olor a alcohol, le inundó las fosas nasales, y entonces se temió lo peor.

La razón por la que Conrad no había vuelto a casa después del trabajo era porque había estado bebiendo en el bar donde solía perderse algunas tardes, aunque ninguna había vuelto en el estado en el que había vuelto aquel día.

Un empujón la obligó a apartarse de en medio para que él pudiese entrar, pero Grace hizo caso omiso de aquello, y volvió a acercarse a su tambaleante marido para ayudarle a no caer. Su acercamiento desencadenó un golpe que ella no vio venir, tan solo un quejido salió de su garganta, y cuando se quiso dar cuenta, estaba tirada en el suelo, con la mejilla latente y enrojecida.

Abby se puso en pie en el sofá para poder ver lo que ocurría en la entrada de la casa, y cuando vio a su madre tirada, se bajó de este para ir en su ayuda.

—¡Abby, ve a tu habitación! —ordenó su madre con un quejido.

—No, Abby, ven con papá —contrapuso su padre, balbuceante.

La desorientada pequeña no sabía qué hacer, quería satisfacer a ambos, pero la grotesca imagen de su madre sujetándose la mejilla, le hizo pensar que quizá obedecer a su padre no era la mejor idea del mundo, por lo que en una carrera, subió las escaleras para encerrarse en su habitación.

—¡Ven aquí, Abby! —ordenó su padre con un grito antes de ir tras ella, arrancándose en una torpe carrera.

—¡Déjala! —repuso Grace cogiendo el tobillo de Conrad, provocando que este cayese al suelo, en uno de los escalones, y se hiciese sangre en la nariz, al golpeársela contra la fría madera.

Cuando Conrad se dio cuenta de que aquel pegajoso líquido carmesí resbalaba de su nariz, se giró hacia su mujer y la cogió por el cabello, arrastrándola escaleras arriba. Tenía los dientes apretados, y de sus labios resbalaba saliva mezclada con la sangre que todavía le goteaba, provocando que las gotas se estrellasen sobre el suelo, mientras caminaba escaleras arriba.

El sollozo de Grace se escuchaba sobre los jadeos de Conrad, por el esfuerzo que estaba haciendo al arrastrar a su mujer, a la que obligó a ponerse en pie una vez llegaron al piso de arriba. Su empujón fue tal que acabó estampándola contra la puerta de la habitación de la pequeña, y la frente de Grace se tiñó de un color morado que también decoraba su mejilla a causa del anterior golpe.

En la habitación de la niña no se veía ni un alma, pero cuando Conrad tiró a Grace contra la tarima, en mitad de la habitación de la pequeña, el sollozo ahogado de esta se escuchó bajo la cama, y fue cuestión de segundos, que Conrad la sacara de allí abajo, arrastrándola por la pierna.

—¿Por qué has huido de mí? —preguntó con una voz feroz que estremeció a la pequeña, que lloraba sin poder contenerse.

Las lágrimas enfurecieron a Conrad, que levantó su mano para hacer pasar a la pequeña por lo mismo que había pasado Grace, pero esta, reponiéndose de su dolor, se alzó y sujetó la mano de aquel hombre que había dejado de ser su marido en el mismo momento que había osado pensar en ponerle la mano encima a su hija. La fuerza de la Grace sorprendió al hombre, que empujó a la pequeña Abby contra el armario, antes de girarse hacia Grace para golpearla de nuevo, golpe que ella recibiría con gusto si así su hija estaba a salvo.

Aquel golpe la aturdió más tiempo del que hubiese podido adivinar, el alcohol había desatado a la bestia que se encerraba en el cuerpo de Conrad, volviéndole alguien despiadado y sin miramientos.

Grace quiso volver a levantarse cuando aquel malnacido volvió a girarse hacia Abby, pero le fallaron las fuerzas y lo único que pudo hacer, fue dirigir a la pequeña una mirada cargada de dolor.

—¡Corre! —exclamó un segundo después de que Conrad volviese a alzarle la mano a la pequeña, y esta, armándose de valor, corrió hacia su cama, para después pasar sobre esta y salir de la habitación.

Grace apoyó las manos en el suelo, y se arrastró torpe cuando Conrad salió corriendo detrás de la niña, y lo que sus ojos vieron en aquel momento, acabaron con ella en un solo segundo.

Abby corría hacia las escaleras, obedecía a su madre, quería salir de aquella casa y pedir ayuda a quien fuera, no le importaba a quien, siempre y cuando se llevasen a su padre de allí, pero Conrad la alcanzó de inmediato, y sus manos se posaron sobre la espalda de la pequeña, empujándola escaleras abajo.

El dolor la obligó a ponerse en pie, Grace se tambaleó hacia las escaleras, donde al pie de estas, su hija yacía inerte en una postura imposible para cualquier persona. No importaba cuan flexible fuera, la postura en la que se encontraba el pequeño cuerpecito de Abby era innatural, daba igual la forma en la que se mirase, y cuando Grace llegó hasta ella, pudo comprobar que su corazón ya no latía.

Las lágrimas corrieron incesantes por sus mejillas mientras sostenía el cuerpo sin vida de su hija. Imploró a los Dioses que le devolvieran la vida, ambas eran mujeres devotas, era lo menos que su Señor podía hacer por ella. Incluso pidió cambiarse por la pequeña, no importaba el precio si eso significaba que su pequeña volvería a abrir los ojos, pero allí no ocurrió nada, y se quedó sola, desconsolada, destrozada por dentro y por fuera, mientras se juraba a sí misma, que no iba a descansar hasta que Conrad –que había huido tras su acto– pagase por lo que había hecho.

26 Septembre 2018 09:20:13 5 Rapport Incorporer 6
La fin

A propos de l’auteur

K.H Baker Escritora, melómana, amante del terror y de los retos en general. Hago lo que esté en mi mano para cumplir mis objetivos y si es con una buena historia y un buen café, mucho mejor ^^ Instagram: @kh.ankathi

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Fausto Contero Fausto Contero
Una historia muy intensa que lleva al lector desde agradables hasta incómodas emociones. Se mantiene el suspenso hasta el punto en que se desea que algo suceda para evitar aquel final. Un estilo muy gráfico, fácil de visualizar y de leer, incluso las escenas más duras.
17 Octobre 2018 10:44:07
Marcela Valderrama Marcela Valderrama
Wow, excelente relato, me gustó mucho como describiste las escenas. Realmente es muy intenso y traspasas los sentimientos dolorosos. Mis felicitaciones para ti.
16 Octobre 2018 21:14:10
Frank Boz Frank Boz
Hola, llegué porque vi tu historia entre la comunidad, me llamó la atención. La historia llama la atención, no lo niego pero tienes que tener en cuenta que no debes caer en descripciones innecesarias, a veces no nos damos cuenta de ello. Por ejemplo en la parte donde la pequeña baja las escaleras, le dedicas mucho espacio en el relato o cuando camina por la casa. Entiendo que el suspenso atrae, tampoco lo niego, pero tienes que saber usarlo, en lo demás, me pareció una obra bastante firme y sólida. Un saludo grande y espero no te moleste mi comentario.
29 Septembre 2018 18:53:26

  • K.H Baker K.H Baker
    Muchas gracias por tu consejo, le echaré un vistazo y mejoraré ese aspecto ^^ 30 Septembre 2018 11:38:34
Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Que buen relato, me encanta este tipo historias cortas y ésta en particular estuvo muy bien realizada, fue intenso y llegué a sentir mucha impotencia!
26 Septembre 2018 14:04:17
~