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jossibel-bozo1525267093 Jossibel Bozo

Gustav Ginzburg, príncipe sucesor de la corona inglesa, no siente más obligaciones que demostrar la belleza del reino a Laía Montgrí, la chica que habita en el cementerio, y proseguir a desterrarla de su pueblo. Aquella se pierde en el bosque sin dejar rastros. Cuando Jonh II Ginzburg, su padre, es asesinado, no sólo se adueña del trono e inhóspitos incidentes que perturban la tranquilidad de su vida, sino que se encuentra con una bruja indescriptiblemente hermosa y malévola, sedienta de venganza que tiene en sus garras la actual razón de vida del rey. Todo en busca de romper una maldición que ha sometido a las brujas a la mortalidad desde siglos atrás.


Romance Historique Déconseillé aux moins de 13 ans.

#ficciónhistórica #fantasía #328 #brujas #amor #romance
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Prólogo.

Jonh II había hecho y deshecho desde un principio. En el año 1388, a sus dieciséis años, conoció a Elisabeth Mary lV, hija del Barón de Escocia. De todas las mujeres que habían llegado desde los lugares más lejanos del mundo y princesas que buscaban llamar su atención, Elisabeth había sido la que menos le había dado asco para casarse. Ella en cambio, fue obligada a desposarse con él dos años luego, cuando les hizo creer a todos que estaba enamorado. Muy pronto, mientras ambos intentaban reproducirse entre el sexo sin amor, todos sospecharon inmediatamente que ella no podía dar hijos. Entonces, para él una desgracia entre su hambruna de poder —su padre aún en el trono y su mujer estéril—. La maldijo tantas veces que ella se había acostumbrado a esa palabra. Jonh no soportaba ambas situaciones, habló con los caballeros que consideraba cercanos, él les prometía que su mandato sería mejor, y les ofreció formas de vida que un caballero jamás podría permitir. Pero todos se negaron a matar a Jonh I. Tuvo que tomar una daga él mismo, y apuñalearlo más de diez veces en la habitación más alta de la torre, donde el sonido no viajaba por el resto del castillo. No sintió una pizca de dolor al matar a Jonh el Grande, su padre. Más bien, enorgullecido de sus manos y de su ahora pronto futuro, tomó el trono con la mayor felicidad.

Pero faltaba más para él.

Elisabeth Mary, sabía quién era Jonh ll, y siempre dudó de su aparente benevolencia ante la muerte de Jonh l. Ninguno enamorado del otro; pero el sentimiento les llegó para las mismas épocas. En 1396, entraron al pueblo dos hermanos, clase baja, que querían introducirse en la nobleza inglesa. Arnold McNair, tes muy clara, cabello negro azabache y ojos penetrantemente negros; conoció a la reina Elisabeth Mary, cuando sus dotes encima de un caballo lo volvieron popular en la zona, se levantaba sobre su lomo, y caía a su costado mientras este cabalgaba. Era más rápido que cualquiera y ganó mucho dinero entonces; así llegó a oídos de los reyes. Se organizó un espectáculo exclusivo. Asistieron. Cuando finalizó el acto, Arnold hizo una reverencia ante éstos. Pero al levantar la mirada quedó hipnotizado con la belleza de la reina. Así comenzó una muy secreta historia de amor. Arnold iba al palacio cuando caía la penumbra de la media noche; Elisabeth, quien no dormía con Jonh ll, había pedido que cambiaran su dormitorio desde una de las partes más altas de la torre hasta el primer piso, excusándose que bajar las escaleras le producía mareos. Después de que Arnold cruzaba la ventana, ambos yacían en su desnudez hasta el alba de la mañana siguiente. Se amaban con todo su ser.

El mismo día que se originó el amor de Elisabeth Mary y Arnold McNair, floreció el amor de Jonh ll como un girasol en busca de su valiente sol. Había puesto sus ojos en Randall McNair, hermano de Arnold, de momento que Arnold hizo su reverencia le preguntó:

— ¿Y no presentáis a tu hermano? —quien estaba entre la multitud escondido. Era muy diferente a Arnold; tenía el cabello hasta los hombros y unos ojos marrones impactantes, con una contextura poco más gruesa que la de su hermano.

—Oh, claro majestad —lo buscó con la mirada— ¡Randall ven acá!

Randall llegó callado.

—Señores él es mi hermano Randall McNair —sonrió.

Randall hizo una reverencia y miró Jonh quien lo miraba.

—Parece que podríais ser un buen caballero —dijo con una clara intención, que sólo él entendió.

Los hermanos se miraron y Arnold le sonrió. Así comenzó otro romance. Durante las prácticas de Randall, el rey lo solicitaba cada vez con más frecuencia, para apremiarlo con un cumplido respecto a sus avances. Jonh ll amaba su forma varonil de caminar, su seriedad y valentía. Aunque aún permanecía en sí el miedo de que el joven no sintiese lo mismo y gritase a todos que el rey de Inglaterra era un homosexual; su miedo persistió hasta un día, cuando una noche, —poco después de que Jonh permitiese que él se quedase en el palacio, en una de las recamaras de la servidumbre. Randall pensó por los momentos que nada podía ser mejor— entró desesperado de amor y encontró al fornido hombre durmiendo desnudo sobre aquella cama que se alumbraba de las velas. Se acostó a su lado, se despojó de sus ropas y comenzó a besarlo. Randall despertó y ambos se miraron, el pelinegro estaba un poco confundido mas, minutos luego se limitaron a besarse y tocarse desmesuradamente. El resto sucedió cada noche que se veían. Aprendieron a quererse en un secreto oscuro, porque de ello, dependían sus vidas. Así era como el rey pasaba sus noches con un aprendiz de caballero y la reina con el talentoso hombre del caballo. Un año luego de dos secretos mortales y de amores sin rumbo, sucedió lo inesperado.

—Señora, ¿está usted bien? —le preguntó una sirvienta a Elisabeth quien terminando de bajar las escaleras vomitó toda la cena. Le pasó un pañuelo y la reina lo tomó limpiándose la boca.

—Sólo limpia esto —tocó su cabeza pues comenzaba a marearse.

—Majestad, con todo respeto, no debería subir más las escaleras.

Subió nuevamente hasta la recámara de su esposo porque sus sospechas de un niño en camino, la enriquecía tanto de felicidad, como de miedo. La puerta estaba cerrada, pero pudo oír unos gemidos, unos muy varoniles. Claramente esto no la hería, pero imaginarlo la confundía. Esperó hasta que los ruidos cesaron y de pronto como si nada, se abrió la puerta y Randall salió. Inmediatamente cerró la puerta a sus espaldas. Y la fulminó con la mirada.

—Dices algo maldita y mato a Arnold —entonces bajó las escaleras muy rápidamente.

Elisabeth entró y vio a John yaciendo en su cama, estaba feliz. Ella pudo imaginarse el, para la misma, asqueroso por qué.

—Hagamos un hijo —le dijo.

***

Meses luego de la llegada de Gustav, Arnold se había tenido que marchar de Corfe Castle. Entre los hermanos se había desatado la mayor de sus rivalidades. De manera mutua sabían cada uno en lo que pensaban cuando miraban al horizonte. Randall que en menos de un año se convirtió en otro sanguinario como Jonh, y el poder que ahora le era ejercido lo dejó sin sentimientos hacia nadie; tal vez para John, mas a veces no sabía si se trataba de un gran interés material.

—Vete del maldito pueblo, o diré a Jonh que ese bastardo no es su hijo para que lo mate ante tus ojos —serenamente lo decía pero lo hacía más firme y frívolo. Posiblemente la molestia de Randall era que alguien más allá de su compañero de intimidad supiese su secreto. Arnold le incomodaba, lo molestaba, lo asqueaba, e incluso lo hacía sentir un mal hombre. No lo quería cerca. No quería que alguien supiese algo. Si él se oponía a sus órdenes, lo mataría. Arnold había aprendido a conocer a este nuevo hermano; y aunque en verdad no le gustaba su transformación, aquel le prefería en silencio—. Y no dudéis de que mata a tu desagradable amante junto al bastardo.

Arnold, que en el alba de la siguiente mañana ya estaba partiendo a algún otro lugar que no conocía, estaba dejando a sus espaldas al amor de su vida y al amado hijo que nunca le permitieron tocar. Sin embargo, prefería esto, a tener que recordarlos con el dolor incurable del alma. Nunca llegó a saber las razones de su hermano, y su odio mortífero a su compañero, a su protector, a su amigo, y todo. Porque desde un principio solo habían sido dos contra las adversidades. Pero esa mañana, levantó sin hermano, sin dinero, sin la mujer de su vida. Empezaba nuevamente. Elisabeth Mary por su lado, no permitía que las nanas cuidasen de su hijo, y mientras amamantaba al bebé se acomodaba en la mecedora del balcón esperando a su querido amante. Pero nunca volvió. A diferencia, Randall y Jonh, siguieron felizmente con su apasionada vida privada, matando y apoderándose del mundo.

A ambos ambiciosos no les bastaba, querían más. Razón por la que para ese entonces —cuando Inglaterra empezó a recuperarse de los desastres naturales que la habían asolado— declaraban guerra a la mayoría de los países europeos. Jonh no vio los primeros años de su hijo, por estar en otros lugares con su fracasado ideal de conquistar el mundo incluso más allá del mar. Y cinco años luego, a su regreso, esperó conseguir a un Gustav rudo, para llamarle pequeño Jonh. Al encontrarse con un niño tímido lo despreció al instante. Varias noches violó a su mujer para que le diese otro heredero, sin embargo, al echarle la culpa a Elisabeth, no sabía que el infértil era él, Jonh ll Ginzburg. Lo miraba cada mañana, cuando el niño tenía sus clases de idiomas; lo notaba tan apasionado a leer, que pensó que jamás le gustaría una espada.

Dado el momento que para ese siglo comenzaron a azotar los desastres naturales (un frío letal, vientos incontrolables, hambre, la peste negra, la pobreza) la muchedumbre comenzó a gritar que todo venía siendo producto de la familia de la torre negra, por quienes suplicaban los quemaran en la hoguera. Era una torre alta, hecha de piedra con ventanas de madera, y una puerta que nunca se veía abrir con la luz del sol. Se ubicaba al oeste del pueblo en una colina. Rumores comentaban que allí habitaban dos brujos y su hija Laía, quien era tres años menor que el príncipe. Al conocer las habladurías en vez de causarle miedo, Jonh, se imaginó toda la historia. Durante la muerte de Inglaterra, el monarca de ésta no pensaba en cómo prevenir más muertes y hambres, pensaba más bien en el exitoso futuro de Gustav. Mandó a Randall a las afueras de la torre negra a vigilar cada noche y ver qué tan malvada era esa familia.

***

—Es una familia común —llegó Randall luego de la primera semana—. El hombre lee un cuento a la niña, la mujer hace la comida y los llama para cenar, luego ambos duermen al bebé y apagan todas las luces para dormir.

Eso alegró a Jonh, sabiendo que no corría peligro en matar a esos dos.

—Querido Randall, vas a matarlos.

— ¿A todos mi señor? —dijo un poco preocupado.

—No, a la niña no.

Mientras más desastres sucedían más historias inventaban Jonh y Randall para generar el mayor de los miedos a Corfe Castle.

—Que nadie os acerque a la torre del oeste —vociferaba el rey a su pueblo que lo veneraba—. Han amenazado con la devastación total de Inglaterra si alguien llega a pisar cerca del lugar —calló un momento—. Pero algún día mi pequeño Gustav se encargará, de hundirlos a los tres para que dejen nuestro hogar en paz —la multitud comenzó a gritar de alegría, amaban a su tirano rey lleno de mentiras. Jonh giró su cabeza para mirar a Randall y ambos rieron disimuladamente. Sólo ellos dos sabían las falacias de las que llenaban a la gente. En una noche cuando descansaban a la penumbra de la luz de las velas. Randall le preguntó:

— ¿Por qué no queréis matar a la pequeña, señor? —acariciaba la barba de Jonh.

—Ya oíste, será Gustav quien la matará —miró el techo y se imaginó como aclamaría el mundo a la familia Ginzburg.

***

Cinco años luego, de lluvias, inviernos azotadores y hambres producto de las mismos desastres, donde sólo la realeza tenía la posibilidad de comer, finalmente el pueblo entero temía por los de la torre negra. Había quienes se habían suicidado porque decían que la furia de éstos sería peor en algún tiempo. Otros que mataban a los recién nacidos para no traerlos a sufrir. Fue una década de caos. Este era el punto de partida de Jonh ll.

—Hoy matarás a los Montgrí, exepto a la niña, a ella la llevarás al cementerio —le dijo tomando una copa de vino.

— ¿Qué le diremos al pueblo?

—Que Magda Montgrí y Benjamín Montgrí murieron con el fin de unir los tres poderes en el cuerpo de la pequeña —rió un poco y lo miró—. Te amo... —esto último en tantos años de relación nunca había podido decírselo, pero frente a esos oscuros ojos no se resistió.

—Yo también lo amo a usted, mi señor —hizo una pausa—. Y haría lo que fuese.

Esa misma noche, Randall asaltó las barreras del hogar, apuñaló al hombre y cuando quedó tendido en el suelo fue hasta la cocina para quemar a carne viva a la mujer, con el placer de la mirada suplicante de la niña. Él ya no sentía compasión. La arrastró hasta su caballo, y luego la olvidó en el cementerio.

—Padres y madres de familia, campesinos, farmacéuticos, todos los que estáis aquí presentes —clamaba el rey a su pueblo que escuchaba atento—. Ayer, a la media noche Magda y Benjamín Montgrí murieron, —todos se miraron y una ráfaga de felicidad retumbó el lugar— sin embargo, no os alegréis tanto. Su hija, Laía, ha quedado para tomar el poder de ambos. Ha de ser mucho más fuerte que cualquiera y ha dejado la torre negra para adueñarse del cementerio. ¡Y que nadie os acerque! Ha mandado una carta diciendo que quién se acerque al lugar nunca descansará ni en vida ni en muerte... Algún día acabaremos con ella. Lo estoy prometiendo.

— ¿Por qué me has dicho que esconda a Gustav? —le preguntó Randall cuando Jonh se encontraba en la recámara quitándose los guantes.

—Gustav no puede crecer con el mismo miedo.

Gustav seguía siendo un niño tímido, amante de la lectura y arisco con las espadas, esto tenía un origen; su madre. Además de ser —para Jonh— un estorbo entre Randall y él, una maldita infértil que no podía darle más herederos, era también la razón por la que su único hijo no se parecía a él. Planeó tan delicadamente su muerte que durante ese trance se preguntó si verdaderamente debía matarla. Mas siempre concluía en un sí rotundo. Ella no moriría apuñalada, incluso tampoco de una caída o un suicidio. Ella moriría de una enfermedad. A cada cosa que ella comía, Randall le agregaba un poco de la pócima que compraban secretamente a Margaret Turner, a quien años después el mismo Jonh acusó de hereje al priorato de Cambridge para luego castigarla quemándola en la hoguera. Así fue poco a poco cayendo en una cama, muriendo a pasos lentos y poco progresivos. Hasta el día de su muerte. Luego de esto la vida de todos cambió. Inglaterra quedó sin reina, Gustav sin una madre y Jonh, para su felicidad, sin una esposa. Gustav pasaba su dolor cuando Jonh lo obligaba a entrenar, y esto a su padre le llenaba de orgullo.

—Quien le hable a mi hijo de la bruja será acusado de herejía —decía mirándolo desde la ventana.

— ¿Entonces cómo la matará, majestad? —le preguntó Randall sirviéndole un vaso de vino.

—No tengo respuestas para todo, mi queridísimo Randall.

4 Mai 2018 21:44:55 1 Rapport Incorporer 0
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Irving Trinidad Irving Trinidad
Hola Jossibel. Me ha causado curiosidad, ¿dónde está participando tu historia? Que está interesante.
5 Mai 2018 15:47:50
~

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