Cuyabeno Suivre l’histoire

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Manuel Pérez Recio


Extracto de la novela Cuyabeno, un viaje novelado por la selva amazónica que nos narra las aventuras y desventuras de dos jóvenes amigos, procedentes de España, que deciden adentrarse durante unas semanas en lo que consideran uno de los lugares más mágicos del planeta.


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Cuyabeno. Capítulo 1

“No es la primera vez que sucede algo así”, aseguró con firmeza la joven siona. A continuación, acomodó su enorme trasero sobre uno de los peldaños de la escalera, levantó su fresca camisa de hilo blanco y comenzó a amamantar al pequeño mestizo de piel canela que lloraba impotente entre sus brazos.

Caía el mediodía en el Campamento de la Laguna Grande, corazón de Oriente.

Recogí mi pequeña mochila de viaje, que al llegar había dejado al pie de la escaleta, y me encaminé hacia la cabaña que nos había sido asignada.

Los rayos de sol atravesaban el tupido follaje como barras de hierro incandescentes. Los insectos se arremolinaban por decenas, buscando cobijo debajo de las piedras, las hojas verdes y entre las grietas y juntas de los tablones de madera que vestían los pasos elevados del campamento. Los reptiles permanecían estáticos sobre las vigas de los tejados o las ramas de árboles, mutando el color de sus cuerpos para desaparecer a los avizores ojos de sus depredadores. El resto de la selva dormía en un vaporoso letargo de silencio. Apenas rompían la densa y mortecina quietud el susurro de la brisa intentando penetrar en la espesura, la caída repentina de algún fruto maduro sobre la hojarasca que alfombraba el suelo y los fuertes latidos de mi corazón.

Cuando alcancé la sombra del chamizo principal, me detuve unos instantes para recuperar el aliento. Al apoyar la cabeza sobre uno de los pilares de madera que soportaban la enorme bóveda de bambú y hojas de palma que protegía del sol y la lluvia aquella estancia, dejé un sobrio esbozo de mi rostro con el sudor que regaba mi frente.

—¡Ya de vuelta! —exclamó mi buen amigo Mateo.

Emulando a la sabia fauna del lugar, Mateo llevaba horas pertrechado en su hamaca, absorto en la lectura de una de sus insufribles novelas de amor, bajo el techado de palma del porche—. Creía que estabas remando por algún brazo perdido de la laguna —continuó.

—Esa era mi intención, te lo aseguro, pero el calor era asfixiante y no me atreví a realizar ninguna actividad.

—¿Y dónde está tu espíritu aventurero, tanto que alardeas de él cuando mostramos las fotos de cada viaje?

—De momento, aparcado. ¿Y el tuyo? Por lo que veo, descansando sobre una cómoda hamaca.

Mateo dejó el libro abierto del revés sobre su pecho y, tapando su nariz, dijo:

—Cambiando de tema, ¿no notas como un ligero tufillo a cloaca?

Aspiré con fuerza. Una amalgama de insanos efluvios anegaba el aire.

—No sabría decirte. Hay tantos olores extraños por aquí…

—Vaya, parece que no has pillado la indirecta –se jactó—. Eres tú, Diego. Podías haberte dado un bañito en la laguna; es lo único por lo que yo abandonaría un rato la sombra de la cabaña.

—Supongo que tienes razón —asentí con indiferencia—, pero la canoa no está en el embarcadero. La habrá cogido Washington para ir a pescar. —Torné la mirada hacia la orilla de la laguna—. Y todavía no ha regresado. Quizá a media tarde me aleje unos metros con la motora de Pedro y me pegue un chapuzón… Eso si quiere acompañarme, sólo él sabe cómo arrancar ese trasto.

—Si no has salido del campamento, ¿se puede saber dónde te has metido desde el desayuno?

—Estuve de cháchara con Carlos, en la cocina. Luego me acerqué hasta la cabaña de la mujer siona. Quería saber su opinión sobre lo sucedido, ya sabes…

De pronto un grito afilado se coló en medio de nuestra conversación. Desviamos la mirada hacia una de las ramas bajas del gigantesco cedro que se erguía en medio de la explanada. El grito lo había dado una vieja lora multicolor que solía rondar por los aledaños en busca de algo que picotear.

—Le gusta llamar la atención —dijo Mateo.

Cubrí mis ojos con una mano para evitar la lluvia de reflejos dorados que escupían las hojas. En ese momento, la lora estaba acicalándose el plumaje.

—¡No seas escandalosa, que ya te vimos! —le increpé a viva voz.

La lora voló asustada, dejándose un par de plumas en la remontada y un regalito algo más pesado y craso en el aire, que cayó como una pequeña bomba de racimo entre los dos, salpicando mis pies.

—Bueno, ¿y qué te dijo? —insistió Mateo.

—Sus palabras no han sonado muy alentadoras. Confirman lo que sospechábamos: El mexicano no es el primer turista que desaparece en el entorno de la laguna. Parece que este lugar está gafado. Dice que ya van tres desde agosto.

Mateo sacó del bolsillo de su camisa una pequeña tarjeta de visita. Antes de cerrar el libro, señalizó la página que estaba leyendo. Luego lo dejó caer sobre los tablones del suelo, por el otro lado de la hamaca.

—No te extrañes. Esto no es un pueblito de la Sierra. Aquí, perderse o cruzar la línea es jugarse la vida.

—Lo sé, lo sé… Pero nadie nos había hablado de las otras dos desapariciones.

Sequé mi frente con un pañuelo.

Mateo apreció las huellas del cansancio en mi semblante.

—¿Por qué no descansas un rato? Tumbado a la sombra no se está del todo mal.

—Sí, será lo mejor.

Dejé la mochila apoyada en la pared de la cabaña, avancé pesadamente por la tarima y me acomodé en el acogedor abrazo de mi hamaca, situada a continuación de la suya.

Mateo se inclinó ligeramente hacia mí.

—Ya lo decía aquel maño, cooperante de no sé qué ONG sin fronteras que nos cruzamos en el aeropuerto de Guayaquil, ¿lo recuerdas? —Y exagerando el sutil amaneramiento de aquel tipo, añadió—: “No se confíen demasiado, muchachos, que la selva es como una baya silvestre, atractiva pero traicionera”.

—En realidad, a mí no me preocupa la víctima. Se trata de los hechos. Por más que lo intento, no logro comprender lo que ha sucedido. Quizá sólo sea mi imaginación, pero…

—¿Desconfías de los lugareños?

—No sabría decirte, la verdad. Me extraña mucho la forma en que desapareció, así, de repente, sin dejar más rastro que su... —perdí la mirada al frente, incapaz de acabar la frase.

—Él solito se lo buscó, ¿lo recuerdas? Provocó al destino con sus imprudencias. Y ya sabes que el destino, cuando muestra sus cartas, no acepta un renuncio por respuesta.

—No es por él, sino por mí. No encontrar el cadáver es como dejar un puzle sin terminar porque has extraviado una sola pieza, sin trascendencia para el resultado final pero que deja un vacío demasiado llamativo en la imagen. Por supuesto que el mexicano era un tipo presuntuoso e imprudente. Y también estoy seguro de que, pese a no haber cumplido los cincuenta, ya tenía demasiadas deudas acumuladas con el Diablo. Si la selva no hubiera acabado con él, antes o después alguien lo habría hecho —afirmé convencido—. De una forma u otra tenía los días contados. Apuesto a que en algún lugar de este miserable mundo hoy alguien está celebrando su desaparición brindando con ron o tequila. Pero me gustaría ver el cuerpo, o lo que quede de él, para dejar cerrado este asunto de una vez por todas.

De pronto noté una dolorosa punzada en el pulgar de mi mano izquierda. Al tumbarme y dejar caer el brazo sobre la tarima de madera me había clavado una pequeña astilla.

Comencé a extraerla con sumo cuidado.

—¿Te das cuenta, Diego? El futuro es incierto —señaló Mateo, muy atento a mis gestos—. ¿Quién sabe lo que nos depara?… Somos arlequines guiados por una mano divina. Nada ni nadie puede cambiar lo que va a suceder. Quizá había llegado su momento. —Extendió sus manos, dibujando una cruz convexa con su cuerpo hendido en la hamaca, y añadió con voz profunda—: Designios del Hacedor.

Aguijoneado por su comentario, levanté unos centímetros la cabeza para dar más altura a mi voz:

—¿Incierto? Yo creo que esa mano divina que según tú maneja los hilos debe andar en otros menesteres. El futuro, compañero Mateo, es una puta disfrazada de virgen que te pasa factura cuando menos te lo esperas. Todo se paga antes o después, porque todo tiene un precio. La suerte decide cuándo y cómo, aunque no siempre con buen criterio... ¿Acaso crees que existe una crónica detallada donde se ha reflejado cada instante de la vida de una persona y el minuto exacto de su muerte? Lo que hay son decisiones y consecuencias —y añadí, apoyando con firmeza mi discurso—: Nadie puede evadirse de sus propias responsabilidades. Si en verdad existiera un dios todopoderoso, cronista sempiterno de la existencia humana, estoy seguro de que tendría cosas más importantes de las que preocuparse. Es la conciencia del Hombre la que determina qué está bien y qué no lo está, la que va dibujando el camino a seguir y dando sentido a nuestras vidas.

—Vaya, vaya. Qué profundo te has vuelto de repente, compañero. ¿Estará el Infierno perdiendo un cliente?

—Sabes de sobra que no creo en Dios ni en el Diablo. La religión es una falacia, un instrumento de control para las masas; opio para el pueblo, como dijo Marx.

—Deberías mostrar algo más de respeto, Diego. Los referentes religiosos no son algo tangible, responden a una cuestión de fe; se siente porque se lleva dentro. —Extravió su mirada en el inmenso dosel de hojas verdes que tejían los árboles sobre nuestras cabezas y agregó en tono fatalista—: Algún día lo comprenderás. Sólo espero que no sea demasiado tarde.

En mi rostro afloró una sonrisa.

—Lo siento, padre. Es que no puedo evitar este comportamiento ímprobo. El pecado me persigue infatigable. —Junté las manos en ademán de rogativa—. Sé que vago por caminos escabrosos, y que debería temer las graves consecuencias de mi actitud pecaminosa. Así que esta noche me fustigaré la espalda con un trozo de liana, por blasfemo —dije en tono burlón.

—¡Serás cabrón! —exclamó Mateo. Y me lanzó un pequeño escarabajo negro y azul que acababa de aterrizar sobre su hombro—. ¡Vamos, atácale! —animó desde su hamaca al sorprendido insecto.

Pero el escarabajo, viéndose superado en tamaño y mala idea, antes de caer sobre mí extendió rápidamente sus alas e inició una desesperada y ruidosa huída sorteando las prendas de ropa tendidas en las cuerdas amarradas al chamizo.

—¿No serás tú el que, sin apenas darte cuenta, estás siendo abducido por el Lado Oscuro?... ¿No sientes la Fuerza?...

—Lo que siento es una insoportable presión en mi vejiga. Me voy a mear —dijo. Se levantó de un brinco y se adentró apresurado en la cabaña, en dirección a la letrina.

—¡Normal! ¡A saber las horas que llevas ahí tumbado! ¡Te estás aburguesando! ¡Lo que tienes que hacer es preocuparte más por disfrutar cada segundo de esta miserable vida que nos ha tocado en suerte! —vociferé a su espalda—. ¡Que sólo son cuatro días, y ya hemos consumido dos! ¡Bueno, tú puede que dos y medio! —agregué, a pesar de que él solo era tres años mayor que yo.

Mateo respondió a mis palabras con un exagerado gemido de placer, que prolongó a propósito durante unos segundos, hasta concluir la faena.

Quedarse en el campamento no fue una decisión tomada a la ligera. Tuvimos nuestra oportunidad de abandonar la Laguna Grande, regresar a Lago Agrio o buscar otro espacio natural donde alojarnos tras aquel desafortunado suceso, como el resto de excursionistas. Pero, ¿cuándo íbamos a poder repetir una experiencia similar? El único parte que nos había sido remitido, y de forma extraoficial, sobre la desaparición y supuesta muerte de Alejandro Oliveira, el mexicano, estaba henchido de datos confusos y declaraciones contradictorias. Ya nada se podía hacer por él, salvo rezar por su alma; y de poco le iban a servir los rezos de un escéptico como yo, que con el paso de los años había cultivado la concepción de la realidad desde el pragmatismo del superviviente, renegando de toda religión o visión intangible sobre la vida y la muerte.

¿Miedo?, ¿desconfianza?... No. En absoluto. Lo que aumentó considerablemente fue nuestro respeto por el entorno. Era cuestión de enfocar correctamente la situación e intentar adaptarse a las nuevas circunstancias. Tampoco sentí lástima por el mexicano. Sí algo por su viuda, Sabrina, cuando pienso que tuvo que sufrir su plúmbea compañía durante lo que debieron ser cinco interminables años de infeliz convivencia. Al menos, esa fue mi impresión.

Todos creíamos que el mexicano había muerto en la laguna, cerca de la desembocadura del río Hormigas. No hallaron su cuerpo, pero el testimonio del guía que los acompañaba y las detalladas declaraciones de su compañera sentimental dejaban poco a la imaginación. “No debió lanzarse al agua tan cerca de los manglares, no debió hacerlo, no señor...”, repetía ella sin cesar. Aparte de zambullirse cerca de la orilla, también había sido amonestado por adentrarse solo en la espesura, arrancar brotes de plantas protegidas, grabar su nombre a machete en los árboles, molestar a los nativos con sus impertinentes burlas… Como ven, parecía empeñado en demostrarnos a cada momento su indiferencia tanto por la comunidad siona como por el salvaje entorno de la Laguna Grande, soberbio remanso del río Cuyabeno a cuyo pie se erguía nuestro frágil campamento.

Para su información les diré que el caudal de la laguna, en época de lluvias, podía crecer hasta hacerla alcanzar algo más de dos kilómetros entre sus extremos, distancia nada despreciable si consideramos las voraces pirañas, sigilosas anacondas y furtivos caimanes que placían a sus anchas en casi todo el perímetro. Pero con este alegato no pretendo hacerles creer que la laguna era una gigantesca maraña de trampas mortales, si esa es la impresión que les he podido transmitir, porque para quien, por ejemplo, trataba de mantener cierto grado de higiene corporal, existía una opción mucho menos arriesgada que la elegida por la víctima: tomar una motora o una canoa de remos y acudir hasta el mismísimo centro del remanso. Allí sí cabía dicha posibilidad, pues según nos había asegurado Washington, nuestro guía, los depredadores habituales siempre merodeaban cerca de los márgenes y enramados, donde resultaba mucho más fácil que cayera alguna presa entre sus fauces. Nunca en espacios abiertos. Y no cabía dudar de sus palabras, ya que gran parte de la confianza que habíamos depositado en él se basaba en su participación en cada una de las acciones de las que tomábamos parte.

Al Campamento de la Laguna Grande, hasta entonces un pequeño jardín del Edén perdido en la vasta región amazónica de Sucumbios (Oriente en Ecuador), llegamos desde Lago Agrio, la última población antes de abandonar definitivamente cualquier atisbo de modernidad (entiéndase electricidad, carreteras, agua potable…). Fue a finales de septiembre, tras pasar unos días en el archipiélago de Galápagos y luego en el viejo Quito, disfrutando de unas improvisadas pero merecidas vacaciones de aventura. Allí gozamos como en ningún otro lugar de la generosa hospitalidad de sus buenas gentes —“Gente de corazón”, me aseguraba meses atrás el médico del Dpto. de Enfermedades Tropicales que me inyectó las vacunas pertinentes para este viaje—. Seis días después, convenientemente informados y casi ciegamente convencidos por la fantástica descripción que un jesuita valenciano familia de Mateo, mi compañero de viaje, nos hizo de la selva amazónica tras su regreso de una de las Misiones ubicadas a orillas del río Napo, decidimos continuar nuestro intenso viaje hacia el indómito Oriente.

Nuestro encuentro con el jesuita no fue casual. Hacía más de veinte años que, debido a la distancia, éste no había recibido visitas de ningún miembro de su familia. Así que compartí y disfruté aquel emocionante momento como si fuera un pariente lejano más. No fue así con el último día en la capital, sin duda alguna el más accidentado de la semana. Acabábamos de llegar a la estación de autobuses de Quito, procedentes de Mitad del Mundo —lugar situado a pocos kilómetros de la capital andina, donde se encuentra el obelisco que representa los cuatro puntos cardinales y a cuyo pie se trazó la famosa línea del Ecuador, latitud 0-0-0—. Allí pasamos el día. Para comer habíamos comprado en un puestecito ambulante, a pie de carretera, unas deliciosas empanadas de carne y verduras que, poco más tarde, a los dos nos sentaron como un tiro a bocajarro en el estómago. Mateo la pudo vomitar. Yo tuve menos suerte, y sufrí tal descomposición interna que hube de pasar un buen rato viéndolas venir bajo un árbol seco, al pié de una loma cercana al obelisco.

Horas después, alcanzada la media tarde, comenzó a llover con gran intensidad. ¿Quién lo iba a decir, con el sol que había lucido durante toda la mañana en aquel infinito lienzo azul celeste? Llevábamos ropa de abrigo en la pequeña mochila de mano, pues estábamos informados del brusco cambio de temperatura en estas latitudes, pero a ninguno de los dos se nos había ocurrido pillar el chubasquero. Imaginarán nuestra lamentable apariencia a última hora del día, guarnecidos bajo el toldo de plástico de una tienda de regalos, ya en el andén de la estación de autobuses de Quito, esperando a que dejara de llover para iniciar el camino de regreso hacia el alojamiento. Algo en nuestro desarbolado aspecto debió parecer sospechoso a dos elegantes agentes de la INTERPOL —como así se identificaron, documento en mano— que aparecieron de la nada.

—Por favor, señores, deben acompañarnos a la oficina de control —indicó en tono autoritario el más próximo a nosotros.

—¿Sucede algo? —preguntó Mateo, sorprendido.

—No se preocupen. Pura rutina —continuó flemático el otro agente.

Al levantarme del suelo, mis tripas regurgitaron como si acabara de engullir una bolsa de ranas. Mateo lo ignoraba, pero en mi mochila llevaba el esqueleto limpio de una enorme iguana que encontramos devorada por los insectos en una de las islas del archipiélago. Seguro que haberme procurado ese recuerdo suponía algún tipo de delito ecológico. “¿Quién me mandaría a mí?... Debí dejarla con el resto del equipaje, en la habitación que nos había prestado la Radio Católica” pensé arrepentido.

Tras avanzar unos cuarenta metros tras ellos, entramos en un cuartito en penumbra situado detrás del último andén. Una minúscula claraboya de cristal en el techo permitía el paso de un débil haz de luz. Cuatro maletas desvencijadas en una esquina y una pequeña mesa de madera cuarteada y llena de muescas y arañazos en el centro eran toda la decoración.

A una señal del agente, depositamos las mochilas sobre ella.

Las paredes desprendían un fuerte olor a orín y humedad. El suelo, mohoso y resbaladizo, estaba regado de pequeñas y oscuras salpicaduras de origen incierto.

—¿Me permiten sus pasaportes? —preguntó el otro, casi sin despegar los labios, extendiendo la gruesa palma de su mano.

Nuestros documentos cayeron de inmediato sobre ella.

Aquellos dos tipos se parecían tanto entre sí que al principio llegué a pensar que podían ser gemelos, separados de su madre y adiestrados ya desde pequeñitos para este tipo de misiones.

—¿Dónde se alojan? —prosiguió, una vez comparados nuestros rostros con las fotografías de los documentos.

—En el edificio de la Radio Católica. Aquí tiene la dirección —respondió Mateo, sin titubear, entregándole una especie de carta que sacó del bolsillo de su pantalón.

—¿Y a dónde se dirigen ahora?

—Queríamos partir lo antes posible hacia Oriente, pasar unos días en la selva, alquilar una cabaña cerca de algún río y explorar los alrededores —aclaró.

En ese momento, su compañero se acercó a mí con el entrecejo fruncido y me invitó en tono severo a darle la espalda e inclinarme apoyando las manos sobre la pared. ¿Había leído mis pensamientos? Luego colocó sus gruesos dedos en mi cintura. Durante un segundo, admito que fuera de contexto y de forma totalmente irracional, temí lo peor… Pero entonces comenzó a cachearme con bastante celo y cierta brusquedad. Las mochilas esperaban pacientes su turno sobre la mesa. Cuando terminó conmigo, proceso que no le llevó más que unos segundos, enfiló hacia ellas con determinación.

El agente que parecía llevar la voz cantante leía la carta que le había entregado Mateo, en silencio pero con gran atención. Su mirada pétrea y su gesto de dogo estreñido hubieran intimidado al más osado. Sin embargo, a media lectura, su rostro cambió súbitamente de expresión, hasta el punto de casi denotar miedo en la mirada. Durante un instante, el papel pareció temblar entre sus manos.

Ya comenzaba a inventar una explicación inverosímil sobre cómo había llegado hasta allí el dichoso esqueleto de la iguana cuando, de pronto, se pronunció el agente:

—Mil disculpas, señores. —Bajó considerablemente el tono de su voz y forzó una especie de reverencia—. No sabía que ustedes eran… Perdonen por las molestias que les hayamos podido ocasionar, pero es que últimamente viene mucho maleante por aquí. Cuando quieran, pueden marchar. Y gracias por su colaboración. Disfruten de su estancia en Ecuador. —Se retiró un paso atrás y con un sutil gesto nos invitó a recoger nuestras pertenencias.

Sólo cuando recuperé mi mochila y cerré la cremallera dejaron de temblarme las piernas.

El agente se dirigió sumiso hacia la puerta, que abrió de par en par. Aunque el día estaba gris, la luz que iluminaba el último andén penetró en aquella tétrica estancia como un ejército invasor.

—Gracias. Y no se preocupen, no ha sido molestia, ustedes sólo cumplen con su obligación —asintió Mateo, con la tranquilidad de los inocentes, inclinando la cabeza en un gesto amable, como si estuviera absolutamente convencido de que no podía darse un desenlace distinto.

Cuán equivocado estaba. Si hubieran descubierto el esqueleto de la iguana…

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué nos dejan ir así, sin más? ¿No te ha parecido un tanto precipitado? —le pregunté, intrigado, ya saliendo de la estación.

Mateo quedó pensativo, meditando una respuesta que al fin no halló.

—No lo sé.

La lluvia había cesado, pero la sensación de frío aumentaba por momentos. Por el receptáculo de la entrada pululaban un par de mendigos en busca de recién llegados, pero los esquivamos acelerando ligeramente el paso.

Abstraído en la búsqueda de una respuesta un poco más coherente a mi pregunta, al comenzar a bajar la pequeña escalinata de la estación, tropecé de lado con una mujer indígena que cargaba un enorme fardo a su espalda.

La mujer se tambaleó sin llegar a perder el equilibrio.

Me torné hacia ella, dispuesto a ayudarle con la carga si era necesario.

—Lo siento —me disculpé.

Pero la mujer guardo silencio, desvió la mirada y siguió su camino acelerando el paso.

—Qué extraña es la gente de las montañas —comenté a Mateo, bajando sensiblemente la voz, sin dejar de mirarla.

—Sólo desconfían de los extranjeros.

—Será eso —asentí, molesto por la facilidad con que Mateo hallaba siempre una respuesta para todo.

—Más asombrosa ha sido la reacción de los agentes. En realidad, no me explico ese repentino cambio de actitud. Vas a tener razón. Igual ha tenido algo que ver la carta de mi tío.

—¿Me dejas que le eche un vistazo?

Mateo sacó de nuevo la carta del bolsillo de su pantalón, la desplegó con sumo cuidado y me la entregó.

Aquella carta rezaba así:

*

(Fin del extracto) Si desea adquirir la novela, puede hacerlo a través de la web de Amazon, Casa del Libro o Corte Inglés. Disponible en rústica y e-book.

Gracias por su interés.

21 Avril 2018 08:03:14 0 Rapport Incorporer 0
La fin

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