El legado de Ysbryd: Memorias de Arlan Suivre l’histoire

shadna Patricia Soler

Tras seis décadas de vivir una existencia vacía y sin nadie a quién rememorar. Dioltas, un mercenario, que desea fervientemente recuperar sus recuerdos, hará todo lo que sea necesario para lograr su objetivo -incluso asesinar-. Decide emprender un camino lleno de peligros, al percatarse de que su último recurso se encuentra en Naoh; la isla donde habitan los entes más poderosos de todo Loryn, los Dannad; quiénes son considerados dioses, aunque no por su misericordia. El resentimiento siempre está lleno de dolor y sacrificio, mas cuando no te queda nada, ¿qué más da arriesgarlo todo? ¿Descubrirá cual es el precio de la inmortalidad? © Shadna, 2017.


Fantaisie Déconseillé aux moins de 13 ans. © Registrada en Safe Creative

#Misterio #Drama #Violencia
7
7.0k VUES
En cours - Nouveau chapitre Tous les 15 jours
temps de lecture
AA Partager

Prólogo: Dioltas

Aquella gruta era estrecha y oscura, el agua se colaba por las grietas provocando que el ambiente fuera frío y húmedo; tanto que comenzaba a calar en la ropa, además de hacer la piedra más resbaladiza si pudiera ser posible. Era una locura ir a tientas por aquel angosto camino, sin embargo, él no se consideraba una persona muy cuerda, que se dijera. Sin añadir que esa era su última oportunidad, su carta final.

En Hama —la capital de Bassur— había podido recuperar la fe. Era una de las ciudades más importantes y ricas, y también donde debías que ir para recaudar la información que necesitabas. Allí, en la taberna de Bael, había conocido a un caminante que le dio la información que necesitaba, lo que tanto había ansiado conocer; claro que a cambio de un favor, siempre había que intercambiar algo y lo que él podía ofrecer era la muerte, ese era su don: el asesinato.

Llevaba más de sesenta años ganándose la vida así, sobreviviendo gracias a los cadáveres de desconocidos y del pago de sus codiciosos clientes. Él no juzgaba, no se informaba; solamente aceptaba los encargos, si el precio era lo suficientemente jugoso.

Vislumbró algo de luz al final, y una amplia sonrisa apareció en su rostro, casi más de medio siglo intentado recuperarlos y al final lo conseguiría. Llegó a una pequeña cueva, donde había un fuego con un caldero en el centro junto a una cama mal hecha. La persona que vivía allí lo hacía en una situación precaria, de total pobreza; pero era normal, si eres una fugitiva buscada por los Dioses.

—Vaya, vaya, no esperaba visita. —La voz se alzó, y de las sombras surgió una mujer, una anciana de cabellos ceniza que ocultaban su jorobada espalda. Tenía unos cansados ojos de color azul, un azul tan claro que parecían irreales. Las arrugas y manchas por la edad habían hecho estragos en su piel. Él jamás creyó que una mujer como ella pudiera lucir ese aspecto—. Pero pasa, no te quedes ahí en la sombras.

—No gracias, aquí estoy bien. —Él permaneció allí en la penumbra, no le interesaba que la anciana viera su cara, al menos aun no, sabía que formaba parte de los Dannad, o como los llamaban los mortales, «Dioses». La anciana sonrió ampliamente, soltando alguna pequeña carcajada.

—Veo que sabes quién soy. Al menos no eres un insensato. —Se sentó con dificultad cerca del fuego, alzando las manos para calentarse mientras las frotaba—. Y dime, ¿a qué has venido?

—Deseo recuperar algo que me arrebataron —contestó ansioso, necesitaba tenerlo ya. La mujer lo miró intrigada.

—Y eso que te hurtaron, ¿es algo material? —Él negó con la cabeza mientras observaba la risa siniestra de su acompañante—. Ya veo. En ese caso, tengo que darte una mala noticia, no soy la persona que buscas.

—¡No me jodas, anciana! Eres Sajra de los Dannad, tienes poder para hacerlo —voceó alterado, tuvo que apretar los puños para no golpearla, su mandíbula estaba prieta, la ira vibraba por todo su cuerpo.

—Puede que eso fuera así hace décadas pero ahora no soy más que una decrepita anciana que espera su trágico final. —La mujer agachó la cabeza decaída, y el hombre que la acompañaba golpeo con fuerza la pared de roca que había a su costado.

Le temblaba todo el cuerpo, al igual que notaba como el sudor caía por su frente. ¡Joder! ¿Había tenido que arriesgar tanto para nada?, ¿por qué el destino le deparaba ese castigo?, ¿a qué Dios tuvo que molestar para llegar a eso? Nunca lo recuperaría, ya no había esperanza.

Aunque aceptara miles de encargos, aunque para conseguirlo tuviera que asesinar a niños, mujeres o provocar una sublevación; no importaba, era igual lo que se esforzará, siempre era el mismo resultado, igual final para distintos caminos. ¡Todo era un fraude!, no todo no, solo él. Porque jamás sabría quién era.

Su primer recuerdo era de él mismo despertando en mitad del desierto de Jaf, sin nombre, sin memoria, totalmente solo. Anduvo días y días, con el calor y el cansancio haciendo mella en su cuerpo, notando como sus músculos se entumecían y perdían fuerza. Además de como la sed lo mataba lentamente, como su boca ansiaba probar cualquier líquido, mientras que sus agrietados labios ya dejaban de sangrar por las heridas. Y aun así, con todo ese sufrimiento, la muerte no le reclamaba, no era capaz de saber que maldición era esa. ¿Quién le detestaba tanto como para desearle esa tortura? ¡Le odiaba! Aborrecía a ese ente tan rencoroso como para arrebatárselo todo.

Suspiró con resignación, jamás sabría cual era su historia, su verdad.

—Gracias por nada anciana. —El resquemor se palpó en cada palabra pronunciada, la odiaba, sin embargo no se atrevería a enfrentarse a esa bruja, ¡no, claro no! No era estúpido. Se marcharía y le reclamaría al hombre que le dio la información.

«Se iba a divertir mucho él» Pensó satisfecho al planificar la tortura que sufriría ese cabrón por su estafa. Se le hacía la boca agua solo de pensar en sus gritos y súplicas, sin embargo él no cedería, no, ese no era su estilo. Él era la muerte y en eso se regocijaría.

—Espera —ordenó Sajra—, he dicho que yo no puedo, pero sé donde podrías recuperar lo que ansias. —Paró en seco al escucharla, y la observó de soslayo, no estaba seguro de si fiarse de esa mujer o no—. Eres Dioltas, ¿verdad?

—¿Cómo sabes quién soy? —preguntó con la voz ronca, algo perturbado puesto que no había mostrado su cara como para que ella pudiera saber su nombre.

—Estás asustando. —Una enorme y sádica sonrisa se dibujo en sus arrugados labios—. Pero tranquilo, no haré nada con tu nombre, sé que no es el verdadero ¡una lástima!, me lo dijeron los espíritus, ellos dicen muchas cosas. Hablan del futuro y del pasado, del...

—¡Déjate de lecciones anciana! ¡Al grano! —gruñó con fuerza. Le exasperaba que no fueran directos, que no le dijeran las cosas claras. La paciencia no era su principal virtud.

De repente una enorme llamarada surgió del fuego que antes estaba casi extinto. De ésta surgió un ser, no era corpóreo sino que su figura estaba hecha de fuego. Observó a Dioltas con curiosidad, para luego clavar sus vacías cuencas en su señora.

—No te atrevas a deshonrar a los espíritus, desagradecido, o ellos no tendrán piedad de ti. —La anciana, que instantes antes parecía una mujer apunto de exhalar su último aliento de vida, ahora se había convertido en un ser imponente. Controlaba a ese engendro a su voluntad, es más las llamas lamían su piel y ni si quiera le afligían quemadura, al contrario, parecían cuidarla.

Ese era el poder de una Dannad, aunque fuera una anciana. Ellos podían controlar las fuerzas de la naturaleza, al menos eso decían las leyendas, y él estaba siendo testigo de su veracidad.

El hombre apenas se movió de su sitio, pegó todo lo que pudo su espalda a la fría roca que no hacía más que aumentar su temperatura; podía notar el calor de aquel colosal monstruo, como le asfixiaba y quemaba. No quería ser pasto de las llamas si le daba por abrazarle.

«La muerte deseosa de devorar nuestros espíritus nos acecha.

El fin del mundo, tal y como lo conocemos, está cerca.

Las aguas subirán, la tierra se abrirá y las llamas nos abrasarán.

Nadie estará a salvo, pues las ánimas de la creación nos abandonarán.

Solo cuando las almas se reúnan

la sombra resurgirá,

y tendremos una posibilidad»

La voz de la mujer sonó profunda y antigua, sus ojos estaban totalmente blancos, mientras el enorme demonio de fuego seguía a su lado, sin moverse, sin dejar de observar a Dioltas. El hombre tragó con fuerza.

—¡¿Qué mierda has querido decir?! —La adrenalina y el miedo le estaban pasando factura, no era capaz de medir sus palabras ante la hechicera que estaba ante él.

—Podrás ingeniártelas tú solo, ¿verdad? Porque tú no necesitas a los espíritus —comentó con sarna y una sonrisa torcida en el rostro—.Suerte en el Reino de Naoh, necio. —La anciana le escupió sus palabras con asco y el monstruo de fuego se ensanchó, volviéndose una enorme bola de llamas que se esfumó al instante. Sin dejar rastro de la anciana.

Dioltas estaba aturdido por lo ocurrido, el sudor le caía por la sien y tragó con fuerza apretando los puños, estaba furioso. Todo se había complicado más de lo necesario; por suerte no había perdido la vida. Todavía era consciente de como sus piernas temblaban y como el corazón palpitaba con desesperación, como si quisiera huir de su pecho. No era la muerte lo que temía, puesto que él sabía que la parca no lo quería entre sus filas. No, no la temía, pero... el dolor era otra cosa, el sentir como tu cuerpo era ensartado o mutilado... Aunque hubiera pasado sesenta años sufriendo heridas, aun no se acostumbraba a ese tormento.

Por otra parte, su cuerpo se tensó al recordar que la anciana había dicho tenía que ir a Naoh, ¿Naoh?, ¿quién quería ir al Naoh? Él mismo había rechazado innumerables veces formar parte de sus filas y convertirse en uno de sus perros o de la «Guardia sagrada», como ellos la llamaban.

Escupió en el suelo al pensar en esos malnacidos de los Dannad, solo por ser inmortales se creían con derecho a todo; concibiéndose como superiores a los demás mortales, y que por este motivo todos le debían pleitesía, ¡les odiaba! Por ese maldito motivo él siempre rechazaba sus invitaciones. Además de que ellos vivían en la isla de Sagur, pasado el mar de Onix. Allí solo podían residir ellos y los que estaban bajo sus órdenes. Y claro, no había mucha diversión entre sus filas.

—Joder —farfulló mientras se llevaba las manos a la cabeza. No podía haber otro sitio, otro ¡jodido! sitio en el planeta al que acudir que el lugar más protegido de todos. Deslizó sus dedos por su cabello hasta su cuello, el cual masajeó con fuerza. Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios.

Nunca le habían atraído los retos tranquilos y las cosas demasiados fáciles. Sabía a lo que se exponía y lo que arriesgaba, mas no comenzaría ahora cambiando sus gustos por el peligro. Si sus recuerdos estaban en Naoh, allí es donde él iría.

Continuará...

6 Mars 2018 21:27:32 1 Rapport Incorporer 3
Lire le chapitre suivant Los Dannads

Commentez quelque chose

Publier!
Gin Les Gin Les
Recuerdo cuando leí solo esta parte. Pronto leeré el resto. Lo espero :D
7 Mars 2018 22:29:44
~

Comment se passe votre lecture?

Il reste encore 2 chapitres restants de cette histoire.
Pour continuer votre lecture, veuillez vous connecter ou créer un compte. Gratuit!