[Spin-off] El corazón del automata Suivre l’histoire

aryzabel

Karl recibe el llamado de la Duquesa, misma que le hace viajar a tierras lejanas y frías donde encontrará el corazón de un autómata. Un prototipo que sí o sí deberán obtener, sin embargo algunas cosas no salen como las planea.


Fantaisie Tout public.

#búsqueda #aventura #Ravi Zoraj #Karl Knox #Spin-off #LDPS
Histoire courte
2
8.3k VUES
Terminé
temps de lecture
AA Partager

El corazón del automata

El corazón del autómata


A dos cuadras más cerca de la estructura de Terragnora, Karl ya tenía un mal presentimiento. Y no era por el dolor insoportable que le causaba el brazo metálico; tampoco tenía nada que ver con que Zoraj hubiera hecho de las suyas y se hubiera escapado por ahí a creerse un héroe, no, su mal presentimiento venía del par de señoritas frente a él que no le dejaban mayor visión que sus espaldas y algo más. Bien sabía que Gladoma, a pesar de ser fría, sus habitantes tenían una increíble capacidad para soportarlo, pero no tenía idea de hasta qué punto. Si él, cubierto de pies a cabeza con todo tipo de abrigo sintético que le prometía estar tan caliente como se pudiera, sentía que se le congelaban las bolas, dudaba de que ellas no; tendría que dejar de desviarse.

A varios metros veía un grupo de hombres; un grupo que vigilaba los alrededores, armados, y que cuidaban de quien estuviera dentro del vehículo a prueba de carbón. Era una chatarra aquella maquinaria, aunque lo suficientemente ruidosa como para dejar en vista la posición de quien la usase, claro, dependiendo de la distancia. Karl se ocultó en su abrigo, bajó la cabeza e hizo lo propio: parecer un mendigo apostado a un lateral del camino. Con el aroma de la podredumbre cerca y el de los exóticos platillos de un restaurant a tan solo una cuadra. Mientras que el par gritaba toda clase de comentarios para llamar la atención de quienes solo pasaban con la cabeza en alta, él notaba la cantidad de hombres con las que el sujeto en cuestión siempre andaba. Cinco hombres en el frente, otros tres iban en tarresport, una especie de moto con una clara modificación para la estabilidad y controlado por un ciborg de pocas luces —Su único fin era el de manejar—. Cuatro más iban a cada lado del vehículo y al final unos seis.

Por supuesto, ninguno se detuvo en el burdel de Las esperanzas, y si era así bien se confirmaba su hipótesis de que, ahí adentro no viajaba quién él esperaba. Quizá su esposa, su hija o hijo, o cualquier otra persona, pero no él. Y ese era su peor presentimiento. El factor distracción venía de algo más. Debía saber qué.

Se levantó del suelo y caminó hacia los hombres, que enfundados en su uniforme característico y armados, lo lanzaron al suelo al verlo acercarse. Al final tenía alrededor de cinco hombres junto a él, uno de ellos ejerciendo presión para que no escapara, el resto apuntaba y exclamaban.

—Vi a mi hija, señor…. Se murió —carcajeó.

No era la mejor actuación, ni lo sería pero si eso les despistaba, bienvenido sea. Al final el grupo del burdel salió huyendo luego de ver a una que otra lanzar una mirada desaprobatoria.

—Arréstenlo, que ella no lo vea —exclamó un hombre mayor que apenas pudo ver.

—A mí me gustan de pie ¿A usted?

Él arqueó la ceja y bufó.

—Solo es un indigente, señor. —Logró articular uno de ellos. Karl notaba el temblor en su voz.

—No le pedí permiso —regañó.

—¡Sí, señor!

Dos horas después, luego de recibir el lavado de los indigentes y el maltrato de los carceleros, le habían asignado una recamara fina de lechos fabricado en cuero de algún animal muerto sin procesar, un asiento de cal y cemento y un escusado que parecía un hoyo sin fondo y que apestaba de igual manera. Se dejó caer en el suelo, consciente de que sería una larga noche hasta que pasará alguna de las dos cosas que imaginaba: que Zoraj se enterara y regresara por él o que de alguna forma los carceleros le permitiesen salir. Después de cuarenta horas solían hacerlo, no obstante era demasiado tiempo y había trabajo por hacer. Su primera opción tampoco era alentadora. Ravi se reiría en su cara antes de sacarlo del pozo donde había caído. Qué mal había causado para contar con tremendo ingrato, lo sabía, claro que lo sabía; nunca imaginó que sería un dolor en el trasero, era eso lo que le dolía y el daño ya estaba hecho.

Fijó la vista en aquel techo que le traía más dolor al mirarlo y esbozó un bufido. Prefirió levantarse y buscar en la puerta alguna forma de salir. Después de todo, los barrotes estaban oxidados, comidos por el tiempo, eso le debía dar una oportunidad a pesar de lo pesadas que se veían.

Unas tres horas y media habían pasado y la idea de escapar se le había olvidado. Mejor era esperar, sí, Karl sabía de esperar. Era paciente como pocas personas en el mundo. Se había recostado de los barrotes y se encontraba cantando canciones sin rima con un sonido atroz pues él, de cantar, no sabía nada.

—¡Cállate! ¡Mugroso hijo de puta! —gruñó un carcelero desde su posición.

Eso hizo que el mercenario sonriera. Un grito, a la distancia, puede jamás oírse, y si lo hace es por cuestiones del eco. Aquel sonido que retumbaba como una ola hasta quien debiera escucharla. La cuestión para Karl, era que, ahí, en medio de nada, la voz del carcelero era perfectamente audible. No su eco. Aunque pensándolo mejor eso no le servía de nada, solo le indicaba que, de haber la posibilidad, no tendría que correr por todo el lugar.

Siguió cantando canciones ridículas de amor, de un niño que lo engañó y una mujer que dejó a su suerte en algún lugar.

—Creo haberte dicho que hicieras silencio. —El carcelero se había acercado hasta él. Demasiado cerca.

Tomó de la correa que rodeaba el tórax del hombre y lo haló con fuerza hasta golpear con los barrotes en tan repetidas ocasiones que, aun deseando el carcelero sacar su arma y disparar, no podía hacerlo. Quiso detenerlo aferrándose a los barrotes; Karl agradecía en ese momento la fuerza que podía otorgar un brazo mecánico.

Se apresuró en revisar al sujeto y maldecir una que otra vez por la posición tan incómoda. Cuando pudo alcanzarla —al otro extremo del cuerpo—, se apresuró en abrir la chirriante puerta. Tomó del hombre el arma, un reloj y el chaleco. Le habían despojado de sus pertenencias una vez lo habían encerrado y bien sabía no las volvería a ver.

A Ravi le había costado salir de una extraña pelea en la que él tan solo era una víctima. Luego de acercarse tanto como podía a la estructura, que en realidad era una edificación de grandes vidrieras, con la forma de un triángulo y una entrada enmarcada en metal, el chico había contado con la suerte de que no había sido visto. Se había apoderado de un chaleco y pantalón marrón con la insignia de L’creature —una empresa que empezaba a ganar fama en el país—, al escuchar un par de empleados dejar un par de cajas cerca. Caminó por un largo pasillo de encuadrados pisos en tonos verdosos y muros con formas que sobresalían y gritaban si tan solo tuvieran sonido alguno. La imagen exorbitante de intensa ira se sellaba de manera asombrosa en las esculturas que parecían arrancadas de la pared.

Zoraj evitaba ser muy ruidoso; y las esculturas eran impresionantes de una forma en que lograba hacer que le diera escalofrío. Aunque se arremolinó hasta una columna cerca de una escultura femenina cuando vio a un par de sujetos salir de algún lugar y seguir el camino hasta un par de puertas entalladas en madera. El solo roce con la mano de cal le hizo pegar un gritillo que ahogó.

—Joder, cállate. —Se regañó en un susurro.

Al final, el cuarto brillando con una tenue luz amarillenta lo atraía demasiado. No sabía si ahí encontraría lo que buscaba y si era así sería demasiado fácil, solo por eso recordaba a Knox recalcándole lo que él decía saber siempre: lo más preciado está en tu nariz o debajo del suelo. El piso le mostraba que buscar debajo sería imposible, el porcelanato parecía tan valioso como todo el lugar.

Dejó de angustiarse por su alrededor y siguió su camino cuidando de no ser visto. En su lateral derecho observó de dónde habían salido aquel par. Era la entrada a una habitación más cuyo final parecía terminar en una escalera de caracol; divisó muy cerca la habitación frente a él, esa que le llamaba como si susurrara su nombre, llegó hasta la entrada donde las bisagras que sostenían las puertas lucían más imponentes y el pomo estaba bañado en plata. El aroma a barniz se filtró en sus fosas pero sus ojos seguían con cuidado una serie de estantes con la forma de un triángulo en su centro. No detectaba movimiento, por lo que no debía ser una habitación cerrada, sin embargo, desde su posición, en cuclillas como un ratero, no lograba ver más que libros, estantes, muebles a duras penas y nada de puertas.

—Hacía tiempo que no lo veía de esta forma. —Escuchó decir a su oído y se tensó.

Toda clase de insultos pasó por su mente, tantas que llegaban a ser obscenas. Las enseñanzas de Karl Knox daban frutos: intolerancia a la frustración, solía decirle. Intentó voltear y defenderse, pero el hombre no lo dejó. Siseó en cambio y dejó reposar su mano sobre su hombro dándole confianza.

—Aún no se han dado cuenta —indicó—. Si esperas, podrás entrar y tomar lo que desees.

¿Acaso estaba demente? La duda se había colado en su mente. Nadie en su sano juicio diría tal cosa, nadie que considerara el bienestar de cada artículo que ahí adentro se encontraba. Zoraj no podía mantenerse callado ante alguien que no había visto venir, no había dado su cara y le invitaba a robar. Otra de las enseñanzas de Karl era esa: “jamás robes, no somos tan imbéciles para caer tan bajo”.

—No pienso robar nada, señor —dijo y la incredulidad se posó en el hombre que lo había atrapado infraganti.

—¿Qué hacemos aquí sentados viendo nada más, entonces? —preguntó. Se encaminó a la habitación luego de darle una sonrisa complaciente al chico—. ¡Anda! ¡Ven aquí!

Everasto Fatorein era un hombre alto de canas sobresalientes y sonrisa encantadora que mantenía a Zoraj dudoso. El chico, finalmente, luego de que le invitara y lo llamara como quien encanta a una serpiente, entró curioso de lo que pudiera encontrar. Tal como creía no estaba solo el lugar, uno de los hombres que habían entrado estaba ahí. Everasto por su parte se había posicionado cual magnánimo esfinge y servido una copa que extendió a Ravi.

—No tomo —gruñó.

—No es licor —indició.

—No —respondió tajante.

—¡Mira lo que has encontrado, Everasto, es un toro! —carcajeó el otro. Un sujeto de aparente menos edad, regordete y con aroma a menta con tabaco y sudor: Zacarías Berti. Lo había visto en la foto de Karl, ahora, el sombrero de copa cubría la evidente calvicie, la prominencia de su barba ocultaba donde debían estar sus labios y los guantes mecánicos le impedían ver los dedos quemados que, según varios informes, debía tener.

—No te burles, Zacarías, este chico logró entrar aquí como si nada. Una muestra más de tu seguridad inservible —dijo sarcástico y la risa se esfumó de la cara del hombre—. Bien, chico, si no has venido a tomar nada ni te importa absolutamente lo que hay en este lugar ¿A qué has venido? ¿Tienes invitación, alguna cita? —Se mofó.

—¡Quiero aprender a crear ciborgs! —gritó a todo pulmón dejando en claro su presencia ahí.

Aunque las risas no se hicieron esperar.

Karl se había infiltrado en la estructura: una noticia de un boleto y una botella le habían valido tal entrada. Nunca confíes en los sublevados, se decía. De igual forma, la seguridad de la estructura contaba con que sus hombres de seguridad solían portar máscaras de cuero con ojos de vidrio rodeados por un aro metálico, dos orificios que dejarían a quien lo usase respirar y nada más. Puesto la máscara y el uniforme que le habían cedido entró al lugar ocupando un puesto que no le pertenecía. Por supuesto, recorrió varias veces los mismos pasillos hasta que alguien le detuvo y le indicó donde posicionarse gritándole novato al mismo tiempo.

—¡Hey, Granse! Ya habías tardado, ¿qué tal?

—Perdí —contestó a duras penas.

Al compañero se le hizo extraño, pero si alguien tenía una suerte curiosa, ese era Karl. Justo en ese instante un grupo de seis uniformados y una mujer, enfundada en un corsé que ajustaba tanto como para hacer notar su escote y un sombrero grande de rosas que caían en su lateral, caminaban con parsimonia hacia ellos.

—Hablemos luego —dijo susurrante.

El grupo ingresó sin inmutarse al tiempo en que ambos les daban el pase para entrar. Cerraron las puertas una vez que entraron y, quien fuera el compañero de Granse, se movió hacia él.

—Dijiste que hablarías con Faurice —dijo quitándose la máscara.

Recibió un puño en la nariz que le dejó atolondrado, seguidamente Karl lo haló hacia él y golpeó con la cabeza. El guardia cayó de inmediato.

Karl lo movió lejos de la zona, lo ocultó detrás de un gran florero y suspiró esperando que nadie más lo viera. Sí que lo no iban a ver, era un florero demasiado grande. Se movió por el lugar ingresando al pasillo en su lateral —el mismo de donde había salido—, ahí mismo, se había dado a la tarea de revisar hasta encontrar un hueco en una esquina. Tapado con una alfombra roja, una puerta de madera se abría a una escaleras que llevaban a la zona inferior, miró a ambos lados antes de ingresar y cerrar la puerta tras de sí.

La escalera de caracol estaba ubicada en una esquina donde el aroma del moho y la humedad eran tan fuertes como para sugerirle que hacía mucho tiempo nadie entraba ahí. Le impresionó que el lugar no estuviera solo y aquello fuese alguna especie de laboratorio. Quienes le veían con rotunda sorpresa y sospecha les había visto dentro de los informes: Gion Errante un mercader con muy malas mañas y Devnon Targlad otro posicionado con dinero para escupir al cielo.

—¿Qué haces aquí? —inquirió Gion dudoso.

—Nos han comunicado de un intruso, mientras le consiguen, seré su guardia.

A Karl la voz profunda de soldado solía salirle mal, pero mientras le creyeran como pensó lo hacían, no le importaba.

—Vaya, a Zacarías le está yendo muy mal con la seguridad —aseveró Devnon carcajeando y mostrando un diente bañado en oro. Le sacaría ese diente de tan solo quererlo, pero Karl no gustaba de las cosas que habían caído en boca de otros.

Dos segundos después y la misma mujer que había visto un par de minutos atrás entraba por una puerta oculta detrás de una cortina de tono oscuro. A la mujer solo le bastó con estar en lugar para crear tensión, para Karl solo comportaba un problema. Donde sea que estuviera lo que buscaba algo le decía que estaría ahí y más gente significaba más problemas.

—Doña Joanne.

Un ligero asentamiento por parte de Errante sacó una sonrisa parecida a la mueca de un dragón sin dejar atrás la mirada rencorosa que mostraba.

—Señores —musitó. Y la presencia de Karl fue más notoria aún—. Qué curioso.

—Al parecer hay un intruso —comentó Errante en tono socarrón—. Nos han enviado a este larguirucho como protección.

—Aunque considerado, creo en las capacidades de ustedes, mis buenos hombres.

Si pudiera reír, Knox lo hubiera hecho. Gion era un sujeto de no más de un metro sesenta con un evidente sobrepeso y Devnon no se quedaba atrás, por muy alto que fuera, su apariencia era peor que la de un alfiler. Joanne les había alagado e insultado al mismo tiempo.

La reunión se completó, para pesar y sorpresa de Karl, con la presencia de Everasto Fatorein y Zacarías Berti. El par siempre había estado en la estructura, de eso no le cabía duda y, más, quien viajaría en aquel molestoso vehículo debía ser ella. De ahí las palabras que había escuchado. Las cosas empezaban a encajar hasta que notó a Ravi en medio de aquellos dos. Ahí estaba el condenado mocoso haciendo de héroe. Algún día sería su verdugo, de eso no le quedaba duda.

—Everasto ¿Y este chico? —preguntó Joanne con repulsión.

—Un pequeño que encontramos cerca del salón. Quiere aprender del negocio —comentó. A Joanne le quedó claro lo que era: un ladrón.

—Tal parece hemos encontrado a su intruso, guardia. Puede llevárselo.

—¿Llevárselo? —Everasto negó—. El muchacho se queda con nosotros Joanne, tuvo las santas bolas de ingresar a este lugar como todo un especialista, no le quitaremos el sueño de ser como Zacarías.

—Pero menos regordete —aclaró Zoraj arrancando un par de carcajadas del grupo.

—Como prefieras. Mantenlo callado. —Dispuso Joanne.

—Como ordene.

El quinteto se había conglomerado en uno de los mesones donde el cigarro de Everasto empezaba a sobresalir y se filtraba en toda la habitación. La mirada socarrona de Zacarías había desaparecido tras los cuchicheos de tener en sus manos algún artilugio que no debieran poseer. El mundo de la mecánica debía dar otro rumbo, uno más moderno, uno en que los protos dejen de ser tan huecos, pero debían empezar por lo básico y eso era su estructura. Al tiempo en que los rodeos de Berti cansaban los deseos de Joanne, el sujetó sacó una pequeña pieza de metal de un cajón cuadrado de madera. Estaba bien protegido.

—Esto, muchacho, es el futuro —comentó mostrándolo a Ravi; lo había atraído como un pez a la carnada.

—Deja los rodeos, Zacarías —gruñó la mujer.

Insensible, poco compasiva: Joanne Fatorein era de armas tomar. Y Karl no dudaba que debajo de aquella piel encontrase algún tipo de arma. Tampoco lo dudaba de Everasto. El otro dúo en cambio, vaya que parecían un par de ratas. Seguro, en el momento en que él se moviese, ellos correrían a ocultarse, no pensaba lo mismo de la pareja y francamente, dudaba de que Berti se quedase muy atrás. Otra cuestión eran sus opciones de salida. La escalera de caracol podía ocultarles pues su barandal eran láminas de acero bastante toscas para toda la estructura, y la puerta por donde había entrado Ravi llevaría a algún lugar que solo Zoraj conocía.

Planear cada paso le daba dolor de cabeza, pero ver a Ravi mirarlo temiendo quien fuera, era peor. Le habría encantado gritarle que terminara de portarse e hiciera lo necesario, después de todo era más pequeño, más delgado, más fácil de esconder y de correr.

Aunque ninguno de los dos estaba preparado.

De buenas a primeras el grupo de uniformados a cargo de Berti habían llenado el lugar. El mismo sujeto que había pateado el rostro de Karl se había aproximado y tras una leve inspección, notando la presencia de Ravi y Karl oculto en el lugar. No tuvo que hacer pregunta alguna.

—El chico está con nosotros Faurice, y tu hombre ha estado cuidando del lugar.

En la cara se le notaba lo poco convencido.

—¿Faurice? —Lo llamó Berti.

—Debemos irnos, señor. Sabemos de buena fuente que un espía de la casa de Erot anda tras la pieza. —El tono de seriedad se notaba en él.

—Un espía no puede hacer nada, confiamos en tus chicos, Faurice —exclamó Devnon.

—Yo igual, pero uno trae a cientos detrás. Les pido nos acompañen a una zona más reguardada, la estructura no es buena opción.

Everasto lo contempló por un segundo en que salió un suspiro de sus labios.

—Si ese es el caso. No podemos hacer más —murmuró.

El cambio de lugar era una movida que no esperaba. Lo único bueno era que Ravi les seguía los pasos, y peor aún: Everasto lo mantenía cerca. Quizá le recordará a algún familiar o a él mismo, poco importaba. Si el chico era la sanguijuela que tomaría la pieza, bien él podía ser el escolta, sobre todo si tienen que movilizarse en autos.

Una sola opción, tomar y correr. La peor parte se la llevaría Ravi. El chico había estado meditándolo durante el camino a las fueras de la estructura: tomar la pieza del bolsillo de Zacarías y correr. No tenía de qué preocuparse, en un ligero movimiento había tomado el arma en el cinturón de Everasto: Tomar y correr. Sabía que entre los ocho hombres que protegían al cuarteto, uno debía ser Karl. El aroma a aceite lo delataba, aunque en un principio creyó que era el lugar donde habían estado discutiendo aquel grupo, ese aroma era irremplazable. Le decía que en cualquier momento el brazo de Karl se descompondría.

Tomar y correr.

Cuando Ravi divisó al hombre, este le indicó con un leve asentimiento que era el momento. Se alejó de Everasto corriendo y, con arma en mano, apuntó a Zacarías por la espalda. Mientras la conmoción los absorbía, Karl se deshacía del trío detrás de él y quedaban cuatro adelante que, sopesándolo, esperaron a que el muchacho se alejara de Berti quien suplicaba no disparar.

Al final Zacarías resultó ser tan miedoso como Devnon Targlad y Gion Errante que para aquel instante había desaparecido de la vista de Karl.

Ravi tomó la pieza, disparó a la pierna de Berti y corrió junto a Karl, ambos ocultos detrás de una estructura de cal esperaban por el momento idílico de correr. Ravi se acercó con cuidado, notó la sonrisilla de aceptación de Fatorein, ese hombre era extraño. Les había robado y solo aplaudía, no así su esposa.

—Faurice, espero se pueda encargar de esto —gruñó ella.

—Mátalos ¡Mátalos! —Escupió Zacarías.

Pero mientras el par gritaba al pobre sujeto qué hacer, ya Karl tenía una forma de escapar del lugar.

Nunca entendió por qué las estructuras tienen rejillas tan anchas cerca, pero agradecía el gesto. Al abrirla y saltar al vacío salía inmediatamente a un túnel que los llevaría —y eso esperaba— al centro de Gladoma, la ciudad congelada.

La cara de Zoraj decía todo lo que quería decir, solo por eso Karl lo había hecho callar antes que siquiera empezara a hablar. Cuando un auto pasó por delante de ellos y le hizo señas para detenerse, el par entró en el auto logrando que el conductor se girase a preguntar de dónde rayos habían salido.

La respuesta era peor de lo que el señor imaginó y prefirió dar rumbo al lugar que habían comentado. Entre más rápido saliera de aquellos dos y recibiera su pago, mejor.

Hoogland era todo lo que Gladoma no era: cálida, asequible, un buen lugar para pasar los días. En ese aspecto Karl resumía su odio a tal lugar y lograba sacar una risa de Ava, la dueña de West Bar. Haber llegado de nuevo a la ciudad principal era todo un logro, haberlo hecho sin que pasara a peor igual y, más allá de ello, haber logrado meter la pieza en Hoogland, aunque eso ultimo de logros no tenía nada. Solo era cuestión de manejar información y saber cuánto dar a cambio.

—¡Hey! Pero si ha llegado la sanguijuela de Fatorein —gritó con algarabía al ver a Zoraj.

—¿De qué hablas, idiota? Hice la mayor parte del trabajo.

Karl sonrió.

—Te le pegaste como una amante, no sé qué clase de trabajo le habrás hecho. —Se mofó.

—Uno mejor que tú. Deberías sacarte el brazo si quieres parecer guardia —respondió—. Y eras tú quien decía que no éramos ladrones.

—Y no lo somos pequeña sabandija —siseó.

—Bueno, chicos, basta. Lo importante es que lo consiguieron y tú, Karl, deberías entregar esa cosa ahora mismo. No quiero tener nada que ver con piezas de protos —zanjó Ava.

Se levantó del asiento, sacudió la cabellera negra de Zoraj y le guiñó un ojo.

—La cocina cerrará tarde, Ravi. Puedes darte una vuelta.

—¿Comida? Dale un vaso de licor, hay que celebrar y no siempre se tienen 19 años aunque tú siempre serás un mojigato —carcajeó Karl.

—Tengo 16 años, zoquete. Gracias, Ava.

El chico se sacudió la mano de Ava y se largó. Nada tenía que hacer ahí y menos cuando Karl estaba hasta las narices.

—¿Cuándo dejaras de molestarlo? —Le regañó Ava—. Ese chico será mejor que tú en muchas cosas, Karl, eso está visto.

—Cuando cumpla la edad y tenga lo que se merece por todo sus trabajos, quizá ese día deje de molestar —sonrió—. Estoy contigo en algo, Ava, ese chico será mejor que yo en todo. Mientras me divertiré un rato.

Ava negó y bufó, en el fondo sabía que esa parte de Knox no cambiaría jamás.

Karl dispuso de ver la pieza en su mano, tal como decía Ava, debía entregarla. Tarde o temprano irían por ella y él ya no quería tenerla en su posesión para ese momento. Se levantó del asiento, dejó el pago en la mesa y caminó hacia la siguiente mesa donde una pareja hablaban de forma animada. Puso la caja en la esquina de la mesa y la llevó hasta el frente de ambos, el hombre sonrió.

—Espero mi pago —comentó Karl.

—Está hecho —respondió.

Karl asintió y se marchó.

El hombre tomó la caja y la alzó a la vista de él y de Joanne. Tanto Everasto como ella habían pagado una buena cantidad de dinero para obtenerla y el precio, al parecer, había valido la pena.

La pieza había vuelto a sus verdaderos dueños.

Fin.

28 Janvier 2018 01:31:18 3 Rapport Incorporer 2
La fin

A propos de l’auteur

Ary Zabel De edad indeterminada, viajera de mundos. Hago de todo un poco y luego, si me aburro, se queda ahí.

Commentez quelque chose

Publier!
Vicky D'Emyl Vicky D'Emyl
¿Se le congelaban las qué? Jajajaaaaaaaaaa
14 Février 2018 14:56:51

  • Ary Zabel Ary Zabel
    jajajaja perdonalo, Vicky, él es así de lengua larga (? 16 Février 2018 08:27:02
  • Vicky D'Emyl Vicky D'Emyl
    No pues, si no hay nada malo en ello :P 16 Février 2018 20:59:08
~