mavi-govoy Mavi Govoy

Las maestras de Celina están convencidas de que la chica tiene más potencial del que ha mostrado hasta el momento, por lo que deciden someterla a una prueba más, que va a tener lugar en una cabaña en el bosque. La prueba parece tan fácil, tan fácil que es evidente que hay trampa por algún lado...


Enfants Tout public.

#bruja #magia #enano #duende #hechizo
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1. Prueba insólita

Tras sortear un arbusto alto, espeso, enmarañado, espinoso y con el inconfundible aspecto de ansiar atrapar ropas o mechones de pelo para desgarrar las primeras y dar tirones de los segundos, Trib dio un paso a un lado y se volvió hacia su pupila.

–Hemos llegado –anunció con voz cantarina y una alegre sonrisa en la cara.

Trib, quizá de forma intencionada para fastidiar a su nombre, siempre tenía una sonrisa animosa para sus alumnas; en realidad, la tenía para todo el mundo y en cualquier situación, Celina nunca la había visto enfadada.

El nombre completo de Trib era Tribulación. Tribulación Negra Perpetua, en concreto. ¿Qué clase de padres pondrían semejante nombre a una hijita? Los chismes exculpaban a los padres de la humorada y aseguraban que Trib fue abandonada recién nacida en la puerta de la casa de una bruja cavernaria, o quizá en algún lugar más recomendable para un bebé, pero se cruzó en su camino el gato negro de una bruja, que la adoptó como una más de su camada. Fuese como fuese, el nombre atroz se lo puso la bruja, no la gata.

Pese a sus duros inicios, o tal vez debido a ellos, Trib era una mujer optimista y animosa. No muy alta, nada fornida, con el pelo sedoso suelto a la espalda y siempre adornado con una guirnalda de flores; gustaba de vestir con ropa colorida, se maquillaba los ojos oscuros para que parecieran más grandes, tenía hoyuelos en las mejillas y la perenne sonrisa amistosa en la boca la hacía parecer casi tan joven como su pupila, pese a que se rumoreaba que había colaborado en el diseño de las pirámides que la selva había devorado varios siglos atrás.

Celina miró más allá de su sonriente profesora. Y se le abrieron los ojos de sorpresa.

Estaban ante un minúsculo claro en el que se alzaba una construcción. La cabaña, levantada sobre recios pilares, era muy normal, paredes de piedra gris con ventanas estrechas y tejado de pizarra. Un estrecho porche presidía la puerta de acceso y todo el conjunto, desde los pilares que alejaban la casita de la humedad del suelo hasta el sombrerete de la chimenea, estaba cubierto por hiedra trepadora. Era una cabaña antigua, aquí y allí se advertían parches de mortero para reponer piedras caídas y faltaban tejas en una esquina, los escalones que subían al porche estaban desgastados e invadidos por la maleza que creía bajo ellos, y a la barandilla y la puerta les hacía mucha falta una mano de barniz.

Si alguna vez había existido una zona despejada en torno a la cabaña, había desaparecido tiempo atrás, devorada por los hierbajos y arbustos espinosos que dominaban el terreno. Un árbol -un álamo de corteza blanca, identificó Celina- crecía tan pegado a la cabaña que parecía empujarla, y cerca de él, un alcornoque joven fisgoneaba por la ventana. Una destartalada leñera y una valla medio tumbada completaban el decorado.

Pero en general la cabaña estaba en buen estado, no amenazaba ruina ni tenía aspecto tenebroso, sino pintoresco. Había nidos de golondrina en los aleros del tejado y un enorme nido de cigüeña coronaba la chimenea. Iluminada por el sol de la mañana, sobre el fondo multicolor del bosque, bajo la melodía de los pájaros silvestres y adornada por el olor a resina y a rocío, la casita era un refugio encantador en mitad del bosque.

La sorpresa de Celina estaba motivada porque en todas las correrías y escapadas que había realizado al bosque, que no eran pocas, jamás había localizado el pequeño claro de la cabaña.

Entre las alumnas se comentaba que sus maestras eran expertas en ocultación, que podían hacer desaparecer habitaciones enteras como si nunca hubiesen existido. Hasta entonces Celina no había dado credibilidad a tales habladurías, pero era evidente que algo había protegido la cabaña del bosque de su curiosidad siempre despierta.

A su espalda, Leo carraspeó y se abrió paso para adelantarse. Al pasar, miró a Trib.

–Yo me quedaré en el porche –dijo con su habitual sequedad. Y avanzó con su contoneo característico, sorteando ortigas y zarzas, hacia la escalerita, sin esperar la respuesta de Trib.

El nombre completo de Leo era Leocadia Zumárraga Baigorri. Leo era tan alta como Trib bajita, de piel tan blanca como Trib morena, tan curvilínea como Trib esbelta y era tan seria como Trib sonriente, pero a despecho de sus muchas diferencias eran grandes amigas.

También sus estilismos eran muy distintos. Leo prefería la ropa oscura: negro sótano, negro noche oscura, negro boca de lobo, negro ala de mosca, negro pesadilla, negro muy-negro o negro todavía-más-negro… En resumen, siempre vestía de negro, con alguna concesión excepcional al gris marengo. Y no le gustaba dejarse suelto el largo pelo -también negro como la tinta-, sino que lo sujetaba en una coleta en lo alto de la cabeza, coleta de la que partían numerosas trencitas que acababan en pompones negros.

Se rumoreaba que los pompones no estaban confeccionados con lana, sino con pieles, pelusas o bigotes de enemigos a quienes ella misma había derrotado en feroz combate. Celina no sabía qué pensar de eso, porque cuando Leo fruncía el ceño daba la impresión de ser capaz de desollar con las uñas y devorar crudo a un trasgo de las cavernas, si el muy necio se ponía a su alcance.

Trib dio una palmadita en el brazo a Celina e hizo un gesto con la cabeza.

–Vamos a la parte trasera.

La voz de Trib era cantarina como un manantial de agua pura, como el gorjeo de un ave, como la brisa fresca en una tarde de verano; la voz de Leo resonaba como el aviso de una trompeta, como una espada al ser extraída de su vaina, como un trueno lejano.

Con una facilidad envidiable, como si la maleza se apartase de ella y las espinas se encogiesen a su paso, Trib empezó a moverse con la gracia de una bailarina. Celina la siguió tan rápido como pudo, pero ni por asomo con el mismo estilo fluido, ella tenía que sortear los arbustos o saltar sobre ellos, evitar los enganchones y procurar que las ramas altas no le golpeasen la cabeza y las bajas no le pusieran zancadillas. Incluso tuvo que eludir un avispero.

La cabaña tenía otra puerta en la parte trasera. Tres losas cubiertas de musgo, cada una más alta que la anterior, hacían de escalones para alcanzar la puertecita, más estrecha y baja que la delantera, pero con el mismo aspecto vetusto y el barniz igual de descascarillado.

–Bien. –Trib se irguió, alzó la barbilla y señaló la puerta con un amplio ademán de la mano. Sonreía como si fuese a transmitir una gran noticia–. Aquí es donde va a tener lugar tu prueba.

–¿En la cabaña? –aventuró Celina, que no dejaba de mirarla, desde los pilares del suelo hasta las tejas colonizadas por la hiedra. Era una edificación pequeña; dos plantas en la zona central, pero no mucho más de cuatro metros de fondo y seis de largo. ¿Qué podía esperarla dentro?

–Sí –confirmó Trib–. Por si te anima, quiero que sepas que ya has hecho méritos suficientes para conseguir el diploma, pero todas las profesoras del claustro estamos convencidas de que puedes dar mucho más… Esperamos que esta prueba te ayude a sacar fuera el talento que aún no has manifestado.

–Ya –musitó Celina sin entusiasmo.

Esa era la historia de su vida. Su talento se había evidenciado hacía un par de años, pero a sus profesoras les parecía incompleto. Era un talento inusual, no se sabía de nadie más que lo tuviese, y algunas de sus compañeras de estudios se lo habían tomado a rechifla. Peor para ellas, Celina no daba importancia a la opinión de unas bobas, lo que a ella le dolía era que tampoco a sus profesoras les pareciese bastante bueno lo que solo ella podía hacer.

–También a Úrsula la hemos traído a la chocita –prosiguió Trib, que fingió no darse cuenta del gesto mohíno de su aprendiza.

Los labios de Celina temblaron un momento.

Úrsula era la alumna perfecta, la alumna de matrícula de honor en todas las asignaturas, la primera de la clase, la referencia para sus compañeras, la inalcanzable. Y no solo era inteligente, también era ingeniosa y simpática. Y encima era guapa. Tenía el pelo de un increíble color azul oscuro y brillante, la piel nacarada y sin una sola imperfección, los ojos verdes, la nariz fina y respingona, los labios rojísimos, los dedos largos y las piernas aún más largas y perfectas. Incluso su dentadura era perfecta, blanca y de colmillos afilados que delataban su ascendencia vampírica.

–¡¡A Úrsula!!

–Por supuesto. Las alumnas más brillantes y prometedoras pasan por la chocita. Por eso tú estás aquí.

Celina se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta y la cerró sin decir nada. No habría sabido qué decir. Jamás había sospechado que la etiqueta de “brillante y prometedora” se le aplicase a ella. Miró a su maestra con una disposición de ánimo mucho mejor que unos instantes antes. Trib ahogó una risita.

–La prueba consiste en que atravieses la cabaña. Tienes que salir por la puerta que custodia la profesora Leo.

Hubo un silencio, pues Celina esperaba que su maestra dijese algo más, que le diese indicaciones de algún tipo. Cuando comprendió que esperaba en vano, se decidió a preguntar.

–¿Eso es todo? ¿Solo tengo que atravesar esta choza y salir por la puerta delantera?

–Eso es. Lo has entendido muy bien.

–¿Tengo que buscar y llevarle a la profesora Leo algo que esté dentro? –tanteó Celina.

–No –negó Trib, rotunda–. No se trata de que localices nada y lo saques afuera, aunque, si encuentras algo que sea de tu agrado, por nuestra parte no hay inconveniente en que te lo quedes.

La maestra puso énfasis en las palabras «nuestra parte», lo que despertó la suspicacia de Celina.

–¿La cabaña está habitada?

–Casi con seguridad lo está.

–¿Amigos o enemigos?

La sonrisa de Trib se ensanchó hasta la vecindad de las orejas, pequeñas y picudas.

–No se puede saber a priori qué te vas a encontrar, pero no te descuides, puedes topar con feroces contrincantes con la misma probabilidad con que es posible que hagas aliados incondicionales. ¿Alguna otra pregunta?

–Sí, claro. Si por casualidad me topase ahí dentro con un pastel delicioso o con una bebida de néctar y ambrosía…

–Buena observación –interrumpió la maestra–. Si te encuentras una comida irresistible, tendrá dueño. Es decir, no creo que la comida esté envenenada ni que te haga caer en un sueño mágico, pero no lo puedo asegurar, y quizá alguien se indigne si te la comes.

–Entonces, por recapitular, lo que tengo que hacer es entrar en esta cabaña, llegar a la puerta delantera y salir por ella. No tengo que transmitir ningún mensaje a quien viva aquí, tampoco tengo que apoderarme de ningún objeto, aunque no seré descalificada si me quedo con algo, y si veo comida no debo cogerla sin permiso, además de que podría volverme verde o transformarme en una mosca. ¿Es así?

–Correcto. Fácil, ¿verdad?

–Hay una trampa en algún sitio, ¿no?

Esta vez Trib dejó escapar una alegre carcajada antes de contestar.

–Por supuesto, de lo contrario no tendría ninguna gracia.

10 Novembre 2022 00:00:13 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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