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Prólogo

Llevaba años, en realidad, si se ponía a analizarlo a consciencia, su vida entera, sabiendo, notando, que algo dentro de él no era igual a sus pares, que había una pequeña cosita que lo diferenciaba del resto. No, no era la extrema inteligencia que lo acompañaba en su rutina diaria, no, no era esa belleza que poseía y todos le halagaban aunque a él poco le importaba aquello; no, no era eso, era algo más, era algo que estaba negando por vaya a saber Dios qué; era algo que lo definía por completo, una palabra que podía establecer lo que era, sin velos, sin neblina molesta, sin nada, pero él no podía encontrar aquella palabra, no sabía ni por dónde comenzar a buscarla. En realidad, pensó mientras empujaba varios cuerpos sudados dentro de aquel boliche demasiado repleto de gente, él creía saber qué podía ser, pero no se animaba a decirlo, a ponerlo en su voz, a expresar eso que era. ¿Y por qué? No tenía idea, no podía encontrar ni una sola pista que le dijera qué lo aterraba tanto. Tal vez era la sociedad que lo señalaba como lo que toda persona quiere, y debe, decían algunos, ser; pero él no se sentía así, sentía que era un farsante con todas las letras. Al fin lo divisó, al fin encontró al Gastón de diesciete años metido en un oscuro rincón, chapando con una minita como si no hubiese mañana, como si ésta fuese su última oportunidad para hacerlo. Se acercó a ellos, incómodo, empujando ese pinchazo odioso que se presentaba cada vez que encontraba a su amigo en tales situaciones. Tocó con suavidad el hombro descubierto de esa minita, llamando la atención de ambos, notando que, tal vez, no se debería haber acercado tanto, que, tal vez, no debería estar mirando la bragueta abierta de su amigo y, mucho menos, ese pene que emergía erecto de aquella prenda, ese pene que le obnubiló la mente y le robó las palabras, ese pene que le gritó en la cara la verdad, su verdad.

Emanuel tragó pesado y deslizó sus ojos hasta encontrar a los de su amigo, a ese que se aguantaba la gracia mientras notaba cómo la minita, esa que hacía dos segundos lo estaba masturbando con excesivo ímpetu, que lo llevó hasta casi tocar el cielo, metía sus tetas enormes dentro de aquel pequeñísimo corpiño. Mierda, ahora iba a tener que masturbarse para terminar de sacarse la calentura.

Gastón sonrió más amplio al ver el rostro contrariado de su amigo, de ese que era toda vergüenza y timidez, de ese que era el más bueno que se podía encontrar, que siempre estaba a su lado para cada estúpida idea que se le ocurriera, de ese que no se dignaba a decirle porqué mierda había interrumpido justo en ese momento, justo cuando le faltaba apenitas para acabar.

—Marco está bastante borracho. Emma lo está cuidando en el patio, pero ya va a caer Rodrigo a buscarlo y se le va a armar una grande sino lo hacemos reaccionar — gritó el castaño mirando de reojo a la minita que ya había acomodado su falda y espera por indicaciones. Bha, él suponía que esperaba por indicaciones, aunque bien podría solo estar esperando para continuar con lo que habían dejado a medio terminar con su amigo, que se terminaba de acomodar la ropa y cerrar aquella bragueta, alejando ese pedazo de carne que lo estaba tentando demasiado, que despertaba su propia masculinidad.

—Dale, dame un segundo — gritó Gastón y aquel cálido aliento impactándole en su piel le erizó hasta el último de sus cabellos.

“Mierda”, pensó mientras observaba a su amigo despedir, sin mucho interés, a esa chaboncita que, claramente, se quedó con ganas de más.

Bueno, ya tenía su palabra, ya tenía eso que tanto buscaba, ¿ahora qué?

24 Octobre 2022 17:06:14 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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