cperezalexa Alexa C. Pérez

«A la sombra del amor, nacen rencores que devoran el alma». Nacidas en el seno de una hermosa familia, las gemelas April y Amber Carson han tenido todo lo que se necesita para ser feliz: cariño, salud, felicidad y gente dispuesta a dar todo por ellas. Esos es lo que muchos piensan. April ha vivido a la sombra de su hermana por años, tragándose desprecios y distinciones que se fueron acumulando hasta convertirse en un sentimiento mucho peor. La llegada de Devon a sus vidas, pone en juego las lealtades y despierta en ella la sed de venganza, el ansia del odio y llama de la envidia.


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RELATO

April sabía lo que les esperaba en casa. Había escuchado a Rachel, una de las amigas de su hermana, mientras planificaba la fiesta sorpresa que el grupo popular haría en honor a esta. En otro momento, hubiese decido ignorar la información, pero ese no era el caso, le pareció el evento ideal para dejar caer la bomba que impactaría la vida de Amber, su gemela; la versión perfecta de diversión y por la cual muchos la rechazaban.

La mera existencia de una personal igual a ella le disgustaba, la mayoría de sus conocidos las comparaban en todos los aspectos. Los que más le dolían eran sus padres. Su madre era la más obvia, elegía a Amber para ir de compras, charlar cualquier estupidez y acompañarla a un lugar tan simple como el salón de belleza, mientras que a ella la ignoraba. En el caso de su padre, este prefería a la otra para ir a los bolos, llevarla a los juegos deportivos de su equipo de fútbol o simplemente discutir una película; para él, April era tan introvertida que prefería quedarse en casa. No había intentos de cambiar la situación, supusieron una cosa y por comodidad, se quedaron con ello.

Aunque no fuera con mala intención, sus progenitores hicieron distinciones en cada una: «Amber es más educada, April es más huraña; Amber es más divertida, April es muy aburrida; Amber es más extrovertida y April es cerrada». Ella estaba harta de las comparaciones; de su vida girando en torno a los logros de su gemela, de que nadie apreciara las cosas que podía hacer, de permanecer detrás de su sombra. El hecho de que sus padres la dejaran de lado, hacía evidente a todos quien ofrecía más. Así lo percibía.

«Nunca voy a ser la hija perfecta» pensó con amargura mientras giraba en una esquina para ir a buscar a su hermana como lo había prometido ese día. Amber asistía a clases de actuación en un teatro comunitario cercano a su vivienda, no obstante, odiaba caminar seis cuadras hasta llegar al sitio. Exigió el auto que se vieron obligadas a compartir luego de un mal negocio de su padre, forzando a que ella tuviese usar el metro para llegar al dojo donde practicaba karate, al norte de la ciudad. Despejó sus pensamientos, tomó una respiración profunda y subió el volumen de la música en el auto, decidiéndose por cantar viva voz para distraerse que pensar en lo que más le dolía.

Ese día, había tomado el auto prestado, tenía que hacer las diligencias que faltaban de su ingreso en la Universidad Johns Hopkins, situada en Baltimore, donde residían. Fue aceptada para estudiar medicina en una de las escuelas más competitivas del mundo y se sentía orgullosa de ello, hasta que llegó la carta de admisión de su hermana en la Escuela Juilliard en Nueva York. Su gemela estudiaría teatro y sus padres habían hecho una estupenda cena para celebrar tal impresionante hazaña, ya que una de sus hijas dejaría la ciudad, expandiría sus horizontes. Ese gesto se sumó a los muchos que había vivido por dieciocho años seguidos. Le parecía un menosprecio que a ella solo le dieran palmaditas en el hombro, mientras que a su «némesis» le hicieran tal despliegue festivo.

Miró el letrero del restaurante chino que se ubicaba a una cuadra del teatro y aspiró hondo para guardar la calma, así soportar las estupideces que Amber diría. Se acercó a su destino y la vio en las afueras, conversando con un grupo de chicos, hablando, de una forma demasiado cariñosa para pasar desapercibida, con un rubio al que no le soltaba el brazo. Le sorprendía el descaro de su gemela, lo que la hizo sonreír al ver que había caído en el encanto del muchacho, negando por el poco cariño que esta sentía por su novio, la persona que terminó desencadenado el odio que le carcomía.

Devon Morgan era el chico perfecto. Se conocieron en una clase de karate, cuando buscó un sitio para practicar tras haber llegado de Miami. Con las semanas se hicieron buenos amigos, al punto de tener una conexión en la que alguno terminaba las frases del otro, sabía el nivel de intensidad que requerían en un mal día de práctica y se contaban cosas interesantes del futuro. Con el tiempo, April se vio encantada no solo por su físico, sino también por su personalidad chispeante. Le gustaba el cabello negro que contrastaba con los ojos grises y el lunar que el chico tenía en la comisura de su labio izquierdo, sin embargo, lo que de verdad la encandiló fue la forma de tratarla con respeto, de valorar lo que pensaba interesándose en sus gustos.

Luego de meses tratándose como amigos, Devon la invitó a una cita y ella se vio tan nerviosa por la proposición, que cometió el peor error de su vida: le contó a su hermana y dejó que esta hiciera de ella una persona que no era. La vistió con ropa diferente, le aplicó maquillaje y la acompañó hasta el cine en el acordaron encontrarse. En ese instante, se sintió bonita, diferente; le encantó que sus padres le dijeran lo hermosa que se veía con el vestido que tenía puesto. Tuvo la sensación de que nada podía salir mal hasta que llegaron al lugar. Devon la miró con rareza, preguntándole si algo le sucedía, puesto que la veía extraña y no parecía la chica con la que tenía meses conversando. La sinceridad no le sentó mal, pero la gota que derramó el vaso fue que su hermana la interrumpiera para devolverle su teléfono y que este la detallara como lo hacían todos, mirando asombrado entre ambas, sonriéndole a Amber en la forma que ella deseaba que le sonriera. Nunca decía que tenía una gemela por esa misma razón.

La cita se convirtió en cuatro horas de absoluta incomodidad. Devon le pidió a su hermana que se quedara, lo que generó el despliegue una Amber carismática, originando que hablaran de todo un poco, abstraídos en el otro, haciéndola a un lado e incluyéndola solo cuando recordaban que ella se encontraba junto a ellos. Fue una completa tortura. Lo que más rogó porque no sucediera pasó. Él conectó con la seguridad que su hermana transmitía, haciéndola sentir inferior. Luego de esa noche, todos establecieron una «bonita amistad», él le dejó claro que no iba a salir en plan romántico con ninguna de las dos. Lo toleró como una campeona, no sería la primera chica a la que dejaban en la friendzone, pensó que todo estaba bien, al fin y al cabo, no salió en plan romántico con ninguna de las dos.

Lastimosamente, eso no ocurrió. Se enteró que su hermana había salido con él a sus espaldas y que este no se sentía bien con ello. Cuando Devon le contó lo que sucedía, su corazón se rompió. Le pidió disculpas, aceptó que le gustaba mucho su gemela y que quería salir con ella como novios. Aquello le pareció un juego sucio, una traición de los dos, pero sobre todo de su hermana, a la que le confesó que estaba enamorada de él. Después de aquello, intentó odiarlo y no pudo, se había sincerado con ella como una forma de respeto y aunque eso la enervaba, lo entendía. Lo que sí sabía era sobre quien redirigiría esa rabia que se acumulaba en todo su interior. Dejó que las cosas sucedieran sin meterse. Su hermana y Devon se hicieron inseparables, mostrando su relación sin muchos problemas. La gente los felicitaba, decían la hermosa pareja que hacían, a lo que ella, cada vez más dolida, sonreía y asentía como si estuviese de acuerdo con eso.

Luego de un año, tras una fuerte discusión con Amber por tener menos privilegios que ella, decidió cambiar cada una de esas situaciones. Esa vez a su gemela que le tocaría sentirse como un cero. Salió de sus pensamientos cuando esta subió al auto con una sonrisa de oreja a oreja y ella alzó su ceja en una pregunta muda, que cuando la otra negó con cinismo, la respuesta fue evidente: estaba saliendo con el chico del teatro a espaldas de Devon.

—Ten demasiado cuidado con lo que haces, alguien podría decirle al «amor de tu vida» las actividades extracurriculares que tienes después de las clases de teatro —dijo April con voz monocorde, en una sutil amenaza que su hermana no pasó por alto.

—¿Tú le vas a decir? —pregunto Amber con burla—. Atrévete, te lo desmonto en veinte segundos porque nadie le va a creer a la gemela envidiosa, mejor métete en tus asuntos… —Negó con incredulidad—. Sinceramente, cualquier estupidez que digas sobre mí me tiene sin cuidado, si me revuelco con Mac en los baños del teatro, eso no es de tu incumbencia —espetó con tal grado de desfachatez que contuvo las ganas de golpearle la cara.

Dejó que la sensatez la envolviera, la confirmación jugosa le daba un nuevo sentido a las motivaciones que tenía. Con más entusiasmo, se dispuso a llegar cuanto antes a su casa. Al estacionar al lado de la camioneta de su padre, Amber se bajó con prisa, pensando en salir a celebrar con su novio y sus amigos, lejos de la tonta de su hermana. Ella cogió las carpetas, las agrupó y luego sacó la caja que celosamente había escondido debajo del asiento, solo tomó el teléfono móvil que le compró a un desconocido, dejando su plan B asegurado en el fondo. Lo tocó por un momento, imaginado como sería la sensación de usarlo y luego lo descartó. Ya tendría tiempo para esas fantasías. Encendió el celular, entró en la aplicación de Facebook y posteó la publicación que había cargado como borrador, esa mañana, en la cuenta personal de su gemela.

—Con esta me las vas a pagar todas, hermanita —dijo la sonrisa que nunca había expresado.

Esperó unos minutos, vio que la gente comenzaba a escribir comentarios, lo que llenó de notificaciones la pantalla, así que apagó el teléfono con la consciencia plena de que el show apenas comenzaba. Tomó las carpetas, volvió a esconder la caja con el plan que debía mantener oculto y luego entró como si no supiera nada de la fiesta que se desarrollaba en el salón de su casa. Se hizo la sorprendida cuando escuchó la música de temporada y vio comida con un hermoso pastel que lastimosamente decía «¡Feliz cumpleaños, Amber!». El sentimiento de exclusión volvió, hasta que la única persona que la trataba con cortesía se acercó y le dio un abrazo, deseándole un hermoso nuevo año de vida.

—¡Feliz cumpleaños, April! —dijo Devon mientras la apretaba con cariño—. Te he traído un detalle que sé que te encantará.

La soltó un momento, sacando una cajita alargada que le entregó animado. Aquello la tomó desprevenida, le había hecho regalos, pero nunca fue tan emotivo como en ese momento. Abrió la caja con timidez, encontrándose el collar con el dije de colibrí del que se había enamorado el año anterior, en un bazar que estaba cerca del dojo, al que fueron con el grupo de karate cuando salieron de una demostración de kata. Ese día, las muestras disponibles se agotaron y al tratar de obtener un número de contacto para hacer un pedido, se encontró con la sorpresa de que eran piezas únicas y que la artista que las hizo había fallecido. Que él se acordara de eso, le generó conmoción.

—Muchas gracias… Es hermoso —murmuró con timidez.

Devon tomó el collar y lo colocó en su cuello con sutileza, le dijo que era una excelente amiga, que eso era lo mínimo que podía hacer por ella en un día tan especial. Una sonrisa sincera brotó de sus labios, era difícil odiarlo cuando tenía detalles como ese.

—¿Dónde lo conseguiste? —preguntó con mucha curiosidad.

—Una chica lo estaba vendiendo en una venta de garaje, recordé que te había encantado y aproveché la oportunidad.

Agradeció el gesto con un asentimiento, luego se vio interrumpida por sus padres, los que la felicitaron con dos tarjetas de regalo, una para gastar en una famosa tienda por departamento y otra de su cafetería favorita. Aquello la animó, más cuando su papá la instó a quedarse con ellos en la celebración, había más pasteles y compraron sus dulces favoritos, macarunes, unos que Amber jamás disfrutaba. Se encaminó hacia la cocina, en búsqueda de un platillo para colocar una cantidad suficiente y compartir con Devon, cuando regresó al salón, su hermana bajó, produciendo un cambio total en el ambiente.

Amber tenía la atención de todos, recibió los regalos de sus amigos, chillando por el bonito pastel y besó a Devon de una manera tan apasionada, que ella no le quedó más remedio que apartar la mirada, conteniendo las lágrimas. Estaba harta de que su gemela se saliera con la suya siempre, así que disimuló y se sentó en uno de los sillones, evitando a los demás. Se dedicó a comer los dulces como una forma de ignorar lo que pasaba a su alrededor. Hizo el intento de quedarse por más tiempo, pero no pudo, cuando se levantó para alejarse de aquella farsa, su amigo sacó una pequeña caja roja de su bolsillo y su corazón se aceleró por el posible significado. No había errado, el chico se inclinó y abrió la caja para mostrar un precioso anillo de oro con unas incrustaciones brillantes alrededor de un pequeño diamante.

La sala enmudeció hasta que Devon soltó la pregunta que la pulverizó. Estaba tan enamorado de Amber, tan cegado por las mentiras que le susurraba al oído, que le propuso matrimonio con todo el amor del mundo, diciéndole que la tomaba en serio y que esperaría a que ella terminara la universidad, hasta propuso la fecha de navidad después de la graduación como la ideal para que celebraran la ceremonia. Era demasiado, no podía respirar y tuvo que sentarse nuevamente, tratando de que el mundo no se le cayera en ese momento, más cuando todos felicitaron el amor juvenil tan puro que ellos tenían. Quiso vomitar, casi lo hizo en el momento en que su madre apareció una bolsa de regalo y su hermana sacó de ella una cartera Chanel de temporada que contenía un cheque de diez mil dólares como fondo extra para sus gastos en Nueva York.

No lo soportó más y subió las escaleras de dos en dos, queriendo llevar lo más rápido posible a su cuarto y escapar de la pesadilla en la que se había convertido su día. Sin embargo, la rabia ciega la hizo encender el teléfono y enviar el correo que había redactado meses atrás a la directiva de Juilliard. No esperaría como tenía planeado, su sed de venganza llegó a su punto más álgido, solo deseaba destruir el mundo de mentiras que su hermana había construido. Envió el mensaje al chico del video, esperó con paciencia a que le contestase en enlace de descarga, inmediatamente los subió a la página del afamado conservatorio de artes, así como en las redes sociales de su gemela. Apagó nuevamente el celular, preparándose para las posibles reacciones.

La gente dejaría de ver a Amber como la chica perfecta. No era así, estaba llena de mentiras y ella solo quería exponer la verdad: su gemela era una farsa andante. Se encerró en su cuarto y envió un mensaje a su madre indicando que no saldría porque estaba empezando una de sus migrañas. La mujer respondió con un escueto descansa, a lo que ella bufó molesta, se colocó los tapones de oído para no oír el ruido, decidió tragarse un somnífero y dejó que la bruma del sueño la venciera. Lo necesitaba con urgencia, la ignorancia de lo que sucedía alrededor, le sentaba bien. No ser testigo de la felicidad que Amber recibía mientras era elogiada por todos, era lo mejor.

La mañana siguiente, despertó por unos fuertes gritos al otro lado del pasillo, lo que la hizo levantarse con vacilación. Al dilucidar la voz de Devon en el fondo, seguido de un llanto femenino, sonrió como nunca lo había hecho. Disimuló su placer, dándose a la tarea de esperar hasta que el sonido de las voces menguara para saber lo que pasaba, aunque muriese de ganas por ver la pelea. Escuchó un fuerte golpe de la puerta principal y salió de su escondite. «Eso tuvo que haber sido Devon», pensó con regocijo mientras bajaba las escaleras.

Fue a la cocina con la excusa de que iba a desayunar. Al llegar, vio todo limpio, ordenado, nada como seguramente había quedado la noche anterior, conociendo a su madre, aseó el desastre de la fiesta y cocinó algo suculento para su «princesa». En efecto, una torre de panquecas integrales, huevo, tocino y un vaso de leche reposaban sobre el comedor. Ver solo uno plato le quitó el apetito, así que cuando escuchó las pisadas en el frente de su casa y la puerta siendo de nuevo azotada, cogió los cereales de la despensa y la leche de la nevera. Preparó la mezcla de prisa para hacer creer que iría a su cuarto, al llegar al salón, encontró un cuadro que siempre soñó ver: Amber arrodillada ante la puerta, llorando a lágrima viva y su padre viéndola con decepción. Buscó a su mamá, la encontró sentada en el sofá con el teléfono de su gemela.

Se acercó fingiendo sorpresa, su padre la miró con vergüenza, por lo que preguntó con toda la hipocresía del mundo qué sucedía, sin embargo, su progenitor no dio respuesta y su madre lanzó el aparato contra la pared, para luego gritar de furia e indignación. Esta se dirigió a su hija predilecta, propinándole la cachetada que nunca le había dado. Ese simple acto la hizo gozar por dentro, mucho más cuando Amber se levantó del suelo, corrió por las escaleras y se encerró en su cuarto.

Su madre lloró con fuerza, su padre la llamó para recoger el teléfono, lo que hizo con prisa, luego se sentó a la espera de la explicación que este le daría. Dejó el desayuno de lado, para prestarle toda la atención. Su progenitor le dijo lo que ya sabía, alguien había fotografías en las que Amber se burlaba de los profesores y luego subieron un video con un enlace de descarga en su cuenta de Facebook. En este se veía cómo subía y bajada de diferentes autos, en los que saludaba a los conductores con un beso en la boca y partían hasta un automotel a las afueras de la ciudad. Se evidenciaba con claridad cómo la llevaban a cenar, le daban joyas —que bien sabía, escondía en su colchón—, le hacían toques irrespetuosos en plena vía pública y la trataban de una manera tan descarada que no quedaba duda alguna de lo que sucedía. Entre ellos, varios profesores de los que se burlaba. Amber se mostraba tal cual era, una joven manipuladora, con ansias de dinero, que se valía de su belleza para conseguir todo lo que quería. A ella le llevó tres meses de seguimiento en taxis diferentes, comprar una cámara optimizada y pagar por la edición para que no hubiese rastros en su computador.

En la última parte del clip de video, se veía en una cena con uno de los directores de admisión de Juilliard. Lo besaba con fuerza mientras este la alejaba, tratando de emitir una distancia suficiente para no ser notados. Fue uno de sus errores, no obstante, el más grave fue llevarla a uno de los hoteles cinco estrellas de la ciudad. El corto terminaba con un collage de fotos de los distintos sujetos que habían sido sus clientes, enfocando adrede al director de la academia de artes. Mostraba un mensaje al final que decía:

«¿Esto es lo que quieren en su institución? Quizá sea una buena actriz, engañó a todos, pero tengan en cuenta que hará lo que sea por obtener lo que quiere».

No emitió ninguna palabra. Sus padres estaban desechos y el teléfono comenzó a sonar. Nadie tenía fuerzas para contestar. Creyó que se conformaría con eso, excepto que una vocecita le martillaba la cabeza con un nombre: Devon. Quería saber el estado en el que se encontraba, por lo que tomó su teléfono, el cual había dejado en el salón, subió a su cuarto, cogió los móviles que debía mantener protegidos, llamó a la casa de este y respondió su madre.

Le habló como una amiga abnegada, le aclaró en todo momento que no tenía idea de lo que hacía su hermana y que lamentaba sus acciones. Su familia se sentía dolida, decepcionada, no merecían lo que le sucedía. Le mintió descaradamente, al grado de ofrecerse a llevar el móvil. Se cambió a una ropa cómoda, tomó las llaves del auto y le explicó a su padre lo que haría. Recorrió varios kilómetros hasta internarse en el suburbio donde vivía su amigo. Miró al padre del chico, saliendo en el auto y suspiró por la actuación que tenía que hacer. Le agradaba la situación más que nada. Animada detrás de un semblante triste, tocó la puerta viarias veces, la madre del chico la dejó entrar con recelo, haciéndola pasar, conduciéndola a la habitación de él.

Devon la recibió con lágrimas en los ojos y se abrazaron con fuerza. Él pensaba en lo equivocado que estuvo de elegir a la hermana falsa. Si se hubiese decidido por April, las cosas serían diferentes. El problema era que no la amaba. Se sentía ligado a una mujer que lo engañó, defraudándolo al convertirlo en el hazmerreír de Baltimore. Ella lo entendía, aunque se alegraba de escuchar sus palabras y sentía que por fin tomaba el terreno que le correspondía, ese que le envidiaba a Amber.

Con el paso de las horas, lo animo, le sirvió de amiga, fue su consuelo. Lo hizo engullir comida, luego reír de algún video insulso hasta que el semblante le mejoró por completo. Se veían tan bien juntos, que para ella no cabía duda que su destino era ese. Era triste que él había elegido eligió mal y tenía que sufrir las consecuencias de aceptar a una persona que no lo valoró. Decidieron apagar sus celulares, dedicándose a distraerse. La mamá de él la miró con otros ojos, agradeció su presencia en el mal momento que estaban pasando. Los habían llamado para comprar los renos que su hijo tenía, mientras que los más osados preguntaban por el número telefónico de Amber, añadiendo el morbo de saber cuánto cobraba, unas burlas que avivaron la humillación. Todo fluyó tan mal en esas horas, que decidió no contarle nada a su amigo. Llamó a su casa, preguntando cómo estaba todo.

—Me quedaré con él, mamá… Está devastado, lo que pasó es muy fuerte y necesita apoyo —dijo a escondidas de Devon—. Le han enviado mensajes degradantes, se siente desconsolado, es como si todas las esperanzas se le hubiesen apagado.

—¡Pobre! Me duele que pase por esto. Lo mejor es que te quedes, es lo menos que se puede hacer por el descaro de tu hermana —contestó su madre con resignación y colgó.

Al llegar la noche, la mamá de Devon los dejó solos para ir a su guardia en el hospital principal de la ciudad. Trabajaba como enfermera de emergencia y no tenía con quien cambiar de turno, por lo que no tuvo más remedio que asistir. Le preocupaba dejarlos solos, más cuando su esposo se había ido de viaje por cuestiones de trabajo, pero no le quedó de otra. En el momento en el que ella arrancó, April decidió que aprovecharía la noche libre para poner en marcha la segunda parte de su plan. Era como si se la hubiesen puesto en bandeja de plata. En otras circunstancias, Amber sería la acompañante de su amigo, sin embargo, era ella quien le brindaba «apoyo» en lo que bebían y reían sin parar. Se sentía tan bien, que se olvidó del mundo dedicándose a su felicidad, aprovechando que su hermana no se encontraba para opacársela.

Entrada la madrugada, con un nivel de alcohol muy por encima de los límites permitidos, resolvió entrar en acción y sedujo al chico que la tenía loca. Tuvieron relaciones sexuales de una forma torpe, rápida e impersonal, que la hizo entender con claridad lo mal de su idea, pero el hecho de que Devon la confundiera con Amber, fue lo último que su lastimado corazón aceptó. La rabia la cegó a un punto insospechado. Lo dejó dormido y con el impulso de la ira recorriendo sus venas, usó el teléfono con el que posteó el video, avisándole a su hermana que no era la única que engañaba, que la traición de él podía ser mucho peor. Rio con lágrimas amargas, luego se echó desnuda en la cama, dispuesta a dormir hasta que su gemela hiciera la entrada triunfal. No duró mucho tiempo de reposo, el tirón de su cabeza la sacó de la inconsciencia.

—¡Maldita envidiosa! ¡Lo sabía! —gritaba Amber enloquecida mientras le desprendía mechones de cabello y la golpeaba con saña—. Siempre lo supe, eres una puta insignificante… ¡Te odio!

la madre de Devon y este la intentaban separar de ella.

—¡Amber, suéltala! ¡Déjala tranquila! —rogó él con la confusión embotando su cerebro, sin tener idea de lo que pasaba, con una resaca tan fuerte como el dolor que sentía a causa de ella.

Amber la soltó para pegarle con toda la rabia del mundo, le volteó la cara a él con la mano y lo escupió como si le produjera asco. Salió echa una furia de la habitación, y a él no le quedó más remedio que ir tras de ella. April se vistió en el proceso, loca por salir como alma que lleva el diablo mientras las lágrimas de víctima se asomaron a sus ojos y enfatizó ante la madre de su amigo que no recordaba lo que había pasado.

—Por favor, dígale que no me busque… que no me llame, no recuerdo qué sucedió y lo sea que fuese, fue una estupidez de borrachos… Lo siento —pidió disculpas, marchándose con prisa.

Se subió a su auto y respirando profundo, tomó una dirección distinta a la de su hogar. Lágrimas inundaron sus ojos por la sensación tan dolorosa que se adueñaba de su corazón. Su venganza se había llevado a cabalidad y tristemente, la sintió tan amarga que se encontró mal. La gloría fue por apenas unos minutos hasta que el choque con la realidad fue duro, como una estampida pasándole por encima. Estar con Devon la hizo sentir sucia, sin valor, de la peor forma que alguna vez sintió. ¿De qué valía todo eso si al final no lo disfrutaba? Logró lo que se propuso, no obstante, en su fuero interno, no alcanzó su más grande anhelo: que alguien la amara como amaban a Amber.

Salió de la ciudad, hacia el Sur y se paró a mitad de la carretera interestatal 595. Sacó la caja que cuidadosamente había guardado bajo el asiento del copiloto, la abrió y tomó su plan B, el arma con la que fantaseaba matar a su hermana, mirándola con seriedad, analizando los pros y los contras de accionarla como quería. «¿Si mato a Amber se acabará todo esto?», contempló el pensamiento con amargura, elucubrando los posibles escenarios de realizar tal acto. El solo hecho de pensarlo, hizo que toda su vida pasara por su cabeza. La angustia la condujo a llorar con fuerza, soltando sollozos desgarradores. Ella no era así. Siempre fue una chica buena que amaba su hermana, sin embargo, no podía con la carga que representaba ser a la que todos ignoraban. La envidió casi todo el tiempo, la odió porque ni siquiera ella la quería. Tras el daño propagado a su familia, con la realidad mostrándose cual flor en primavera, la opción que más veía viable era la que colgaba de sus manos. Marcó el número de su padre, el único por el que alguna vez sintió cariño sincero.

—Papá… no puedo más…, yo no puedo más —dijo entre hipidos cuando este le contestó—. Fui yo, los videos, los memes, la que hizo la denuncia a Juilliard… todo lo hice yo. Soy una maldita, papá. ¡La odio! ¡La odio! —chilló enardecida.

—Dios, hija… cálmate, por favor dime dónde estás —pidió su progenitor con preocupación, la escuchaba tan desquiciada que temía que le ocurriera algo.

—Yo sé que ella es la mejor, yo lo entiendo, no hay punto de comparación..., solo querían una hija y Amber es perfecta… yo soy un estorbo que desaparecerá. Todo será como si nunca hubiese existido.

Tomó el valor y colgó el teléfono, dejando a su padre con la palabra en la boca, pensó en el rostro herido de su hermana, cogió el impulso que necesitaba, cargó el arma y a mitad de mañana de un trece de septiembre, apretó el gatillo y se suicidó.

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23 Août 2020 20:00:47 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Alexa C. Pérez ¡Hola! Me llamo Alexa. Soy venezolana. Me encanta leer y escribir romance. En mi día a día trabajo como maestra de primaria, tengo una licenciatura en bioanálisis, así como realizo correcciones ortotipográficas y maquetación de novelas. Puedes encontrar en Pinterest, Facebook, Twitter e Instagram como @cperezalexa

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