arikeldt Arikel DT

En el pasado, Yuuri amó más de lo que es imaginablemente posible amar, pero el amor se abrió en su pecho y se hizo dolor, le hizo perder toda tranquilidad. Victor es paciente, es dulce y comprensivo, está tan enamorado de Yuuri que permanece a su lado esperando ser correspondido, esperando que hoy Yuuri acepte sin remordimientos sus apasionados besos y su incansable cariño. “Mis lágrimas se han agotado en otro amor”, afirma Yuuri, tratando de alejarlo, pero Victor le hace sentir tanto y tan profundo… que Yuuri podría enloquecer, perder toda cordura y terminar rendido a sus pies. • • • [Historia participante de la actividad “La vida es una canción” organizada por el grupo de Facebook “Victuuri & something more group”] • [Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, le pertenecen a Sayo Yamamoto y Mitsurō Kubo, pero la historia sí es totalmente mía. No se admiten plagios ni republicaciones]


LGBT+ Anime/Manga Interdit aux moins de 18 ans.

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Capítulo único


«Quiero llorar».

«Quiero amar».

«Pero todas mis lágrimas se han agotado… en otro amor».

«Y cantaría una canción que solo fuera nuestra».

«Pero se las canté todas… a otro corazón».

*Tom Odell – Another love*


Hay un grito desgarrando la garganta de Yuuri, ¿sabes?

El mundo bajo sus pies tiembla y el equilibrio intenta aferrarse a su cuerpo, arañando su piel.

Su vista abandona el piso y se eleva un poco, observa a las personas a su alrededor, trata de fingir que no está rompiéndose, que no está ahogándose.

Nadie observa.

A nadie le importa.

El grito en su garganta se hace amargo, duro, y él traga con firmeza y hace que ese grito descienda hasta su corazón, se asiente allí y allí crezca.

Y crece. Claro que crece.

Crece.

Crece.

Crece.

Dolorosamente.

Complejamente.

El corazón se le astilla profundamente. Se le destroza y, al mismo tiempo, se le seca, como tierra árida que ha perdido todo verdor, toda vida.

Hay un nudo allí.

Uno que parece querer hacerle saber que, el dolor, pase lo que pase, será eterno.

Nunca se irá.

Entonces, Yuuri lucha por no girar sus pasos, y es que quiere regresar a donde todo empezó, pero sabe que necesita espacio, tiempo, y aire.

Observa el futuro al mirar al frente, y no encuentra señal alguna que indique que habrá calma más adelante.

Así que, lo decide.

Gira y regresa al principio.

Camina un paso o dos, quizá tres…

—Yuuri… —la voz de Victor Nikiforov, el hombre que más le gusta en el mundo entero, le detiene.

El cuerpo entero de Yuuri se endereza al verlo, y sus ojos se mezclan con la lluvia, se hacen de agua, de sal y de tormento.

Entonces, emite un quejido justo antes de correr hacia Victor y decirle… que lo siente.

Que no quiso decir lo que dijo en el departamento que comparten.

Que no quiso que esto acabe.

Que mintió.

Mucho y de muchas maneras.

Victor es comprensivo.

Es dulce y encantador.

Lo abraza, le besa la frente y le dice que todo está bien.

Le pide que vayan de vuelta a casa y Yuuri asiente.

Asiente a todo.

Y quiere llorar.

Nadie tiene ni idea de cuánto quiere llorar.

Pero todas las lágrimas se han agotado ya.

Caminan bajo la lluvia, rodeados del frío, de la gente, de los paraguas y de las luces nocturnas de una ciudad que luce tan ajena y tan lejana.

Llegan al fin al departamento que han compartido por casi cinco años. Sus ropas húmedas, sus cabellos goteantes y la tez pálida.

—Estoy cansado… —le dice Yuuri, justo cuando cierran la puerta tras ambos—. Ya no puedo más, Victor. Solo…

Quiere explicarle tantas cosas, decirle lo mucho que está pasando ahora, y lo mucho que quisiera evitar sentirse así.

—Ya no puedo más… —es lo único que dice, con la cabeza agachada y los hombros encogidos, incapaz de dirigirle una sola mirada.

Victor guarda silencio.

Poco a poco asiente y se pone nervioso.

Él también es apenas un suspiro de lo que alguna vez Yuuri conoció, y Yuuri se pregunta a sí mismo si acaso también luce así. Tan acabado, tan maltrecho y tan idiota.

—Quisiera poder… —le dice Yuuri, observando la punta de sus zapatillas mojadas y entretenido en el charco que deja sobre la alfombra—. En verdad quisiera… —susurra, y sus ojos se nublan y arden—. Pero no puedo más…. —sentencia, y camina lento hacia la cocina.

Quizá el trago de una cerveza helada le ayude a pasar la roca en su voz, esa que hace que sus palabras se tambaleen, frágiles, cansadas y débiles.

—Entiendo… —dice Victor, de pronto, apoyándose en el espaldar del sillón en medio de la sala, observando atentamente la forma en la que Yuuri le da otro sorbo a la lata en sus manos.

—Esto tiene que terminar… —le dice Yuuri, sin mirarlo y observando lo interesantes que se ven los narcisos blancos que adornan la mesa en la que comieron juntos esa misma tarde.

Yuuri trata de armarse de valor, y es que es más fácil si Victor concuerda con su decisión.

—Pronto… —le dice, y se aclara la voz en un carraspeo breve—. Es lo mejor, ¿no? Pronto. Lo más pronto posible, lo más rápido… lo más fácil… es… pronto…

Victor no le ha quitado los ojos de encima y asiente a sus palabras casi sin pensar.

—¿Hoy? —le pregunta, y sus manos tiemblan ante lo que Yuuri pueda contestar.


«Sí».


Quisiera decirle Yuuri.


«Que todo acabe hoy».

«Esta misma noche».

«Justo en este instante».

«Sí».

«¿Por qué no?».


—No lo sé… —le dice Yuuri al fin, apenas en un susurro inaudible que ni él mismo se cree—. Tal vez…

Entonces, gira a verlo.

Qué terrible error.

El mundo bajo sus pies se tambalea y se descompone.

Los ojos de cielo despejado que Victor ostenta están rodeados por un halo de abatimiento, estrés y melancolía.

Su cabello hermoso, aquel que la luna misma coloreó con tanta delicadeza, es ahora una maraña húmeda que Victor mismo vuelve a enredar al tomar una toalla de por ahí y tratar de secarse.

Es tan hermoso.

Y Yuuri lo ama tanto.

Quiere amarlo.

Quiere estar tan enamorado.

¡Tanto!

¿Cómo podría hacerle eso?

¿Cómo podría terminar con Victor?

¿Por qué lo haría?

¿Solo porque existe alguien más?

Sí.

Quizá.

Yuuri amó a alguien más.

Amó hasta agotar todo amor, toda fe y toda alegría.

Amó tanto.

Todos sus besos ya fueron regalados a un «alguien» que jamás volverá, y parece que no existen más besos para Victor.

¿Dónde se encuentra la fábrica de los besos?

¿Cómo se repara la máquina que hace al amor?

Victor lo sigue observando en silencio, da un pestañeo y un par de lágrimas acarician sus mejillas suaves.

Victor lo ama.

Y Yuuri quiere amar, y también quiere llorar.

—Mañana… —le susurra Yuuri—. Acabaremos con esto mañana… —le dice, como tantas otras veces a lo largo de los últimos días, y Victor suelta la toalla, corre a su lado, lo envuelve entre sus brazos y llora para él.

—Te amo… —le dice Victor, tan desesperadamente—. Te amo. Te amo. Te amo.

Yuuri solo asiente.


«Mañana».


Le había dicho, casi se lo había prometido.

Qué montón de mentiras.

Hubo un tiempo, al principio de todo esto, cuando la sola presencia de Victor lo desconectó por completo del mundo entero.

Ahora no.

Ahora saber que Victor está ahí solo lo sofoca, lo desespera, lo angustia y lo enfría.

Solo, cuando por error, por accidente, Yuuri lo mira… solo entonces, esa desesperación se viene abajo.

Cuando los ojos de canela de Yuuri se topan con el cielo despejado en la mirada de Victor, Yuuri quiere decirle «sí a todo».

Quiere cuidarlo, quiere hacerle feliz, quiere apartar las dudas de su propia mente, los temores de su aturdido corazón, y estrechar a Victor entre sus brazos.

Cuando Victor lo observa con esos ojos tan hermosos, Yuuri quiere acostarse a su lado, quiere dejar que se pose sobre él y que reparta besos sobre su sedienta piel.

Quiere dejar que le haga el amor, y dejar que Victor tome de su cuerpo todo y tanto como le sea posible.

Quiere encontrar placer en su mirada azul y jadeos en su bella boca, quiere abrirse para él como una rosa.

Pero está mal.

Y Yuuri lo ha perdido todo, todo, excepto la cordura, al menos, por ahora.

La cordura lo araña y le hace cerrar los ojos y buscar a la razón en el fondo de su cabeza.

Y la razón le habla, largo y tendido, sobre por qué debe terminar toda relación con alguien a quien no ama y no amará, alguien como Victor.

Y es que el corazón de Yuuri ya no puede amar, y es injusto anhelar a Victor, es injusto hacerle creer a Victor que todo estará bien y que pueden encontrar a la felicidad y al amor el uno en el otro.

Porque no.

No es posible.

Yuuri quisiera, claro.

¿Cómo no?

Victor es tan atractivo, tan perfecto, y tan atento.

Es un príncipe, un caballero.

Es amoroso, respetuoso, divertido, ardiente y majestuoso.

Pero Yuuri no puede, aunque lo intente.

No puede porque, si alguna vez en su corazón hubo amor para dar, este ya fue entregado.

Las lágrimas, el dolor, y la alegría, todo cariño y toda pasión ya le pertenecieron a alguien más.

Y ya no le queda más para dar.

Se acabó, se agotó.

Y Victor no lo entiende, no lo entendería, nunca lo haría.

Yuuri no quiere romperle el corazón. No se atrevería.

Y aunque hay días en los que trata de romper y acabar, una mirada de esos ojos de cielo, un «por favor» de esa boca de ambrosía, y Yuuri accede, incapaz de negarse, y dice «está bien, rompamos mañana».

¿Cuántos «mañana» ha habido ya?

¿Cuántos «mañana» habrá día tras día?

Cuánto más… tiene que aguantar.

Yuuri se repite que será la última vez esta vez.

Que su cuerpo, su mente, todo, le dice que ya no puede seguir más, que lo siente, pero está al borde de un precipicio, a punto de dejarse ir al vacío, y que necesita ponerle un alto a este sin futuro, a este sin sentido.

—Te amo… —le susurra Victor, envolviéndolo entre sus brazos—. Eso es todo lo que importa, ¿verdad? No debe importar nada más. Te amo… me amas… todo estará bien si hay amor.

Yuuri guarda silencio.

Deja que los labios de Victor y sus besos suaves acaricien su mejilla, lo deja descender, lo deja colocarse en medio de él, en su vulnerable y anhelante calidez.

Deja que suspire sobre él, buscando placer.

Victor lo besa aún más en respuesta, como suplicando una sumisa entrega de su parte.

Su pelvis firme y su vehemente calor insaciable se hunden en Yuuri y fuerzan una bienvenida, una que Yuuri no tiene el valor ni la determinación de rechazar, porque el placer sublime lo enloquece y nubla sus pensamientos.

Victor susurra mil «te amo» mientras seduce a su cuerpo con su usual ternura sedienta. Es cuidadoso cuando lo toma y, al mismo tiempo, es decidido e impetuoso. Su pasión es desbordante e implacable, dura e intransigente.

No acepta negativas, no acepta que los ojos de Yuuri se pierdan más allá de él y del acto que le realiza, insistentemente le pide que lo mire, que ponga atención, sabiendo que, una sola mirada suya, podría hacer que Yuuri abandone toda sensatez y su cuerpo suplique más fuerza y más besos.

Yuuri, en medio de su trance, llega a susurrar un jadeante «no pares», seguido de un embelesado «por favor».

Victor le hace el amor, con toda entrega y toda devoción, Yuuri solo se lo permite, cansado, culpable por disfrutarlo, y rendido ante la idea de que quizá es inevitable.

En el fondo, sabe que no está nada bien.

El acto este no se siente bueno, no se siente correcto. Se siente terrible.

Y, sin embargo, cuando Victor susurra su nombre sobre su cuello, Yuuri quiere poder cambiar las cosas y sentirse bien.

Quiere poder amar y quiere poder llorar.

Y así, una vez más, una noche más llegará a su cumbre y, eventualmente, terminará.

Llegará el esperado amanecer y la esperada mañana, y cuando ya es «ese» mañana del que hablaron ya durante muchos días, «ese» mañana en el que se supone que esto deberá acabar; cuando el sol sale, cuando Mari, la hermana de Yuuri, entra con su propia llave, deja un desayuno sobre la mesa y va a despertarle…

Yuuri entiende… una vez más… que esto tiene que terminar.

Que ya ni siquiera hay amor, lágrimas o dolor.

Que quisiera poder sentir… pero no.

Y que Victor ya no está.

Que todo ese amor que desearía sentir, todo ese nudo en el pecho, todas esas lágrimas… se agotaron sobre la bella urna blanca colocada en el estante justo frente a su cama. Aquella urna que contiene las amadas cenizas del que fue el único, el más grande y el más puro amor que jamás imaginó sentir. Las cenizas de Victor Nikiforov.

—Mamá me habló ayer… —le dice Mari, interrumpiendo sus pensamientos, y Yuuri hace un sonido para que sepa que la está escuchando—. Hay un… amigo… un experto… es terapeuta… dicen que es muy bueno, muy agradable…

—Yo estoy bien… —le asegura Yuuri, sin mirarla—. Solo… necesito tiempo… espacio… creo…

—Lo sé, y estoy de acuerdo, pero… Yuuri, estás tan pálido, tan apagado, esto tiene que terminar, ¿entiendes?

—Claro… —le dice Yuuri, con la voz neutra y fría, observando las hermosas enredaderas de plata que adornan la amada urna—. Lo sé, y lo entiendo.

No miente.

Claro que lo entiende.

Sabe bien que Victor no está.

Que Victor se fue.

Que el amor.

Las lágrimas.

El dolor.

Todo se fue.

—¿Quieres morir con él? —le pregunta Mari, sentándose junto a él en la cama y tomando una de sus manos, apretándola fuertemente, aferrándose a él con toda la empatía y la tristeza posibles—. ¿Eso quieres? ¿Irte con él? ¿Morir junto a él?

Yuuri parpadea confundido ante sus palabras.

Observa una vez más la urna frente a la cama.

Su corazón está tan roto.

Nunca debió amar como amó.

Nunca debió entregar tanto.

Nunca debió llorar como lloró.

Está pensando en eso cuando, inevitablemente, sus ojos se posan en las pequeñas fotos enmarcadas junto a la urna.

Observa lo bien que brilla el sol sobre el Victor de las fotos.

Observa lo hermoso que se ve Victor cuando envuelve sus brazos en él, sentados bajo una sombrilla en la playa, casi puede volver a sentir la arena bajo sus pies, casi puede sentir la piel de Victor junto a la suya, lo maravilloso que es el verano y lo perfectas que son las vacaciones.

Y quiere amar.

Y quiere llorar.

Quiere irse lejos, a una hermosa playa o a un hermoso lago. Lejos de aquí.

No, Mari.

No quiere morir.

Quiere cantarle a la alegría, al mar y a la vida. Quiere llorar y quiere sentir.

Pero toda canción, todo llanto, toda sonrisa y toda vida… se agotaron ya…

Quiere aprender a volver a amar, pero sus ojos y su corazón se han secado.

Cómo explicarle al otro Victor, aquel que justo ahora está sentado en el sillón más cómodo de la sala, que todas sus lágrimas, todo su cariño, todo, se agotó.

Mari le habla, le explica, le pide y le analiza, trata de determinar si Yuuri solo pasa por una etapa del duelo o algo así.

Lo ve relajado, tranquilo, melancólico pero estable.

No sabe lo mucho que Yuuri lucha por permanecer despierto y cuerdo, así que, le da un beso en la frente, le pide que descanse, le ve comer lo que le trajo y, eventualmente, se va, no sin antes hacerle prometer que pronto verá al terapeuta aquel, ese que es de confianza, ese que es muy bueno.

Yuuri, ya solo, se pasa las manos por el rostro, se levanta de la cama y va hacia la sala.

Victor lo observa en silencio por un instante, parece saber que la conversación que más teme, aquel «esto tiene que terminar» volverá a iniciar, y se prepara para rebatir todas las excusas, todos los suspiros cansados, todos los «esto está mal» y «no es correcto» que Yuuri tenga necesidad de decir.

—Por favor… —le susurra Victor, pero Yuuri niega—. Sé que podemos… sé que… si lo intentamos… por favor… sé que…

—No puedo… —le asegura Yuuri, sentándose en uno de los sillones—. Victor… no puedo más… quisiera… no sabes cuánto quisiera… pero, de verdad, de verdad, de verdad… ya no puedo más…

Victor niega.

Yuuri quisiera llevarlo a algún lugar seguro, uno en el que solo habiten ellos dos, sin los ojos del mundo. Traerle más narcisos, prepararle más platillos, planchar más de sus camisas, ordenar más su ropa, cuidar más sus preciadas cámaras, y hacerle sentir amado, cuidado y atesorado.

Pero ya no puede más.

—Vitya… —le susurra, mirándolo fijamente por apenas un segundo, justo antes de apartar la vista para no dejarse convencer otro día más—. Nunca podré amarte como lo amé a él… —le afirma, señalando una de las tantas fotos en las que están juntos—. Él se llevó todo mi amor… por favor… ¿Lo entiendes?

Victor niega angustiado.

—Podemos intentarlo, Yuuri… —le pide—. Yo te amo… no sabes cuánto te amo…

—Y yo quiero amar… —le asegura Yuuri con la voz más estable que puede emitir.

Hace frío a su alrededor y se cubre aún más con el suéter que lleva puesto, sus dedos están tan helados, su voz es tan débil y su mente pende de un vulnerable hilo de cordura y de realidad.

—Quiero llenarte de besos… —le susurra Yuuri, y Victor cierra los ojos al oírlo—. Quiero cubrirte de caricias y de cuidados, pero ya… de verdad, ya… no puedo más… por favor… Vitya, por favor… déjalo ir…

Victor llora.

Y Yuuri quisiera poder llorar también, pero su corazón y su pecho son rocas secas, duras como hielo, repletas de agotamiento.

Sabe bien que, aunque quisiera amar, nunca podría hacerlo con la misma intensidad con la que lo amó a él.

A él…

Aquel que latía, respiraba, vibraba y sonreía.

Aquel que coleccionaba cámaras, aquel que tomaba fotografías de la vida. Aquel que nunca más, jamás, volvería.

Victor lo observa una vez más.

Los ojos cansados de Yuuri vagan perdidos sobre las fotografías que decoran los estantes en la sala.

—Te amo… —le dice Victor, intentando atraer su atención, su cariño y su piedad—. Por favor… —le suplica—. Te lo pido, ¿sí? solo un día más… «mañana», por favor…

Yuuri cierra los ojos con fuerza al oírlo. Tanta, tanta, tanta fuerza. Tanta, que Victor detiene sus temblorosas y frágiles palabras.

Yuuri sabe lo que cada «mañana» le ha provocado a su propia salud. No miente o exagera cuando afirma que… ya no puede más…

Los ojos azules de Victor observan a su alrededor en silencio.

El mundo es frío y opaco, rodeado de los recuerdos de alguien más, es casi como un mundo ajeno que él intenta robar con tanta e insistente desesperación cruel e insensible.

Pero ese mundo… esos recuerdos… ya no son de él.

Yuuri no se gira a verlo en ningún momento, lo esquiva lo más que puede.

Victor se cubre el rostro con ambas manos y asiente.

No quiere, pero quizá realmente ambos necesiten que ese «mañana» sea un «hoy», así que, dudando, Victor se pone lentamente de pie y camina despacio hacia las puertas de vidrio que separan el departamento del balcón.

El día afuera es aterrador.

Es extraño, es como un mundo desconocido, uno al que no pertenece y en el que sabe que no se siente cómodo o bienvenido.

—Nunca dejaré de amarte… —le afirma Victor a Yuuri, una última vez, con todo el dolor que le es posible sentir.

No obtiene respuesta, ni siquiera una mirada, y es que Yuuri agoniza, luchando extenuantemente por permanecer cuerdo y tranquilo.

Así que Victor da un paso al frente.

Y luego otro.

Y, al fin…

Se va.

Esta vez para siempre.

El tiempo pasa lento, un minuto, quizá dos, Yuuri abre los ojos muy suavemente.

El mundo a su alrededor lo recibe con cuidado, intentando no lastimarlo.

Yuuri sabe que los colores nunca volverán.

Sabe que la primavera nunca será tan verde como alguna vez lo fue, ni el verano tan dorado y alegre.

Sabe que no habrá amor como aquel que sintió, ni dolor como aquel que se lo arrebató.

Sabe todo eso y más.

Sin embargo, sus ojos encuentran calma en las sonrisas de las fotos. Y sus labios encuentran paz en la imagen del hombre hermoso, despreocupado y cómodo que adorna aquellos escenarios pintados en ellas.

—También te amé… —susurra Yuuri, ya a la nada, ya solo al viento tibio que entra desde el balcón, ya solo al sol suave que acaricia las cortinas blancas—. También te amé…

Y el aire vuelve a sus pulmones.

Y el tiempo vuelve a correr.

El frío empieza a disiparse en su amado hogar y, al fin, su corazón siente la calidez dulce y reconfortante de un invisible beso de despedida.




Fin.


* * * * * * * * * *

Nota del autor:

Hola~

Muchas gracias por leer~ 💕

Realmente no tenía planeado escribir Angst, quería algo más fluff y así, pero ya ven, mis dedos pedían a gritos uno de mis géneros favoritos, la tragedia romántica, así que…

No voy a negar lo evidente, me encantó escribir este shot, que sí que me partió en dos el corazón, pero lo amé igual y ojalá también puedan disfrutarlo “a pesar de / gracias a” todo lo sad 💕

Creo que no hay mucho que decir respecto a la historia, es corta, sencillita, y realmente fue lo primero que imaginé cuando escuché por primera vez la canción “Another love” de Tom Odell, cuando se presentó la motivación para escribir un Song-Shot la recordé y dije ahora sí te termino 😍

De cierta manera esta historia me recordó mucho a «Para Yuuri» y «Green light», pero también debo decir que ninguna de las dos influyó en la creación de esta. La primera no habla de superación, y la segunda tenía personajes grises que no eran buenos o malos. Esta historia es un poco más pura en ese aspecto, no hay maldad, rencor, venganza u odio. Los sentimientos y los personajes son más dulces aquí… aunque eso no le quita lo triste 💔

Y bueno, creo que eso es todo, ¡muchísimas gracias por darle una oportunidad a la historia! 💕

Gracias~

Pd: Esta historia es participante de la actividad “La vida es una canción” organizada por el grupo de Facebook “Victuuri & something more group” 💕

Pd 2: Yo iba bien feliz por la vida y de pronto me dije “¿Qué día es hoy?”, y sí, juraba que era sábado… me pasé de la fecha límite 💔 deshonor a mi vaca 😭

Pd 3: Después de este trago de amargo, necesito una dosis de fluff con urgencia 💔

* * * * * * * * * *



5 Septembre 2022 10:59:49 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Arikel DT °・:*:・༅。.•̩̩͙✼•̩̩͙.。༅・:*:・°༺•༻°・:*:・༅。.•̩̩͙✼•̩̩͙.。༅・:*:・° •★• ❝𝑨𝒎𝒂𝒏𝒕𝒆 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒖𝒔𝒑𝒆𝒏𝒔𝒐, 𝒍𝒂𝒔 𝒆𝒎𝒐𝒄𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔 𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝒑𝒊𝒆𝒍 𝒚 𝒍𝒂𝒔 𝒎𝒆𝒎𝒐𝒓𝒂𝒃𝒍𝒆𝒔 𝒕𝒓𝒂𝒈𝒆𝒅𝒊𝒂𝒔 𝒓𝒐𝒎𝒂𝒏𝒕𝒊𝒄𝒂𝒔❞ ❝𝑬𝒏𝒂𝒎𝒐𝒓𝒂𝒅𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝒂𝒓𝒕𝒆, 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒔𝒊𝒄𝒂 𝒚 𝒍𝒐𝒔 𝒗𝒆𝒓𝒔𝒐𝒔❞ •★• https://archiveofourown.org/users/Arikel •★• https://www.facebook.com/Arikel.VDA/ •★• °・:*:・༅。.•̩̩͙✼•̩̩͙.。༅・:*:・°༺•༻°・:*:・༅。.•̩̩͙✼•̩̩͙.。༅・:*:・°

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