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Antonio Quiros


Un nuevo caso en el que interviene Aurelio Puerta. El Ministro del Interior aparece muerto en su despacho; las órbitas de sus ojos están vacías y todo parece apuntar a una especie de crimen ritual. Tras una compleja investigación, las cosas no parecen ser tan retorcidas como apuntaban en un principio


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EL ASESINATO DEL MINISTRO DEL INTERIOR


Las agencias de noticias estaban enviando datos cada dos minutos. La noticia era una de esas sensaciones que cada muchos años deja consternado a toda la sociedad de un país. Tan solo el hecho principal era el que estaba quedando claro; pero, las circunstancias, el cómo se habían dado los hechos, eso nadie podía dar una versión definitiva que aclarase, de una manera clara, qué es lo que había sucedido esa mañana en el despacho del Ministro del Interior del Gobierno español.

Esa mañana, cuando uno de los subalternos pudo acceder, la puerta estaba cerrada con llave y no se podía abrir desde fuera, al despacho del ministro en la calle madrileña de Amador de los Ríos, en el número 7 concretamente, pudo ver cómo el actual ministro del interior del Gobierno español estaba sentado en el sillón de su despacho con los ojos cerrados. Lo primero que pensó es que don Augusto estaba dormido. Ese pensamiento duró tan solo unos segundos; parecía poco probable que, con el ruido que se hizo al tratar de abrir una de las dos puerta que parecía bloqueada, la otra estaba cerrada con llave y nadie parecía tenerla, don Augusto no se hubiera despertado, en el caso improbable de que, efectivamente, se hubiera quedado dormido en su despacho.

Su secretaria, Mercedes, trató de despertarlo de un sueño que no se podía interrumpir. No daba señales de poder despertarse con las voces que le estaban lanzando las personas que habían entrado en el interior del despacho. Cuando Mercedes trató de zarandeara su cara para lograr que se despertara, sus párpados se despegaron mínimamente. Suficiente para poder darse cuenta de algo terrible, que nadie se podía imaginar. El señor ministro no tenía ojos; alguien o algo le había hecho desaparecer los globos oculares de las cuencas que debían albergar los ojos.

El grito de horror de la secretaria hizo estremecer a los dos subalternos y al empleado de seguridad que se encontraban en ese momento dentro del despacho. Inmediatamente dieron aviso al jefe de gabinete del ministro que, tras un vistazo rápido a la cara de su jefe, no tardó ni medio minuto en llamar a la policía. Don Augusto tenía deformado todos los alrededores de los ojos y aun había unos pequeños restos de sangre en su cara. Los primeros en llegar fueron los agentes del Cuerpo Nacional de Policía que estaban prestando servicio en la entrada del Ministerio. Apenas diez minutos más tarde, se presentaba en el edificio el inspector Carlos Carmona, un experto policía del departamento de homicidios que parecía se iba a encargar de esclarecer que es lo que había pasado.

Lo primero, era esperar a que llegara le forense. Dada la trascendencia de esta situación, el forense no tardó mucho en llegar. Como parecía evidente, certificó la muerte de don Augusto Melgarejo. No podía o sabía llegar mucho más allá; suficiente para que los servicios de la funeraria se llevaron el cuerpo del Ministro hasta el depósito de cadáveres. El acontecimiento sucedido iba a ser un auténtico fenómeno para los medios de comunicación; así que Carmona decidió esperar que pasara toda la marabunta mediática para ponerse a trabajar en la investigación del caso.

Enviados de todos los medios se pudieron ver campando por sus anchas en todo el Ministerio del Interior durante un par de días. Naturalmente, no pudieron ver ningún resto del asesinado Ministro. La nota de prensa oficial que ofreció el Gobierno español ni siquiera hablaba de asesinato. Tan solo se refería a la muerte del señor Ministro, sin especificar la causa, real o inventada de la muerte de político.

Como el responsable de la sección de sucesos del periódico "Madrid", yo Aurelio Puerta, me encargué, desde que se supo la noticia, de dar la información a los lectores. Así que llegó el pase a mi nombre desde el primer momento para que pudiera entrar con una cierta libertad en la sede del Ministerio. En realidad, un formalismo. Porque, allí dentro bien poco se podía saber de la muerte del señor Melgarejo, aparte de poder visitar el despacho del señor Ministro y poder describir el escenario en donde pasado sus últimos momentos de vida.

“Lamentamos tener que informar a toda la opinión pública del país del fallecimiento esta misma mañana, mientras trabajaba en su despacho, del señor Ministro del Interior, don Augusto Melgarejo. La muerte de este ilustre miembro del Gobierno español ha cogido por sorpresa a todos sus familiares, amigos y compañeros de gabinete, que no tenían constancia de ningún tipo de enfermedad grave que padeciera el señor Melgarejo.

Por la presente queremos dar el pésame a du esposa, hijas y familiares cercanos por tan terrible e inesperada pérdida. Seguiremos informando a los medios de comunicación y, a través de ellos a todo el país, de los datos relacionados con este obituario; así como de los detalles del funeral y todo el procedimiento relacionado con dar cristiana sepultura al actual Ministro del Interior, don Augusto Melgarejo.”

No se podía ser más ambiguo. La primera información que ofrecimos en el periódico hacía referencia a esta nota de prensa y a los datos biográficos del, hasta ahora, Ministro del Interior. Parecía evidente que esta tan solo sería la primera de las informaciones que yo escribiría relativas a este inesperado fallecimiento. De hecho, el gabinete de prensa del Ministerio del Interior, estaba sacando sucesivas notas de prensa cada dos horas, al principio; y luego, una nota de prensa, al menos cada día, durante un par de semanas.

En ninguna de ellas se aclaraba lo que los medios de comunicación queríamos saber; el motivo por el que el señor Ministro había fallecido. No parecía ser lo que últimamente se estaba denominando como “una larga enfermedad” (cáncer); porque parecía evidente que la muerte debía haber sido repentina. Un infarto fulminante parecía ser la causa más probable de ese fallecimiento; pero, nadie había podido informar de una causa real de la muerte. Había que dejarse guiar por las intuiciones, más que por los datos reales y hechos constatados.

Eso es lo malo, que cuando no hay datos, se dejan abiertas las puertas a los rumores y a las especulaciones sin fundamento. Y, eso es lo que estaba pasando en estos momentos. Ya, de nada valían las decenas de notas de prensa que se habían emitido en los últimos días. Casi que no merecía la pena publicar punto por punto lo que habían mandado los diferentes gabinetes de prensa.

Yo estaba dando mi último paseo por la sede del Ministerio. Era el último día que iba a ese departamento, al menos en lo relacionado con el asesinato del señor Ministro. Bien pocas novedades se podrían conseguir en ese lugar. El baño al que había ido en otras ocasiones estaba cerrado, por obras supongo, y me acerqué a uno de los subalternos para preguntar por el lugar en donde podría encontrar otro servicio abierto. El hombre, bastante atento, me indicó el lugar más cercano al que podría ir.

A la vuelta, comenzó una conversación que, después de la tercera frase, llegó a resultarme ciertamente incomprensible.

.- ¿Es usted periodista, no…?

.- Si, soy periodista del diario “Madrid”

.- Vale. ¿Y se va sabiendo algo más del asesinato?

.- ¡Asesinato! ¿Qué asesinato?

.- Bueno, el de don Augusto.

En ese momento, el que comenzó un interrogatorio exhaustivo, fui yo. Entonces, el hombre comenzó a relatarme una serie de hechos que me resultaban bastante sorprendentes. El los conocía porque había sido él mismo la persona que pudo desatrancar la puerta del despacho del Ministro. Luego había sido uno de los que habían acompañado a Mercedes, la secretaria del Ministro, para tratar de despertar a don Augusto, que parecía estar durmiendo. No fue posible hacerlo de ninguna manera.

Y luego, y esto era lo más sorprendente e increíble de todo, al despegar los párpados del hombre, con la idea de poder así despertarlo, la secretaria comenzó a chillar, el otro subalterno que lo acompañaba y el mismo, pudieron comprobar cuál era la razón de esos gritos de la señorita Mercedes. A don Augusto le había quitado los ojos y, en ese momento, tenía las órbitas completamente vacías, ni rastro de los ojos; y, lo más extraños, en los huecos, si en el resto de lacara, no había prácticamente nada de sangre.

A partir de ese momento, ellos, los subalternos, prácticamente no supieron nada más; el responsable de seguridad del Ministerio, que fue avisado de inmediato, se encargó del tema. Básicamente, lo que hizo de manera inmediata fue llamar a la policía que se encargaría a partir de entonces de iniciar y llevar adelante las investigaciones relacionadas con lo sucedido. Todo quedó sellado y nadie más que la policía se podía acercar por el lugar, hasta que se llevaron a don Augusto hasta el hospital.

Y ellos no habían vuelto a saber nada más. Por eso estaba interesado en conocer si se habían iniciado las investigaciones y si estas habían dado ya algún tipo de resultados.

27 Décembre 2022 14:01:50 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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