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Antonio Quiros


Relato histórico basado en hechos reales que pretende reflejar como se utiliza a la Inquisición por parte de los poderes establecidos en la época para luchar y tratar de destruir a las nuevas clases de la España del siglo XVI que pretende establecerse con nuevos hábitos culturales y discutir el poder político y económico a las clases altas ya establecidas. No importa que se tenga que hacer sufrir de manera terrible a niñas que tampoco entienden muy bien lo que está pasando. La descripción de los pasajes de torturas pretende ser bastante dura y realista y reflejar esos momentos descabellados y que se deshacen de cualquier sentimiento de piedad o de pena por los seres inocentes y puros.


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TORTURAS


La puerta se abrió de repente. Era la vez que más fuerte y con violencia había sonado al abrirse; o eso, al menos, se lo pareció a Juana. Dos hombres entraron en la celda y no dieron tiempo, ni siquiera, a que Juana se levantara; tiraron de sus brazos con fuerza y la levantaron de su asiento. Seguramente, en otras circunstancias, le habrían hecho bastante daño; pero ya, a esas alturas, ella no sentía dolor por estas cosas.

La llevaron, prácticamente en volandas, hasta una estancia más grande, dentro de esa misma prisión del Santo Oficio, en la que había un par de mesas grandes, prácticamente destartaladas y varias cadenas colgando de las paredes. La tiraron al suelo y allí estuvo esperando durante unos minutos. Pasado este tiempo entraron en se sala un par de hombres, bastante fuertes, y un fraile, el mismo que había estado interrogando a Juana en los días pasados. Juana, ya a esas alturas, se estaba imaginando lo que iba a pasar.

Lo primero que hicieron fue atarle fuertemente sus muñecas en dos de las cadenas que colgaban de la pared; los pies los seguía teniendo apoyados en el suelo. Juana había oído hablar en la prisión, seguramente antes también, de una tortura que solían hacer los hombres del Santo Oficio y que se denominaba “la garrucha” o “la cuerda”. Consistía en atar las manos del prisionero por detrás de la espalda y se le alzaba por las muñecas a varios metros del suelo por un sistema de poleas. Tras ello, se le dejaba caer sin que tocara el suelo, quedando descoyuntado de la sacudida.

Si no terminaba confesando, se le quebraban los brazos y las piernas y se retorcía de dolor hasta que moría. Era uno de los diversos tipos de tortura que solían utilizar los soldados del Santo Oficio, aun en el caso en que hubiera sentencia firme y que existiera la posibilidad de que el reo fuera declarado inocente, cosa que finalmente casi nunca solía pasar.

Afortunadamente, por los preparativos que estaban llevando a cabo, en este caso no parecía que fuera a ser eso. Durante unos segundos, esto la tranquilizó. Fueron tan solo unos segundos; lo siguiente que hicieron los hombres que le habían amarrado las manos a las cadenas fue desnudarla por completo. Entonces comenzó a pensar que, nuevamente, sus carceleros iban a abusar de ella, como ya habían hecho hace unos meses y antes de que la barriga de su embarazo fuera manifiestamente grande. Esa era una sensación que le había resultado repugnante entonces y que le resultaría más repugnante aún en estos momentos.

No, finalmente no parecía que fuera a ser eso; los hombres se fueron alrededor de una mesa en la que tenían varias herramientas que Juana no sabría localizar. Un instrumento que tenía una forma de pera fue el elegido por los carceleros para terminar acercándolo a la altura de su vagina y lo colocaron en posición de que ese instrumento, por su parte más ancha, estuviera en disposición de introducido en el interior de Juana. El horror, nuevamente eterminó por paralizarla.

Antes de que los hombres comenzaran a actuar, el fraile que había entrado en la habitación acompañándolos, Fray Pere de Osuna, le preguntó nuevamente si estaba dispuesta a adjurar de sus creencias heréticas de manera pública y firmar un documento en el que se reconocía a la Iglesia Católica de Roma cómo la única verdadera que recogía todas las enseñanzas y los deseos de Dios Nuestro Señor. Si su padre hubiera sido el que resultaba obligado a dar una respuesta, no habría ninguna duda de cual iba a ser esta.

Pero, no hubo respuesta por parte de Juana Molina. Las primeras veces que le había hecho esa propuesta sí que había respondido; había tratado de argumentar y había realizado algunas preguntas a Fray Pere, o al clérigo que la había estado interrogando en esos momentos. Nunca habían sido respondidas, ni se habían realizado contraargumentaciones por parte de los frailes. Pero, hacía mucho tiempo que doña Juana se sentía paralizada desde el mismo momento en que entraba en la sala de torturas. Tras la pregunta, y pasados unos pocos segundos de sus palabras, a duras penas doña Juana pudo observar cómo con sus ojos, el fraile hacía una indicación a los hombres de que podían comenzar.

Al introducir el instrumento en forma de pera por su vagina, Juana pensó que quizá se trataba de algún tipo de perverso juego sexual que comenzaban a practicar con ella. Pero, pronto desechó esa idea. La especie de manivela que tenía ese artefacto y que era manipulada por uno de los hombres, producían en Juana un intenso y profundo dolor en su órgano sexual que, evidentemente, nada tenía que ver con ningún tipo de juego sexual que cualquier persona quisiera realizar.

Los primeros dolores fueron tremendamente intensos. La acción de este artefacto en forma de pera en el interior se abría con un tornillo mutilando las cavidades. Ese efecto, en una vagina que aún estaba bastante sensible por un parto reciente, se sentía de una manera mucho más intensa. Tras sufrir el efecto del artefacto durante tres embates, Juana pensó que, como le había pasado hace unos meses, tras su detención, su cuerpo se encontraría más preparado para sufrir ese castigo.

Pero, en realidad no fue así, porque el extremo en forma de pera se iba hinchando cada vez más. Y el tornillo que le realizaba los desgarros en su interior, cada vez estaba resultando más saliente y parecía mucho más afilado. El dolor resultaba inaguantable; los gritos pretendían lanzar ese dolor hacía afuera, no parecía que lo estuviera consiguiendo. Muy al contrario, el dolor que le estaban produciendo las heridas, le hacían cada vez más y más daño; de tal manera que le daba la impresión de que la tortura que le estaban practicando, le estaba arrancando su vagina con un afilado cuchillo.

Con ese grado de dolor, definitivamente le estaba resultando imposible pensar. Aunque, en medio de ese sentimiento de sufrimiento que se le estaba clavando en el alma, le venían una especie de paréntesis en los que tenía claro que, lo mejor que le podía pasar en esos momentos es que perdieran el conocimiento, como le había pasado otras veces, y se desvaneciera por completo; que, finalmente, no fuera consciente de todo lo que le estaba pasando a su cuerpo.

No le importaba demasiado si, al desvanecerse, se terminara por dar el final de su vida; si, fruto de los terribles dolores, no fuera a despertar más. Tan solo quería lograr que su mente no fuera consciente de ese terrible sufrimiento que estaba padeciendo en esos momentos. Sufría y pensaba que, si esto es lo que finalmente iba a pasar, más valía que sucediera cuanto antes. Que el dolor que le producía ese artefacto introducido en su vagina cesara de producirle ese terrible dolor.

Después de aguantar ese sufrimiento durante casi cuarenta minutos; de no poder hablar, a duras penas poder pensar, parecía ser que sus torturadores cesaban en su actividad. Su conciencia estaba destrozada, anulada; con lo que difícilmente podría decirles lo que ellos estaban esperando oír. En ese momento le pareció tener la sensación de que su mente se estaba empezando a nublar. Se alegró, pasara lo que pasara después; pero en cuanto perdiera el conocimiento parecía evidente que dejaría de sufrir por la tortura que le estaban haciendo padecer.

Un breve pensamiento le pasó entonces por el cerebro. ¿Qué sería, cuando ella muriese, de su niña recién nacida? ¿Iría a parar a la casa de alguno de sus parientes?; o, bien ¿sería dada en adopción a unos extraños, a unos desconocidos? Ese pensamiento comenzaba a perturbarla y a romper la relativa placidez que adivinaba le llegaría en unos instantes.

Una niña a la que, afortunadamente, había podido conocer. Se la quitaron de sus brazos nada más dar a luz. Pero, a la que, antes de que ella perdiera la vida, era evidente que deseaba lo mejor, que tuviera una buena y placentera vida. Solo por eso se estaba planteando el acceder a lo que esta gente le estaba pidiendo; por mucho que ni siquiera tuvieran una idea clara y razonada de lo que le estaban planteando. Las últimas imágenes en su cerebro, antes de perder por completo la consciencia, fueron las de ella y una niña de unos seis o siete años jugando en el amplio jardín de su casa de Sevilla.

Fray Pere de Osuna fue consciente de que la mujer había perdido por completo la consciencia. Mandó parar a los hombres que estaban manejando el artefacto en forma de pera y que se había introducido en la vagina de Juana. No pretendían que muriera; era menester que volvieran a insistir en las torturas para lograr que hicieran las manifestaciones acerca de la religión católica que le estaban pidiendo. además de que, ni siquiera había una sentencia en firme acerca de su acusación de herejía.

Por la experiencia que tenían los torturadores del Santo Oficio, sabían que los reos estaban más predispuestos a confesar lo que se le estaba pidiendo al iniciar la segunda sesión de tortura que durante toda la primera sesión; aunque esta sería la segunda sesión tras el largo parón por su embarazo y parto. El pavor que les producía el volver a pasar por el mismo tipo de sufrimiento por el que habían pasado la primera vez, solía ayudar les bastante a que accedieran a las peticiones de los frailes interrogadores.

Uno de los hombres tomó el pulso de Juana, era muy débil. Los dos hombres tomaron a la mujer por lo brazos y las piernas y la llevaron a su celda con todo el cuidado que pudieron, que, ciertamente, no era demasiado, y la postraron en el camastro de su celda con la idea de que Juana descansara durante un par de días sin que nadie la volviera a molestar durante ese tiempo.

Debía sobrevivir; pero, si no lo hacía, tampoco esa era una cuestión que tendría mucha trascendencia. No sería ni la primera, ni la última persona que muriera mientras estaba sufriendo los interrogatorios que llevaban a cabo los carceleros del Santo Oficio.

23 Juillet 2022 19:28:59 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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