saravalens Sara Valens

Tres mujeres: tres historias diferentes y sin embargo iguales.


Histoire courte Tout public.

#soledad #emociones #empresarias #feminismo #mujer
Histoire courte
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Solas

Cristina terminaba de arreglarse al ritmo del rave que inundaba cada rincón del cuchitril de corrala en el centro de Madrid en el que vivía. No necesitaba gran cosa, un poco de carmín para los labios y un lápiz de ojos bien negro que le achinara la mirada y le diera más profundidad. No le gustaba maquillarse más porque consideraba que lo del maquillaje era una exigencia patriarcal y machista para someter a las mujeres. Ella era una mujer libre y fuerte y no necesitaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer con su vida. Se había independizado hacía años y ahora gastaba su dinero como ella quería, porque en mi vida mando yo, le gustaba pensar, al mismo tiempo que la punzada de rabia en el estómago se hacía más fuerte. A Cristina no le gustaba que otras personas mostraran más autoridad o firmeza de carácter que ella porque le recodaba demasiado a su padre, y cada vez que percibía un amago de algo similar se revolvía y hacía justamente lo contrario de lo que le decían. Esa noche, precisamente, estaba en reactancia por un comentario de un compañero de trabajo que ella consideró machista: «La promiscuidad sexual de las jóvenes de hoy no me parece normal», se había atrevido a decir. Fue un comentario que no iba dirigido a nadie en particular, pero a Cristina le activó algo en el centro del pecho y lanzó una mirada de ira a su compañero, al que pasó a considerar alguien despreciable, un asqueroso representante del patriarcado más casposo y castrante. Por eso, para demostrarse a sí misma que tenía la autoestima muy alta y para mortificar a aquellos a los que molestaba tanto la libertad femenina de las mujeres como ella ―según su propio entendimiento―, se decidió a salir esa noche a disfrutar de su cuerpo y de su dinero. «Se lo debemos a las valientes mujeres que lucharon por nuestra libertad y nuestros derechos», alegaba. Era casi obligatorio, en su estado del ser, llevar a cabo alguna acción significativa que dejara claras sus intenciones aunque aquel que había provocado la reactancia —el compañero en este caso— no llegara a saberlo nunca. Siempre podía comentar su aventura nocturna de mujer libre a la hora de comer al día siguiente asegurándose de que el «casposo» la oyera. «Así comprenderá quién manda en mi vida», calculaba ella.

Aún movida por la reacción provocada por una interpretación personal de un simple comentario, Cristina salió de su apartamento con la mirada alta y las mandíbulas apretadas, bajando la escalera del portal haciendo sonar sus pasos, los pies embutidos en unas espantosas botas negras con plataforma de cinco centímetros. Y así salió a la calle y así tomó el metro, derechita hacia la zona de bares de su ciudad. Esa actitud que le hacía fruncir el ceño y le daba aspecto de enfadada, que ella denominaba fuerza, hizo que más de un transeúnte se apartara a su paso. Efectivamente, ella se veía a sí misma como una mujer empoderada, enérgica y con autoridad, pero los que la veían venir percibían más bien a la personita infantil que era en realidad, intentando aparentar una pasión y una energía que no tenía ni había tenido nunca. Llegó finalmente al bar que buscaba, donde había quedado con Estela, su amiga. Esta ya había pedido por las dos, así que comenzaron a beber como solo beben las mujeres libres. Cristina le explicó a su amiga el atrevimiento del compañero de trabajo y esta se unió a ella en su expresión de la rabia:

— Qué puto machista, tía, está claro que tenemos que seguir luchando por la igualdad real.

— Es que basta que me digan que no puedo hacer algo para que yo lo haga más, ¿sabes?

— Pues claro, tía, porque eres fuerte y tienes mucha autoestima. No podemos dejarnos pisar. ¡Para atrás ni para coger impulso, tía! ¡Que nos roban nuestros derechos!

Como si de una conversación intelectual se tratara, las dos jóvenes invirtieron unos buenos cuarenta minutos expulsando odio por la boca, mostrando todo el desprecio hacia el sexo masculino del que fueron capaces. Después se decidieron a bailar un rato para soltar adrenalina. Tras algunas copas más y un largo ritual de saltos y movimientos espasmódicos en la pista, con suficiente alcohol en sangre, Cristina se decidió a hacer uso de su libertad y oteó el horizonte en busca de algún ejemplar masculino. Tenía claro que Estela se abstendría; hacía tiempo que había decidido no tener relaciones sexuales con hombres bajo la premisa falsa de que «La penetración es violación y un símbolo patriarcal de dominación». Cristina recordaba la cara de ofensa que le dedicó su amiga ante su respuesta provocadora la primera vez que se lo dijo. Se había atrevido a insinuar que si ella se ponía sobre él ya no sería dominación masculina: «Si eres tú la que está encima tú dominas, ¿no?», le había dicho con media sonrisa en la cara. Entendió que a Estela no le había hecho mucha gracia el comentario y no volvió a repetirlo.

Se separó de Estela para ir a buscar a alguien con quien irse a la cama. Vio algunas caras conocidas pero para qué conformarse con lo conocido si podía probar algo nuevo. «Soy libre para elegir, elegiré al que yo quiera», y así lo hizo. Se fijó en un par de hombres hablando en la barra y se acercó a ellos con mucho descaro. Interrumpió su conversación para pedirles un cigarrillo mientras miraba intensamente a uno de ellos, al que ella había elegido para pasar la noche. El individuo se dejó engatusar viendo la oportunidad de tener sexo sin dificultades. Mientras ella le hablaba, convencida de que lo estaba seduciendo, él no podía dejar de pensar lo fácil que se había vuelto, en los últimos años, tener sexo esporádico y sin ataduras con tantas mujeres como a uno le diera la gana. Los hombres como él agradecían al cielo la liberación femenina, pero sobre todo agradecían el empoderamiento. Gracias a él, ya no solamente no hacía falta acercarse a una mujer para ligarla sino que tampoco hacían falta la seducción, ni el juego previo, ni la simulación. De hecho, muchas veces no hacía falta ni moverse, puesto que ya lo hacían ellas todo; él hombre solo tenía que tumbarse y dejarse hacer. «Benditas sean las mujeres liberadas», pensaba él, mientras ella achinaba los ojos para parecer más interesante. Y Cristina ni siquiera le pareció suficientemente guapa al tipo, ni siquiera atractiva, pero qué importaba.

Cristina, por su parte, había perdido el control hacía rato. El alcohol y la rabia no le permitían pensar con normalidad y ya iba en modo robot, actuando en apariencia como le apetecía, pero haciendo, sin saberlo, solo aquello que se esperaba de ella. Le había tocado vivir en la era de la confusión y de la promiscuidad sexual. Con toda probabilidad Cristina jamás experimentaría el amor en una pareja con un hombre serio, conformándose con el sexo esporádico al que le abocaban las noches de reactancia; encuentros forzados por ella que llevaba a cabo con desconocidos que podían muy bien ser la mejor representación de esa supuesta opresión patriarcal que ella tanto detestaba. Confundiendo libertad con promiscuidad, caía en la red una y otra vez, sacrificándose en nombre de unos superficiales y retorcidos ideales que no alcanzaría jamás yendo por ese camino. Ideales que la habían condicionado desde la adolescencia, siendo lo único que encontró para expresar su malestar interno. Arrastrando sus traumas y sus conflictos de niña, sin saber qué hacer con ello, Cristina se castigaba entregándose a un desconocido con rabia, en el convencimiento de estar expresando pasión.


Despuntaba el alba ya cuando Cristina abrió la puerta de su apartamento. Se sentía extraña pero no sabía definir qué era exactamente lo que le pasaba. Se dejó caer en el mini sofá frente a la ventana y contempló el amanecer intentando por todos los medios aplacar esa molestia en medio del pecho, ese dolorcillo impertinente en el que no se atrevía a profundizar por miedo a lo que podría encontrarse. Contuvo las lágrimas que pujaban por salir, «las mujeres fuertes no lloran», y encendió un cigarrillo que se fumó lentamente, con la cabeza y el corazón vacíos.


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Analía se giró al oír su nombre. Le costó reconocer a su antigua compañera de colegio, pero en un simple intercambio de miradas se dio cuenta de lo muy diferentes que habían sido las vidas de ambas desde entonces. Eran de la misma graduación pero Analía aparentaba más edad, parecía estar falta de energía por comparación a su dicharachera compañera. Hablaron unos instantes y después se separaron, pero Analía llevó la impresión del encuentro con ella durante muchos días.

Observó su cara en el espejo al llegar a casa, esa cara desgastada de mujer estresada e infeliz. Bastaba un segundo de visión retrospectiva para hacerle tomar conciencia de su situación, algo en lo que nunca se paraba a pensar. Se limitaba a seguir adelante de forma automática, corriendo detrás del dinero para alimentar a sus hijos. El día a día le absorbía lo suficiente como para no reparar en lo vacío de su existencia. Vacío, esa era la palabra. Siempre ocupada, siempre de un lado para otro, pero sin un cometido específico en la vida, sin nada concreto que hacer que le sirviera de aliciente. Un trabajo insulso de cajera que pagaba las facturas pero que la amargaba, unos hijos que no la respetaban y sobre los cuales había perdido la autoridad hacía tiempo, y una vida romántica nula desde el divorcio.

«Me siento sola», habría querido decirle a su compañera, pero calló por vergüenza y, por qué no decirlo, por envidia. Bastaba con que su amiga la hubiera visto en tal mal estado, no quería encima provocarle lástima. Su amiga le caía bien pero hay límites que no estaba dispuesta a cruzar. Y sin embargo, había algo de arrepentimiento por no haberse expresado con honestidad. Al final, una conversación con una amiga cercana era lo que más necesitaba. Alguien con quien poder expresar la frustración y la tristeza que componían sus días y sus noches; o sencillamente alguien con quien charlar, aunque fuera de cosas superficiales. Con este último pensamiento Analía no pudo evitar las lágrimas. No podía ni recordar la última vez que tuvo una conversación relajada con una amiga, como tampoco recordaba ya lo que era sentir un abrazo de alguien que te ama.

La vida de Analía había seguido un curso que ella entendía como normal. Se fue de casa cuando ya no soportó más la presión de unos padres exigentes pero emocionalmente planos. Habiendo desarrollado una nula tolerancia al dolor, Analía era incapaz de responder cuando alguien la ponía a prueba, cuando le exigían un esfuerzo extra o siquiera cuando le llevaban la contraria, por eso el recurso más usado por ella era la huida. Huyó de casa de sus padres para lanzarse a un matrimonio concertado con prisas, y huyó del propio matrimonio cuando vio que su exmarido era igual de exigente que sus padres. Tenía veintiún años cuando conoció a su ex, y enseguida lo consideró como la vía de escape del agobio familiar. Un hombre sin demasiados recursos económicos pero muy trabajador y paciente. Analía no llegó a reparar en que ese hombre era una copia exacta de su padre, de regio carácter, seguro de sus fortalezas y acostumbrado a expresarse con soltura. Analía se refugió en la autoridad de su marido durante años hasta que esa autoridad empezó a parecerle petulancia y vio que no conseguiría hacerse con él. Frente a él, sobre todo en lo referente a la educación de los niños, ella no alcanzaba a expresarse ni a imponer su voluntad. «Donde hay patrón, no manda marinero», le decía su madre con ironía. Eso enardecía a Analía, pero seguía sin tener recursos para expresar sus argumentos. En realidad, ni siquiera tenía argumentos… Llegó a un callejón sin salida que le hacía sentir que volvía a tener dieciséis años y seguía bajo la autoridad de su padre, por eso decidió que era mejor cortar por lo sano. Huyó, de nuevo.

Sin embargo ahora, cinco años después, lo único que le quedaba era soledad y amargura. El hecho de divorciarse no había hecho que le crecieran la autoridad ni el carácter y, de hecho, su vida se había vuelto diez veces más difícil. Ahora tenía que trabajar fuera y dentro de casa jornadas extenuantes que la consumían física y mentalmente. Deseaba huir también de su trabajo y no tener que lidiar con la toma de decisiones diaria, ni con las opiniones contrarias de sus compañeros de trabajo, pero eso no podía hacerlo, dependía de ese trabajo para comer. Por otro lado, la fórmula para educar a sus hijos basada en la comprensión y la paciencia, que ella creía imbatible, le había dado como resultado situaciones insostenibles. Y es que en realidad, lo que ella denominaba paciencia no era más que una pusilanimidad que había convertido a sus hijos en dos pequeños tiranos. Y lo que ella consideraba comprensión no era más que la intolerancia al dolor y al rechazo que la incapacitaba para llevar la contraria o decir que no. Así, Analía criaba a sus hijos desde la complacencia, ya que no soportaba la idea de caerles mal o que pensaran mal de ella, y era incapaz de discutir. Más que una buena educación, esperaba de sus hijos la aceptación que ella desesperadamente necesitaba. La capacidad de poner límites, la disciplina, el orden y la buena educación salieron por la puerta cuando el padre se fue, y no volvieron más.

Tristemente, Analía había caído en la trampa de creer que ella sola podría con todo y siguió las recomendaciones de sus amigas divorciadas. «Si ellas pueden, yo puedo», se repetía, sin tener conciencia de que sus amigas tampoco podían. Una tras otra, todas estas mujeres habían caído en la trampa de creerse superiores de algún modo, sin llegar a reconocer nunca sus vulnerabilidades, su fragilidad y sus carencias. Vivían convencidas de tener superpoderes que les permitían cargar con todo, hijos, trabajo, hogar…, sin la pertinente reflexión que les hiciera entender que se habían equivocado, que habían tomado decisiones erróneas que las habían llevado a la miseria y que ya no había vuelta atrás. La cara oculta del empoderamiento y de la independencia eran la soledad más absoluta, el trabajo esclavo y unas vidas vacías.

Porque, aunque el orgullo no le permitía reconocerlo, Analía se arrepentía de haberse divorciado. Su vida había sido mucho más rica con su hombre en la casa. El aporte económico era fundamental, pero ya ni pensaba en eso. Cada vez que se presentaba un problema, aunque fuera una sencilla gestión administrativa, Analía sudaba frío. Cuando los niños exigían de más o les daban pataletas en público ella quería ir a esconderse bajo la cama. Pero sin duda, lo que más echaba de menos era tener a su compañero con ella, abrir los ojos por la mañana y encontrarlo tumbado a su lado; sentir que tenía a alguien con quien contar. Alguien.

Para no dejarse llevar por el desánimo, Analía decidió distraerse haciendo la cena y apartó de su cabeza esos molestos pensamientos negativos. «Todo se arreglará, solo tengo que pensar en positivo», concluía con simpleza al tiempo que se ponía en marcha.


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A través de una reflexión sincera a lo largo de varias semanas Gloria había llegado a la triste conclusión de haber sido víctima de una estafa. Era una estafa, sí, ahora lo tenía claro: los discursos falaces sobre la conciliación laboral y familiar; la descarada tergiversación de la naturaleza humana y hasta de los deseos personales femeninos; las mentiras ideadas para sustentar el mito de que tu lugar está en el mundo profesional, y sobrevolando por encima de todo ello la complicidad y la complacencia femeninas. Ella lo reconocía en su fuero interno: aceptó gustosa el chantaje porque le hacía sentir que era la protagonista de la película del siglo, «Del siglo de las mujeres…», se repetía una y otra vez.

Gloria tenía todo lo que podía desear una mujer de su época: éxito profesional, independencia económica, una hija bien educada… De cara a la galería era un ejemplo para multitud de ambiciosas jóvenes que querían ser como ella. Sin embargo, en su fuero interno Gloria sentía que le faltaba algo. Pasados los cincuenta y cinco años ya no aspiraba a llegar más alto en su empresa y las antiguas ambiciones dieron paso a la nada. Porque allí no había nada.

Gloria había llenado los últimos treinta años de relaciones personales basadas en el mundo profesional y hoy todas sus amigas eran solo compañeras de trabajo. Mirando su vida en retrospectiva se daba cuenta de que todo había girado siempre en torno a la empresa y que el día que esta desapareciera, no habría nada más. Porque al fin y al cabo, el trabajo no puede sustituir a la vida y cuando caes en esa trampa, al final te das cuenta de que no tienes trabajo ni tienes vida.

Intentaba calcular objetivamente su aportación al mundo y tampoco eso le satisfacía: Dirigir a un grupo de personas hacia unos objetivos mensuales y anuales en pro de un conglomerado de empresas que controlaban la vida de millones de personas en el mundo. A eso se reducía todo. Una pequeña pieza en el mecanismo productor de un mundo materialista que generaba personas ambiciosas como ella. Líderes codiciosos en busca de significado, intentando encontrar en el mundo profesional lo que no se atreven a buscar en su vida íntima: el éxito. Si tenían que invertir su energía en algo, que al menos les diera posición y beneficios.

En eso había gastado su vida Gloria, en un sistema devorador de voluntades, con la capacidad de transformar la vida de las personas haciéndoles creer que desean carreras profesionales y que no les importa sacrificar su vida personal para conseguirlo o, lo que es peor, que pueden compaginar ambas cosas. En ocasiones a lo largo de esos treinta años Gloria había tenido momentos de lucidez en los que se daba cuenta de que estaba alimentando a un monstruo, que el único objetivo de todo aquel trabajo era el de engordar las cuentas bancarias de unos ejecutivos que ya eran dueños de la vida misma, pero su reacción siempre había sido la misma: apartaba esos pensamientos y seguía remando.

Ahora pensaba en su hija, a la que había educado siguiendo los mismos principios capitalistas y progresistas en los que había creído ella. Solo que ahora se arrepentía de haberlo hecho porque se daba cuenta de que quizás aquello que ella denominaba educación no fuera más que adoctrinamiento. Observando el arrepentimiento propio y el resto de las emociones que venían con él, le dolía pensar que su hija acabara igual o peor. Su hija ya había expresado en multitud de ocasiones el deseo de tener hijos, «muchos», decía, a lo que ella siempre respondía que tener muchos hijos no era demasiado compatible con una carrera de éxito. De hecho, esa fue la razón por la que ella misma no había tenido más, reprimiendo sus deseos personales en sacrificio por los laureles. ¿Y todo para qué?

Porque Gloria, a pesar de los triunfos profesionales, no tenía vida. En su juventud no tuvo escrúpulos a la hora de decidir en qué proyecto pondría el máximo de su energía. Había que sacrificar algo y eligió sin que le temblara la mano. Entendió pronto que la retórica de la conciliación familiar era un cuento chino, pero entonces no le importó. En aquellos años no hubiera dejado su trabajo por nada, ni siquiera por aquel tierno bebé que había sido su hija. Le siguió el juego al sistema y simuló que conciliaba perfectamente ambas áreas de su vida, sabiendo en su interior que le estaba dando muchas más horas y energía a su carrera y que abandonaba a su bebé en los brazos de una extraña a diario. «Es imposible compensar la balanza y si no inviertes el máximo de tu tiempo en tu carrera pierdes el tren». Gloria estuvo a punto de perderlo al tener a su hija y eso le hizo entender que no podía tener más. «Se acabó lo de tener bebés», decidió, no sin algo de dolor.

La prueba más dura ahora era llegar a casa por las tardes y encontrársela vacía; su hija se había ido a vivir con su novio. Habían vivido las dos en armonía tras el divorcio de Gloria, y lo último que esperaba era la sensación de soledad que la embargó el primer día que volvió a casa y la encontró vacía. Había sido un golpe bajo, una desagradable sorpresa que marcó un antes y un después y que le hizo reconsiderar su futuro. Cuando tienes treinta años no te paras a pensar cómo estarás con sesenta y cuando crees que lo tienes todo atado la vida te da una bofetada y te devuelve a la casilla número uno. En sus inicios profesionales alargaba las jornadas de trabajo para ganar puntos con sus jefes y ascender más rápido. Ahora alargaba las jornadas para no tener que volver a una casa vacía. Solo en estos momentos estaba descubriendo que en realidad la soledad le daba miedo. Observaba el futuro con inquietud y se preguntaba si de verdad había valido la pena.

El malestar le acompañaba día y noche y no desaparecía con una copa de vino ni con un par de aspirinas. Sentada en la cara silla de piel para ejecutivos que la empresa le había costeado, intentaba aplacar de algún modo la incómoda disonancia cognitiva que ya lo llenaba todo. No podía seguir al pie del cañón con la misma entrega de siempre cuando ya ni siquiera se creía la farsa. Pero tampoco quería dejar de trabajar porque no soportaba la idea de la nada.

Le vino a la mente su ex, al que imaginó con su novia veinte años más joven. Esa fue la factura más cara que tuvo que pagar y algo de lo que nadie le había prevenido. «¿Cómo puede alguien afirmar que el sistema funciona cuando es un destructor de las relaciones personales?» Pero sin duda, la peor mentira de todas era aquella según la cual las mujeres iban a cambiar el mundo. Que el hecho de que las mujeres llegaran al poder y dirigieran empresas cambiaría la vida radicalmente y todo sería mejor, que las mujeres aportarían un grado de humanidad a la empresa y en consecuencia al mundo, y con eso todo mejoraría. La pura realidad, no obstante, era muy otra. Las mujeres se habían acomodado al mundo empresarial y político haciendo exactamente lo mismo que los hombres, por lo que producían resultados exactamente iguales que ellos. Gloria no era más que un eslabón en la cadena, una copia del directivo que la precedió, y el molde para el que vendría después, hombre o mujer. Porque las normas ya estaban escritas cuando ella llegó y no estaba en sus planes hacer nada que pudiera perjudicarla en su ascenso a la cumbre. Y en eso no se diferenciaba en nada de los demás.

Era mentira que ella iba a cambiar el sistema, más bien el sistema la cambió a ella, la engatusó con prebendas y la promesa del éxito, al tiempo que le robaba la vida misma. Desde dentro del sistema y subida en la rueda de molino que hacía girar voluntariamente, su visión de la realidad se había vuelto borrosa y se limitaba a repetir los eslóganes y aforismos que le enseñaron a ella y con los que creció una generación entera, la suya, que a su vez tenía por misión adoctrinar a la siguiente.

Se giró en la silla y quedó mirando hacia el horizonte desde el gran ventanal del décimo piso en el que se encontraba su despacho. La ciudad a sus pies se preparaba para el descanso, las farolas comenzaban a iluminar las calles y unos negros nubarrones encapotaban el cielo, como las angustias encapotaban su pensamiento. Reprimió una sensación de intranquilidad en el estómago pero no pudo evitar que se reflejara en su rostro.

Comenzó a llover.

9 Mai 2022 12:47:19 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Sara Valens Sara Valens, psicóloga y criminóloga, autora del libro sobre el psiquismo femenino En Femenino Plural. Porque eso solo lo arreglamos entre todas. También escribo relatos cortos de ficción que podrás leer en este perfil de Inkspired.

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