fabicoronel2022 Fabi Coronel

Una historia que comienza con una noche de pandemia mientras se encontraba reflexionando sobre qué es ser gay en la posmodernidad. De repente su celular avisando de una posible cita a ciegas. ¿Será el comienzo de una historia diferente?


LGBT+ Déconseillé aux moins de 13 ans.

#historias #pandemia #gay #amor
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Otra noche de pandemia

Hoy era otro de esos días en los cuales despertaba y me sentía abrumado y consumido por todo. La vida me parecía tan monótona a veces. Realmente me gustaría que algo pasara en mi existencia, pero en realidad nada diferente ocurría. El mundo en el que vivíamos pasaba por momentos raros, me sentía desconcertado por tantas cosas que estábamos atravesando.

Una pandemia.

Una especie de guerra biológica.

Miedo, ansiedad, fobia a salir a la calle.

De repente todo parecía peligroso afuera. Ni siquiera podía ir a comprar al kiosco de en frente porque ya sentía que me iba a contagiar y morir allí frente a todos.

La verdad no podía quejarme de esta vida que estaba llevando ahora. Estaba en mi departamento, solo, encerrado entre mis cosas, mis gustos, mis placeres “raros” como le suelo decir.

Mi estilo de vida era bastante atípico, me gustaba la música de piano tétrico, melodías de ultratumba, baladas tristes y melancólicas que a veces realmente me ponían triste, pero en otros casos me daban mucha paz.

En mis momentos de pensar en estar con alguien me preguntaba:

_ ¿Y si soy demasiado raro para gustarle a alguien algún día? ¿Y si alguien ve estas cosas y se asusta?

Hablando así capaz les hago una imagen mental de que todo mi departamento está adornado con cosas que alaban a Satanás. Pero NO. No se asusten. Es más, dentro de mi formación como persona fui criado con muchos valores religiosos. No fui monaguillo quién sabe por qué razón. Pero dentro de todo lo que viví, mi tía, quién fue la que me crió prácticamente quería que fuese sacerdote en algún momento.

No creo que hubiese podido serlo. Antes creía que esos cargos generaban estados de paz y tranquilidad. Como si fuera un nivel superior de conexión con uno mismo que generaba equilibrio emocional y permitía desconectarse con el mundo material.

Pero después me fui dando cuenta que son solamente personas. Personas que se tientan en un mundo lleno de pecados. Obviamente que tienen tal vez mayor cantidad de herramientas para defenderse contra algunas cosas. Pero después de todo son solamente personas de carne y hueso. Con todo lo que ello implica.

En mi formación decidí ser profesor de Física y Química. Es raro, lo sé. Pero el mundo de las ciencias me fascinó. Encontrarme rodeado de fórmulas y tantas cosas que parecían indescifrables me generaba mucha emoción. Durante la formación de mi carrera tuve muchos altibajos, pero bueno… Eso es cuestión para otra historia.

Hoy era un día bastante usual de pandemia. Estaba acostado mirando el techo desde mi cama y escuchaba desde una playlist canciones de piano triste.

No era porque estaba en ese estado. Sino porque estaba tranquilo. Sentía que en mi vida parecía que por fin todo estaba acomodado a la forma en que quería.

Sé que suena mal. Pero esto de no ir a trabajar al colegio y solamente hacerlo desde mi departamento me generaba bastante paz. No era porque no me gustara trabajar, sino porque realmente la burocracia y la falsedad que se manejaba dentro del espacio de la institución educativa ya me estaba superando los límites psicológicos.

Los espacios de trabajos deberían de ser diferentes. Uno debería llegar con todas las pilas y ponerse a trabajar con una sonrisa en la cara y el corazón.

Pero el colegio se había transformado en una especie de nido de víboras. Todos los colegas hablaban a sus espaldas y luego como si nada pasara, sale asado entre todos.

Me decían que era antisocial porque esas cuestiones no me gustaban. Pero no importaba. La verdad que para ir y sentirme atacado luego por haber visto cuánto comí, o cuánto tomé no era algo que me agradara.

Estaba contento escuchando música triste mirando el techo desde mi cama. ¿Algo irónico no? Bueno, permítanme decirles que en este momento estoy sonriendo porque es verdad.

De verdad me estaba sintiendo muy bien conmigo mismo. Y más con esto de que no iba a ver mis colegas en el trabajo.

Creo que esta especie de rechazo revivió con algo que me había sucedido justo en noviembre del año pasado.

Uno de los preceptores se había enterado de mi condición sexual. Mis gustos sexuales, preferencias, o como quieran llamarlo. Ser homosexual hoy en día no debería ser algo que incomode o alarme. Pero bueno, a algunos sí los atemorizaba al parecer.

Y ahí me puse a pensar: ¿Qué significa ser gay en el siglo XXI?

No sé si les conté. Pero tengo 34 años. Nací en el año 1985, y obviamente, la evolución en las cosas y pensamientos fue cambiando mucho.

Antes de ponerme a pensar qué significa ser homosexual en el siglo XXI me puse pensar en qué significaba ser gay antes, cuando era solo un niño, y más aún adolescente.

Me agarré la cabeza y me puse a recordar mi infancia.

Siempre fui tratado con mucha delicadeza de pequeño. Era el más chico de tres hermanos, así que eso me daba muchos privilegios. Por ejemplo, ser mimado con casi todas las cosas que quería. Perdonen, pero otra vez estoy sonriendo por dentro. Recuerdo que mis gustos comenzaron a ser diferentes cuando me invitaban a ir a algunas fiestas de cumpleaños de compañeras de la escuela. Recuerdo una vez que no pude ir porque estaba enfermo. Y por alguna razón me puse a mirar el regalo que le había comprado mi tía para llevarle. Era una muñeca Barbie con un vestido azul brillante que parecía tener algo así como escamas. Parecía algo raro. Pero en mi cabeza comenzaron a generarse miles de situaciones con respecto a eso. Y cuando menos cuenta me di estaba jugando con ese juguete. Recuerdo que, al haberme encontrado en esa situación, pensé que mi tía me retaría o diría algo… Ya saben:

_ Esos son juguetes para chicas.

_ No seas maricón, eso no es para los varones.

_ Los varones solo juegan a la guerra, a ensuciarse, a andar golpeándose.

Pero mi tía solamente me miró y sonrió. Me dejó estar allí con esa figura femenina que tenía entre mis manos.

No digo que toda mi condición sexual nació con una muñeca. Pero tal vez todo influya en la vida.

Al principio no creí que podía llegar a ser homosexual. Creo que de niño nadie tiene esas ideas definidas. A mí en realidad me gustaban algunas compañeras de grado. Pero recuerdo que cuando tenía 11 años empezaron a suceder cuestiones que despertaban sentimientos raros en mi interior. ¿Qué significaba ser varón? ¿Qué significaba ser mujer?

Varón: hombre fuerte, capaz de aguantar toda la violencia que el mundo impactara sobre él. Con hombros fuertes, viril en cuanto a las adversidades sin miedos y soportando todo tipo de tormentos.

Mujer: Frágil y delicada. Con manos suaves y capaz de entender y soportar todos los designios e imposiciones de su marido. Una persona que tenía la obligación de entender y mantener la calma. Pudorosa de nacimiento, reprimida en sus impulsos por decisión social.

Las maestras nos enseñaban modelos de cómo debíamos ser en todo momento. Inclusive en los momentos de ocio. Los nenes con los nenes, las nenas con las nenas. Los nenes con autitos y soldados, las nenas con casitas y muñecas. Los nenes fútbol, las nenas vóley.

En mi interior no entendía mucho cómo era esa onda de diferenciar. Para mí en realidad no me atraía nada de esas cosas. Si debía elegir, prefería las muñecas tal vez. Pero obviamente no quería que pensaran mal de mí mis compañeros.

La palabra maricón la escuché por primera vez cuando tenía 12 años. Y fue bastante extraña la situación. ¿Saben por qué?

Porque la escuché por parte de una maestra.

“No seas maricón, aguantá como macho” Fueron las palabras concretamente que escuché con esa edad.

La situación en la que me lo dijo fue bastante extraña. Nos encontrábamos ensayando rutinas para un evento de educación física que todos los años se presentaban a fin de año por cada grado.

A mí me había tocado estar último en el patio, justo en una esquina de la cancha de fútbol. Allí debíamos hacer cuestiones tales como burpees, saltos en rana, movimientos de brazos. Pero llegado un momento debíamos permanecer acostados por alrededor de cinco minutos hasta que las chicas hicieran su presentación y luego seguir los varones.

En ese momento, mientras estaba acostado boca abajo sentí que me picaban de manera muy fuerte las piernas. Recuerdo haberme tocado y rascado. Pero las sensaciones comenzaban a aumentar y eran cada vez más violentas. Me había acostado sobre un hormiguero. Y lo peor es que yo soy alérgico a las hormigas.

Rápidamente llamé a la maestra con un “SEÑO SEÑO VENGA”. Ella de mala gana fue y me preguntó qué me pasaba.

Le dije que me estaban picando las hormigas. Y ahí fue cuando se vino esa frase: “No seas maricón, aguantá como macho”.

Yo no sabía qué hacer realmente. Imagínense, tener 12 años, con hormigas entre las piernas que me picaban, con la tensión de pensar en que mi nota de Educación Física dependía de esta presentación, entre ser macho o ser maricón. Eran demasiadas cosas juntas.

Aguanté lo más que pude. Pero llegó un momento que comencé a llorar. Uno de mis compañeros la llamó y le comentó en la situación en la que estaba.

El profesor que estaba atendiendo a las chicas en ese momento se acercó y me preguntó qué me pasaba, a lo cual vio mis piernas llenas de ronchas y con hormigas caminando por algunas zonas.

Recuerdo que me preguntó por qué no le había avisado, y le comenté que le había dicho a la “Seño Mirta” pero que me dijo que no sea maricón y me aguante.

Me llevaron urgente al baño para lavarme las piernas. Mi condición alérgica tomó forma como ronchas enormes, rojas y que comenzaban a doler.

Llamaron a mi tía quién acudió de manera casi inmediata.

Imagínense la situación. Yo no dije nada a mi defensa. Pero la Seño Mirta dijo que ella no sabía que yo había estado sobre un hormiguero. Que pensaba que solamente me picaba porque estaba nervioso.

La verdad no quería decir nada. No quería pasar por ser maricón. Era una ofensa grande en ese momento estar caratulado en esa condición.

Imagínense. Un niño marica. Una ofensa para la humanidad entera.

Tal vez la vida continuó y esa situación solamente quedó desapercibida como algo pasajero. Dicen que las experiencias en la infancia quedan guardadas para siempre. Al parecer sí, porque estar ahora acostado, mirando el techo, escuchando música relajante en plena pandemia y volver a esos momentos seguramente que debe ser porque me marcó.

No creo que eso haya sido detonante en mi inconsciencia para darme el aventón a ser como soy hoy en día. Pero sí me hacía ver qué era lo que supuestamente estaba mal en ese momento.

Recuerdo que siempre tuve más amigas que amigos. No sé si influirá en algo, pero mi forma de ser bastante osada era como que hacía llamar la atención. Me gustaba “hacerme el payaso” y hacerlas reír. Con una sonrisa en los labios recuerdo esa vez que saltaba diciendo que era un cuervo. Graznaba y movía las alas. Realmente habré parecido un tonto porque tengo en mente cómo se reían. Pero para ser sincero, me gustaba. Me gustaba hacer sentir bien a las personas.

Algunas veces creí que nací como para ayudar a complacer a las personas y tratar de hacerlas felices. Ya lo sé, ya lo sé… ¿Y yo era feliz? Bueno, creo que eso era justamente lo que estaba tratando de averiguar ahora en esta época tan rara que vivíamos.

Cuando era niño todo parecía más fácil ahora que lo pensaba. Todo parecía recordarme a momentos de sonrisas y cuestiones alegres.

Mi tía había tratado de hacer todo lo posible para que yo fuera feliz. Hasta inclusive dejarme jugar con muñecas.

Esto ayudó a que el período de la escuela primaria terminara de manera rápida. Fue como un abrir y cerrar de ojos. Para cuando menos cuenta me día estaba allí, peinado con gel al estilo “lamida de vaca”, zapatos negros, camisa blanca y corbata negra.

Pero lo mejor de ese acto de fin de año es que me tocaba estar en un lugar especial. Porque había quedado como abanderado. ¿Se imaginan? Yo, un chico común entre tantos hijos de doctores y gente importante de abanderado. Para serles sinceros, mucho tiempo después me confesó mi tía que los padres de esas mismas chicas que solían ir a jugar a mi casa habían hecho lío porque querían que sus hijas quedaran en el puesto que yo tenía. No era posible que un muchacho que era de una familia de situación económica media-baja estuviera en un puesto así.

Que un muchacho al cual su padre alcohólico lo había abandonado de muy pequeño por ir a vivir en un auto abandonado, como le habían contado, estuviera allí representando a todo el colegio en ese acto tan importante.

Pero ese muchacho que fue criado por su tía y su mamá en una casa donde, si bien nunca faltó la comida, las condiciones no eran las mejores para tener una calidad excelente de vida como la que les ofrecían los doctores y abogados a sus hijas, hoy estuviera allí orgulloso portando la bandera.

Pero, en fin, son anécdotas que quedan en las historias de vida. Mi historia de vida es diferente, aunque es algo que le puede pasar a cualquiera, en definitiva.

De repente quedé perdido entre pensamientos. La verdad no tenía ganas de pensar en lo que venía. En esa segunda etapa de mi vida en la cual me tocó ir al secundario.

Creo que ese nivel se convirtió en un tormento dentro de mi historia. Pensarlo me llevaba a una especie de abismo psicológico, hundido entre lágrimas y pesadillas.

Tomé mi celular para correrlo de lugar y lo aparté un poco. Me puse en una especie de posición fetal y sin haberme dado cuenta una lágrima comenzó a rodar por mi mejilla.

Recordar la etapa del colegio secundario me enredaba entre tinieblas y me hacía ver todo oscuro y macabro. Era como si un mundo de tentáculos me abrazara y me llenara de odio y cuestiones inconclusas.

Esa primera vez que entré, acompañado de un compañero, comenzamos a recorrer el patio del colegio. La verdad me parecía un mundo nuevo, lleno de aspectos que me llamaban la atención y me atraían. Tantos árboles. Tantas ambiciones. Tantas ganas de ser grande y crecer.

Pero lo que sentí fue como si de repente se pinchara todo como un globo. Y no exagero al plantearlo de esa manera, porque cuando vi venir a ese chico y hablarnos ya tenía unas vibraciones raras.

Lo vi venir y abrió su boca para expresar unas ideas. De repente esa figura de muchacho rubio y esbelto se convirtió en una especie de monstruo con dientes afilados del cual me dijo:

_ ¡Qué pedazo de puto sos!

Vivirlo en primera persona cuesta bastante, más que nada porque las mezclas de emociones que uno va teniendo se hacen fuego dentro del alma y corazón.

Allí había empezado una nueva etapa en mi vida.

Pasó de estar super cómodo en la escuela primaria, de ser uno de los centros de atenciones de mis compañeros, divertido y alegre. A convertirme en una especie de sombra que deambulaba, triste y con miedo.

Tuve algunos amigos. Creo que algunas personas sentían que dentro de mí había algo bueno e interesante. Pero de igual forma sentía que cada vez que mis compañeros trataban de burlarse de ellos por juntarse conmigo, algunos se hacían los distraídos y se apartaban de mi lado.

Despertarme cada mañana al llamado de mi mamá al estilo “Dale Mati levántate”, me traía muchos sentimientos y pensamientos.

Pensaba:

_ ¿Con qué nuevos apodos será que me van a caratular hoy?

_ ¿Qué nuevas ofensas será que me van a decir?

_ ¿En qué momento del día será que se van a burlar?

Y lo peor siempre ocurría cuando ese primer momento de la mañana se materializaba en mi vida con alguno de esos sucesos por parte de Augusto, Marcos y/o Fabricio.

A veces me decían trolebús, trabuco Chacabuco, puto, homosexual, gay, entre otros que ya ni recuerdo.

Creo que el mundo se estaba convirtiendo en algo bastante difícil. Cada vez que llegaba a mi casa sentía un alivio enorme. Ese instante de llegar, sacarme el uniforme, ir a comer y luego sentarme con mi computadora se había convertido en algo mágico.

Creo que cualquiera diría que me estaba transformando en alguien cercano al autismo. Pero yo lo veía como algo divertido. Fue ahí que se despertó en mí algo que pensé que no tenía. O por lo menos que nunca lo había indagado. Se habían despertado en mí las ganas de escribir historias. Y no cualquier historia, sino historias de terror y suspenso.

Muchas veces había visto películas de ese estilo, y la verdad tenían algo que me llamaba la atención. Creo que lo que buscaban era despertar miedos desde lo desconocido. Y justamente era eso lo que yo tenía dentro de mí. Tenía muchos miedos que no podía explicar. Pero que sabía que estaban ahí porque los sentía cada mañana. A las 6:20 am para ser más exacto.

A partir de ahí comencé a trabajar en mi redacción. Leí mucho Lovecraft, Poe, Stephen King, entre otros.

La primera novela que compré con mi propio dinero fue “Drácula” de Stoker. Recuerdo que me había atrapado tanto esa narración. En principio porque me había quitado de mis preconceptos esa idea de que solamente se hablaba de un vampiro que salía por las noches a chupar sangre. Ahora Drácula era una historia de amor, de aventuras y osadías.

Cuando la terminé de leer pensé: Esto es lo que me gusta.

Y a partir de ahí traté de escribir y contar lo que podía. Ya sea en prosa, en versos o solamente en palabras que se volcaban en un diario íntimo.

En esta historia que ahora recapitulo en mi cabeza, seguramente aparecerán fragmentos de lo que escribí y/o pueda llegar a escribir. Como dije, no sería yo sin mis escritos. Hay mucho de mi ser y alma ahí… Perdido entre las palabras.

Y ahí, perdido como me encontraba, empecé a sentirme cómodo entre las oraciones que se contaban en una hoja digital para tratar de aliviar “eso” que sentía en mi corazón por vivir tantas burlas por parte de mis compañeros.

Hoy en día eso se llama “bullying”. En mis épocas, eso se llamaba “Miedo”.

Pero todo era distinto ahora. Las palabras eran mi cable a tierra.

Otra vez me encontraba sonriendo, y no era porque estaba loco, o bueno, tal vez solo un poco, pero me acuerdo de memoria ese primer poema que había escrito.

Decía algo así:

MI SUEÑO

Mi sueño es encontrar en una flor la felicidad.

Que un aroma me llene el alma.

Que me haga pensar en humildad.

Que me haga sentir grande siendo pequeño.

Mi sueño es que una flor me dé paz.

Que su presencia me dé confianza.

Que entibie mi corazón

y que aleje la melancolía.

Mi sueño es compartir con ella las noches frías,

durante caminatas eternas,

rutinarias y ambiciosas,

ambiguas y amargas.

A veces quisiera que en mis sueños me abrazara,

que me llevara a recorrer el mundo en una melodía,

que seamos felices y eternos.

Mi sueño es encontrar en lo pequeño algo grande.

En el frío, la calidez.

En la ruina, la esperanza.

En el desamor, el amor.

Mas mi sueño va de la mano de la felicidad,

aferrada a lo eterno y oscuro,

feliz en la soledad,

feliz con la tristeza.

Tal vez mi sueño se encuentre en las palabras,

en el despertar de cada mañana,

en la paz y el amor.

Miraré al cielo estrellado.

Y tal vez me sienta solo y desolado.

Pero en mi alma sabré

que estoy feliz y enamorado.

Mi sueño se compone de melodías de antaño,

del correr del agua en las olas de la fantasía,

allí donde nadie entiende,

allí donde todo se enciende.

Y es que ese es mi sueño:

sentirme grande siendo pequeño,

humilde entre mis sentimientos,

pero siempre fuerte como los vientos.

No alcanza con tener sueños,

si no peleas por hacerlos realidad.

Creo que es raro recordar un poema de memoria. Más aún cuando han pasado tantos años. Pero es que esos versos se habían convertido en algo tan grande para mí realmente. Allí encontré el valor para tratar de conseguir las cosas que tanto anhelo. Que tanto sueño. Que tanto espero.

Ese poema se convirtió en algo increíble para mí, porque cuando lo recité todos y todas en el curso me aplaudieron. Recuerdo la sensación fantástica que sentí porque de verdad fue algo que sintieron ganas de hacerlo.

Ahora sentía que las burlas tal vez no pudieran cesar, pero al menos esos aplausos y festejos para con ese escrito podrían convertirse en algo bueno para mi autoestima.

A partir de allí comencé a narrar historias. De terror, misterio, aventuras, poesías de amor y algunas de desamor.

La música se volvió mi aliada. Y ella me inspiraba desde lo que escuchaba con los famosos walkmans.

Si bien ese momento mágico había quedado atrás, aún recordaba que alguna vez un grupo de personas que al parecer no me aceptaban, habían aceptado lo que escribí.

Mis ganas por escribir se plasmaron en una novela llamado “Las dos caras de una moneda”.

Allí dejé reflejado todo lo que quería ser y hacer bajo el lema:

“En este mundo hay dos clases de tragedias. Una es no obtener lo que se desea, y la otra, obtenerlo. La última es mucho peor” Oscar Wilde.

Aún tengo el libro que escribí. Y me parece raro leer esa primera página porque de verdad hay muchas intenciones y sentimientos allí:

En el mundo siempre existió, existe y existirá la discriminación. Ésta es algo muy común de ver en todos los lugares que uno visita, y se basa principalmente en el aspecto físico.

En este planeta, donde la estética es la esencia principal de la cual todos giran en torno a, y donde si uno no es musculoso, con una gran belleza (en un hombre), o flaca, con un buen cuerpo (en las mujeres) es considerado como un extraterrestre y se produce esa increíble sensación de amargura, dolor y desesperación hasta llegar a encontrar casos extremos como el suicidio.

Esta historia trata de Jorge Salazar, un muchacho especial que es discriminado por casi todo de su ser. Él no tiene poderes, ni siquiera es capaz de insultar a nadie. Jamás fue feliz, a no ser cuando estaba con su madre. Pero su vida cambia al conocer a alguien que se hace llamar su “amigo”. Gracias al increíble resentimiento que guardaba en su interior, y con la ayuda de ese alguien, se desata una terrible ola de muerte y desesperación en donde nunca jamás nadie llegaría a atribuirle la culpa.

Por eso quiero dejar en claro una frase, o un dicho: Las apariencias engañan.

Pero me dije a mí mismo: esta es una historia diferente ahora. Tengo que aprender a cambiar porque aún tenía las ganas de escribir, de enseñar, de aprender y tratar de superarme en lo más que podía.

Me gustaba la vida que llevaba ahora.

Aunque a veces, y tal vez hacía mal, pero me gustaba pensar la vida que había quedado atrás.

Siento que uno valora a veces la vida actual cuando se pone a recapitular todo lo que vivió en su pasado. Y es que en ese pasado ser homosexual era un castigo. Una especie de delito atroz que jamás se llegaría a perdonar. O por lo menos fue lo que me había tocado vivir a mí.

Ser homosexual en el siglo XXI había cambiado bastante. Hoy ya no era tan difícil conocer a otros chicos porque las redes sociales ayudaban a conectar personas con gustos similares. Ayudaban a unir, y había presenciado situaciones en las cuales había ayudado a separar también.

Comencé a mirar en mi celular las aplicaciones que tenía. Y entre tantas otras tenía una que era para tener citas con chicos.

A veces me preguntaba si el ser gay solamente se limitaba a conocer personas de manera pasajera. A encontrarse, tener relaciones sexuales y después cada cual a la suya. De vuelta a sus rutinas o “busconeos” a mansalva que harían llenar los vacíos sentimentales mientras más sexo tuvieras con más y más desconocidos. Experimentando con orgías y cuestiones que hacían a lo liberal dentro de las fantasías sexuales.

Por algún motivo me sentí un poco triste… y solo…

Atribuí ese sentimiento a la música que estaba escuchando. Es verdad, era bastante depresiva. Pero bueno, me tranquilizaba en parte. Aunque ahora me estaba haciendo sentir melancólico.

Traté de no pensar y solamente me limité a ir a la terraza del departamento que estaba alquilando. Ahí encendí un cigarrillo y comencé a mirar a las estrellas.

La música sonaba en mis oídos… Y cuando menos cuenta me di tenía una lágrima rodando por mi mejilla.

Me pregunté si algún día conocería a algún amor de verdad. Si algún día llegaría alguien que me quisiera por cómo era, con mis defectos, con mis cosas buenas y malas.

Por alguna razón tuve ganas de escribir un poema. Pero no quise ir hasta mi oficina a tomar un lápiz y una hoja. Por eso comencé a tipear sobre mi celular la siguiente rima:

Aquí te espero.

Sentado en una silla,

medio encorvado y suspirando,

medio desalentado,

medio enamorado.

Aquí te espero.

Entre rimas y melodías,

entre poesías tontas

que vagan por mi mente

y siento en mi corazón.

Aquí es donde te espero:

en la penumbra de la soledad.

Espero que llegues e ilumines mi vida.

Por momentos,

se hace difícil confiar en la paz

que me da el saber que llegarás.

Te espero, suspirando,

y sonriendo a veces,

con el corazón en una mano,

y la fantasía en la otra.

Y es que así te espero:

enamorado y apasionado,

besándote y acariciándote,

en mis pensamientos.

Puede ser que también tú me esperes.

Es no lo sabré,

hasta que llegues.

Aquí te espero y te anhelo:

nervioso y sin saber si te gustaré.

Tal vez llegues y cambies

todo lo que no fue

por lo que es.

La tinta escribe frases para vos…

¿Por qué no llegas?

¿Cuánto más me tendrás aquí…

esperándote?

¿Qué no quieres conocerme?

Enamorado.

Tonto e iluso.

Cantándole canciones de amor a la luna.

Dedicándole poesías a las estrellas.

Esperando que te traigan a mí.

Pero no hay más nadie ahora…

Solamente fantasías…

palabras y suspiros de un amor que no llega.

Pero, aun así,

aquí te espero.

Aunque mi corazón se desarme,

mi alma se enfade y mi cuerpo se deteriore.

¿Sabes qué…?

Aquí te espero:

enamorado y exhausto.

Si muero, y tú no llegas,

te dedicaré una sonrisa.

Y te dejaré mi amor aquí,

entre frases y palabras,

entre suspiros e ilusiones.

Sentado,

medio encorvado,

medio ilusionado,

y muy enamorado…

Así es como aquí te espero.

Lo leí en voz alta dos veces. Y las dos veces derramé más lágrimas.

¿Qué significaba amar para un homosexual? Tal vez era un sentimiento que jamás podría llegar a experimentar de manera sana.

Alguna vez había querido a alguien. Me había “enamorado” como quien dijese. Pero solamente me había sentido ilusionado y decepcionado.

Un amigo que vivía en Entre Ríos me dijo: No pienses en el amor. Disfruta la vida. Los gays estamos hechos para tener relaciones sexuales nada más. No estamos hechos para enamorarnos. Y si nos enamoramos, se pasa a los meses y ahí vienen las infidelidades y el abuso. No confíes en alguien que dice que te quiere de verdad… Porque sábelo, tarde o temprano el amor se termina y solamente vas a terminar sufriendo.

Esas palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez. Tal vez tenía razón, pensaba. Aquí sentado, solo, escuchando música, escribiendo poemas para nadie, pensando que el mundo estaba prendido fuego con miedos, virus mortales, y yo… Bueno… Me pareció tonto… Pero yo estaba acá pensando si encontraría al verdadero amor.

Por más que estuviera en algún lugar sabía que no lo iba a encontrar tampoco. No se podía salir a ningún lado, no se podía entrar en contacto con las personas. Todo era devastador y peligroso.

Un beso.

Un abrazo.

Una caricia.

Las recomendaciones siempre planteaban que debíamos mantener la distancia social. No juntarse con personas porque si no el virus pasaba de uno a otro, y eso llevaba a que podamos contagiarnos, agravar nuestro estado de salud y matarnos.

Daba miedo realmente el pensar que por un beso, o por el simple hecho de compartir la bombilla del mate, pudiésemos contagiarnos de ese virus. Pero lo peor era pensar que entraría en nuestro sistema respiratorio, abarcar todos los pulmones y hacer que terminemos intubados con respiradores artificiales y con miles de cables que solamente nos prometían una especie de muerte en vida.

Me puse a pensar: ¿Vale la pena estar con alguien y estar a merced de ese virus?

Con una sonrisa en la boca pensé que no.

Ya venía casi cinco meses estando en soledad. Un poco más creí que no me iba a hacer mal. Después de todo, solamente iba a ser para tener relaciones sexuales que duraban un rato, y cada cual a su casa a esperar dos semanas a ver si se había contagiado o no.

En mis pensamientos comencé a mirar nuevamente a las estrellas. Seguía escuchando música de piano suave y empecé a fabular. Me pregunté si realmente eran esferas de energía que se estaban quemando a miles de años luz de distancia. Me pregunté si tal vez en realidad la ciencia se habría equivocado y estábamos en presencia de ojos luminosos que nos miraban y analizaban. Por algún motivo siempre creí que una de esas estrellas estuvo acompañándome desde que comencé mi vida por este mundo. Quise creer que tal vez ellas estarían ahí fijas y cada noche aparecían para iluminarnos y presenciar nuestras historias. ¿Quién sabe? Ellas están desde hace millones de años. Habrán visto muchas historias. Muchas historias iguales. Muchas diferentes.

Esta noche se había hecho larga. Era otra noche de pandemia que miraba al cielo y le decía a Dios: Qué lindo es tu mundo Dios, con tanta Paz.

Y como si fuese un loco me paré en el balcón y empecé a hablar haciendo gestos: Dicen las malas y buenas lenguas que durante las noches las personas se liberan y dejan ser todo lo que durante el día no pudieron lograr. La noche los transforma, como un hombre lobo que aúlla a la luna suplicando por paz y amor. La noche a veces nos enceguece, y a veces nos ilumina. ¿Qué historias hay debajo de las estrellas? Pues infinidades. Algunas son divertidas. Otras son oscuras. Así es que ellas resplandecen llenas de una luz que a veces se tiñe con lágrimas, y otras veces con sangre.

Dicen las lenguas que ellas están allí hasta guardándose millones de historias, algunas de amor, de infidelidades, de tristezas, alegrías, llantos, dichas y desdichas. Pero siempre estarán allí más allá del día y de las tormentas. Estarán allí mirando y escuchando para luego contar historias… Pero no cualquier historia… Sino Historias que se cuentan bajo las estrellas. Cierren el telón por favor.

Y luego de sonreír, me alisté para ir a dormir.

4 Mai 2022 21:17:09 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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