isaac_clemente_g Isaac Clemente

Crónicas de jable son varias historias inconexas ambientadas en un archipiélago basado en una versión fantástica de las islas canarias. Cuenta la historia de Zebenzui, el Heredero del Traidor y Príncipe de Chinet, así como de su antiguo grupo de Protectores que, tras una separación poco amistosa hace diez años, se ven obligados a volver a pelear para evitar la invasión de los Guerreros Inmortales, una poderosa fuerza invasora de otro reino.


Fantaisie Médiévale Tout public.

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Dailos, El Sabueso Desterrado.

Dailos tarareaba con el ceño fruncido. La taberna estaba llena en su totalidad y, aún así, los músicos conseguían sobresalir en todo ese alboroto. Cualquiera, después de vivir durante diez años en La Aldea, pensaría que su enfado era el resultado natural de escuchar una y otra vez la misma canción, con las mismas notas desafinadas, letras equivocadas y entonadas por las mismas voces, ya rotas por el pasar de los años y, sobre todo, las copas de más. Sin embargo, y para sorpresa hasta del mismo Dailos, no era ese el motivo de su descontento. De hecho, dentro de los parámetros que una persona pudiera creer con cuatro o cinco cervezas adormeciendo su razón, a Dailos le gustaba. Sí, eran unos músicos horribles, tampoco es que pudieran encontrar nada mejor en un pueblo que hasta el mismísimo Achamán, creador de todo lo que puede verse, había olvidado su ubicación, pero eran sus músicos horribles.

Era una realidad rara de explicar hasta el punto que ni siquiera él mismo acababa de comprender. Se trataba de algo parecido al sentimiento de un hogar, a pesar de que ni había nacido ni se había criado ahí. Ese caos hecho sonido, con instrumentos de viento formados por mezclas de otros y pegados con cualquier cosa que pudiera pegar era como la fría brisa que le acariciaba la cara al caminar en un día soleado. Cabe aclarar que era como, pues más que ‘a brisa’ sonaba a una manada de perros famélicos respirando entrecortadamente mientras buscaban una gota de agua en el desierto.

Así que, una vez descartada la melodía proveniente del Echeyde, había que buscar otro culpable de su descontento.

Sus dedos, como dos jóvenes bailarines enamorados, se movían despreocupados de lo que su dueño sintiera o dejara de sentir. Seguramente, si hubieran tenido una mente con la que pensar, habrían dicho algo tipo ‘tranquilo, viejo amargado. ¿Para qué sobre analizar cuando puedes bailar?’. Si Dailos hubiera sabido lo más mínimo de psicología habría deducido que la mente de sus dedos era, para sorpresa de nadie, la suya propia. Una especie de segunda voz que decidía ocultar. Por suerte para el lector, lo más cerca que había estado de un libro fue cuando los utilizó para calzar su mesilla de noche.

Todo el poblado se encontraba ahí, bailando, bebiendo y cantando desacompasados, pero alegres. El ambiente, aparte del común salitre, olía a miel, queso y vino blanco. Los aromas de una fiesta. De una boda.

Dailos miraba a los novios. Sentados en unos tronos rodeados de todos sus seres queridos, sonreían agarrados de la mano. Por tradición se les negaba formar parte de la celebración inicial que, aunque fueran viejas costumbres en desuso, siempre quedaba algún nostálgico chapado a la antigua que las mantenía con vida.

—¿Un trago, forastero?

El animado danzar de sus dedos pararon en seco, pues su dueño era totalmente incapaz de prestar atención a algo y mantener un ritmo fluido. Por cosas como esa, en parte, envidiaba y odiaba a los músicos.

Aún con la intranquilidad que le atormentaba, como una mosca que le perseguía hasta la saciedad, zumbando y chocándose constantemente con Dailos, le dedicó una sonrisa amable a Gara, la tabernera.

Gara era una joven muchacha de tez morena, tan joven como para preguntarte por qué tenía una taberna (aunque no por su capacidad, pues sus musculosos brazos parecía que podían parar un tornado de un sopetón) pero no lo suficiente como para que fuera una preocupación real. Era más bien una curiosidad. Su pelo, siendo una melena enmarañada de rizos duros y oscuros, parecía cobrar vida propia cada vez que soplaba el más mínimo viento. La joven sostenía cerca de Dailos una botella de algún tipo de alcohol caro pagado, como era tradición, por la madre de la novia. Al principio se negó, pero al ver que la tabernera ni se inmutaba decidió aceptar.

—Para ahuyentar la mala suerte —se justificó mientras le acercaba la jarra.

—Te algo alterado esta noche, Dailos. Puede que demasiado. ¿Has patrullado ya todo el pueblo?

Dio un largo trago a la jarra, saboreando con tranquilidad su contenido. A pesar de que no le gustaba admitirlo, y mucho menos que otros se dieran cuenta, hacía mucho tiempo que no desocupaba su mente posibles ataques, saqueos o asaltos que impedir. Como patrullero, era su deber.

—Estuve a punto de no venir —contestó al tanto—. Pero el muchacho me acabó convenciendo.

Los axis(1) del fuego bailaban en las llamas, avivándolas. Pequeñas chispas saltaban de la madera carbonizada como consecuencia de su continuo taconeo. Nadie podía verlos, evidentemente. Solo aquellos descendientes de Los Siete tenían esa capacidad. A no ser, claro está, que seas un Sangrador. Pero había tan pocos últimamente que ni siquiera eran dignos de mención.

—Airam puede ser muy convincente cuando se lo propone.

—Y muy pesado. Ha jurado lavarme el uniforme durante un mes si me tomaba la noche libre —esbozó una tímida sonrisa—. Ya había logrado convencerme haciéndolo una semana, pero quise saber hasta dónde era capaz de llegar.

Gara sonreía de oreja a oreja, remarcando unos pequeños hoyuelos que decoraban su rostro.

—Sabes que no lo hará, ¿verdad?

Lo sabía, por supuesto que lo sabía. El chico llevaba siendo su aprendiz durante tres años y, que Achamán le perdone, no era precisamente ni el más listo ni el más trabajador. Según sus experiencias previas parecidas se arrepentirá a los dos días y le pondrá una excusa sin sentido o bien simplemente se hará el loco.

Sin embargo, no se trata sólo de si llegará a cumplir o no su promesa, sino que durante un momento lo creyó de verdad. Para Dailos, eso era suficiente.

Dio otro trago y metió su mano en el zurrón en busca de una moneda. A pesar de estar de celebración seguía con su uniforme de patrullero. Era ya casi su segunda piel.

—Guarda tus monedas, ricura. Ni los patrulleros ni los caraduras pagan esta noche.

—¿Y por cuál tengo el honor de no pagar hoy?

—Bueno, ni estás de servicio ni eres familiar de la parejita feliz.

Golpeó ligeramente la jarra, pidiendo más.

—Por los novios.

La descorchó la botella con los dientes, apuró su contenido en la jarra y, apropiándosela, brindó.

—Por los novios.

Bebió todo su contenido de un trago y colocó la jarra en una pila de agua con jabón.

Algunos axis de la suerte corretearon por la barra, moviendo ligeramente con el viento los ropajes de los clientes que estaban a su lado. Naturalmente nadie les hizo caso.

—Me ahorraré mi petición de que llames a tu jefa porque la tengo delante.

—Chico listo, para ser forastero.

Se fue a atender a otros clientes. Desde que había llegado al pueblo, hacía ya casi diez años, se había sentido como en casa. O bueno, como en una hipotética casa que nunca había tenido.

La cicatriz de su mejilla, oculta pero visible entre la espesa barba, le ardió como recuerdo de una vida pasada. Como si fuera un acto reflejo colocó la mano en el bolsillo oculto del antebrazo, colocado entre la placa de fino metal que protegía su antebrazo. El vial de fuego seguía ahí, lo que era una buena noticia después de tantos años.

—¿Nervioso? —Preguntó Gara una vez atendidos a los otros clientes.

—¿Por oficiar una boda? No, la verdad. No he tenido que hacerlo antes, pero como Patrullero me he enfrentado a cosas peores.

La muchacha rió por lo bajo. Por lo visto no aceptaba buscar a cuatro cabras perdidas como definición de ‘cosas peores’.

—No, bobo. Me refiero al cuentacuentos.

Dailos apretó el puño con rabia casi sin pensarlo.

—¿Va a venir?

Gara se volteó para reírse en voz baja, aunque no le puso mucho empeño.

—Empiezo a creer que Airam es más listo de lo que pensaba.

—Ese maldito axis de la mala suerte me conoce demasiado bien. Maldito cabrón.

Un pequeño murmullo comenzó a sonar, solapando y absorbiendo a otros pequeños murmullos que invadían la taberna. Poco a poco fue ganando fuerza haciendo callar, incluso, a la banda musical. De pronto, rodeado de un montón de niños corriendo a su alrededor, apareció Adalberto, el cuentacuentos.

El hombre, que llevaba un elegante traje de mago(2) hecho con diferentes tipos de telas, cada cual más chillona y espantosa que la anterior, llevaba consigo un enorme libro desgastado de tanto haber sido utilizado. Lo cual era curioso, pues siempre que leía una historia se inventaba todo desde la mitad en adelante. Su cabello, pelirrojo y corto con dos grandes entradas, resaltaba entre la multitud. Aunque su altura, que rondaba los dos metros, ayudaba ya bastante. Adalberto era la única persona con un cabello color fuego que Dailos había visto en su vida.

—Maldito idiota mal nacido.

—No seas malo con él. Hace que los niños se diviertan, y unos niños entretenidos significa unos padres emborrachándose.

Dailos se colocó de espaldas a la multitud, tratando de esconderse del recién llegado.

—Una teoría interesante, Gara. Pero, ignorando las muchas preguntas que ahora tengo sobre tu infancia, creo que voy a escaparme entre la multitud en cuanto tenga la mínima oportunidad.

—¿Qué problema tienes con él? A mi me parece majo.

—Es pelirrojo.

—Tu problema es que es pelirrojo. —confirmó con burla.

—Y más cosas.

Gara sonrió mientras se retiraba, dejando a Dailos en sus pensamientos, buscando la excusa perfecta para irse sin que Ada le viese.

—Como eres de mis mejores clientes, y no quiero ver cómo te sale humo de las orejas por pensar demasiado, quiero que sepas que tu amigo viene a verte.

Sin haber podido reaccionar, Dailos sintió una mano tocando su hombro.

—¡Muy buenas, Gara! ¿A qué niño has sacrificado hoy para tener un pelo tan precioso?

—Al hijo del escultor —bromeó—. Le gustaban mucho las historias, ¿me odias por haberte quitado a tu posible mejor cliente?

—No te preocupes —dijo Ada en alto, como si no le importara estar en una sala llena de gente… donde se estaba celebrando una boda—. Los hijos de artistas no es que tengan unos padres muy adinerados, ni sobrios. Como artista te lo aseguro.

—Por favor, cállate ya. —Susurró Dailos.

Ada le dio otra palmada en el hombro, apretándolo al final a modo de saludo.

—¡Que majo es el patrullero este vuestro! Dale algo que moje su garganta, invito yo.

Gara miró a su alrededor, señalando la celebración con sus ojos.

—Estamos en una boda, Ada. Las bebidas están ya pagadas.

—Ponle una doble, entonces. Hoy me siento generoso.

Gara sonrió, agarrando uno de los licores que decoraban la parte de atrás de la barra.

—¡No me insultes, Gara! No he viajado hasta las áridas tierras de Erbani y he probado su inigualable vino blando para ahora rebajar mi nivel degustativo con licores aguados. Ponnos lo mejor que tengas, querida.

—¿Por qué no te quedaste por ahí? —Susurraba Dailos para sí—, ¿por qué?

Gara volvió a cerrar la botella, colocándola en su lugar.

—Espero una buena propina, entonces.

—¡Por supuesto! Siempre cuido a quien no cuida mis riñones, querida. No soy ningún monstruo.

Gara, satisfecha con la respuesta, se fue tras una puerta. Ada, habiendo llenado su cupo de tacto humano, apartó la mano de su hombro. Con un liviano silbido, ocupó el taburete de su lado. Dejó el enorme libro en la barra, el cual levantó una leve capa de polvo. Un pequeño axi de la mala suerte se posó sobre él, pero Ada lo apartó de un manotazo.

—¿Sabes? creo que te va a gustar la historia de esta noche. Trata sobre amor y traición. Lo sé, es un clásico en los tiempos que corren —decía mientras gesticulaba excesivamente—. Sin embargo, el giro a la historia es que el amor no es hacia otra persona, sino hacia la guerra. Y la traición, bueno, hacia uno mismo supongo. Aún no he pensado en el final.

—Adalberto…

—¡Ada para los amigos! — Dijo sonriente.

—Adalberto, no tengo el día para estas cosas. He tenido que ocuparme de unas cabras robadas esta mañana para luego ocuparme de un perro robado por la primera persona denunciante.

—Interesante historia, tal vez la incluya en el libro.

Dailos resopló, cansado. Era increíble lo mucho que Ada le agotaba mentalmente aún sin pretenderlo.

Gara llegó con una botella cubierta de polvo. Con cuidado, la abrió y sirvió dos copas.

—Bueno, Ada —dijo mientras entregaba las bebidas—. ¿Qué historia piensas contar hoy?

Dailos bebió de su copa. Si no podía librarse de Ada, al menos no lo recordaría al día siguiente.

—¡Sobre Zebenzui, el heredero del Traidor

Dailos escupió su vino especiado y miró fijamente a Ada. Trató de buscar palabras, pero todas caían de su cabeza y se atropellaban en su boca.

—Te dije que te iba a gustar.

Dailos agarró a Ada del traje y, tirando de él, lo arrastró hasta la zona más tranquila que encontró.

—No puedes estar hablando en serio, me niego a pensar que puedas ser tan estúpido.

—¿Qué pasa? Yo sé que la religión es un poco aburrida, pero no es necesario tomárselo así.

—No entiendo cómo puedes ser tan tonto, ¿tienes gofio dentro de esa cabeza?

—¿Todo está en orden, patrullero? —la novia, vestida de un rojo intenso, había hecho callar a la taberna.

—Todo correcto —dijo Ada—. Hablábamos sobre algunos detalles de la celebración, de amigo a amigo.

Dailos, con todas las fuerzas de su cuerpo y luchando contra su sentido común, soltó a Ada. Este, con tranquilidad, apoyó la mano en su hombro.

—Gracias por darme tu aprobación, amigo. Significa mucho para mi.

—Cáete en una fosa llena de lobos hambrientos. —Dijo mientras apartaba la mano.

Ada, totalmente ajeno a su insulto, se alejó con una enorme y una sincera sonrisa. Diablos, cómo odiaba a ese chico. Con un movimiento de la mano paró la música y, tras un susurro a uno de los cantantes, comenzaron a tocar una melodía triste que sonaba en un segundo plano, acompañada por la historia de Ada.

—Hoy os contaré una historia ya contada, que pasa de abuelos a padres y de padres a hijos. La historia de cómo un héroe encerró a Guayota y sus malvados secuaces fueron encerrados.

—¡Nauzet! —Gritaron todos los niños al unísono.

—Exacto —continuó Ada—. Os hablo de la historia de Nauzet, el guerrero de todas las batallas, aunque desde otro punto de vista. Nuestra historia comienza con un héroe que, si bien era poco conocido, llegó a ser la propia mano derecha de Nauzet. Os hablo de Zebenzui, El Último Protector.

El ambiente se llenó de una clara incomprensión. Naturalmente, salvo algunas excepciones, nunca habían oído hablar de esa persona.

—Nuestra historia comienza en un pequeño pueblo no muy lejos de aquí, al sur de Chinet. En una noche húmeda, con un frío que calaba hasta los huesos capaz de apagar hasta la llama más fuerte, en una cárcel hecha de piedra y hierro.

»Nuestro héroe, un por entonces joven Zebenzui, tercer hijo del mencey, fue apresado por los malvados Inmortales. Una fuerza colonizadora indestructible e imparable. O eso era lo que le habían dicho, pues había decidido dejarse apresar para descubrirlo.

Se concentró para modular su voz. Mientras lo hacía, de sus manos salió una leve niebla blanca y húmeda que rozaba el suelo, ambientando la historia.

—’Habla, si puedes hacerlo’ le dijo el guardia invasor con voz ronca mientras bebía de su mejunje mágico. ‘O si quieres vivir’. Zebenzui, sin embargo, permaneció callado.

»’Perdemos el tiempo’ dijo el otro guardia. ‘Dudo que vaya a hablar. Voto por matarle y decirle al jefe que lo intentamos todo’.

»Zebenzui miraba al suelo, arrodillado y con las manos atadas a la espalda. Empapado por las goteras de su prisión y con el largo pelo cubriendo su cara. Sin inmutarse, vio a los dos invasores, protegidos con sus armaduras de metal blanco y adornadas con la cruz roja de la muerte, sacar las espadas. Con satisfacción en su rostro, abrieron la puerta de la celda y se acercaron a nuestro héroe.

Con un movimiento de manos, la niebla en frente del cuentacuentos se irguió levemente, simulando a tres pequeñas personas. Después de unos segundos, y si te fijabas bien, hasta podían formar diferentes colores. La ilusión mostraba de una forma bastante burda lo que Ada estaba contando.

—¿Lo van a matar? —Preguntó una niña asustada.

—Ah, eso les gustaría. Lo iban a intentar, desde luego. Pero había una cosa que no conocían de Zebenzui. Él era amigo del fuego.

Adalberto bebió de un líquido y, soplando a unos polvos colocados en su mano, creó una gran y vistosa llama anaranjada.

—En un suspiro, el fuego de las antorchas obedeció sus deseos, rodeando a nuestro héroe y liberándolo de sus ataduras. El fuego entonces desapareció, inundando toda la celda de una profunda oscuridad. Los soldados, asustados, trataron de atacar con el poco valor que les quedaba, pero nuestro héroe era amigo del mismísimo viento. De un movimiento, y como si mil puñetazos golpeasen a la vez, uno de los enemigos salió volando.

De la misma forma que había descrito, el cúmulo de niebla que representaba a Zebenzui golpeó a uno de los guardias, disipándolo.

—Con sólo un contrincante al que enfrentarse, nuestro héroe demandó información. El soldado se negó, temblando dentro de su armadura. Trató de intimidar a Zebenzui, amenazándolo de cientos de maneras, pero no podías asustar a alguien que ya lo había perdido todo al igual que tampoco podías luchar contra un huracán.

»Saliendo de la celda, y una vez habiéndose ocupado de su captor, levitó por la base enemiga, ayudado por el viento. Los últimos rayos de luz se escondían entre el mar, lo que le facilitaba el hablar con otro de sus amigos. La oscuridad.

»Fue entonces cuando, volando y apagando toda llama que encontraba a su camino, hizo que la oscuridad se tragase a sus enemigos como el agua se traga las rocas, logrando así el conocimiento que necesitaba en un primer lugar.

El salón estaba en silencio, esperando la frase final del cuentacuentos, pero nunca llegó. Adalberto, satisfecho con su trabajo, se levantó de su silla. La niebla se disipó.

—Pero, ¿qué era lo que buscaba?

—No lo sé, niña. Nunca nadie lo supo, y puede que sea mejor así. Sino, nuestro héroe podría dejar de serlo.

La respuesta causó una pequeña confusión general, pero se fue disipando con la vuelta de la música y las bebidas y bailes propios de una celebración. Sin más que añadir, caminó hasta Dainos.

—Estoy bastante orgulloso de mi historia.

—Demasiado fantasiosa para mi gusto. —Contestó Dainos.

—Bueno, como bien sabrás yo no estaba presente en esa historia. Desconozco los detalles.

Ada pidió un licor a Gara, que dejó la botella antes de irse a atender a otro cliente.

Dailos lo pensó un momento. Tenía razón, Ada no estaba ese día. No pudo ver la destrucción ni la muerte en los ojos de Zebenzui. No fue testigo de cómo todo se derrumbó.

—No son de los detalles de lo que hablo. Curiosamente, te has saltado las menciones al Traidor y a Guayota.

—Desinformación selectiva, amigo.

—No sé lo que pretendes, gusano. Pero no lo vas a encontrar en mi. Ya no. He cambiado.

Ada apuró su bebida y se sirvió otra copa, llenándola hasta el borde.

—’Una persona no cambia, ni para bien ni para mal. Sólo evoluciona’ —dijo Ada, citando a un gran filósofo awarita—. Mi única pretensión es contar historias antes de marcharme —volvió a acabar su bebida y, dejando una moneda en la mesa, se dio media vuelta.

—¿Marcharte?

La expresión de Ada se ensombreció.

—Se trata de Yeray. Murió hace días.

El corazón de Dailos dio un vuelco. ¿Yeray? No sonaba como algo real. El más escurridizo de los Protectores.

—La Sombra ha muerto. —Dijo pensativo.

Ada se acercó, confidente.

—Cuentan algunas lenguas que hay Inmortales luchando por las costas de Erbani, donde nuestro amigo se escondía. Por mi parte, yo voy donde haya una historia que necesite ser registrada y relatada.

Llevó su mano al vial del antebrazo. Su instinto le gritaba que lo inhalase. Inmortales, eso era imposible. Debía de serlo.

—Protector hoy, protector siempre —continuó diciendo Ada mientras se marchaba—. Hasta pronto, Dailos. Zeben te manda recuerdos.

Y como el sol cuando llega la noche, se marchó, dejando un vacío en el pecho de Dainos. Hacía demasiado tiempo que Zebenzui le había desterrado, demasiado tiempo que ya no era un Protector. Que ninguno lo era, en realidad. Eso no podía significar nada bueno.

1: Los axis son criaturas pseudo divinas invisibles. Poca es la gente que pueden verlos, sentirlos o tocarlos, pero es de saber común que están ahí. A veces, incluso, se venden viales con su sangre, los cuales te dan durante un breve periodo de tiempo sus habilidades.

2: El traje de mago es una vestimenta típica canaria consistente en una camisa blanca; unos pantalones y chaleco negro y una faja roja.

19 Avril 2022 15:43:16 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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A propos de l’auteur

Isaac Clemente Buenas! Me llamo Isaac Clemente y soy escritor, principalmente de fantasía. Todo lo que escribo, en general, está dentro de un mismo universo al que llamo Arena Negra. Al ser un escritor que está empezando, todo lo que escribo es susceptible a cambio. Para más información podéis encontrarme en tuiter y en instagram. Espero que disfrutéis de mi universo tanto como yo disfruto creándolo.

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