saravalens Sara Valens

Sofía, una joven madrileña, se ve de repente en una coyuntura en la que puede hacer justicia por unos eventos traumáticos que le ocurrieron en su niñez. Atrapa la oportunidad y hace realidad la profecía de una gitana que le auguró que su momento llegaría.


Récits de vie Tout public.

#amistad #justicia
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La justicia no se imparte sola


El sonido del teléfono despertó a Sofía. Mariana, la monja que cuidaba a su madre, la llamaba desde el hospital de La Paz para pedirle que fuera cuanto antes. Sofía se asustó: «mamá».

―Es preciso que vengas.

Sofía percibió enseguida la alarma en la voz de Mariana. Aún estaba medio dormida y le costaba entender lo que oía, pero sobre todo le sorprendía que la hubiera llamado justamente a ella. Mientras se duchaba pensaba en esto y en cómo se presentaría ante su madre. Hacía casi cinco años que no la veía y las relaciones entre ellas nunca habían sido buenas. Sofía no le perdonaba a su madre su complicidad en el asunto de su hermano; le guardaba rencor por haberlo permitido. «Es mi madre, se supone que me tenía que haber protegido». Y luego estaba todo lo demás: la descarada preferencia por el primogénito, el constante ninguneo que practicaban ambos con Sofía y la agresividad que su madre era capaz de desplegar contra ella cada vez que se atrevía a sacar el tema o siquiera a llevarle la contraria. Para el resto del mundo, incluida Mariana, su madre era un ángel de la caridad, devota cristiana que se desvivía por sus hijos desde que se quedó viuda teniendo su hija menor ―Sofía― solamente cuatro años. «Ahí es cuando empezó todo, cuando el ogro supo que yo ya no tenía a nadie que me protegiera».

Sofía estuvo tentada de no ir al hospital, no se sentía con fuerzas para enfrentarse a su madre incluso estando esta debilitada por la enfermedad. Aunque ya era una adulta y vivía emancipada, de alguna forma Sofía seguía siendo emocionalmente dependiente de la madre y eso le molestaba. Se culpaba a sí misma por ser tan débil y eso le molestaba aún más. Quería poder presentarse ante su madre vacía de sentimientos, sin esa angustia que ya se arremolinaba en sus tripas; sin rencores y sin enfado, y sobre todo sin llorar, pero no le era posible. Ni la distancia ni el tiempo había aplacado el malestar, y es que la madre es la madre.

Y luego estaba la cuestión de Mariana. ¿Por qué la había llamado a ella y no a su hermano Fernando? Quizás supiera que Fernando estaba en Galicia, a lo mejor lo de su madre era urgente de verdad y necesitaba la presencia de un familiar. Le parecía extraño inclusive que Mariana tuviera su número de teléfono puesto que cuando su madre la echó la desterró del todo.

Sofía llegaba al hospital una hora después llena de angustia e interrogantes. Mariana la esperaba a la puerta de la habitación de su madre, no llevaba su hábito de monja, pero no se le escapaba a nadie que aquella mujer era una religiosa. Puso al día a Sofía sobre el estado de su madre y después entraron ambas a verla. Sofía siempre pensó que no habría una enfermedad capaz de tumbar a su madre, tan fuerte de carácter que no concebía que hubiera ningún malestar que soportara demasiado tiempo en el interior de ese cuerpo, pero allí estaba, con un pronóstico médico que le daba solo unas semanas de vida.

Sofía salió enseguida al pasillo porque no pudo soportar mucho tiempo la imagen de su madre enferma, que ni siquiera estaba despierta pero que, de alguna manera, imponía su presencia sobre ella incluso así: «Debilitada y enferma, sigue teniendo poder sobre mí», se lamentó. Mariana salió tras ella y Sofía aprovechó para preguntarle por qué la había llamado a ella. La cara de la monja mostró una sonrisa comprensiva que la sorprendió, y aún más cuando le explicó:

―Busqué en una libreta que tiene tu madre y encontré tu número, y la verdad es que prefiero que seas tú y no tu hermano.

Al decir esto último, la monja hizo un gesto de desagrado, como si le indicara de forma solapada que su hermano no le gustaba y revelándose a sí misma como una aliada con la que Sofía no contaba. «¿Hasta qué punto sabe Mariana lo que pasó en casa?» Después le entregó a Sofía el bolso de su madre diciéndole que prefería que lo tuviera ella.

―Ahí tienes las llaves de la casa de tu madre, por si quieres ir.

Aquello parecía una indirecta de algún tipo. Invitó a Sofía a sentarse y le explicó que su madre había hecho testamento hacía unos meses y que le pidió a ella que la acompañara; su madre le había dejado todo su dinero y las dos casas, la de Madrid y la de Galicia, a su hermano, declarándolo heredero universal. Le dijo que ella sabía que Fernando vivía en Galicia con su mujer y su hija, y que solo lo llamarían del notario para hacer efectivo el testamento una vez que se presentara el certificado de defunción de su madre en el registro civil. Sofía intentaba seguir las explicaciones de Mariana, pero estaba aturdida por la imagen de su madre y la expectativa de su muerte. La monja le dio algunas explicaciones más y después le dijo que podía irse si quería, que ella se quedaría cuidando de su madre, lo que Sofía agradeció.

Sentada al volante de su coche en el aparcamiento del hospital, Sofía le daba vueltas a todo lo que Mariana le había dicho: «El testamento, la casa, Galicia…» Demasiadas emociones temprano en la mañana y sin desayunar. Le tentaba la idea de ir a casa de su madre y salir de las dudas a pesar de que no le sentaba bien estar en el lugar donde había ocurrido todo, pero también le podía la curiosidad, así que decidió ir. «Al desayuno hoy invita mamá…»

En la casa todo estaba como lo recordaba Sofía excepto un pequeño detalle: sus fotos habían desaparecido. Su madre tenía marcos por toda la casa con fotos de la familia, pero donde antes había algunas de Sofía ahora solamente estaban las de su hermano Fernando. Las fotos de su padre las había respetado, sin embargo. Sofía miró en algunos cajones y en unas cajas que su madre tenía en el desván, pero no encontró ninguna foto suya. En los álbumes familiares tampoco había nada, «¿Habrá sido capaz de destruirlas?» El mensaje estaba muy claro: cuando su madre la expulsó de su casa años antes la expulsó de su vida también, a todos los efectos Sofía no había existido; ni siquiera había nacido. Declarar a su hermano heredero universal, con todo lo que este le había hecho a ella, ya marcaba la pauta y dejaba claras sus intenciones. Sofía sintió la ira en las tripas no pudiendo reprimir un grito de cólera; las piezas del rompecabezas comenzaron a unirse en su cabeza y todo lo que Mariana le había dicho por fin tomaba sentido.

En el despacho que antiguamente había sido del padre había un ordenador que había estado usando su madre los últimos años. Fernando le había enseñado a usarlo y la madre dirigía sus asuntos desde allí, por lo que dedujo que debía comenzar inspeccionando ese ordenador. El acceso estaba protegido con una contraseña, pero la madre no tenía cabeza como para rememorar ese tipo de datos, así que Sofía dedujo que seguramente podría encontrar la contraseña anotada en alguna parte, «¡El bolso!» Le había parecido ver un pequeño cuadernito en el interior, la libreta de la que hablaba Mariana. Efectivamente, allí encontró anotaciones de todo tipo, incluidos algunos números de teléfonos y series de cifras que parecían claves de acceso. Probó hasta encontrar la clave del ordenador y entró, y enseguida vio en el escritorio algunos accesos directos interesantes, como el del banco en el que su madre guardaba su dinero. Su madre venía de una familia acomodada y su padre le había dejado económicamente protegida al morir. Sofía no sabía nada de las finanzas de su familia, pero algunas cosas eran evidentes y la forma en la que vivía su madre la delataba: en ese chalé adosado en la mejor zona de la ciudad, con esos caros cuadros en las paredes y los muebles de diseño…

Se sintió violenta por un instante intentando acceder a la vida privada de su madre, pero enseguida se sacudió la incomodidad de encima. Repitió la operación con las claves de la libreta hasta que pudo entrar al perfil personal de su madre y pudo ver con sus propios ojos que no se equivocaba; la cifra la impactó. Después de lo que había hecho su hermano con ella su madre lo premiaría convirtiéndolo en un hombre rico. Sofía se comparó a sí misma con ellos y se sintió abandonada, a ella no le faltaba nada pero tenía que trabajar muchas horas para poder llegar a fin de mes. Además, había acumulado muchas deudas y sabía que llegaría un día en el que no podría con todo y seguramente el banco acabaría quedándose con el piso en el que vivía, que compraba a plazos. Eso sin contar con que Sofía quería formar una familia, pero había visto su sueño truncado hasta hoy a causa de las secuelas de lo de su hermano. Nada le apetecía más que tener hijos, pero el solo pensamiento de la intimidad con un hombre le aterraba, cada vez que lo intentaba le acosaban los recuerdos de lo que su hermano le hacía; hasta ese punto le había destrozado la vida. A Sofía se le hizo un nudo en la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas: «No es justo». Había intentado hacer terapia pero era demasiado caro para sostenerlo a largo plazo y no pudo continuar. «Eso me ayudaría a recuperar mi vida pero no puedo tener ni siquiera eso». Al quedar expulsada de la familia Sofía había tenido que renunciar a todo, puesto que ese es el precio que tienen que pagar los chivatos. Se había atrevido a hacer acusaciones directas a su hermano de lo que todos sabían que había ocurrido en la casa y no se le perdonó; pagó el precio de la traición a la omertá.

Al investigar las cuentas de su madre vio también que le ingresaba a su hermano una cantidad mensual de 2000 euros desde hacía años, más algunos extras en determinadas fechas. En pocas palabras, su madre mantenía a su hermano. «Pues bien, a partir de ahora también a mí», a continuación se atrevió a dar una orden de transferencia de cinco mil euros inmediatos, más tres mil euros mensuales a su propia cuenta de banco. Mariana se lo había dejado bastante claro: lo más probable era que su madre ya no volviera más a casa, y según había sido la conversación, tenía la seguridad de que le entregaría el certificado de defunción a ella misma sin decirle nada a su hermano. No hay ninguna ley que te obligue a avisar al notario de la muerte de tu madre, por lo que podían pasar años hasta que se hiciera válido el testamento. Con respecto a su hermano, mientras siguiera recibiendo su paga mensual no haría preguntas y no tenía por qué saber que su madre había muerto. Ya vería cómo gestionaría las llamadas telefónicas o la comunicación con el banco.

Como si fuera despertando de un sueño Sofía fue tomando conciencia de las injusticias que se habían cometido contra ella y su ingenuidad fue dando paso al enfado. Ella necesitaba a una familia que la quisiera y eran evidentes sus dependencias emocionales, como también era evidente que a ella su familia no la necesitaba. La sensación de vacío en el centro de su pecho se acrecentaba con las horas; estaba desterrada, y no solo físicamente. En su día a día no reparaba en lo lamentable de su existencia, pero le bastaba salir de su zona de confort para que el dolor le abarcara por completo. Asumía que hacía lo correcto tomando el dinero de su madre, que hacía justicia de alguna forma, pero le dolía sobremanera tener que hacerlo de este modo, a escondidas y aprovechando que su madre estaba en el hospital.

Estaba sumida en estos pensamientos cuando sonó el teléfono de la casa. Se suponía que ella no tendría que estar allí, así que se abstuvo de responder y dejó que saltara el contestador automático, uno de esos aparatos antiguos que permitían escuchar la voz del que llamaba mientras dejaba su mensaje, que su madre conservaba de sus viajes a América. Prestó atención y reconoció enseguida la voz de Irene, su cuñada, con la que no hablaba desde hacía muchos años, antes de que su madre la echara. La voz de Irene era llorosa. Comenzó a explicar algo relativo a su hija y a su marido ―Fernando―, algo que parecía grave. El perpetuo estado de alerta que padecía Sofía comenzó a hacerse más presente y su instinto le apremió a que prestara atención y escuchara a su cuñada, que entre llantos relataba una narrativa muy familiar para ella.

Fue en ese momento, sentada al escritorio de su madre, cuando Sofía tuvo su epifanía: Esa era la oportunidad que buscaba sin saberlo. No pudo evitar rememorar la premonición de aquella gitana que le había leído la palma de la mano el verano pasado en una feria: «La vida te traerá una oportunidad en la que tendrás tu recompensa por unas injusticias muy graves que se cometieron contra ti». Sonrió en su interior al pensarlo, «¿Sería esto a lo que se refería la gitana?» Dependía solo de Sofía jugar bien sus cartas y aprovechar esta oportunidad. De momento decidió coger el teléfono y hablar con Irene, a pesar de saber que no le caía bien puesto que su madre y su hermano se habían encargado de enemistarlas. Sofía no había podido siquiera conocer a su sobrina, Carla, que ya tenía cinco años, y le incomodaba hablar con Irene porque no tenía idea de qué clase de mentiras le habrían contado su madre y su hermano. Además, no quería tener que dar explicaciones sobre por qué se encontraba ella en la casa; si le salía mal la jugada su hermano haría averiguaciones y terminaría por saber que su madre estaba hospitalizada. Aun así se decidió a coger el teléfono.

―Hola, Irene, soy Sofía, te estaba escuchando dejar el mensaje en el contestador.

Sofía pudo percibir la sorpresa de Irene al otro lado de la línea. Ella era la última persona que esperaba encontrarse allí, seguro. Supuso que colgaría el teléfono enseguida, pero rogó en su interior que no lo hiciera. Intentó algo:

―No me cuelgues, Irene, te puedo ayudar.

―¿Sofía?

―Sí, soy yo, Irene, te puedo ayudar.

Repitió las palabras «Te puedo ayudar» sabiendo que Irene las bebería, porque comprendía perfectamente la situación en la que se encontraba. Antes de que pudiera reaccionar, Sofía continuó:

―De hecho, creo que soy la única persona que puede ayudarte. Has tenido suerte de que fuera yo la que ha respondido al teléfono, mi madre nunca te ayudaría y haría lo que fuera para quitarte la custodia de tu hija si llegaras a contarle esto. Seguramente mi madre ya sabía lo que pasaba, porque eso que mi hermano le hace a tu hija también me lo hacía a mí, y mi madre siempre lo supo.

Sofía percibió el asombro y el miedo en Irene.

―No te asustes, Irene, podemos arreglarlo. Mi madre está en el hospital y no tiene porqué enterarse de esto, quedará entre tú yo.

―¿Y qué puedo hacer?

La voz de Irene sonaba desesperada. Sofía estaba decidida a hacer lo que fuera, no tanto por ella sino por su sobrina, a la que ni siquiera conocía: «Haré por Carla lo que mi madre no hizo por mí». Cumpliría así la profecía de la gitana, y es que a veces la justicia no se imparte sola, hay que echarle una mano…

―Irene, lo primero que tienes que hacer es entrar en el ordenador de mi hermano y buscar evidencias de lo que está haciendo. A veces estos hombres graban a sus víctimas y luego ganan dinero distribuyendo esas grabaciones.

―¡Dios mío!

Sofía se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Calculó mal lo que podía contarle a Irene y traspasó el límite.

―Tranquila, Irene, solo es una posibilidad y por muy horrible que parezca si tú encuentras grabaciones será la prueba irrefutable de lo que hace y ya solo tendrás que enviárselo a la policía, ellos harán el resto y será rápido.

Irene solo exhaló un débil «Ya…» que le indicó a Sofía que podía estar arrepintiéndose de haber confiado en ella. Apuró sus últimos cartuchos hablándole a su cuñada desde el corazón.

―Irene, no sé si sabes lo que se siente cuando te hacen algo así, pero yo sí, y sé lo que está sufriendo tu hija ahora mismo. Lo que Fernando le está haciendo le dejará secuelas para el resto de su vida. Hazlo por ella, Irene, hazlo por Carla. Es tu hija.

Esperó unos segundos la reacción de Irene, que sollozaba sin parar.

―No sé si voy a ser capaz―musitó al fin―, y además, yo no tengo trabajo, si se llevan a Fernando me quedaré en la calle y con una hija.

―Por eso no te tienes que preocupar, Irene. Fernando recibe dinero de mi madre todos los meses. Tú tienes derecho a reclamar lo que él tenga en su cuenta de banco, porque tenéis una hija en común. Por otro lado, yo me encargaré de traspasarte dinero a tu cuenta para que tengáis lo suficiente Carla y tú. Ahora mi madre está en el hospital y sus finanzas las voy a gestionar yo.

Ese plan tranquilizó a Irene. Tras un par de intercambios más parecía convencida de lo que tenía que hacer.

―De acuerdo pero ¿te puedo llamar si encuentro algo? Creo que va a ser demasiado para mí y me voy a aturullar.

―Claro que sí, llámame enseguida.

Colgaron el teléfono ambas muy nerviosas. Sofía no tenía muchas esperanzas de que su cuñada hiciera lo que le había dicho, no era una mujer que sobresaliera por su coraje, no por nada la eligió Fernando. Ella había aprendido que estos hombres elegían bien a sus esposas, pusilánimes y cobardes, incapaces de reaccionar si descubrían lo que hacían. Si Irene hubiera sido más espabilada y con aires de no dejarse embaucar, tampoco le hubiera gustado a su madre, y sin embargo la aceptó enseguida. Para ambos, el hermano y la madre, Irene era lo suficientemente influenciable como para hacer con ella lo que les diera la gana. La madre no habría tolerado nunca que Fernando se casara con una mujer con más arrestos que ella, entre otras cosas porque no toleraba la competencia, pero no solo por eso; era sensible a las malsanas necesidades de su hijo y parecía desear que él pudiera darles rienda suelta.

Sin embargo, esta era una oportunidad única y ahora que tenía la información, Sofía no se quedaría de brazos cruzados fuera lo que fuese lo que hiciera su cuñada. Cavilaba sobre qué podría ella hacer para ayudar a su sobrina si Irene no reaccionaba cuando el teléfono volvió a sonar. Era Irene de nuevo, no había pasado ni una hora, pero ya había mirado en el ordenador de Fernando y, efectivamente, había encontrado algo. Lo tenían. Irene estaba en estado de shock porque había abierto algunos de los vídeos y confirmó sus sospechas de la forma más terrible. A Sofía le tomó unos minutos calmarla, después le aconsejó cómo actuar: tenía que llevarles el ordenador a la policía sin más y explicarles lo que pasaba. Eso sería lo mejor.

Volvieron a colgar y Sofía esperó con las esperanzas sobre su futuro basculando en la cuerda floja. Pero en realidad lo que más le importaba ahora era el bienestar de su sobrina, esa niña de cinco años que se encontraba en la misma situación que ella a su edad. De repente era como si estuviera investida de una fuerza superior, algo que le impelía a proteger a esa niña como si con ello pudiera cambiar el pasado y se estuviera protegiendo a sí misma. Sofía haría por otra niña lo que nadie hizo por ella en un sencillo gesto de justicia atemporal, e intuía que solo con eso repararía muchas cosas que estaban rotas en su interior.

Pasaron las horas e Irene no daba señales de vida. La impaciencia impulsaba a Sofía a llamarla por teléfono, pero no quería tropezarse con su hermano, del cual no sabía ni sus horarios de trabajo. Reflexionaba sobre el posible desarrollo de los eventos a futuro si todo salía bien. Primero, a Fernando le caerían unos cuantos años de cárcel, pero no estaría allí el resto de su vida, por lo que Sofía tenía que pensar en el medio plazo. Eventualmente su hermano sabría que su madre había muerto y reclamaría la herencia, y ella cavilaba con razón que no se merecía tener acceso a unos artículos que costaban una fortuna cuando finalmente se quedara con la vivienda. Así pues, primero hizo un inventario de todas las cosas que vendería, joyas, ropa, cuadros y muebles, y del uso que haría de la casa; compraría muebles más cómodos y cosas menos ostentosas pero más prácticas, Después se mudaría a vivir allí y se quedaría hasta que Fernando saliera de la cárcel y la reclamara. Por supuesto, pagaría la hipoteca de su piso con el dinero de su madre y luego lo alquilaría, para no tenerlo vacío. También cancelaría todas sus deudas con ese dinero, y le daría un donativo a la iglesia de Mariana, no podía olvidarse de ella, aunque entendía que esta no la había ayudado por eso. En la mente de Sofía esto era lo justo, porque la pena de cárcel no bastaba para un delito como el que había cometido su hermano. Salir de la cárcel y encontrarse con que es rico solo le facilitaría las cosas, seguiría haciéndole lo mismo a otras niñas y esta vez con la seguridad de poder pagarse el mejor abogado si algo fallaba. Cuanto más dinero y poder tienen esos individuos, más peligrosos se vuelven, alguien así no merecía que le dieran facilidades que le permitieran seguir haciendo daño.

Motivada por sus pensamientos siguió haciendo inventario por la casa hasta que encontró las colecciones de tebeos y de libros antiguos de su hermano. «¡Guau, la pasta que debe de costar esto ahora!» Las sumó a la lista de cosas para vender reconociendo en su fuero interno que esto lo haría solo por venganza, porque sabía el amor que su hermano sentía por sus colecciones. «Fernando es ese tipo de individuo, que ama las cosas y utiliza a las personas, en lugar de amar a las personas y utilizar las cosas». Se regodeó pensando en la cara que pondría su hermano cuando se enterara de que sus colecciones habían desaparecido. Sonrió para sí, pero no se paró demasiado en esas emociones puesto que en el fondo no le movía la venganza.

Empezó a caer la tarde y Sofía sintió hambre. Con los nervios no había comido nada en todo el día, en la cocina no había gran cosa y no quería salir por si llamaba Irene. No había caído en darle a su cuñada su número personal, sin embargo, no tuvo que esperar mucho ya que unos instantes después sonaba el teléfono. Irene estaba prácticamente histérica al otro lado de la línea, exhalando unos sollozos que apenas la dejaban hablar. Lo había hecho, había llevado el ordenador a la policía y al ver lo que contenía habían detenido a Fernando inmediatamente. Ahora se encontraba a disposición judicial y el pronóstico no era nada alentador para él. La policía le había explicado a Irene que el mínimo de pena de cárcel serían seis años, pero que si encontraban además evidencias de difusión de los vídeos grabados la pena podría aumentar a unos diez años.

A Sofía le asaltó un sentimiento de profunda admiración por su cuñada a la que pasó a considerar, sin reservas, la mujer más valiente del mundo. Desde el principio tuvo grandes dudas de que Irene pudiera denunciar a su marido, pero ahora veía que tenía más mérito de lo que ella le otorgaba y así se lo expresó. Irene no conocía a Sofía, solo conocía la versión distorsionada de Fernando, pero Sofía tampoco conocía a Irene, y descubrir el tipo de mujer que era le hizo sentir abrumada por la emoción. Ahora ella también lloraba, exultante, sintiéndose como si ella fuera la niña rescatada, viendo en Irene a la madre que ella nunca tuvo, sin palabras para expresar lo muy valioso que era para ella tal gesto. Ese momento fue la semilla de la alianza que uniría a las dos mujeres el resto de sus vidas, encontrando cada una en la otra a alguien con quien poder compartir algo tan privado y doloroso sin miedo a ser juzgadas. Inconscientemente formaron equipo cuando descubrieron que tenían un objetivo común que importaba más que las dos, que era el bienestar de Carla.

De hecho, Sofía fue Carla por un instante y se sintió rescatada del abandono, una sensación que la alimentó durante semanas y que le devolvió la fe en la humanidad. Sabía bien que su madre no era una excepción y que la mayoría de las madres en esas situaciones abandonan a los hijos en los brazos de los perpetradores, pero Irene no. Esa mujer frágil, que Sofía siempre creyó pusilánime, le estaba dando una lección de humanidad y valentía a la madre cómplice que languidecía en la cama de un hospital. Como en una ironía del destino y sin saberlo ella, la madre cómplice le había pasado el testigo a la madre valiente en la creencia de tenerlo todo atado. Durante toda su vida la madre cómplice había acallado a todos aquellos que pudieran generar la más mínima sospecha de que su vida no era idílica y de que su hijo no era perfecto, empezando por Sofía. La protección que nunca ejerció con la hija se expresó de forma malsana en la defensa del hijo criminal, y creyendo que todo el mundo estaba bajo su hechizo, se relajó cuando el hijo conoció a la que luego fue su mujer. Irene le había parecido suficientemente pueril como para no dar guerra. La pareja perfecta para Fernando, cuya premisa principal en la vida era ser libre para hacer lo que le diera la gana: «Si el varón tiene esas necesidades, se las permitiremos, porque para eso es el hombre», parecía decir la madre cómplice con su actitud. Nadie contó con que la pueril nuera se revelara un día.

En solo unas pocas horas la vida de Sofía había dado un vuelco, y por primera vez desde la adolescencia miraba al futuro con esperanza. Sentada en el sillón en la casa de su madre liberaba las tensiones acumuladas en muchos años de sufrimiento con un llanto puro, con las lágrimas que no habían podido brotar ante la indefensión y el rechazo de su familia.

Irene, Mariana y Sofía, las tres mujeres que habían logrado lo que ya parecía imposible, unidas más allá de la oportunidad, en el lugar donde la casualidad y la ironía se fusionan para crear los prodigios que forjan la Justicia.

21 Février 2022 21:06:22 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Sara Valens Sara Valens, psicóloga y criminóloga, autora del libro sobre el psiquismo femenino En Femenino Plural. Porque eso solo lo arreglamos entre todas. También escribo relatos cortos de ficción que podrás leer en este perfil de Inkspired.

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