u16292973941629297394 Gaston González Corpo

Berlín, 1945. La capital del Tercer Reich está en sus últimos días. Schweiz, un joven soldado, se cuestiona la defensa de la ciudad. Ve con sus propios ojos los últimos momentos del imperio de mil años,


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Los últimos días de la locura

I


Berlín, 23 de abril de 1945.

Hacía una semana que los M1942 soviéticos habían comenzado el inclemente asedio a la ciudad capital del Tercer Reich. Explosiones, fuego, humo y multitud de edificios destruidos eran ahora los escenarios que se podían observar en el paisaje de Berlín. Era una imagen aterradora. Recordaba al peor bombardeo de población civil ocurrido hacía unos meses atrás en la ciudad histórica de Dresden, la cual había sido reducida casi a cenizas, donde miles de inocentes sufrieron la ira de los aliados y de una voraz tormenta ígnea. Británicos y estadounidenses descargaron toda su ira contra la población civil por motivos que no están aún del todo claros, a tal punto de que es considerado tal acto, como un crimen de guerra.

—¿Por qué aún continuamos luchando?—se preguntó Michael Schweiz, soldado raso perteneciente a las juventudes hitlerianas. —La ciudad caerá y no podemos hacer nada para impedirlo.

Un T-34 soviético acompañado de un pelotón transitaba por las calles de la ciudad que pasaban delante del edificio que servía de refugio para los jóvenes soldados alemanes que tenían la titánica tarea de defender la ciudad cueste lo que cueste.

—Es nuestra oportunidad. Destruyamos ese tanque —dijo el sargento que estaba al mando del diezmado pelotón alemán que se encontraba postrado dentro del edificio al tiempo que miraba al cabo que tenía en sus manos un lanzagranadas antitanque Panzerfaust.

—Señor, si me lo permite, ¡es un suicidio! —protestó Schweiz. Nos doblan en número y además tienen un T-34. Si disparamos, estamos muertos.

—Soldado —susurró por lo bajo el sargento mientras miraba fija y fríamente a Schweiz—. Tenemos una orden: defender esta posición a toda costa. No podemos dejarlos avanzar —continuó sin quitarle la mirada, demostrando quien daba las órdenes. —Fritz, apunta y dispara! El resto prepárese para el combate.

Era la orden que estaba esperando. Deseaba acabar con el enemigo o morir luchando por lo que creía, una muerte al más puro estilo greco-latino. Sin mostrar atisbo de duda alguna, se posó sobre los escombros que se encontraban al lado de una ventana y disparó. El misil antitanque impactó de lleno en las orugas, y la onda expansiva, para su suerte, se cobró la vida de diez soldados rojos que marchaban al lado del vehículo. La explosión tomó por sorpresa a los soviéticos que, sin saber aún de dónde vino el disparo, pasaron a la defensiva. Para cuando lograron ver al enemigo, ya fue demasiado tarde. Ráfagas de ametralladoras MG-42 alemanas apostadas sobre los escombros del edificio arremeten contra los sobrevivientes de la explosión. Algunos lograron resguardarse tras el tanque inmóvil mientras veían cómo sus camaradas eran atravesados e inclusive mutilados por la impresionante potencia de fuego. En un abrir y cerrar de ojos, habían logrado acabar con aquel pelotón soviético, cuyo número de miembros doblaba al suyo, que marchaba sobre las ruinas de la ciudad. El ataque sorpresa parecía haber surtido efecto.

—Alto al fuego —gritó el sargento mientras miraba como los pocos sobrevivientes del ataque se desangraban a causa de las extremidades perdidas por la explosión. Miraba como suplicaban porque alguien los sacara de su agonía.

Desde que se había iniciado el ataque a la ciudad, los alemanes pocas veces habían podido saborear la victoria, aunque fuese una simple batalla, como la que acababa de ocurrir. Esto hizo que el sargento se distrajera en sus pensamientos y olvidara algo importante: el tanque aún seguía operativo. Para cuando logró percatarse de ese hecho, el vehículo blindado ya los tenía en la mira y disparó impactando en el nido de ametralladoras, derribando además las columnas que sostenían, el ya de por sí, frágil techo del edificio en el que se encontraban, muriendo en el acto el sargento, los artilleros y varios soldados más producto de los derrumbes.

Tras acabar el combate, los cuatro tripulantes del T-34 salieron a corroborar que no quedara ningún soldado enemigo con vida y luego regresaron sobre sus pasos en busca de otro pelotón al cual unirse, dejando atrás el inutilizable vehículo.

Aturdido, con un ojo perdido y ensangrentado, el joven soldado de la juventud hitleriana, Michael Schweiz, buscó desesperadamente algún sobreviviente entre los escombros.

—¡Sargento, Cabo, Ulfrich, Friedrich! ¿Hay alguien con vida? ¡Los soviéticos ya se fueron! —gritó desesperadamente con la ilusión de que alguien hubiera sobrevivido. Pero solo encontró los cadáveres de los que fueron sus compañeros de armas. Cuerpos desmembrados que comenzaban a despedir un olor fétido, cubiertos de moscas. Entre lágrimas los miró y maldijo esta estúpida guerra.

Como pudo, se recompuso y se dirigió hacia otro puesto de avanzada buscando que sus heridas pudieran ser atendidas.


II


El combate había concluido. Sin embargo, aún se encontraba aturdido y apenas podía orientarse para salir de aquel edificio convertido en escombros. Había sido un combate breve, apenas un cuarto de hora, pero para él pareció una eternidad. El sonido de las ametralladoras aún retumbaba en su cabeza. Intentaba en vano, calmar su mente y enfocarse en llegar al siguiente puesto donde podría atender sus heridas y cambiar su vendaje; hecho improvisadamente intentando contener el sangrado que provenía de su ojo derecho que fue alcanzado por restos de metralla. Mientras avanzaba no podía evitar recordar las explosiones, los gritos de dolor y de auxilio de sus camaradas; compañeros de armas que iban cayendo uno a uno. Por su mente pasaban pensamientos ambiguos. Por un lado, se sentía feliz, pues continuaba respirando. Por otro, hubiera preferido morir junto a sus compañeros, ya que sabía lo que pasaría a continuación. La locura del Führer lo haría volver al combate, a defender hasta las últimas consecuencias lo que fuera la capital del tercer Reich.

Tras una hora de caminar entre las ruinas de la ciudad, logró vislumbrar un pequeño destacamento de la Volkssturm apostado entre los restos de lo que había sido un edificio comercial. La Volkssturm constituía el último ejército de defensa de la ciudad, estaba formado por todos los hombres entre dieciséis y sesenta años bajo las órdenes del ministro de propaganda, Joseph Goebbels. Ésta había sido creada a finales de 1944 y había recibido un entrenamiento rápido, el cuál suponía, debía servir para que sus miembros pudiesen operar el fusil de cerrojo Gewehr 98, las Stielhandgranate, el Panzerfaust, entre otras armas reglamentarias del ejército. Se acercó con cautela. Sus compañeros lo confundieron con un enemigo y de inmediato lo apuntaron.

—¡No disparen! —gritó mientras levantaba las manos—. ¡Soy alemán!

El líder del pelotón miró a sus soldados.

—¿Qué esperan? —dijo el capitán—. ¡Ayúdenlo! De inmediato dos soldados se dirigieron hacia donde se encontraba Schweiz, lo cargaron en sus hombros y lo llevaron a resguardo.

—Sé que estás herido, pero dime ¿qué ha pasado? —le preguntó el capitán mientras el médico del pelotón atendía su herida.

—Emboscamos a un escuadrón soviético—. Schweiz apenas podía hablar. Se encontraba completamente agotado. Entre palabras se podía percibir su falta de aliento. —Fue un caos. Tenían un T-34 y tenían superioridad numérica. Ganamos, pero lamentablemente solo yo sobreviví. El capitán no continuó interrogándolo, ya se daba una idea del escenario y también porque vio el lamentable estado en el que se encontraba el soldado. Aquella explosión no solo había provocado que perdiera su ojo derecho sino, que además, los escombros que cayeron sobre él rompieron varias costillas que le perforaron un pulmón.

Hacía un par de días que el destacamento de la Volkssturm se encontraba apostada en aquel edificio en ruinas esperando el embate por parte de los soviéticos. A pesar de las palabras de ánimo que recibieron por parte de sus superiores, el pelotón era consciente de su situación. Fueron enrolados obligatoriamente, inculcándoles la idea de que debían morir por su país, un nacionalismo llevado al extremo si le preguntan al capitán; no es que tuvieran otra alternativa, morir en la defensa de la ciudad –o sobrevivir hasta la rendición– o ser ejecutado por sublevación. La respuesta era más que obvia.

Volvió su mirada hacia aquel soldado herido y se encontró en un dilema; dejarlo donde estaba y verlo morir o perder tropas enviándolas como escolta para llevarlo a un lugar mejor donde tuviese una adecuada atención y así pudiese salvar su vida.

El capitán tenía unos cincuenta y dos años, se podría decir que había vivido una vida, llena de errores y aciertos como todos los hombres de este mundo. De algunos errores se lamentaba y otros simplemente los aceptaba, pues no podía cambiarlos. Si decidía salvar al joven soldado, perdería algunos efectivos por lo que dificultaría aún más intentar defender el sector; el cual a pesar de todo caería pues la guerra estaba más que perdida y solo era cuestión de tiempo para que los soviéticos llegaran al Reichtag, sede del parlamento alemán. Por otro lado, si lo dejaba morir, se quedaría con algunos soldados más, aunque no habría diferencia, ya que de todas formas morirían todos. Decidió, entonces salvar a Schweiz y, además, salvar a alguno de sus subordinados. La respuesta era obvia, pero aún así la meditó pues en el fondo existía un profundo y oculto nacionalismo y no quería ver caer a la nación que tanto amaba. A pesar de ello, aceptó la realidad, Alemania caería, solo era cuestión de tiempo.

—Schubertz, Webber, Linz vengan aquí —dijo el capitán. Los soldados salieron de sus puestos y se dirigieron hacia él —Llévenlo al hospital más cercano. Sin emitir sonido alguno, acataron las órdenes, pues sabían que irse de ese lugar implicaba un día más de vida. Ayudaron a Schweiz a ponerse de pie y se marcharon.

—Cuídense. Es una orden. —dijo el capitán por lo bajo, y se puso a reorganizar los puestos vacantes.


III


Se vio asimismo formando parte de la última línea de defensa. El último recurso del Führer que separaba a los soviéticos de la toma del parlamento y la completa y absoluta derrota de Alemania. Se vio apostado sobre una de las ventanas del segundo piso con un Gewehr k98 con mira telescópica, esperando que sus enemigos hicieran acto de presencia. Sabía que se encontraban avanzando a paso firme, sin oposición. Era cuestión de minutos para que llegaran y se viera nuevamente combatiendo, nuevamente poniendo su vida en riesgo en vano pues, la guerra estaba perdida. La idea de salir corriendo de aquel sitio y esconderse, le pasó incontables veces por su cabeza, pero nunca lo hizo. Sabía que si desertaba sería acusado de traición y pagaría con su vida. Tal actitud no era la de un cobarde, respondía a uno de los instintos humanos más básicos, sobrevivir. No tenía un sentido patriótico tan arraigado como los demás, se había enlistado porque creía, al igual que millones de alemanes, en las palabras de Hitler, en su visión, en que se podía recuperar la vieja gloria alcanzada en el pasado. Sin embargo, a medida que la guerra transcurría se fue dando cuenta de cómo aquella visión se fue tornando en pesadilla, de cómo los ideales que lo motivaron a enlistarse fueron los mismos que llevaron a la matanza sistemáticas de judíos.

Cerró los ojos, se sacudió la cabeza y volvió de sus pensamientos. Vio a sus compañeros de armas apostados en las demás ventanas, al resto de las tropas frente del edificio junto a los últimos Panzer VI Tiger.

Elevó la mirada aún más, viendo el horizonte y pudo divisar a tres tanques acercándose por el frente. Giró la cabeza hacia los flancos y vio más tanques acompañados de centenares de soldados, miles. Los superaban por mucho.

—¡Tanque avistado! —oyó gritar y de inmediato se escuchó a lo lejos un estruendo—. Segundos después los muros que se encontraban a unos metros de él se desplomaron y el suelo del primer piso cayó, cobrándose la vida de varios soldados apostados en esa posición.

Los Tiger respondieron de inmediato al fuego enemigo. El arma principal de aquellos era un cañón de 88mm, una potente arma que se utilizaba originalmente como artillería antiaérea conocida comúnmente como Flak 88 cuyo calibre fue adaptado a los Panzer modelo VI. Dos disparos dieron de lleno destruyendo las torretas de los tanques soviéticos, inhabilitándolos por completo y matando varios soldados con la explosión.

Mientras avanzaban los T-34, pues necesitaban recortar distancias para igualar la eficacia de la potencia de fuego de los tanques alemanes, disparaban proyectiles contra los carros blindados. Uno de ellos fue destruido, pero no sin antes llevarse consigo al tercer blindado. Fueron necesarios varios disparos para poder acabar con el grueso blindaje frontal del imponente Tiger.

El último de los tanques alemanes que defendían las entradas al parlamento había sido destruido. Sin oposición blindada, los soviéticos avanzaron rápidamente. Pocos metros los separa ya de la victoria. Tras atravesar las líneas enemigas, el tanque sobreviviente fue destruido cuando pasó por unas minas antitanques estratégicamente bien colocadas. El combate final se llevaría a cabo hombre contra hombre, sin blindados.

El ejército rojo, que superaba en número a los alemanes, cargó rápidamente contra el edificio. Escucharon disparos a la vez que vieron caer a sus camaradas.

—¡Francotiradores! ¡A cubierto! —Se oyó gritar a alguien—. Para su suerte el trayecto no era demasiado largo y lograron llegar al objetivo, poniéndose a salvo de las miras de los alemanes.

Ya dentro del Reichtag la lucha fue encarnizada. Se combatía en cada salón, en cada pasillo, en cada rincón. Poco a poco los alemanes iban cediendo terreno a medida que el tiempo pasaba. Schweiz se encontraba en la planta alta disparando desde la superioridad que les otorgaba la altura. Uno a uno iba cargándose a los soviéticos. De pronto, entre los disparos, escucho voces proviniendo de una escalera que se encontraba a unos diez metros de su posición. Me han descubierto, se dijo y echó a correr hacia la habitación más cercana. Cuando abrió la puerta para entrar, sintió y un fuerte dolor en la parte lumbar. Una vez dentro, buscó rápidamente algún objeto con los que bloquear la entrada, un sofá, una silla giratoria, dos escritorios; cuando por fin se decidió se dirigió hacia su objetivo, pero de repente sus piernas se debilitaron, su visión se tornó borrosa, a pesar de ello pudo observar un gran charco de sangre en el suelo. Cómo pudo, se sostuvo, se sentó en el suelo apoyando su espalda en escritorio. Vio la puerta y cayó en cuenta de que aquella sangre era suya, de que aquel agudo dolor en su espalda era producto de una bala que había impactado cerca de su columna.

Oyó a aquellos hombres que le habían disparado dirigirse a la puerta. Ésta se abrió y lo vieron. Se percataron del lamentable estado en el que se encontraba, se miraron y murmuraron entre ellos, luego se fueron, dejándolo a su suerte.

Sumido en sus pensamientos, Schweiz reflexionó, maldijo esta estúpida guerra sin causa. Luego, el dolor que lo atormentaba en ese momento se iba apagando, sus ojos se cerraban lentamente, su mente se llenaba de una relativa calma y de pronto todo se tornó oscuro.


IV


Jueves 03 de mayo de 1945.

Las tropas soviéticas marchaban triunfantes sobre las calles de Berlín. Hitler había contraído matrimonio en secreto con Eva Braun. Sin embargo, conociendo ya el destino que les aguardaba -pues Hitler estaba al tanto de lo sucedido con Mussolini- él y su esposa tomaron la decisión de acabar con su vida, no sin antes pedirle a su guardia que incinerara los cadáveres, de lo contrario acabaría siendo el trofeo de victoria de los comunistas. Y así sucedió, su cadáver jamás fue encontrado. Lo mismo hizo su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, quien junto a su esposa y sus seis hijos se quitaron la vida.

Las noticias del suicidio del Führer se esparcieron rápidamente.

Schweiz poco a poco recobraba la conciencia e intentaba abrir los ojos, su ojo. Tras unos instantes de ver solo imágenes borrosas, su vista se aclaró y vio que se encontraba sobre una cama rodeada de aparatos médicos y tenía en su brazo izquierdo una intravenosa que le suministraba lo necesario para recuperarse.

— ¡Hey! al fin despiertas —le dijo uno de los soldados que habían cargado con él por las calles de Berlín tras la huida de aquel puesto de defensa.

—No estábamos seguros si lo lograrías —dijo otro de sus compañeros que se encontraba en el otro extremo de la sala sentado en una silla con los brazos cruzados y moviendo repetidamente las piernas en señal de nerviosismo.

—Estoy… ¿Estoy vivo? —preguntó, pero no esperó respuesta— he tenido un sueño devastador. Con un poco de esfuerzo se sentó a un costado de la cama —El Reichtag había caído en manos soviéticas tras una dura batalla en las afueras. T-34 y Tiger, francotiradores apostados en las ventanas esperando para detener la carga… Los detuvimos por unas horas, pero fueron demasiados. Entraron y poco a poco fuimos perdiendo terreno. Luchábamos salón por salón hasta que me arrinconaron y me hirieron de muerte.

Tras escuchar a Schweiz, sus compañeros se miraron un instante y voltearon la mirada a su camarada.

—No quiero decir que seas un profeta o algo por el estilo, pero acabas de describir exactamente lo que sucedió hace unos días atrás.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Schweiz sorprendido—¿cuánto tiempo estuve inconsciente? ¿Dónde está Linz?

—Varios días —respondió Schubertz al tiempo que se acercaba a la cama y se sentaba a su lado— Linz no lo logró. Cuando nos dirigíamos hacia aquí, sufrimos una emboscada. Linz se quedó para retenerlos mientras nosotros escapábamos. La ciudad ha caído, Berlín se ha rendido, el Führer ha muerto. Aquel puesto que estábamos defendiendo cuando tú apareciste hoy ya es escombro. Tuvimos suerte. El Capitán te salvó la vida.

—Nos salvó la vida —replicó Schweiz—. Sus camaradas asintieron. —Aún siento un escalofrío recorrer mi espalda al recordar aquel sueño —frotaba sus manos y las sentía húmedas— más aún, siento una gran intranquilidad e inquietud al darme cuenta que aquel sueño fue como una premonición.

La enfermera entró en la habitación e interrumpió su charla.

—Veo que ya estás mejor. Tu vida ya no corre peligro por lo que hoy podrás irte —le dijo en tono calmo mientras le quitaba el suero y le cambiaba su vendaje—. La guerra terminó o está a punto de terminar, es una buena noticia. Por gracia de Dios este hospital no sufrió los ataques de los bombardeos, podremos atender a cuanta persona necesite. Estamos cortos de personal, pero lo haremos, es nuestra vocación —se levantó de la cama, lo miró y sonrió— puedes vestirte e irte cuando desees —se dirigió a la puerta y se fue—.

Sin apuros, Schweiz tomó sus prendas y se vistió. Miró por última vez su habitación, recordando el sueño que había tenido en aquella cama, suspiró y se marchó. Una vez fuera, él y sus camaradas tomaron caminos separados.


V


Se podría pensar que la destrucción de la ciudad fue lo peor, pero tras la victoria vino algo más oscuro, cruel y de lo que poco se habla.

De vuelta en las calles de la destruida Berlín, Schweiz observó con sus propios ojos los escombros a los que había sido reducida la ciudad. En su mente siempre se replicaba que debía evitar toparse con los soldados del ejército rojo, pero no le importó. Se dirigió hacía aquel lugar donde había perdido a su pelotón. Por el camino, desde las sombras, vio cómo los soviéticos se hacían con piezas de valor que pertenecieron a judíos a quienes los alemanes habían robado. La mayoría de estos eran pertenecientes a las estepas del Cáucaso y estaban maravillados con los “lujos” de la ciudad. Saquearon joyas, pinturas y sobre todo relojes. Todo aquello que no robaban lo destruían. Pero eso no era lo peor, vio como también violaban a mujeres alemanas. Vio como hombres intentaban impedirlo inútilmente, pues de inmediato eran asesinados de un disparo. Los soviéticos no hacían distinción entre jóvenes y adultas, ni entre niñas ni ancianas. Vio como eran brutalmente violadas, vio como algunas que ya fueron ultrajadas morían agonizando a causa de la crueldad con la que fueron tratadas. Vio como muchas de las que fueron violadas se quitaban la vida. Todas esas imágenes le revolvían el estómago y le provocaba náuseas.

A pocos cientos de metros del lugar al que se dirigía, observó a una pequeña niña de unos doce años vestida con harapos que huía de tres hombres. Estos la perseguían como un cazador acechando a su presa. Al ver tal escena, por su mente pasaron los recuerdos de aquel sueño, recuerdos de su muerte por una causa perdida, por algo que al final él no deseaba.

Sacó su K98 y apuntó hacia los soldados que la perseguían y disparó matando a uno de ellos en el acto alarmando a los otros dos, que de inmediato se pusieron a cubierto. ¿Qué acabo de hacer? Se preguntó. Había revelado su posición y ahora se encontraba en la mira del enemigo. Y todo ¿para qué? Para salvar a una niña de ser violada. El disparo de uno de los acosadores lo sacó de sus pensamientos y lo trajo a la realidad. Pero no solo eso, también llamaron la atención de otros soldados soviéticos que se encontraban a pocas calles de distancia. Se acercaron y pudieron vislumbrar a dos de sus camaradas disparando contra Schweiz. Decidieron acercarse sin hacer ruido y flanquearlo. Mientras tanto el joven alemán, entre disparos, pudo encontrar un efímero pero suficiente espacio de tiempo que le permitió apuntar con precisión y lograr acertar entre las cejas a uno de los perseguidores. Su compañero sintió un escalofrío recorrer por su cuerpo, sus manos comenzaban a temblar, sus ojos se llenaron de temor, percibía que la muerte lo encontraría en cuestión de minutos, pues se mostraron inferiores al soldado alemán. Se dispuso a disparar. En el momento oportuno vio estupefacto a su enemigo cuando de repente recibió una bala en el abdomen proveniente de su flanco izquierdo, desplomándose sobre el suelo mientras escupía sangre y se retorcía de dolor. Los soldados se acercaron para comprobar el cuerpo. Schweiz aún estaba vivo, agonizaba.

—Podríamos acabar con tu dolor ahora si quisiéramos, pero no es así. Dejaremos que mueras desangrado— le dijo uno de los soldados y Schweiz se sorprendió de que supiese hablar alemán. Tras decir estas palabras se marcharon.

Schweiz supo que en ese momento su vida llegaba a su fin. Había perdido demasiada sangre, y en cuestión de minutos moriría. Había sobrevivido a un ataque de un convoy ruso, salvó su vida gracias a la decisión de un sargento que tenía los pies sobre la tierra, pero la había desperdiciado salvando a una niña de ser violada y posiblemente asesinada por los soviéticos. Trató de convencerse de que había hecho lo correcto, de que había salvado una vida. Fue lo último que pensó mientras sus ojos se cerraban y dejaba esta tierra para siempre, pero en el último instante escuchó a aquella niña que había logrado escapar. Los soldados la encontraron y la capturaron, su vida corría peligro nuevamente, pero esta vez el ya no podría hacer nada para ayudarla. Al final, concluyó que si había sacrificado su vida en vano. En la guerra no hay buenos ni malos, solo hombres con instintos primitivos.

21 Février 2022 15:24:11 2 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Gaston González Corpo Profesor de Historia. Amante de la Space ópera, el cyberpunk, la fantasía épica y el grimdark. Comenzando a escribir historias propias -sueño con publicar una novela algún día- e ir mejorando con cada una de ellas. En mis escritos, relatos cortos en su mayoría, los personajes no suelen tener un final en el que salgan bien parados.

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