1566617928 Francisco Rivera

Cuando el estado de inteligencia excede sus propios límites, no hay poder humano que lo aclare con justa inteligencia... ¿Gusta el lector, acompañarnos para averiguarlo...?


Humour Satire Déconseillé aux moins de 13 ans.

#-Más-cuentos #-Belleza #-Envidia #-Concurso
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Declaraciones y otros cuentos...

1. Declaraciones

En cierto concurso de belleza, llegado el momento de calificar las características de propia inteligencia, mostró a los jueces sus argumentos de pretendida convicción personal.

Los calificadores expertos, jueces de un panel de la siguiente emisión del certamen de Mis Universo, debatían en cuchicheos nerviosos si tales rasgos podían ser susceptibles de análisis.

Para una jueza, por ejemplo, bastante madura y experimentada, ser mujer, exhibirse en bañador sin evitar remarcas corporales de lo que las concursantes mostraban con desenfado en pasarela, las hacía poseedora de un punto más que aquellas que ya habían desfilado o estaban a punto de hacerlo en minutos posteriores.

El resto de las chicas, confiadas en sus palmitos, como fuente de surtidor, se dispusieron a provocar los más vivos andares para complacer las miradas escrutadoras de los varones calificados para esos asuntos.

No obstante, las experimentadas percepciones de las damas del jurado, en cambio, no se decantaban por la evidente belleza natural y física; advertían entre sí, si alguna participante mostraban alteraciones del cuerpo, tratando de impresionar al respetable auditorio en el momento de mostrar la simetría de sus cuerpos, libres de ostentar ningún tipo de cirugías estéticas que evidenciaran descalificaciones entre las restantes concursantes.

Pero cuando Eva pasó, bajo otro nombre, un tanto más prosaico, mostró cuánto Dios le había otorgado...

Sin reclamo de la acción sobrenatural, los analistas hallaron un placer indescriptible desde el arranque de su recorrido.

Ella, muy conveniente mientras le miraban con obvia concupiscencia, dejaba al descubierto sus miradas interesadas en señal de caro favor directo; así, cada experto de miras obtuvo lo que hubo agregado a su propia lista durante esa fase del concurso.

Quemado el Espíritu de Dios en ese enredo de vanidades, dispuso cegarlos de modo literal y tácito; por parte de las jueces mujeres, fueron reducidas al despojo de mejores razonamientos, extraviando la certeza desde el momento en que quedaron transformadas en serpientes e incluso dejándolas enredadas y condenadas a la atención de ocupaciones más triviales, sin necesidad de poner un alto a su talento intrigante, más no así a su inveterada envidia.

Resuelto ese par de dilemas, algunas de las no finalistas se dieron a la tarea de lucrar con la resolución de vagos y ajenos enigmas; en tanto que otras, por ejemplo, solo a trabajar unos cuántos acertijos de comunión y dominio público, convertidas en cuenta de suertes de destino, de amores y traiciones de pareja.

Pero, en la Viña del Señor habiendo de todo, todo hubo de acomodarse donde uno que otro juez debutó como descifrador táctil de petroglifos, relieves y bajorrelieves de notorias antigüedades; es decir, las propias de sus catafalcos enterrados en ardientes arenas desérticas.

Otros, ayer muy cualificados y sobresalientes, solucionaron sus vidas a partir de sus ingentes deseos por acarrear sus sobrevivencias en medio de las mayores penas que se pudiera imaginar.

A través de una perspicacia conjunta y extra natural, pasaron a ser agoreros anuales de las diez candidatas a semifinalistas de un subsiguiente concurso, con una única salvedad: reservarse el derecho de declarar quién será la siguiente belleza del certamen que resulte triunfadora, con la garantía de poder vivir un tiempo más para contarlo, si bien, con menores penalidades que las que hasta entonces continuaban llevando antes de asumirse como jueces de certámenes de ese tipo.



2. Ella

Conocida en el mundo social, es en verdad una mujer agradable y bonita; gusta de acariciar y acoger en público -sin desdén y en lo privado-, todo buen signo de admiración dirigido a su paso desde el momento en que sale a la calle, como todos los días, para hacer su cumplido paseo vespertino.

Protagonista de su propio ego, todo mundo conviene en lo hermosa que es; otras mujeres más maduras, en cambio, ponderan sus silencios y el brillo de los ojos que encienden los ánimos de los varones de todas las edades.

Los más gamberros -adolescentes entrando, casi en la dorada juventud-, admiten que es un ejemplar digno de todo rey o de cualquier artista o excelente deportista que tenga la plata precisa en números ascendentes, para cumplirle cualquier capricho que desee al momento de mostrar la evidencia de ser una mujer que sabe vestir como debe hacerlo cada tarde: dejar envolverse a sí misma en las fragancias que deja a su paso, como si se tratara de una rutilante estrella de cine.

No obstante, otras mujeres del barrio, casi contemporáneas suyas, sienten escozores propios, una quemante y no menos extraña curiosidad, sobre si es extranjera o descendiente de otras etnias.

Lo alabado del cutis y la envidiable figura; la estatura y complexión delgada, marcan oscilaciones del cuerpo de manera firme y natural, lo que hace devolver la vista ajena -no sólo de ellas, sino de esposos, parejas, amantes o novios- ante las gracias manifiestas en sus hermosas medidas anatómicas; además, sus pasos y la forma especial en que abre y cierra el compás de aquellas largas y bien delineadas piernas, enaltecen en más las gracias de una manos que ostenta sin desaliño.

Y sí, en cambio, una pulcritud y cuidado compartido con la compacta firmeza de tobillos y pies de admiración extrema.

Hoy, en esa tarde febril, la forma en que luce la cabellera color trigo y miel, ondea al viento; la celebra tras dejar a sus proverbiales pasos una recopilación oral (piropos, silbidos, exclamaciones) sin ninguna ofensa entreverada en cada voz masculina que la saluda, tratándola de dilecta hija de la naturaleza humana, y digna representante del sexo opuesto...

Pues bien, cierto día, en la marcha de las horas suaves de esa tarde, un solitario joven la observa con detenimiento y en estado de arrobamiento; se siente convertido en un ser despreciable, ante tanta belleza acumulada.

Nunca antes en su vida ha sentido esa emoción y por un secuencia de fracciones de segundos, sólo quiere convertirse en pajarillo, mariposa o colibrí para no dañarla en lo más mínimo.

Ella repara en su mirada y condesciende de modo inexplicado al lanzarle un gesto de gracia, coquetería y aparente desinterés en cuánto ve a un irremediable joven, -quizá cinco o diez años menor a sí misma- que sólo se atreve a mirarla sin quitar en ningún momento la vista sobre su rostro, no de su cuerpo agraciado.

En esos intervalos de observar sin palabras, se suscita un diálogo alterno, donde cada ver y observar es mudo conversar desde cada brillo de ojos que refulgen en esas solas circunstancias de ser -ella- quien es; en tanto él, ser lo que es:

— ¡Qué bella eres! —, expresa él en sentimiento balbuceante, a la dama.

— ¡Gracias, chico atrevido! —, contesta ella.


— ¡Quisiera entregarte un ramo de laureles, rosas o jazmines para celebrar este encuentro ocasional! —, vuelve a responder el chico.

— ¡Qué amable de tu parte, pensar en flores...! —, le contesta la joven, y esboza su sonrisa feliz y segura.

— ¡Agraciada la hora en que nos estamos cruzando! —, externa el muchacho, al mismo tiempo que lanza un suspiro evidente hacia quien despierta tal sentimiento.

— ¡Gracias, chico y además, me resultas encantador! —, responde, mientras retira filas de cabello que se deslizan sobre el costado derecho del lindo rostro.

— ¿Sabes que me despiertas honda ternura que casi me resulta inmerecida? —, expone así el chico, reflejando un pesar en su alma por la manera en que la observa en toda su dimensión corporal.

— ¿Por qué razón, mi solitario y cortés peatón?

Es este un momento de las cinco de la tarde, en que me dirijo hasta el pabellón que se encuentra en el extremo del parque, distante a cincuenta pasos de donde nos encontramos...


— ¿Acaso gustas acompañarme? —, "confiesa" ella.

— ¡Encantado! —, responde él, sintiendo un fino sudor en las palmas de las manos, pues hasta entonces nunca antes mujer alguna y mayor a su edad, le hace una invitación de ese tipo, sobre todo con una manera resuelta, abierta, al aire libre y en una tarde deliciosa en que no corre viento y la temperatura es estable, fresca y todo ello dentro de un entorno apacible y único.

La sigue y escucha lo siguiente:

— ¿Deseas seguirme detrás mío, hasta el sitio donde suelo pasar un par de horas en asuntos de mi incumbencia, pero que ahora serán de comunicarnos sin mayor problema...? —, invita la joven al sorprendido muchacho, quien la sigue dócil, cual carnero, hacia un sitio desconocido para él.

— ¡! —, responde categórico el joven, convencido de que actúa como un animal de esa condición, descubriendo emociones de encantamiento al sentirse plenamente animalillo y además, dando un ejemplo cabal de idólatra dispuesto a tenderse a los pies de la moza.

— ¡Vamos, pues...! —, expresa ella, mostrando una sonrisa maleable, envolvente y un tanto enigmática al mismo tiempo que mueve el cuerpo con un andar desinhibido y seguro de un destino manifiesto.

— ¡Vamos...! —, responde el joven, al mismo tiempo que hace cabriolas, encantado y adelantando pasos a diestra y siniestra; sin contención de todo su contento, mientras se pasa sus manos sobre la hirsuta cabellera que le recuerda pelambre, pero que parece no importarle ningún ápice si es o no es lo que siente por encima de su cabeza.

Ese andar parece que se prolonga con cierta dilación, pero en fin, él sólo la sigue...

Pasado un tramo de camino, ella por fin exclama lo siguiente:

— ¡Llegamos!

¡Por favor toma lugar! —, externa la chica, en tanto acomoda su bolso de correa sobre las firmes y redondeadas rodillas; busca algo en ese interior insondable, sin prestar aparente atención al chico, quien se encuentra en posición sedente, esperando la consiguiente emoción que debe resultar de ese encuentro.

— ¡Gracias! —, responde éste con un lacónico gesto y sólo aguarda a que lo acaricie con la vista, recorriendo la testa coronada por inexplicables astas, en tanto se sabe atado de sus extremidades -sin explicar cómo- y observa la manera en que arrebuja su cabeza sobre las rodillas; se aproxima a la linda chica y siente de pronto un sueño que crece y lentamente lo hace dormitar de manera alternada.

Algo cercano a un estado de vigilia se apodera de su propia inquietud, ésta va de la emoción al riesgo; de la oración prolongada al holocausto de sacrificio; del error al horror y del amor a la muerte...

En otro preciso instante, ahora siente que se escapa su vida bajo otro estado de ser presa asida por manos certeras de sacerdotisa que emite advertencias fatales con voz desconocida, mientras silenciosas lágrimas salen de los ojos del joven que se desploma anonadado, antes de que su alma se eleve a un celebrado salto a la eternidad.

Entonces, ella discurre, no sólo para sí, sino ante quien invoca, pues la vida ajena del muchacho es por completo ajena a la de la chica.

Rinde distancia elocuente de la vida dentro de una tarde como la de cualquier día de verano; y esa tarde misma reproduce escenas como la presente, en que ha hecho un paseo vespertino que ya no conviene recordar, ni siquiera volver a mencionar:

— ¡Alabad mi gracia y eterna juventud a través de este sacrificio que os hago en tiempo, modo y lugar!

¡Envuelva este recinto con tu manto invisible mientras dura el holocausto a ti dedicado, Gran Madre del Destino!

¡A su vez, permite la obtención de otro sacrificio como el que ahora dedico en tu nombre y viva en continuidad propicia para devolver a tu presencia, cada ser que ose mirarme, atreviéndose a lo que cualquier vista mundana desea amar, más allá de su propia vida! —, concluida esta acción, cualquier otra interpretación hecha ante el suceso de esa tarde es, quizá, una manera de tratar de ensuciar la imagen de la bella joven, a la que desde una antigüedad milenaria, no parecen marcarse las acciones del tiempo sobre toda ella...

La leyenda urbana, al respecto, dedica palabras no gentiles a la chica, quien se envuelve en misterio de belleza clásica que no acierta uno a descorrer velos de explicación congruente de porque, cada admirador suyo se encuentra ausente del barrio, perdiendo la oportunidad de celebrar su hermosura a cómo se ha hecho desde el inicio de este relato.

Por añadidura, esta belleza se dilata más de lo necesario en condiciones de juventud de mujer, la cual -suponen las más envidiosas de las mujeres de la comunidad-, es resultado de algún tipo de Botox de última generación, introducida por manos de esteticistas o dermatólogos y/o de cirujanos plásticos de elevado precio.

Sin duda alguna consideran que es obra de los más diestros de ese gremio especializado en resaltar lo extra normal de la vanidad humana femenina, puesto que se dedican a hermosear, hasta dónde deben, las debilidades de un número no preciso de fieles devotas que han proliferado en tiempos relativamente recientes, en casi todas partes del mundo actual.



3. Reconstrucción

Me encuentro en un antiguo emplazamiento rupestre; soy el típico cazador de grupo que se devana el seso para descubrir, de manera alguna, dónde se encuentra un tigre dientes de sable.

Un movimiento en falso por mi parte me deja ensartado desde el pecho hasta el vientre; escucho el tronar del plexo y el deslizamiento de mis intestinos al momento de haberse producido el agreste rugido montaraz que recrean mis pupilas en ese desconcierto de vivenciar mi propia muerte.

En tal ocasión e incidencias de caza, comprendo ser la presa cazada desde el intervalo de haber dado dos pasos al frente de un rescoldo de aquella madriguera que me conduce, cual despojo, a un destrozo de mi ser y perpetuo silencio donde mis huesos y carne desgarrada, alimenta a esta gran presa.

Pero ha de llegar el momento en que en un futuro dilatado, arqueólogos y paleontólogos reconstruyan el suceso aciago que hoy protagonizo con debut y despedida.

Así, sin aparente rastro de ese espécimen felino, cobra venganza natural sobre su carnada sacrificada; ahora ofrece un final que demuestra la dura lucha por la sobrevivencia y el terco aseguramiento de la subsistencia alimentarias, no sólo del más fuerte, sino del más diestro...



4. Ibérico

Conjunción de dimensiones de sus muchas Españas, torna las ilusiones donde alientan muchas "Madres Patrias", desde las cuales se ama y recela; se exalta y condena; se integra cultura y sazón de esa Iberia, lentamente conformada.

Ella sola esplende a la vez y preocupa el estado en que se encuentran los seres humanos que la habitan; que la explotan y gobiernan en medio de disensos y clamor de consensos.

Esta Hispania, en cierta forma es "nuestra" y razón de ser lo que en América y sus naciones de la lengua castellana nos convierte en hablantes y referentes por conocer la mejor versión de oda ella.

Pero no desde una sola parte, sino de su todo en dimensión misma donde hay caos y orden; desorden y ser lo que representa ante nosotros; no vencidos, ni humillados, pero siempre dispuestos a darnos las manos, la lucha y la fuerza de paz, pese a las diversidades que unen y separan en cada dimensión de la historia, del mundo y del lugar en el cual nos situamos, precisamente en este tiempo.

21 Décembre 2021 00:47:52 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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