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Una aventura de un pequeño mosquito que desea cambiar su vida al ir a la ciudad con los humanos


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En busca del paraíso

Había una vez en un vasto bosque un pequeño mosco. Este pequeño mosco repudiaba su vida, ya que sus compañeros lo exiliaban, así que no tenía amigos y sus padres eran totalmente desconocidos para él. A pesar de todo, tenía un gran anhelo: quería ser como un humano.

Una majestuosa noche, el pequeño mosco se dijo a sí mismo: “¡Así es! Me marcharé hacia el lugar donde los hombres viven. Ese gran sitio al que ellos llaman ciudad.”

El pequeño mosco había visto a los humanos una sola vez en su vida, eso había sucedido porque los humanos habían hecho un campamento a mitad del bosque, y el pequeño mosco únicamente iba con la intención de succionar de su sangre, o sea sólo para alimentarse. Pero mientras se posaba sobre sus seis patas en uno de los humanos, se percató de algo que le fascinó. Se dio cuenta de que ellos llevaban vestimentas exóticas y que para trasladarse de un lugar a otro utilizaban una enorme máquina que producía un fuerte ruido, incluso más potente que el que él producía al mover sus alas. También observó que ellos tenían toda una gama de alimentos, y que eran de fácil obtención: sólo abrían una caja rectangular y salía su comida. Todo en ellos lo había intrigado, era lo más increíble que el pequeño mosco había visto. Tanto tiempo estuvo atestiguando que cuando recapacitó, sintió que la piel suave de la humana en la que estaba posado se movía rauda y agresivamente. El pequeño mosco se asustó y levantó el vuelo; su ingenuidad le hizo creer mil cosas, pero la verdad es que la humana sintió al pequeño mosquito y, como a casi todos los humanos, le eran molestos los insectos.

El pequeño mosco fraguaba escapar esa misma noche, pero no quería verse descuidado o sucio, así que se mojó un poco y luego cuidadosamente recortó distintos tamaños de pequeñas hojas para cubrir su cuerpo; tomó diminutos trozos de madera y construyó una pequeña caja rectangular como la que los humanos llevaban aquel día.

Todo estaba listo para partir, y justo cuando se aproximaba a volar una araña lo detuvo y le dijo.

–¿A dónde vas, pequeño mosco? ¿No me digas que tramas ir al mundo humano?

–¡Oh! Pues en realidad sí. Verás, aquí no tengo nada, ni un insignificante amigo.

–¡Oh, Pequeño mosco! Es que insectos como nosotros no fuimos hechos para vivir en grupos.

–¿Por qué no?

–Precisamente para ser libres.

–¡Exacto, yo seré libre! Por eso iré al mundo humano –dijo el pequeño mosco.

–¡Oh, no, pequeño mosquito! Los humanos siempre han buscado retener a cualquiera. Se hacen presidiarios incluso entre ellos.

–¿Y tú cómo lo sabes? ¡Lo dices porque tú haces eso! Tú creas pegajosas telarañas para atrapar a otros insectos.

–Tienes razón, mosquito, pero yo lo hago para conseguir alimento. Los humanos lo hacen por placer.

–¡No te creo!

–¡Oh, mosquito! Si fuera cierto lo que insinúas de mí, ya te hubiera comido, y no es así. Incluso te llamé porque en tu desesperado actuar ibas a estrellarte en mi telaraña.

El pequeño mosco vio delante de él y avergonzado se dio cuenta de que la araña no mentía.

–¡Lo ves, mosquito! –dijo la araña.

El mosquito no contestó, ya que era necio y orgulloso, así que se volteó y levantó el vuelo.

Después de estar volando durante largo tiempo, el pequeño mosco decidió bajar a tomar un descanso. Ya estando abajo se encontró con una garrapata.

–¿Qué haces tan fatigado, pequeño mosco? –dijo la garrapata.

–Pues, verás, voy al mundo humano –dijo el mosquito jadeando.

–¿Escuché bien? ¡¿Dijiste al mundo humano?!

–Sí, eso dije –contesto el mosquito algo indignado, ya que no tenía ganas de hablar después de tanto agotamiento.

–¡Caray! ¿Pues para qué vas tan lejos? ¿Qué no te satisface este vasto bosque?

–Es que no tengo ni un miserable amigo.

–¿Y? –dijo desconcertada la garrapata– ¿Crees que vas a conseguir amigos allá? ¡Escucha! Tú y yo tenemos mucho en común, los dos nos alimentamos de sangre. Y, te diré algo, la mejor sangre no es de humanos.

–¡Pues qué crees tú, asquerosa garrapata! ¡¿Crees que yo quiero ir al mundo humano para chupar sangre?! ¡Pues te equivocas! –dijo airado el mosquito.

–¿Si no vas para eso, entonces para qué?

–Ya te dije que porque no tengo amigos y…

–Y crees que ellos serán tus amigos –lo interrumpió la garrapata mirando al mosquito con sorna–. ¡Oh, no seas tonto, pequeño mosco! Nosotros por quitarles unas cuantas gotas de su sangre, ellos nos quitan la vida. ¿Piensas que lo vale? ¡Pues no! –dijo colérica la garrapata.

El pequeño mosquito saltó del susto que le propinó la garrapata al gritar de tal forma.

–¡No tienes oportunidad, mosco! –decía la garrapata mientras desaparecía entre la vegetación.

El mosquito se quedó perplejo, pero eso no le impidió seguir su vuelo rumbo a la ciudad.

Habían pasado un par de días desde la última vez que el mosquito había tenido la charla con la garrapata, y mientras volaba un poco medroso y cansado, le deleitó ver a una estupenda mariposa de color azul y verde. ¡Era realmente magnífica y hermosa! Así que el mosquito no pudo abstenerse de hablar con ella y le dijo.

–¡Hola, mariposa!

–Hola, mosquito. ¿Qué te pasó?

–¡¿Por qué?! ¿Por qué me preguntas eso?

–Es que me extraña que traigas hojas adheridas a tu cuerpo.

–¡Oh! Es que voy al mundo humano y quiero lucir como si llevara ropa.

–¿Al mundo humano? –dijo espantada la mariposa–. ¡No, no cometas semejante error, mosquito!

–¡Oh! ¿Y a ti qué te han hecho los humanos? Nadie le haría daño a un ser tan maravilloso como tú.

–En eso te equivocas, pequeño mosquito. Los humanos no respetan la vida. Ni la suya ni la del prójimo. Son avaros, egoístas y ambiciosos. Lo bello lo quieren pero sin vida, así no les causa problemas.

El mosquito estaba confundido, antes no había creído ni en la araña, ni en la garrapata, a pesar de lo concisos y sinceros que fueron, pero no creerle a alguien tan espléndido y maravilloso era irónico.

–¿Es verdad lo que dices, bella mariposa? –dijo triste el pequeño mosquito.

–Lamento decir que sí, diminuto mosquito.

–¿Y tú qué harías para que yo no fuese al mundo humano? Me refiero a que si tú serías mi compañera –dijo mosquito.

–¡Oh! No, mosquito. Yo no puedo.

–¿Por qué no? –dijo el mosquito ansiando la respuesta de la mariposa.

–Pues porque la naturaleza no nos hizo compatibles.

–¡Lo ves! Actúas como dices tú que son los humanos; denigrándome.

–¡No! ¡No, mosquito! No es así.

Pero para cuando dijo esto la mariposa, el mosquito ya había partido.

Al siguiente día volvió a la rutina de volar y descansar, y esta vez era un escorpión quien estaba cerca; era enorme y negro.

El pequeño mosquito quiso pasar desapercibido, pero no fue así, ya que apenas descendía y el escorpión ya se había percatado de su presencia.

–¡Vaya, mosco, tú sí que te ves hambriento! –dijo con una voz cavernosa el escorpión.

El mosco se quedó callado, pues le intimidaba tal animal.

–Oye, no me debes tener miedo; acabo de devorar a mi presa. Estoy satisfecho.

–Sí. Sí. –contestó el mosquito.

–¿Adónde vas? –preguntó el escorpión.

–Al mundo humano.

–Veo que quieres morir.

–¿Por qué lo dices?

–Es lógico. Por tu enjuto cuerpo y la tontería de ir al mundo humano.

–Creo que es más peligroso estar contigo que con una multitud de humanos –se atrevió a espetar el mosquito.

–¿Qué te hace pensar eso? Los humanos son pérfidos, cobardes y arrogantes.

–¿Y tú? ¿Cómo llamas a los humanos cobardes? ¿Cómo puedes decir que son pérfidos y arrogantes si tú matas por la cola?

–¡¿A qué te refieres, mosco ignorante?! Tú no los conoces –dijo el escorpión gritando furioso porque mosco ya se había marchado.

Al siguiente día el pequeño mosco se detuvo para sacar sangre de un equino que pastaba en las cercanías, cosa que hacía suponer que la ciudad estaba cerca. Su macilento cuerpo lo hacía lucir despreciable, por eso decidió que era mejor alimentarse para verse presentable en la ciudad. Mientras bebía la sangre con avidez, vio a un caracol entre la hierba, su lentitud desesperaba al pequeño mosco. Así que una vez que su apetito estaba satisfecho, bajó y le preguntó.

–¿A dónde vas tan lentamente?

–Estoy recorriendo el mundo para ser más sabio aprendiendo de los demás.

–Pues tan sosegadamente no creo que llegues muy lejos y, por lo tanto, no aprenderás mucho.

–¡Oh, mosquito presuntuoso! Primero déjame decirte que no soy lento, soy tolerante y paciente; y segundo, lo importante no es recorrer grandes distancias, sino almacenar lo mucho que aprendiste por corto que haya sido tu recorrido. A veces es mejor quedarte observando a un solo animal que ver a cientos en un segundo. Por ejemplo, tú que has estado volando tanto y que seguro habrás visto tanto, ¿qué me puedes decir de las abejas? Apuesto a que has visto a alguna.

–Pues sí –dijo el mosquito–. Pero sólo sé que vuelan y, que en lugar de succionar sangre como yo, succionan algo de las flores.

–¿Y qué hacen con eso? –exclamó el caracol.

–No… no sé.

–Lo convierten en algo que los humanos llaman miel, lo depositan en pequeñas celdas y existen tres clases de abejas. Está la abeja reina que deposita huevos, las trabajadoras y los zánganos que se encargan de fecundar a la reina.

El pequeño mosquito se quedó maravillado de la sabiduría del caracol.

–¡Lo ves, mosquito! Lo que se puede aprender con ser tolerante y paciente –dijo el caracol–. Y dime, ¿tú a dónde vas?

El mosquito no quería decirle al caracol que iría al mundo humano porque seguro le echaría en cara su sabiduría y lo dejaría como tonto, pero si le mentía también se daría cuenta y lo increparía por su falsedad. Así que respondió tímidamente.

–Al mundo de los humanos –y añadió–, ¡para ser más sabio!

El caracol sorprendido dijo.

–¡Increíble, mosquito! Tú sí que has escogido un reto. Pues los humanos son todo lo contrario a mí: son desesperados, histéricos y necios, ¡muy necios!

–Pues cuando regrese espero traerte una noticia totalmente diferente de ellos.

–Eso espero yo también, hijo –dijo el caracol sonriendo.

Y así el pequeño mosco levantó el vuelo sin olvidar despedirse del sabio caracol.

Mosquito estaba muy deprimido, y estuvo a punto de sucumbir a pesar de que la ciudad estaba ya muy cerca, así que decidió bajar una última vez, y se dijo: “esta será la última vez que bajaré si es que voy a ir hasta la ciudad; hacia el mundo humano.” Ya estando abajo, se encontró con una colonia de hormigas, nuevamente quedó anonadado, ya que nunca había visto tanto trabajo, tanto esfuerzo y tanta entrega. La fuerza que tenían las hormigas era inmensa, y es que si él era pequeño, las hormigas lo eran mucho más y a pesar de eso cargaban pedazos de alimento incluso lo doble de pesados que ellas mismas. Por fin el pequeño mosquito se acercó para conversar con una de ellas, y dijo.

–¿No te harta trabajar tanto?

Varias hormigas se voltearon a ver mutuamente entre ellas, y una contestó.

–¡Por supuesto que no, gran mosco!

Otra dijo.

–¿Y tú qué te crees poniéndote ese atuendo de hojas?

–Es que voy al mundo humano y quiero lucir como ellos.

–¿Y a qué se debe eso, gran mosco? –dijo la primer hormiga.

–¡Es que no tengo ni un mísero amigo aquí!

–¡Oye! –dijo molesta la segunda hormiga–. ¡Ningún amigo por más ignorante que lo consideres es mísero!

–Pues yo creo que allá con los humanos tampoco conseguirás amigos –agregó la primer hormiga, tratando de aliviar la tensión de su amiga–. ¿Por qué no mejor te regresas?

–¡No, amigo! –dijo de nuevo la segunda hormiga–. ¿No ves que este gran mosco parece haber tenido una larga odisea? ¡Mejor dile algo que lo anime para que siga adelante!

–¡Tienes razón, amigo! –respondió la primer hormiga.

Mosquito quería escuchar lo que decían las hormigas y se asomaba desde el lugar en el que estaba parado.

Finalmente la primer hormiga le dio una de sus patas en forma de saludo y le dijo.

–¡Escucha con atención, mosco! Los humanos son… O mejor dicho, se creen independientes, por eso trabajan separadamente. Son capaces de hacer cosas inverosímiles de manera individual, pero estoy seguro que si se solidarizaran como nosotras serían como semidioses. También son seres muy sensibles y si algo los hiere cometen cosas horrorosas: ¡matan y destruyen y, en esos momentos, no se compadecen de nadie!

Mosquito estaba a punto de creer que los humanos en realidad eran malvados, y en el momento justo en el que el pequeño mosquito se iba a resignar frente a las hormigas, la primera hormiga añadió.

–¡No debes rendirte, gran mosco! ¡Quiero que vayas y lo veas tú mismo! Porque sé que al regresar no vendrás triste, sino ecuánime. ¡Ahora ve! –gritó con gran ímpetu la hormiga.

Mosquito levantó el vuelo una vez más, y esta vez, tratando de no llorar; y es que de todos, las hormigas fueron quienes le tocaron el corazón. Llegaron a lo más hondo de su ser. Aunque por dentro, mosquito se cuestionaba cómo era posible que aún viendo la perversión de los humanos pudiera regresar feliz.

**

Era un día nublado y turbulento, uno que otro relámpago azotaba el cielo, pero había llegado al mundo humano. La primera sensación que tuvo fue la de un mareo, ya que la ciudad estaba repleta de gases químicos dañinos. Vio que las personas estaban encerradas en diferentes lugares, algunos en tiendas, otros en bancos, otros en sus automóviles, y en ese instante le dejó de parecer majestuoso un auto, puesto que ahora habían muchos y se atascaban en las autopistas. En verdad los humanos eran presidiarios como había dicho la sincera araña. Luego ni siquiera le había robado sangre a alguno de ellos y ya lo querían matar, tal y como le había dicho la amistosa garrapata. Después vio cómo un humano pateaba a su mascota que era un perro manso, leal y bueno; entonces se dio cuenta de que los humanos eran pérfidos, tal y como le había dicho el imponente escorpión. Después observó que uno de los humanos que estaba encerrado en su carro, por desesperarse, atropelló a un pequeño niño que cruzaba tranquilamente la calle; y recordó lo que le dijo el sabio caracol sobre la intolerancia de los hombres.

Lo siguiente que hizo fue entrar en local en donde había toda clase de animales transformados en adornos y ropa para humanos, y entonces oyó dentro sí lo que anteriormente le había mencionado la bella mariposa sobre lo irrespetuosos que le eran los hombres a la vida. Finalmente, con todo esto, vio que el humano no es solidario y se acordó de las pequeñas y trabajadoras hormigas.

Fastidiado, el mosquito se despojó de las hojas y se retiraba de la ciudad sin querer voltear, y se dijo a sí mismo. “Ahora entiendo lo que la hormiga me dijo. Creí imposible estar contento después de ver algo malo, ¡pero no! ¡No es imposible! Y es que estoy feliz porque sé que yo no pertenezco a este mundo, porque en realidad soy libre, porque puedo vivir feliz y en paz y porque ahora valoro inmensamente a la naturaleza. Y también comprendo por qué me fascinó tanto ver por primera vez a los humanos, y es que ellos también deben vivir en la naturaleza, allí se ven tranquilos y emociona verlos así. ¡Puedo considerarme privilegiado! ¡Soy un ser afortunado porque ahora tengo seis potenciales amigos, y también me puedo decir afortunado porque sé que estoy en el paraíso!”

18 Juillet 2017 02:45:30 0 Rapport Incorporer 2
La fin

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